Irene, Retrato de una Ciudad Noctámbula
Me llamo Irene y sigo sin entender
dónde estoy
Novela
EDITORIAL
CHANDLER
José Alejandro Vargas
“Le
va a suceder lo mismo que a mí, cuando se mire a un espejo no tendrá la certeza
de si lo que está viendo es su imagen virtual o mi imagen real, Empiezo a
pensar que estoy hablando con un loco, Acuérdese de la cicatriz, Si yo estoy
loco, lo más seguro es que lo estemos los dos, Llamaré a la policía”.
José Saramago
“El Hombre Duplicado”.
“No vale la pena escribir, la literatura, es como
las putas, ahora entendés porque Irene decía que un poeta y una puta son lo
mismo”.
Retrato de una Ciudad
Noctámbula
Ignacio es un tipo rudo, con una voz gruesa
que aturde por el auricular a los clientes que llaman a las tres o cuatro de la
madrugada, a preguntar sobre perros que agonizan, ya sea, porque algún
desgraciado los aplastó en medio de una avenida y los dejó boqueando con la
lengua afuera o porque se están desangrando y no saben qué hacer, a quién
acudir, como la señora, que llamó esta semana a decir que su perro, un hermoso
Golden de las milicias, tenía una hemorragia interna, porque la señora del
quinto piso, puso junto al basurero, una libra de carne molida con vidrio
picado, para asesinar perros callejeros, lo que nunca imaginó la señora, es que
el perro de Horacio y Mercedes no era callejero, era un perro decente, lo
educaron unos soldados en la escuela militar Marco Fidel Suarez y durante toda
su estadía se destacó por ser el mejor en el área de antinarcóticos, pero en un entrenamiento
militar, una granada explotó muy cerca de él y lo dejó sordo y tuerto. Lo iban
a sacrificar, como hacen con todos los perros que no sirven para el combate,
pero Irene, una puta del barrio, con especialidad en militares de alto rango,
próximos a pensionarse, le dijo al coronel, que ella sabía, a quién le podía
regalar el perro. En las fuerzas Armadas, no mandan los oficiales de alto
rango, ni los coroneles, mandan las putas.
Irene le entregó el perro al doctor Ignacio,
y él a su vez, se lo dio a Mercedes, quien estaba desesperada por regalarle un
perro al marido. Había preguntado en varios sitios caninos que ofrecieran
adopción, pero nunca le confirmaron. Ignacio y los vecinos le pusieron el
Pirata, por un parche negro que cubría el ojo y un par de tablas que
inmovilizaban su pata delantera. A Mercedes le gustó mucho la idea de que
Pirata acompañara a Horacio, un viejo cuadripléjico, solitario en un
apartamento. Ambos se entendieron muy bien, veían juntos la televisión, hacían
la siesta a la misma hora y salían a andar por el parque, Horacio en su carrito
eléctrico y el Pirata al lado, saltando en tres patas.
Pirata estaba ansioso y quería salir del
apartamento, olfateaba por la hendidura de la puerta y ladraba, era un ladrido
quejumbroso, Horacio le abrió la puerta, en un principio creyó, que le había
pasado algo a Mercedes, porque el Pirata sabía cuándo venía, la olía desde lejos,
incluso antes de ingresar a la unidad, se ponía a ladrar y a mover la cola,
Horacio también se ponía feliz y le abría la puerta, el Pirata bajaba las
gradas y subía junto a Mercedes, pero esa tarde, no apareció Mercedes, el
Pirata se bajó y se demoró en regresar, Horacio llamó varias veces al celular
de Mercedes, de Juan, de Anna, pero
nadie contestó. No insistió más, prendió el noticiero, almorzó e hizo la siesta
solo, cuando despertó, el Pirata estaba echado en un rincón de la cocina con la
lengua afuera.
En la
madrugada, Mercedes llamó a Ignacio. Doctor, dígame qué hago. Tranquila, no se
preocupe; déjelo morir que ahí no hay nada que hacer. Cuando deje de escupir
sangre, póngale una manta encima, ciérrele los ojos que ya le llamo a la ruta
de atención pre hospitalaria, para que recojan el cadáver.
Ignacio ama a los perros, igual que Isabel y
Anna, las dos lesbianas del primer piso, que no tuvieron hijos, pero si perros
y gatos. Toda la vida ha vivido con perros callejeros, los cuida, les da posada
y los cura, por eso le dicen el doctor, Julia afirma, que los perros le hablan,
y que por esa razón, él les responde con preguntas; quiere hacer chichí, camine
pues, le duele la pata, muestre, si, le duele la patica, echémosle esto, tiene
hambre, sí, qué quiere; pollo o carne, carne. Los perros de la casa siempre
quieren carne, no les gusta nada más. El problema es que Ignacio desde hace un
tiempo para acá, se volvió vegetariano, no come si no verduras crudas y hay
veces en que olvida comprar carne para los perros. Una vez a la semana va a la
carnicería, pide una libra de caderita especial, hueso de cogote y punta de
anca. Hablar de Ignacio siempre significará hablar de perros. Ya dije que ama a
los perros, lo que no les he contado, es que odia como a nadie, a los maricas,
porque lo violaron, se quedó dormido debajo de un árbol, en un parque, y cuando
abrió los ojos, tenía los pantalones abajo y el culo ensartado.
Ignacio y Juan se criaron con Los Peludos, una
banda de sicarios que vivían en San Antonio, vestían de negro y eran aparentemente rudos; cabello largo, barbas
largas, chaquetas con taches, bordados nazis, crucifijos y cadenas.
A diferencia de Iván, Ignacio nunca estuvo de
acuerdo con las fiestas, son para los hipócritas, decía, ni siquiera esas que
se hacían por aquí, donde uno, debía de ir con camisa de manga larga —quién
habrá inventado las camisas de manga larga—, preferiblemente de lino; detesto
el lino, desde que Carolina, la hermana menor de los Márquez, se casó en la
Base Naval de Cartagena. Ignacio, si no llevás lino, no te van a dejar entrar.
Todos usaron lino.
Camisa de lino, pantalón de lino y mocasines
color miel.
Yo me
puse las botas con puntera metálica, unas Larson clásicas Caterpillar, ya no se
consiguen, a no ser que seas amigo de un arquitecto y compre botas en Mercado
Libre y luego las revenda a mitad del precio que las consiguió —así conseguí
estas—, o seas un obrero de una fábrica industrial y te exijan protección, por
si se derrumba una pared, no te aplaste los dedos y luego tengan que
indemnizarte, como hicieron muchos aquí, metieron los dedos a la aplanadora, a
cambio de una pensión de por vida.
No tenía gran cosa que escoger, toda mi ropa
es de color negro, y la poca que llevé, pues también, era de color negro. Así
que me puse una de mis favoritas, que compré para un festival de Rock al Parque
en el noventa y cuatro. Era negra, de tela gruesa, con un escudo en los
bolsillos, los mandé a bordar, con una modista muy amiga de mi mamá, que cosía
réplicas de vestidos, de diseñadoras italianas y que yo, aprovechaba, para que
ajustara la bota de mis Levis 501 a mis pantorrillas. Los bordados eran
círculos blancos con una franja roja que atravesaba el redondel, de extremo a
extremo, en señal de prohibido, en el medio, estaba el rostro, de un soldado
americano.
A Mercedes casi le da un infarto cuando me
vio llegar, con un símbolo antimperialista.
Muchacho, ubicáte por dios, que vas a
ocasionar la tercera guerra.
A mí el lino y todas esas prendas de
burguesitos homosexuales me dan sarpullido, se me inflaman las tetillas y te lo
juro, es insoportable, no puedo dormir.
Iván el gomelo, así le decían estos de por
aquí, dizque gomelo, él nunca supo porque le decían así, yo sí, una vez llegó a
una fiesta con los pantalones rotos, mostrando las rodillas flacas, más bien
huesudas, se habían puesto de moda los pantalones rotos y todo el mundo, a
excepción de Ignacio —que nunca usó yines—,
andaban con los pantalones rotos, en los buses, en las fiestas, en los
velorios, a todo lado llegaba uno roto y feliz de la pelota. Esa noche lo vio
Pilar, la zarca, la ojibonita fumándose
un cigarrillo parado junto al antejardín, mandále saludes a ese muchacho de los
pantalones rotos, decíle que lo quiero conocer, y desde ahí empezaron a andar
juntos, parriba y pabajo. Eso sí, ni pregunte qué eran, si novios o amantes.
Nunca supimos nada. Con Iván todo es así; nunca sabés nada, y por experiencia
te lo digo, hay que creerle tan solo, el diez por ciento de lo que dice, yo
diría que ni siquiera el diez, es un mentiroso y punto. Siempre que habla está
diciendo mentiras.
Somos compañeros de trabajo, ella es
dermatóloga, y yo, médico cirujano, trabajamos en el mismo hospital.
Mercedes los pilló una noche, escondidos en
el taller de imprenta, a Iván con los pantalones en las rodillas y a ella
agarrándole ahí abajo.
No
dizque no.
Amá,
me está revisando una verruga, no te la había mostrado.
Ni me la vas a mostrar, que no la quiero ver.
La
dermatóloga se llamaba Pilar Velázquez, no sé por qué, pensé en Verónica, la
putica del cementerio, la que descuartizaron en Pance, en la Curva, se
acuerdan, a ésta no la descuartizaron, hubiera sido bueno, pero no, a Pilar la
secuestraron. Con esas nos salió Iván. Yo lo dudo mucho, quién se va a encartar
con Pilar, eso fue que no quiso volver, porque el cínico de Iván la echó, como
se debe echar a todas las empalagosas, que no aceptan el final de una relación
que se consolidó única y exclusivamente para un acto sexual, con derecho a
repetirse, como máximo tres veces, no pasen del tres muchachos, si no quieren
que todo se arruine; tres días, tres semanas, tres meses, tres años, como
máximo, si es matrimonio. Si te vi, no me acuerdo, esta frase me encanta, nos
envuelve en el olvido y en la necesidad imperiosa de reconstruirnos, de
reinventarnos nuevamente como sujetos expuestos al cambio, a la transformación.
Toda la vida ha sido igual, o si no,
pregúntele a Santiago, a Mercedes, a Luisa, a Nancy, a Paula, la última novia,
antes de Patricia con la que nos dijo que se iba a casar, ya estaba casi todo
listo, la finca de las Mercedes, una banda de Rock, y una cena para cien
invitados. Un día antes, Iván dijo, que a Paula, el papá y la mamá —que nunca
estuvieron de acuerdo con la boda—, le regalaron un viaje de despedida de
soltera, en un crucero por unas playas del Caribe, pa que se olvidara de él.
Papi, qué hay de Paula mí amor, se fue pa
Miami y se quedó lavando platos.
Dejá de ser mentiroso, esa muchacha no está
en ningún Miami, la tienen hospitalizada en el psiquiátrico, aquí no hace sino
llamar el papá a decir que va poner una demanda contra vos, por daños y
prejuicios.
—Yo no le hice nada.
—Te parece poco, que la hayás engañado con
otro hombre.
Te lo dije, dejá de andar con ese tal
Fernando que tiene pinta de marica.
Iván desaparece a las personas cuando ya no
son de su agrado, y cuando lo son también, de milagro, no nos ha desaparecido a
nosotros, ole, y tu mamá qué se hizo, que no la he vuelto a ver.
Está
en Nueva York, viajó esta semana, y tu hermano, se volvió comunista del todo, y
se enfiló en la guerrilla, por allá en el monte anda, con una M60 boliando
bala, esta semana hablé con él y me contó que nunca había estado tan feliz como
ahora, le dije quequé le producía tanta felicidad, me dijo que disparar. La
sensación es igual o mejor que un orgasmo, quise saber, qué le producía tanto
placer, si la ráfaga de la M60 o los muertos que se van desplomando como trapos
cuando la bala estalla el cráneo. Se quedó callado, tan solo su respiración se
escuchaba por el auricular, era un silbido corto, silencioso que asocié con el
placer y la necesidad de matar. Carlitos de ahora en adelante sería un nuevo
asesino, uno más para la colección.
Pilar estuvo muy enamorada de Iván, pero a
Iván le tocó dejarla, dijo que era una muy intensa, eso nos dijo a todos, que
no podía con la intensidad, y que lo mejor fue cortar, pero una noche de
tragos, en que nos emborrachamos los tres; mi papá, Iván y yo, nos contó la
verdad; nos dijo que Pilar era ninfómana y que eso le había traído una cantidad
de problemas; multas por estar cogiendo con ella en la calle, en los parques,
en el carro, la última vez, fue en la Colina, debajo de un pinar, nos cayeron
los tombos y me tocó bajarme de cien lukas, pa cada uno, el comparendo era de
ochocientos, de entrada les dije, les voy a dar doscientos, y nos dejan sanos,
ni un peso más, ni un peso menos, es lo único que tengo.
Los tombos se miraron, hicieron una mueca
disimulada, me pidieron la cédula, me requisaron las guevas, el pantalón y se
largaron, me dejaron sin un peso pa regresarme. Lleváme al hospital, me dijo
Pilar, que yo allá, pago el taxi. Bajamos por esas calles empinadas de San
Antonio, hasta la calle quinta, ahí abordamos el taxi, por favor al Hospital.
Pilar le pidió quince mil pesos al guarda, eso costó la carrera, entramos y
fuimos directo al anfiteatro, me dijo, seguíme que te tengo que mostrar algo,
entramos al cuarto de los cadáveres, estaba oscuro y hacía frío, me desajustó
la correa, el botón del pantalón, metió la mano y la cogió, no estaba dura,
ella se bajó los pantalones, se corrió el calzón y me dijo, terminemos lo que
empezamos. Cogimos en una bandeja junto a dos cadáveres, que me miraban,
mientras se la hundía.
Pilar fue la que me dijo que yo era alérgico
al lino y también al látex. Lo comprobé cuando María Isabel, mi primer
noviecita en el colegio, me empezó a exigir que usara condón, si me lo querés
meter ponéte esto. Y si no qué —le dije—, pues de malas, vaya donde las putas,
y métalo a ver si puede, eso sí, aquí no
vuelva. Le dije que me lo pusiera, lo rasgó con los dientes y lo sopló, quién
le habrá enseñado a soplar condones, seguramente Anna. Mami sople primero, si
se infla está bueno y si no, cuidado, salga corriendo. Vea lo que me pasó a mí
por no correr, me metieron tres de una sola tacada. El globo se infló, traté de
no mirar, me lo puso con la boca, que gran genialidad, ni yo, ni Patricia, ni
Irene, ni las otras putas de la Veinte, las mismas que entran a la Marco Fidel,
hubieran sido capaz de dejarlo también empaquetado, mire que belleza.
Estoy seguro, que esta gran hazaña, no se la
pudo haber enseñado Anna, porque o si no, no hubiera tenido tantos hijos.
Al primer contacto con el látex, me salieron
granos rojos en el pene, en el cuello, en los brazos, se me hinchó la cara y se
me puso roja, me dio desaliento, sudoración fría y ganas de vomitar.
María se vistió y salió corriendo. Nunca más
volvió y una semana después terminamos. Le pregunté el por qué se había ido y
dijo que tan solo había accedido a estar conmigo porque quería dejar de ser
virgen, pero que no quería que se lo metiera sin condón.
Por qué no te cortás el pelo, me dijo. Qué
tiene que ver eso con lo que estamos hablando, es que peludo te ves muy feo. Ya
te lo había dicho, y te lo vuelvo a decir. Andá cortáte ese pelo Juan, que no
vuelvo a andar con vos. No me gustan los peludos. Pues te jodiste, porque el
pelo no me lo corto. Cómo crees vos que se dice; pelo o cabello. Según Orestes
y mi abuelo, los gramáticos de esta familia y los que mejor hablan el idioma,
se dice cabello. Vos conociste a Orestes, no, que lo va a conocer, si ella no
conoce sino a los youtubers colombianos, los qué, los youtubers, y eso qué es.
Los escritores del nuevo siglo, que se pintan igual que Anna el pelo de color
azul. Orestes no es un escritor, es un ingeniero de minas que sueña con
derrumbar puentes, edificios, iglesias, y por qué no, el metro de Medellín, eso
me dijo la última vez que hablamos, sentados en la sala de su apartamento:
Hombre, el metro, me lo bajo porque me lo bajo.
Es el único ingeniero que conozco, que lee libros, y no cualquier tipo
de libros, al menos no, los que están acostumbrados a leer los ingenieros.
Orestes lee a los clásicos; Dante, Homero, Shakespeare entre otros. Vivió
muchos años en Moscú, cuándo existía la Unión Soviética, ahora vive en el
octavo piso de un edificio contiguo a la Plaza de Bolívar, allá en Medellín.
Todas las noches se aplica insulina en la barriga, se toma dos vasos de leche
con tres rebanadas de queso y cada diez minutos prepara café instantáneo, una
cucharada al tope es la porción perfecta, mirá,
me muestra la cuchara, usted sabe cuántos años tiene esta cuchara —ni me
los quisiera imaginar—, era de mi mamá —parecía uno de esos cubiertos fugitivos
de la independencia, del neoclasicismo que aún deambulan como Irene por los
museos—, media taza de agua y ochenta segundos en el horno, ni un segundo más,
ni un segundo menos, es preciso como los ingenieros, lee con una lupa aferrada
al ojo, uno que otro peaje literario que se va encontrando en el camino, desde
hace muchos años dejó de leer, lo que yo iba a leer en la vida ya lo leí. Tiene
más de cinco mil libros, distribuidos en dos cuartos; el cuarto de huéspedes,
dónde duermen los visitantes, encima de una cama vieja y mohosa que va a
cumplir cien años. Ahí me tocó dormir, en un rinconcito, la última noche que lo
visité, el resto de los libros, están regados, por todas partes, por el piso,
por la sala, encima de los nocheros, debajo de las mesas, hay unos que parecen
estar ordenados, en el closet, arriba, en el último peldaño, uno detrás de
otro, van apareciendo los novelistas rusos más importantes del siglo diez y
nueve y principios del veinte, Almas Muertas de Nikolái Gógol, todo
Dostoievski, no me lo dijo, pero lo sé, es uno de sus mejores camaradas
—Orestes le dice a los escritores camaradas—. Un lector experimentado sabe
reconocer las inclinaciones y gustos literarios de otro lector, sin necesidad
que el otro lo diga. A Chéjov, no creo haberlo visto, pero de seguro estará,
así me pasó con otros autores, no tenés a Sartre, le dije después de haber
husmeado bastante en sus libros, sí, busque bien, que por ay debe estar, y sí,
fueron apareciendo; La Náusea, el Ser y la Nada, cosas y más cosas, nos dio las
cuatro de la madrugada, tomando tinto, viendo y hablando de libros; cosas
mínimas, ni una cita celebre, ni una estrofa de un poeta, de los que sí, solía
recitar el abuelo, cuando hablaba, sin querer le iban saliendo de su boca,
versos de Barba Jacob, de Guillermo Valencia, de Zalamea Borda, ese que nunca
olvidaremos, los que lo escuchábamos hablar, allá donde se bañaban los
sifilíticos —se acuerdan, los del río Ganges, de los leprosos sumergidos en sus
aguas—. Orestes me dice, que por favor le lea los títulos y el autor, de cada
uno de los libros, terminábamos una tanda y decía; bueno, ahora veamos estos de
por aquí, otra columna de clásicos; ingleses, franceses, alemanes y españoles,
poetas del barroco; Góngora y Quevedo, dramaturgos, Lope de Vega, García Lorca,
monjas, una sola, Sor Juana Inés de la Cruz,
hispanoamericanos, los de siempre; Borges, no sé si Cortázar, tal vez
sí, tal vez no, le dije si tenía algo de Onetti, me dijo que sí, que buscara,
encontré Juntacadáveres y los Adioses, no vi el Pozo, que era el que estaba
buscando, la gran mayoría de los libros venían sellados con un círculo que
encerraba a una presunta oveja negra, me costó un rato asimilar que era una
oveja, estuve pensando en uno de esos caballos que tienen alas, y un cuerno,
cómo es que se llaman; Unicornios. La pasta era café, resistente al polvo y a
los golpes, las hojas eran amarillas y olían a lo que huelen la mayoría de los
viejos; ha guardado; Lleváte estos dos, que por ay tengo de los mismos; Los
Adioses y Juntacadáveres, fue el primer regalo, después de una cazuela de
frijoles con chicharrón y marrano, que comimos en Unicentro, frente a la
Pontificia Universidad Javeriana —a Orestes le da risa la palabra pontífice,
odia a los godos, a los pastores que sermonean desde el parque, donde se
escucha la voz de cristo, de los delincuentes, de los testaferros, de los
poetas que cavilan a la espera en las bancas de Bolívar—. Cierra las ventanas,
enciende el equipo, un viejo equipo con mantel y porcelanas encima; Mozart,
Bach, Beethoven, Vivaldi, qué te gusta,
las estaciones, veamos a ver que hay —me encantan esos pleonasmos involuntarios
que van apareciendo en su discurso antioqueño—, aquí en Medellín hay dos
emisoras de música clásica, la primera es esta, no sé qué sinfonía es, se
escuchan unos violines y un piano a la distancia, la melodía es perfecta para
el silencio, para silenciar las voces del pueblo que arde en el infierno.
Llevátelos, que por ay debo de tener más de
esos, los guardé con gusto en la maleta y seguimos bajando libros.
Dígase pues cómo se diga, los viejos como
Orestes y Horacio, seguirán diciendo cabello, Anna y yo, nos gusta más decir
pelo.
En la casa todas las mujeres decidieron
llamarse María, como si se hubieran puesto de acuerdo antes de nacer; María
uno, María dos, María tres, María cuatro, María cinco, María seis, y podría
seguir, en realidad no eran ni uno, ni dos, ni tres, cambiaba el compuesto del
nombre, Liliana, Consuelo, Teresa, Pilar, Carmen, Fernanda. Para todas ellas la
estética, de los hombres, radica en dos cosas; en los zapatos y en el corte,
quién lo iba a creer, pero las mujeres, al menos, las de esta casa, en lo que
más se fijan cuando van a conseguir novio, es en el corte del cabello y en los
zapatos, no importa que sean pobres y anden a pie, o en bus, como andan los
verdaderos pobres, siempre y cuando tengan un buen corte y unos buenos zapatos.
Para ellas lo principal es la estética. No entiendo el por qué la estética, si
esta ciudad no tiene estética, la perdió, y al perderla la ciudad, también la
pierden, quienes la habitan. No crees —dijo Anna—. No es que la haya perdido,
las pocas cosas bonitas que tenía se las robaron. Bueno, nunca se sabrá, si
algún día la tuvo. Yo siempre la he visto igual; fea y vieja. Orestes dijo que
aquí, hace unos años, esto era similar a California, copiaron el modelito de
las casas y en San Fernando, en cada esquina había un Ford parqueado. Habrá que
creerle, porque ahora las casas ni antejardín tienen, al menos, no estas de por
aquí. Lo más bonito que tenía la ciudad era el hotel, lo tumbaron por dentro y
dejaron el cascarón, la fachada, pa que el viento, seguramente se encargara de
tumbarlo. Con los años se fue derruyendo, pero no fue el viento que lo tumbó,
como pensamos todos, fue el bazuco, quien terminó de acabar con los ladrillos y
con las paredes, fueron tan eficientes, que se soplaron hasta las columnas. Ahí
quedó el hueco, el vacío. Cayó el hotel y alzaron unas estatuas de mármol
—todas parecidas—; unos viejitos de bigote a la sombra de un par de almendros,
donde se hacen en la tarde los escribanos. Algunas veraneras, enmarañan sus
ramas al esqueleto de un viejo paradero, donde arriban los marginados, es el
rincón del amoniaco, de la llave y el perico, del tufo y del sueño, donde
dormitan los borrachos y las putas, que aterrizan como aves de rapiña en los
bolsillos de los moribundos, el lema en esta ciudad desde hace muchos años, ha
sido el mismo; quién se duerma se lo pichan, así que ponga cuidado que lo dejan
caminando como al Ignacio.
A la espera converso con Epifanio, con el
loco de Llanos, con Nieto, mientras hundo mi mano en el bolsillo del borracho
que yace tendido con los pies colgados. No hago más nada que conversar con la
sombra. Anna dice que no entiende sobre qué pueden hablar una puta y un poeta,
o un poeta y una puta, no lo sé, le respondo, simplemente no sé, estoy por
descubrirlo. Una brecha nos divide, una sola, pequeña y diminuta, un diptongo,
si omitiéramos la “e” y la “o” fuera una “u” en vez de “o” diríamos puta en vez
de poeta. Ambos contemplamos la noche y el cantico funesto de las chicharras,
es la voz de los poetas, encallada en el campanario de la catedral, o en los
barandales del boulevard donde también el río ruge.
Aquí los pocos que aprecian la poesía, son
los delincuentes y las putas, más que todo, las putas, las pocas que aún
quedamos, en las escalinatas viejas del Sagrado Corazón de Jesús, donde me
agarré a puñaladas con otra puta, me dijo que le pasara todo lo que me había
hecho, saqué el puñal del bolso, me hizo tres lances al cuerpo, pero no me pegó
ninguno, aproveché que quedó desarmada y como en las batallas de ajedrez,
contragolpie, se lo clavé cerca al cuello, no fue profunda la puñalada, fue un
chuzón y listo, un puntazo en la clavícula, pa que afine, yo sentí que le clavé
la punta de la navaja en la nuca, sintió el cimbronazo tan hijueputa porque
salió corriendo y me dejó tranquila, yo soy muy cobarde pa las peleas, pero
aquí toca repartir puñal con la que sea, o es la vida o es la muerte.
Desde que mataron a un maricón en la Avenida
Octava Norte con calle 21 se formó un mierdero el hijueputa, hace unos años
puteábamos allá en la loma, cerca al barrio Granada, era bueno, nos contrataban
toda la noche y nos pagaban bien, uno que otro viejito nos recogía, bien sea en
una Ford doble cabina polarizada o en una Fortuner blindada, nos daban un buen billete,
ya sea por una buena mamada —cuando hablo de una buena mamada, me refiero a
una, donde no se incluya ni los mordiscos involuntarios, ni los dientes rozando
el glande—, por hacerles la paja mientras conducen por la avenida y hablan con
sus esposas e hijos de los buenos padres y esposos que son, mandan un beso por
el celular y cuelgan, otras veces tan solo nos recogen para ir a alguna reunión
de negocios y presentarnos como empresarias o socias inversionistas de la
bolsa. Hace dos noches conocí a Fernando, un empresario de OneCoin que se la
pasa ofreciendo Criptomonedas a otros empresarios y a su esposa Lucía, una
rubia linda de cuarenta y dos años con pecas en su espalda y senos de silicona,
me hicieron una oferta, dijeron si estaba dispuesta a hacer una orgía. La
respuesta era obvia, pero antes de decirles que sí, encendí un cigarrillo y me
puse en modo meditabundo —al fin y al cabo mi trabajo consiste en eso, estar
con varios en secuencias distintas, no importa el tiempo y la intensidad con
que utilicen tu vagina, en últimas es lo mismo—, Fernando y Lucía observaban
como soplaba el humo por la hendidura de un ventanal polarizado, te voy a pagar
bien. Cuánto es bien, te daré un millón de pesos y algunas Criptomonedas, en
total suman como dos y medio, es una buena oferta no lo crees. Por orgía cobro
el doble, si son más de cinco, quién me lo meta paga, no te preocupés por eso,
que somos cuatro. Me bajé del auto, Fernando estiró la mano y me dio un sobre,
supongo que es el pago por adelantado. La dirección es esta, tratá de ser
puntual, a Lucía no le gusta la impuntualidad. Me guiñó un ojo por la misma
hendidura del ventanal, donde había echado el humo del cigarro hace unos
instantes y aceleró su camioneta Toyota polarizada. Le tomé una foto de la
dirección y se la envíe a Martín pa que la buscara en Google Maps e investigara
donde quedaba el deshuesadero. Al rato me mandó un audio:
Es un penthouse al sur de Cali.
Empezamos mal —dije—, toda la vida he odiado
el sur de Cali.
A las ocho en punto llegué. Cuando entré, vi
a un travesti sentando con un vestido negro en el sofá y las piernas cruzadas,
al rato apareció Fernando con una botella de Whisky y dos vasos en la mano;
bebes. Un poco —dije—. El desgraciado sirvió un cuarto del vaso y me lo pasó.
Me lo mandé de un solo envión, las tripas se retrajeron y pensé en fumar algo
de marihuana, pero no tenía, siempre que bebo whisky, me dan ganas de fumar
yerba.
Lucía amor ven, ya llegó la puta. Voy cielo,
estoy ultimando detalles.
La música de fondo no me gustaba, parecía un
vals, un velorio o una cosa así.
Lucía salió del cuarto, me dio un beso en la
mejilla y olía a Coco Chanel, a lo que huelen todas las putas del Oeste.
El maricón que mataron se hacía llamar
Quiroz, un tipo flaco y alto de ojos claros y cabeza rapada. No tenía más de
treintaidós años. Recogía putas y maricas en la calle para asesinarlos, vendía
sus cuerpos a una mafia de traficantes que comercializaba órganos hacía Brasil
y España. La última puta que desapareció fue a Lizet, la recogió en la tarde en
un Renault gris de placas CMP 950, sobre la Avenida Estación Norte y la llevó a
un penthouse al sur de la ciudad. El vehículo lo tenían referenciado, porque
las dos últimas que habían recogido en ese mismo auto, nunca más volvieron. A
la media noche de un sábado, vieron el carro estacionado en la esquina de Salerno,
Jessica y Pilar, las putas más viejas de la pandilla, implementaron un plan
para matarlo. No había otra salida que no fuera la de abordar la Avenida Octava
Norte, hacia el sur. Se estacionaron en la esquina del semáforo de la Calle
Veintiuno y justo cuando el carro se detuvo, Verónica lanzó una roca sobre el
parabrisas, el vidrio explotó y Quiroz se bajó del auto amedrantado, con una
pistola automática nueve milímetros, la misma que usan los policías y los
sargentos retirados de la Marco Fidel. Jessica, Verónica y Pilar golpearon a
Quiroz con unas tablas en el rostro y lo dejaron grave, le quitaron el arma,
sin una sola bala —tan solo a un tipo como éste se le ocurre bajarse de un
carro con una pistola sin balas a amedrantar a una pandilla de putas—, a la golpiza se sumó Isabel, la mejor amiga
de Lizet, le hundió un cuchillo de cocina en el pecho —el mismo con el que
habían partido una torta de chocolate para celebrar el cumpleaños de Verónica—,
no recuerdo cuántas veces lo hundió, lo que sí sé, es que lo dejó clavado muy
cerca al cuello.
Quiroz quedó como el pirata; con la lengua
afuera, echando babas rojas por la boca.
La ambulancia alcanzó a llegar, antes de que echara
el último escupitajo sanguinolento sobre el pavimento de la Avenida.
Montaron a Quiroz al carro, encendieron las
sirenas y aceleraron hasta la Clínica Sebastián de Belalcázar.
El
dictamen de los médicos fue sencillo, no hubo nada que hacer:
El
tipo llegó muerto.
Se
ahogó en su propia sangre.
Al siguiente día empezaron a matar putas. Nos
tocó migrar del barrio, decidimos trabajar unas calles más abajo, por las
Tortugas, por la Sexta, por el río, pero hasta allá, fueron a buscarnos,
aparcaban los carros sobre la avenida, bajaban los vidrios y disparaban; cinco,
seis, siete, ocho disparos, todos en la cabeza. Los sicarios buenos, apuntan
siempre a la cabeza, los malos, donde la bala caiga. Eso se lo aprendí a
Juancho, un matón de por aquí, que cobraba un millón de pesos por bajarse a
cualquiera. Después de que uno aprende a disparar, el resto es pan comido,
mejor dicho, pa que usted me entienda, después de que uno dispara y mata el
primero, de hay pallá, la vuelta es breve, no se necesita tener puntería —como
creen muchos—, ni destreza, no, aquí, mata cualquiera; un mocho, un ciego o un
cojo. El asunto es más de técnica, entre usted más dispare, mayor será la
técnica y de tanto disparar, llegará el momento, que hasta con los ojos cerrados
mate y ay sí, que nos llevó el putas.
Muchas dejamos de putear por un buen tiempo.
Yo me fui pa ónde mi mamá, quizás un año, me puse flaca, fea y ojerosa, me dio
depresión, por no dormir en las noches, en el hospital, ya me habían dicho; que
una de las causas era la ausencia de sueño —llevaba mucho tiempo sin dormir en
la noche—, me recetaron unas benzodiacepinas, al principio nada de nada,
náuseas, uno que otro mareo, pérdida del apetito y gastritis. Empecé tomando
Ketazolam, luego Clonazepam, Valium, Dormodor, Rivotril y bien, los efectos
empezaron aparecer, serenidad, somnolencia, pesadez en la lengua, en los
músculos, pensamientos discontinuos, ideas trocadas, la mente en blanco y por
último; el sueño. Cuando me preguntaron por los efectos, les dije que me ponía
en retrospectiva, ellos que van a saber qué es retrospectiva —yo tampoco sé—.
Mientras caminaba por las afueras del Museo, vi una pancarta de veinte metros
extendida sobre un muro, me llamó la atención el nombre que encabezaba el
mural; La Retrospectiva; Un Crimen Perfecto, al lado, estaba escrito el
nombre, quizás del autor —no se me olvida—;
Ever Astudillo, y más abajito, unas líneas, no las leí todas, porque soy
muy perezosa, pero sí, el primer renglón; “Una píldora hacía el pasado”. Cada que
me tomo una pepa, me recuerda ese letrero, y digo, a quienes me preguntan;
estoy en retrospectiva, así ellos no entiendan en que viaje retrospectivo ando.
Me demoré más en decir que las pastillas me generaban esto y lo otro y a la
semana siguiente, se me perdieron todas. Nada raro, si hay algo que he
aprendido de esta ciudad, es que, de lo que más se pegan las personas es de las
pepas —sea cuál sea—; píldora, rueda o tuerca.
Al principio
pensé que era un fallo de la memoria y punto. Pero no. Una de las
contradicciones de la droga es la pérdida de la memoria a corto y largo plazo.
Busque bien, que hay deben estar —dijo Anna.
Pasaron los días y nada, el insomnio regresó y
las pepas nunca aparecieron.
Un día por la tarde arrimó Daniel, Danielito,
el hijo de Erika, la negra que sigue trabajando en la esquina de la veinte,
porque la deportaron de Miami, por insinuaciones indecorosas a un policía
federal, quién sabe qué le habrá dicho, oiga, si quiere se lo mamo, a usted se
lo ha mamado alguna vez una colombiana. No sabe lo que se pierde. El policía le
sujetó las manos con las esposas y la metió a la patrulla. Allá los policías,
no son como acá; son peores e igual de hijueputas.
Qué raro Daniel a estas horas. Iban a ser las
tres. Dónde está Irene —preguntó el muchacho—, tenía unos tenis Nike en bota de
basquetbolista y una camisa también de basquetbolista con unos números en la
espalda, no se le veía mal porque el vergajo medía un metro ochenta y seis. Era
muy alto y muy rubio, Erika dice que su papá había sido hijo de unos alemanes
Nazis, que murieron en la guerra. Se llamaba Demian. Él, igual a otros niños,
quedaron huérfanos. Varias organizaciones de la salud mundial y fundaciones
encargadas del posconflicto bélico en el mundo, hicieron campañas para adoptar niños
huérfanos de la guerra, entre ellos, judíos y alemanes. A Demian lo adoptó una
familia afroamericana del Sur de los Estados Unidos. Después de varios años, se
conoció con Erika por medio de un festival afro en el pacífico colombiano. Demian vino a Cali y se
enamoró de la negra. Se fueron a vivir al Sur de los Estado Unidos, a la casa
de los papás de Demian, hasta que él decidió viajar a México a conocer una
cultura que se comunicaba con los muertos.
Erika fue clara; si te querés ir, largáte
sólo, yo nada, tengo que ir a hacer allá, “el vivo al baile y el muerto al
hoyo”. Demian no entendió esa última parte; del “vivo al baile y el muerto al
hoyo” —El pobre monito nunca entendía ni los dichos, ni los refranes de Erika,
quién tampoco hacía nada por explicarle—. Este es el mejor refrán que he
escuchado en mi vida, al menos, el que
con mayor fidelidad, retrata esta ciudad.
Al día
siguiente armó dos maletas de viaje y se largó hacia México; la tierra de los
espantos, a encontrarse con sus ancestros nazis.
Daniel, Irene está dormida. Lleva quince días
sin poder dormir.
Pa qué me necesita —resucité con una manta
encima y el pelo alborotado, como si hubiese salido de una caverna Maya—.
Estaba tan blanca que hasta las venas se me veían; unos cables verdes,
enmarañados en la piel.
No tenés pastillitas —me dijo el muchachito—.
Y vos qué pensaste Daniel, que yo era una farmacia o el San Isidro de Cali.
No te
me vas alborotar, que aquí todos sabemos que vos le jalas a las ruedas.
No te hagás la santa, que necesito una
tableta y media; la media pa mí, la otra pa la venta, si me das un beso, te
dejo un cuarto jajaja.
Si querés que te mediquen, andá decíles a
esas lagartijas del hospital la verdad, que no has vuelto a dormir y que te
volviste loco. Explicáles que fue a causa de un insomnio permanente. No es
necesario que finjás, que pongás cara de loco, ya la tenés, andá y de una vez
por todas, me devolvés las que te me robaste; una por una, tableta por tableta.
De
ahora en adelante, no seré más Daniel, seré Careloco alias Ruedasuelta.
Te tengo un negocio —dijo—. A ver Ruedasuelta,
qué tipo de negocio.
Vendamos pepas.
La
merca no la suministra el Hospital y Pacho que está recién graduado de
medicina. Estudió en la misma universidad de Pilar e Iván. Iván y Pacho se
llevan dos años. Hay sí fue, si éste se graduó de médico, ahora verá, ques
capaz, de que acaba con la industria farmacéutica, toda la vida consumió pepas
—y seguirá consumiendo—, porque las pepas son como las putas y las novias feas,
quien las prueba jamás las deja. Pachito el Médico, es todo un señor, de saco y
corbata —quien lo creyera—, muy elegante, con portafolio en mano, lo vi parado
la última vez, esperando el bus en el paradero de la Segunda, encorbatado y
levitando sobre la faz del universo. Pacho todo el tiempo anda pepo —me dice
Iván—, desde por la mañana hasta por la noche, a cualquier hora que lo veás, en
la madrugada, en el amanecer, porque igual que vos, no duerme, no sé si es
porque no puede dormir, o porque se la pasa leyendo, cuando empezó la carrera,
se consiguió un trabajo de vigilante en una bodega de unos traquetos donde
almacenaban licores y cigarrillos importados, duró seis meses y en esos seis
meses lo robaron tres veces, se metían los ladrones y el pendejo no se daba
cuenta. Al dueño, un señor gordo de apellido Varela, le dijeron que Pacho se la
pasaba leyendo y que por eso no veía, ni escuchaba a los ladrones, yo lo
contraté pa que cuidara, no pa que leyera, cuándo se había visto un vigilante
leyendo, dizque libros, en qué mundo anda, usted me contrató porque necesitaba
a una persona que no durmiera en las noches. Le doy dos minutos pa que recoja
todo ese papelerío y se largue de aquí. O lo largo a bala, como debí haberlo
hecho en un principio. Pacho les contaba ese cuento a los muchachos de primer
semestre de Medicina cuando se volvió profesor, gracias a las buenas
calificaciones que obtuvo en los dos últimos años le permitieron enseñar
Historia de la Medicina, los muchachos no hacían sino reírse de Pacho, nunca
preparó una clase, y siempre olvidaba algo; la fecha, el día, el nombre de las
personas, el marcador de la pizarra, la lista de los estudiantes, la planilla
de notas, los lapiceros, una vez olvidó la cartera y el carnet que certificaba
que Pacho Osorio era profesor de la universidad. Los vigilantes no lo dejaron entrar. Vos que
vas a ser profesor aquí —le dijo un guarda—. Pacho no hacía otra cosa sino
reírse. Hombre yo soy el profesor y tengo clases a las siete. Eran las siete y
cinco de la noche. Por ley después de quince minutos los estudiantes se pueden
retirar y no ver la clase. Qué profesor vas a ser vos, decínos la verdad, qué venís hacer acá,
a quién vas atracar, o ya atracaste, nos creíste guevones, que porque venís
vestido así, te vamos a comer cuento, o pensaste que nos ibas a ganar de traje,
mequetrefe, títere, arlequín. El guarda estaba en lo cierto, Pacho no tenía pinta
de nada; iba vestido de saco y corbata —algo muy común en él—, el saco le
quedaba grande, no porque no fuera su talla, sino porque estaba muy flaco, en
los últimos años perdió más de veinte kilos y nunca más volvió a comprar ropa,
tanto sus trajes, como él, envejecían juntos, la algarabía empezó a llamar la
atención de los estudiantes, de la gente que pasaba por la portería, sin
reconocer a Pacho y él tampoco se inmutaba por hacer algo, no hacía nada, era
ahí, tieso como un árbol, con las manos en los bolsillos y un cigarrillo en la boca. En qué pesabas Pacho, que me
había vuelto invisible —bueno ya somos invisibles, usted, yo, ellos, todos los
pronombres presentes—, y que estaba en un sueño, tanto en los sueños, como en
las otras dimensiones de la realidad, trato de conservar la calma; si me
angustio, llego al final del sueño y si me altero, me pierdo el cuento. Lo único
que debe hacer un profesor, no es otra cosa, que no sea la de pensar, para eso
los contratan —quién diga lo contrario es un estafador—. La situación no
mejoró, el guarda sacó el bolillo, y le dijo; Si usted no se retira, le parto
las costillas. Pacho se quitó el saco y se desajustó el nudo de la corbata,
mientras el otro, llamó a la policía.
Buenas noches, hay un señor infiltrado en la
Universidad, el tipo dice ser profesor. Ya le mando una patrulla.
Llegaron los uniformados, las sirenas
alumbraron el recinto con luces variopintas, la gente se aglomeró en círculo,
es un infiltrado, un bandido, un delincuente, vos lo habías visto antes. No.
Dizque es profesor, y de qué, de
medicina. Señor buenas noches, es tan amable su documentación, la olvidé en
casa esta mañana oficial, estoy en proceso de olvidarme a mí mismo. Los
documentos que me pide, dicen que vengo o soy de algún lugar y yo decidí
quebrantar con todos los lazos del pasado.
Suban a ese tipo al carro.
Acompáñenos por favor. Los uniformados se
llevaron a Pacho en la camioneta.
****
Ustedes a quién están esperando. A Pacho
Osorio, el profesor.
No lo esperen más, váyanse que se lo acabó de
llevar la policía.
Cuando Pacho estaba en el salón, se paraba al
frente de los estudiantes con las manos en los bolsillos y caminaba de un lado
para otro, se tocaba la barba y acercaba su rostro demacrado a otro rostro
quisquilloso que encontraba en el camino. En sus clases nunca habló de la historia
de la medicina —tanto él como Maximiliano, sabían que la historia reduce y
alinea el pensamiento de los afligidos, de los derrotados a un solo discurso
monótono, racional que impone una verdad absoluta—, Pacho
hablaba de poesía, de literatura; hubo un tiempo en que estuvo muy obsesionado
con los griegos —no sé ahora—, citaba peajes y cantos enteros de la Ilíada,
como este, que también estuvo escrito en un muro de la Luis Ángel Arango, la
última que vez que fui a Bogotá; “Detuvieron los corceles, bajaron de los
carros, y dejando las armaduras en el fértil suelo, se pararon muy cerca los
unos de los otros”, con eso empezaba la clase, todo el mundo se miraba,
levantaban los hombros y estiraban la boca, qué tiene que ver esto con la
medicina —dijo un muchacho de unos anteojos grandes llamado Andrés Valencia—,
Pacho era muy crudo en las respuestas, de hecho, casi nunca respondía a lo que
le preguntaban, y si respondía, decía siempre; no sé, voy a consultarlo o, no
había pensado en eso, sabes que sí, otras veces respondía con otra pregunta; tú
por qué crees que pasa esto o lo otro, qué te ha llevado a pensar en eso. El
decir suyo era; quién pregunta, es porque sabe la respuesta; entonces él
prefería no alterar la percepción de las respuestas, respondiendo de tal manera
o quedándose callado. Al estudiante que le preguntó; qué tiene que ver eso con
la medicina, le respondió: Nada —era un nihilista completo—; no tiene nada que
ver. Y tampoco tiene porque tener relación. Las relaciones marchitan la creación
y la espontaneidad. Un médico sin universo creativo, no es nada.
Aquí
no vinimos a hablar sobre la historia de la medicina, quien vino a eso, por
favor coja sus cosas y retírese a la biblioteca. Vayan y lean a Michel
Foucault, empiecen por el Nacimiento de la Clínica y vuelvan al finalizar el
periodo a presentar un examen, de seguro aprenderán más allá que acá.
Se pararon varios, primero dos, tres, cinco,
seis. El gordo de los anteojos estuvo indeciso, se puso de pie, tomó sus libros
de neurociencias, miró a Pacho a través del cristal negruzco de sus lentes,
opacos por la humedad de su frente, y se dejó caer sobre el banco. Quién más,
siete, ocho. Murillo al ver el gordo desplomado, derrotado por sus ciento diez
kilos, por el peso de sus libros, decidió quedarse, igual que Hoyos, Paula y
Laura; una mona hermosa de ojos claros que nunca entendí el por qué quiso
estudiar medicina, lucía siempre un seductor perfil protocolario que engalanaba
de acuerdo a la ocasión, a todas las clases iba en tacones, Rodrigo decía que era puta, se lo decía de
frente, delante de quién sea; Laura vos sos puta, y vos marica —respondía Laurita—,
yo soy una puta fina, vos un pobre marica. Laura era de esas putas finas que se
acuestan con los hijos de los médicos, para acostarse con los hijos de los
médicos no se necesita ser una puta fina, se necesita ser puta y nada más. Digo
fina, porque ella decía que era una puta fina, conmigo nunca se quiso acostar,
por más que le insistí; Laurita dejáme tocar
tus tetas que se ven tan ricas, no, ya te he dicho, y te lo vuelvo a
decir; no me acuesto, ni con pobres, ni con muchachos, y usted es pobre y
seguirá siendo pobre, así que no hay posibilidades querido Pacho, búsquese una
de la Veinte, o dígale a Irene que le encantan los muchachos. Laura tenía unas tetas
perfectas de plástico, unos labios muy bien dibujados y unos ojos de reptil,
redondos con un puntico negro en la mitad. En la carrera había dos —en la
universidad mil—; Laura y Ana Sofía, ambas eran muy parecidas, Laurita era
rubia de cabello natural —ya lo había dicho—, Ana Sofía no tenía el cabello
natural, pero también era rubia, un rubio esmerilado, que encandila, que
enceguece, bajo el sol del mediodía, otra cosa, Laura y Ana, tienen el mismo
tatuaje en la misma parte del cuerpo; en la espalda Laura deja volar unos
pájaros en uve, que apuntan en forma de flecha hacia el horizonte, Ana tiene
los mismos pájaros, en sentido contrario, no vuelan hacia el Norte, hacía
arriba —donde vuelan todos los pájaros siguiendo el viento—, vuelan hacia el
Sur, descendiendo por las peñas montañosas de las vértebras, Laura les dice a
sus pájaros golondrinas, Ana, cuervos perdidos. Son iguales y por eso se
detestan, detestan la igualdad, pero le temen a la diferencia. No se ponen de
acuerdo en nada, pero visten igual; los mismos yines, los mismos zapatos, aunque
hay veces, Ana prefiera usar tenis en vez de los tacones que sí, lleva Laura a
diario, para simular su rol de ejecutiva bancaria, de oficinista, que tanto
atrae a los hombres de mi generación. Ana dejó de usar tacones a partir del
tercer semestre y a usar ropa diferente a Laura, el cambio de estilo, se debe a
una petición de carácter sexual, a un fetiche común del decano de la facultad.
La trasformación de Ana la planteó el
abogado que lleva a cabo el proceso de separación de la familia Cedeño Álvarez,
el cuál dice así; Ana Sofía Libreros, joven estudiante de Medicina quien
actualmente cursa su tercer año, fue inducida voluntariamente por el doctor
Cedeño a usar prendas de tipo juvenil a cambio de algunos beneficios institucionales
y monetarios, que por motivos de seguridad y confidencialidad me reservo en
esta carta, su obsesión juvenil y su obsesiva necesidad de satisfacer un deseo sexual,
le costó el matrimonio al doctor Cedeño, decano de la facultad de medicina, un
bobo alargado de caminar lento que siempre usó camisas de cuadros, pantalones
de dril y zapatos de cuero marca Hush Puppies.
Pacho se volvió adicto a las pepas gracias a
doña Raquel; doña pepa, véndame un clonazepam pa éste muchachito que no me ha
dejado dormir —ese era el decir; no me ha dejado dormir, en el fondo, Raquel y
Pacho sabían que no era sino un pretexto pa liberarse del muchachito—, llévelo
mijita, luego me lo paga, al fin y al cabo eso me lo da el gobierno. Doña Pepa
con el pasar de los años, se volvió jíbara, vendía pepas a crédito a las
vecinas de por aquí; unas viejas locas y solteronas llenas de hijos y de nietos
que calman —o adormecen—, con pepas, para poder irse a putear, bien sea en la
tarde o en la noche. Todo depende del cliente, hay unos, que solicitan el
servicio muy temprano, tipo seis, siete de la mañana, cuando ya se han ido las
esposas —las buenas espositas—, a trabajar pa mantenerlos bien alimentados y
viviendo de lo lindo en los penthouse, a ese polvo le dicen el mañanero y es el
que más vale.
Los
jíbaros viejos de este barrio, han sido tres: El Soldado; alias Soldier,
Locadio y Caturra, el primero se fue del barrio, lo amenazaron, como no lo
recibieron en el ejército, se regaló a la guerrilla —allá debe de estar, dando
plomo con Carlos a los del otro bando, él decía, que no sabía hacer otra cosa
que no fuera disparar y a eso se dedicó—, el otro era Locadio, lo mataron, ahí
en la loma, le pegaron cinco tiros en la cabeza, por haberle sacado las tripas
al suegro de una puñalada —la sacó barata—, y por último está el viejo Caturra,
anda preso y nunca más lo volví a ver.
Todos
tres, venían a buscarle; cucha, Aquí no vive ninguna cucha, aquí vive, doña
Raquel y haga el favor y me la respeta —decía el médico—, nunca le gustó, que
le dijeran cucha a su vieja.
Raquel una tabletica de Rivotril por favor,
para serenar este bazuquito que me tiene mareado —yo nunca le dije Raquel, ni
cucha, toda la vida la conocí como doña Pepa, vivía de la esquina de la
cincuenta y nueve C pasando la cera, dos casas hacía abajo, donde vivía la
bruja que arrastraba latas en la media noche—. Ya se la traigo mijito, decía
Raquel, desde la cocina, la sala o el balcón, donde quisiera que estuviera.
Nunca le negó una pepa a nadie, ella decía que la medicina, era para todos, y a
todos les daba de a poquito.
A doña Raquel la mató un médico de Emi. Esta
semana a la media noche, se la pasó gritando; gritaba y gritaba, nadie entendía
el grito, era un quejido que viajaba en el silencio. Qué le pasa a la señora,
no sé doctor, no hace sino llamar al diablo por la ventana; Satanás vení por
mí. Satanás, conmigo sí contarás, porque en el día de la santa cruz, dije mil
veces; lucifer, lucifer, lucifer. El doctorcito, resultó ser amigo de Pacho,
estudiaron juntos en la misma facultad; hermano, a su cucha, hay que doparla.
Extrajo la droga con la jeringa de un frasquito, le amarró un torniquete al
brazo y le clavó la aguja en el gusano verde. Raquel suspiró y dijo que algo
caliente le entraba por el cuerpo, es el demonio Pacho, me hizo caso y vino por
mí. Dejá de hablar guvonadas ma, que aquí no ha venido ningún demonio, y ella
que sí, que sí, véalo ay, dónde, detrás suyo, voltié a mirar y era mi amigo el
médico disfrazado de demonio, guardando en la maleta, el torniquete.
Tranquila Raquelcita, no se preocupe, que no
es el demonio, es la droga que le
calienta los huesos; cierre los ojos, cuente hasta diez y duerma —así mató a
todas las viejas de este barrio; cuente
hasta diez y cierre el pico—, antes de eso, doña Pepa, se había tragado una
tableta entera de benzodiacepinas. Hermano la cagamos, a mí se olvidó decirle,
que mi cucha, metía pepas, jupueta, vea, no responde, está tiesa y con la
lengua afuera.
Mi vieja se murió.
Gloría a dios, murió loca y no cuerda. A doña
Pepa nunca le gustó la cordura.
Tengo dos proveedores más —dijo Careloco—; un
epiléptico y un esquizofrénico. El esquizofrénico es un viejo amigo que vivía
en los Andes, amigo de Pacho —otro que también mató a la mamá. La mató de un
susto pa quedarse con la casa—. El epiléptico es el hermano de Anna, en cada
esquina le da un ataque. Cuente las esquinas de Cali y multiplique por dos, que
son las pepas que se traga, por cada ataque dos pepitas de Roche. En total
suman más de mil tuercas. Con que nos dé un poquito más de la mitad, estaríamos
bien. Hasta el momento tenemos buena cantidad, para empezar por los colegios y
las universidades ques donde más sueño da.
Y mis treinta y cinco tabletas que te me
llevaste qué.
Me dieron doscientos, le pasé cincuenta al
epiléptico, otros cincuenta al esquizoide y estos cien, son para vos, no me
jodás más, por esas pepas.
Yo no
quiero ningún cien mil pesos, quedáte con ellos si querés, yo lo que necesito
son mis pepas para poder dormir.
Estoy seguro que nos va a ir bien, ya tengo
las fórmulas médicas pa reclamar la droga esta semana. Pachito dice que él las
saca pero que el cuarenta por ciento de las ganancias son para él.
Ya hice cuentas, y el sesenta por ciento de
todo, nos deja un buen billete, al menos pa empezar.
A los tres meses ya tenés pa los pasajes, pa
que te vayás a putiar donde esos gringos malparidos y te olvidés del todo de
este hueco en el que estamos metidos.
Irene se quedó pensando en el balcón, con un
cigarrillo en la mano contemplando el vaivén de los carros. Esa noche volvieron las pesadillas.
Mientras todos dormían, bajé las gradas del
apartamento, me puse un vestido negro y unos tacones de mi hermana Anabel y me
fui a putear por la cera del cementerio. Amanecí en el cuarto de un hotel,
supuse era un hotel, porque todo estaba perfectamente ordenado, pulcro y
limpio; cortinas blancas, baño blanco, sanitario blanco, tina blanca, sábanas y
almohadas blancas, baldosas blancas, paredes blancas, sofá blanco, jarrón
blanco, con margaritas blancas, techo blanco, ventana trasparente y cielo con
nubes blancas, estaba en el piso cuarenta seis de un edificio sin nombre.
Cuando
desperté, supongo, por el color del cielo y la luz en la ventana, era medio
día. Una carta escrita en letra cursiva con un delineador de ojos —pensé que la
escena de la carta o del escrito, en el espejo con labial rojizo, no más le
vería en las películas de los sesenta
del cine negro—, reposaba sobre un nochero de cedro junto a una lamparita encendida;
cuando despiertes llámame.
Al finalizar la hoja, estaba escrito el
número:
315-508-17-92 —no intenten llamar, es el
número de un asesino.
Javier.
Quién
es Javier.
No conozco a nadie con ese nombre; ni un
vecino, ni un familiar, ni un conocido, ni un amante, ni un cliente. Aunque
ustedes no lo crean, porque creo haberlo dicho; tengo mala memoria y olvido
todo lo que digo, menos, el nombre de mis clientes, de mis buenos clientes,
nunca les pregunto su nombre, ellos tan solo lo dicen, mi nombre es Pedro,
Juan, Alexis, Eduardo, Álvaro, Iván, Brayan, Maicol, es una afirmación
existencial, mencionan su nombre para reafirmar su existencia en un mundo
desorientado, caótico que los ignora, ellos, igual que yo, seguiremos dudando
de la existencia, por esa razón te daré mi nombre, mi verdadero nombre, el que
nunca olvido, el que murmuro en silencio, cuando dudo, cuando siento miedo de
desaparecer en el torbellino de esta humanidad; te diré mi nombre, mi verdadero
nombre, me llamo Irene y sigo sin entender dónde estoy.
Qué hice yo, a quién maté, a quién
descuarticé, pensé nuevamente en Quiroz, en su rostro agonizando sobre la cera
con el cuchillo clavado en su cuello y me sentí culpable de su muerte, sin
haber tocado ni un mísero pelo de su vientre.
Me quité la ropa interior, unos calzones fucsia con forma de mariposa
que no había vuelto a ver en mi armario, los usé por primera vez en un
prostíbulo en las afueras de Medellín, hace cinco años, cuando era pobre y no
sabía putear.
—Le
voy a enseñar un truco pa que se pueda regresar —me dijo Pilar—, póngase estos
y quítese esos blancos que son pa las putas viejas, le hice caso y me puse
estas tangas con forma de mariposa. Escuche bien; a los hombres, por más que lo
nieguen, les encanta las mariposas, con alas o sin alas, negras o rosadas.
Procedí a quítame la camisa, una camisa extraña que nunca llevaría a ningún
lado, era de hombre y en mi casa por más que quisieron vivir los hombres, nunca
lo lograron. Ni siquiera Horacio, el último amante de mi mamá que echó de la
casa porque se acostó con Anna, una gorda con bigote, de caminar lento y torpe. La camisa quizás sería de Javier, olía a
perfume, sudor y tabaco, por el olor del perfume deduje que Javier sería un
tipo inseguro de clase media queriendo vivir con las costumbres y modos de los
ricos. Permítame les cuento algo, ya que hablé de los impostores. En Cali no
existen los ricos —no se crean esa patraña—, existen pobres queriendo ser como
los ricos. El noventa y nueve por ciento de los pobres seguirán siendo pobres
por más que quieran ser ricos, tan solo, el uno por ciento de la población
mundial morirá intentando ser como los ricos. El primer paso a dar si usted es
un pobre, es un viaje a los Emiratos Árabes, de seguro ya lo habrán invitado, y
si no, no se preocupe, pronto los llevarán de excursión, así como llevaron a
Pilar y a Mónica, la putica amiga mía, que nunca regresó, quién la mandó por
allá, la compañía le advirtió; no vayan a putear muchachas que está prohibido,
como nunca había salido del país, pensó que eso allá era como acá, y ni riesgos
viejo, aunque los Árabes saben dar chumbimba, y a por montones, las balas no
las desperdician; ni en maricas ni en putas, no, allá les vendan los ojos, les
envuelven la cabeza y las degüellan, así que ponga mucho cuidado, si está por
irse de Cali pa Dubái a visitar al compadre Mohamed bin Rashid Al Maktum. No se
preocupe que al regreso seguirá siendo el mismo pobre queriendo ser rico. El
paso a seguir después del viaje, es la compra de la camioneta; Los pobres
siempre quieren andar en camionetas grandes, para encubrir lo débiles e
inútiles que son, si no me cree, bástele con ver a don Fernando, el que me
recogió esta semana, ahí sobre la cuarta, pa lo de la orgía, le tocó someterse
a un capricho de Lucía, Irene, si no le cumplo ese deseo a la mona me echa y me
quita todo lo que tengo, la camioneta y el apartamento. Tranquilo don Fernando,
no se preocupe que yo le ayudo, cuando el travesti se bajó de los tacones y se
quitó el vestido, la verga se desenrolló y le cayó hasta las rodillas. Yo pensé
que a don Fernando, le iba a dar un infarto, se puso verde como el frasco de
Bucanas. Si ves pues los fetiches de ésta, cuándo se había visto que un
travesti se me coma a la mujer y por hay derecho me la hunda a mí también.
Revisé parte por parte mi cuerpo en el
espejo; el cuello, las tetas, una por una —sigo acomplejada, porque la
izquierda es más grande que la derecha—, el estómago, ninguna chamba, ninguna
cicatriz, ninguna puñalada, me acerqué al espejo del baño desconocido y puse mi
cara muy cerca del vidrio; los ojos parecían un mar de sangre. Nunca uso
labial, pero mis labios están pintados de rojo, con una extraña enmarcación que
me hacían ver la boca más grande de lo normal, tenía doble boca, la segunda,
estaba cerca de la oreja izquierda y modulaba a la velocidad de mis
pensamientos, rápidos y discontinuos. No solo fue la boca que se doblegó, fue
la nariz de palo, la que siempre he llevado a lo largo de mis años, la frente
se alargó, llegó hasta la mitad del cráneo, desperté sin pelo, sin peluca, el
poco que quedaba lo cortaron a ras, dejaron los mechones tirados sobre el
cuarto del hotel. Aún no logro acostumbrarme a esta realidad que me embriaga, en
el marco del espejo, reflejo ambiguo, inconstante, te pregunto una y otra vez, espejito,
espejito, quién soy, soy yo, o es él. Quién me habita, tú, Irene, la puta del
refugio, o Juan, el poeta marginado, o Anna, la lesbiana del primer piso, o tal
vez, y por qué no, seas tú, Jerónimo; el vigilante del edificio Coltabaco, que
fuma y fuma junto a la penumbra, quién soy, Pilar o Patricia la ninfómana, soy
Quiroz el muerto.
Por la cera del edificio Coltabaco, camino
rumbo a la Merced, por la Cuarta, por la Calle de la Escopeta, donde le
dispararon a Lucía, por la Séptima, esa calle oscura del General Cabal, donde
puteo aferrada al ventanal, a la chambrana arqueada del viejo café la Palma, a
la espera de un bolero quejumbroso o de un tango infeliz, de los que escucha el
doctor Ignacio sentando en su mecedora de mimbre, tratando de olvidar a Mariela
que nunca regresó, como tampoco las cartas que prometió antes de su partida y
las que sí acostumbraba a redactar sentada junto al chifonier del hotel, cuando
salía de viaje y los días se hacían largos y eternos para los dos, escribía con
la inspiración poética de Mistral, cartas y poemas de los parques melindrosos
que visitaba en invierno cuando aún no conocía la nieve, ese blanco permanente
que congela la escena y detiene el tiempo bajo una mirada lúgubre de cuervos y
árboles deshojados, más allá del tiempo, ni una llamada, ni un mensaje, ni una
señal, cambió de rostro y de nombre, ahora es invisible —como los demás transeúntes—, y no sabe quién
es. Deambula entre multitudes errantes sin rostros y sin destino. Cambió la
máscara, se estiró la cara, se infló los labios, se puso extensiones de pelo,
para ocultar la alopecia prematura y rellenó sus senos. Por el Pecado voy, esa
calle nocturna que siempre está iluminada por las lámparas de neón, por las
bombillas incandescentes de las vitrinas, donde venden muerto, cruzo la cera
para evitar el encandilamiento de la luces del casino donde esperan los taxis a
la media noche, los taxistas en Cali, se diferencian según el turno, los
diurnos leen la prensa y hablan de fútbol, los nocturnos como Félix y Heriberto
leen literatura policiaca y están armados; en la guantera, guardan una nueve
milímetros automática con doble proveedor, y algunos libros de Silva, por si
los pasajeros les da por preguntar por calles —inexistentes—, de travestis, de puteaderos
o plazoletas de yerbateros, donde venden bazuco, o de casas, como la de doña
Raquel, que no aparece ni en los satélites de Google Maps, donde venden y
regalan pepas, estos rincones y pasajes oscuros que les estoy narrando, no existen
en ningún manual turístico de esta ciudad noctámbula —iluminada hasta más no
poder, por lucecitas de neón blanca—, pero sí, en las novelas de Silva,
principalmente esta que estamos leyendo; “Nocturnos”; una novela de paisajes
oscuros.
Leen una, dos páginas y conversan con el
vecino que no tiene rostro, ni tampoco dueño, trabajan y viven de la espera,
bien sea, recostados sobre el espaldar, o parados como la gran mayoría, junto a
la puerta, con los codos anclados sobre el techo del vehículo.
Paso a paso voy dejando el pasado, las calles
oscuras de San Nicolás, del Hoyo —que está lleno de hoyos—, del boulevard, de las
escalinatas perdidas, entre telones enmarañados, la cúpula gótica, que miró y
miro, por donde viaja el eco crepuscular del campanario, voy dejando los
crucifijos puntiagudos donde reposan el vientre las palomas y las aves
pescadoras de este río —que luce ya cansado—, voy dejando las veraneras
rebeldes del viejo paradero de la carrera primera, el hollín nocturno, el
crepitar del río, que ruge y ruge sin aliento, y por último voy dejando al
terminar la marcha a los poetas de mármol, que brindan con aguardiente Blanco mi
ausencia; Llanos y Gamboa, chasquean el cristal de las copas, mientras recitan
el crepitar sediento de las chicharras, voy llegando al final, a la plazoleta
de las palomas muertas, donde corren las putas con los tacones en la mano,
esquivando balas que llueven del cielo —cielo parco y sin estrellas—, dice la
primera estrofa de la novela , fragmentada por párrafos al azar, que llevan
impresos estos billeticos verdes y bonitos de cien mil, junto al rostro
cadavérico del poeta que muere de hambre y de frío hay sentado, junto al río.
Con éste ya son cuatro los poetas inmortales,
impresos en el papel de la República, en un viejo pergamino con letra diminuta
que los transeúntes sin rostro van leyendo con la lupa aferrada al ojo, línea
por línea, palabra por palabra, en la esquina del semáforo, cuando los autos
paran, en los barrotes de la inquisición franciscana, donde los ajedrecistas
batallan, peón por peón, alfil por torre, caballo por reina o reina por
caballo, a galope batallan en la plaza, los viejos marineros que aún leen
escondidos debajo del paraguas mientras los loros cantan de palma en palma.
Jaque Mate.
Ganaron los blancos.
En la Colina
de San Antonio, hace unas horas dejó de llover, el sol retrocede y redondea
el Valle detrás de sus montañas, de sus páramos distantes, Ramona y Patrick
leen Nocturno en inglés, gracias a una editorial americana que tradujo la
novela, al francés y al inglés, en el hostal tienen tres ediciones originales
para los huéspedes, que no hablan y no leen en español. Ramona y Patrick leen bajo
la sombra de una acacia —la acacia florecida de mi niñez—, mientras el viento
silba en los tejares del hostal.
La última
edición francesa de la novela empieza;
“Ahí están los colores, la penumbra de la arboleda, el blanco de los
yarumos, la rigidez de los cedros, el silencio de los bosques y las manchas
negras de la desnudez del acantilado”.
El editor omitió el primer párrafo, porque lo
consideró sangriento, demasiado violento, para una cultura que no conoce las
balas. A mí me gustaba más el anterior, se lo comuniqué por medio de una carta
de cuatro páginas dónde intentaba darle a entender que la violencia en Latinoamérica,
no se debía censurar, como una conducta indebida, todo lo contrario, la
violencia es un sesgo inquebrantable de nuestra identidad, que se construye desde la necesidad
operante del dolor, de la autodestrucción y del castigo como premisa
fundamental de la vida. Me respondió que el círculo de personas donde leerían
la novela, eran lectores aparentemente pacifistas, fatigados de la guerra, que
buscan más allá de la destrucción y las secuelas psicológicas de los pueblos
omitidos, un lenguaje rítmico, pintoresco, polifónico que permita, más que
entender una realidad determinada, recrear una cultura que vive en el otro
extremo del charco.
“Nocturno” es la antítesis de esto —deduje—,
durante mucho tiempo, todo lo que escribí, y lo que he escrito, lo hice con la
intención de quebrantar con esa brecha ideológica y racial que nos divide, la
violencia de los párrafos no es otra cosa que un manifiesto silencioso de
dolor, de una cultura que perdió la voz y el voto ideológico, que no tiene escape
y vive inmersa en el encierro de las jerarquías inquisitivas del poder. No vale
la pena escribir, la literatura, es como las putas, ahora entendés porque Irene
decía que un poeta y una puta son lo mismo.
Dejá que los editores hagan su trabajo y vos seguí
en lo tuyo.
Volteé
la hoja, después de haber leído el
primer párrafo y me encontré con una cita, que yo nunca cité de Walter
Benjamin;
“Cualquiera que pelee contra la noche debe
movilizar su más profunda oscuridad para liberar su luz”.
Pero eso
no fue lo peor, el periódico la Vanguardia publicó un artículo donde el
periodista —un tipo menor de treinta años, con barba de jerarca—, dijo que la
cita, la había obtenido de un libro de ensayos, de un escritor peruano llamado
Alfonso Cueto; “La Piel de un Escritor”, y que yo había encontrado en una librería
de la ciudad, gracias a un amigo español, que escribía literatura comparada para
una revista en Bogotá, que me había recomendado ese y otras dos novelas latinoamericanas
que abordaban el tema de la marginalidad y los problemas de la segunda mitad
del siglo veinte; “Nocturno de Chile” y “Conversación en la Catedral” y que
según da a entender, leí para escribir la novela. Dice en un peaje del
artículo; “Se encerró en su apartamento durante un mes a leer y a escribir “Nocturno”,
su primera producción literaria, que ahora es leída y comentada en los
diferentes círculos intelectuales de la ciudad”. No sé el periodista de
dónde sacó esa información, tampoco los referentes que menciona, que por
cuestiones de oficio sí conozco y he leído, pero que nunca he usado como
grandes referentes para escribir, una novela con tintes policiales recreada en
una ciudad noctámbula de penumbras y fantasmas.
****
Nocturno:
“Su cuarto no tiene ventanas. El aire no circula y las colillas de
cigarrillo van a parar al sanitario. Ahí el tiempo no se mide en números. No
hay relojes, no hay péndulos, no hay manecillas. Ahí se sabe, sin ver el cielo,
en qué momento se debe partir. Va al baño, se unta la cara con jabón y pasa la
cuchilla con filos oxidados sobre el mentón y el bigote. Se detiene en el
espejo, finge sonreír, posa como las divas frente al lente de la cámara. En la
foto no salió sonriendo, tampoco posando, la imagen no le gustó porque le
recuerda el otro, el otro que la habita cuando no sonríe, cuando el maquillaje
se esparce y la sombra verde del mentón aparece.
En la sala de espera del Hotel ABC algunos huéspedes tiran los dados
sobre un parqués de vidrio. Hoy, como todas las noches, viste un enterizo
negro. Lleva los tacones en el bolso, los usa tan solo en la esquina cuando
decide caminar por los portones de antaño y los balcones con veraneras
florecidas. Por ahora rastrilla sus sandalias talla cuarenta y tres sobre
el piso asfaltado de esta ciudad. Camina nueve calles diarias por el Bulevar
del río para llegar a la calle séptima. Al amanecer del siguiente día de
seguro traerá dinero para pagar la renta del cuarto donde reside hace más de
dos años. Debe trescientos sesenta mil pesos al dueño del
inquilinato.
En la Carrera sexta con calle séptima queda el restaurante la Guacharaca
afuera un cobertizo vino tinto y un zaguán corto conducen hacia una pared
blanca donde cuelga una pintura con los rasgos indígenas de una mujer, su nombre
es Liliana Grohis la exesposa de Fernando González Pacheco. El cuadro mide un
metro con sesenta. Clara lo observa desde la rejilla con las manos aferradas al
metal ya sea en la tarde en medio de boleros y tangos que murmuran los del Café
la Palma o en la noche cuando desfila con sus tacones altos y sus trajes de
lentejuelas que alumbran a contra luz de las pocas lámparas que iluminan la
calle.
El cuadro que posa frente a ella es su emblema, su inspiración en la
pintura, en el arte. —Algún día me gustaría pintar así —dice mientras camina—,
casi que aferrada a las paredes, a los ventanales con chambranas encorvadas.
Lleva diez años en esto de ser puta y aún le cuesta caminar en tacones. Mide un
metro ochenta y tal vez uno ochenta y cinco con los tacones puestos, no tiene
tetas y se ve alta, sueña con pintar al carboncillo o al óleo cuerpos y rostros
de personas como los que retrata en la oscuridad de su cuarto. Sus dibujos son
cuerpos difuminados por una leve sombra tan perfectos que no parecen humanos; óvalos
perfectos, ojos perfectos, labios y mentones perfectos, cejas perfectas,
rostros perfectos.
Gerardo está sentado en una de las mesas del restaurante con una colilla
de cigarrillo apagada entre sus dedos, es pintor y sus cuadros reposan en las
paredes de los cuartos del restaurante, en la mañana una luz natural se filtra
por el ventanal que yace abierto, tal vez sean la diez, las once, esa misma luz
que encandila a los transeúntes en el andén aquí parece taciturna, serena,
apaciguada entre óleos que cuelgan como retratos póstumos de tardes y
atardeceres clandestinos alguna vez capturados en la retina de los poetas que
miraron hacia el cielo o en el pincel de los pintores —como Gerardo— que los
contempla con sus delirantes trazos. Ahí están los colores, la penumbra de la
arboleda, el blanco de los yarumos, la rigidez de los cedros, el silencio de
los bosques y las manchas negras de la desnudez del acantilado —crestas
desnudas— las llamó el poeta Jorge Isaac a los picos más altos de la
cordillera.
Después de mucho tiempo y después de insistir, logré una mañana
que me diera una entrevista para hablar sobre los dibujos de Clara. La
conversación fue corta. Los restaurantes después de las once de la mañana se
complican, empiezan los meseros a caminar con platos y bandejas en la mano, los
clientes, en su gran mayoría oficinistas y banqueros que conocen el lugar
aflojan el nudo de sus corbatas y beben cerveza fría. El chasquido de los
platos y las voces distantes de las personas en la cocina, los teléfonos, el timbre
de la puerta son ecos fugitivos que se filtran entre los pocos comensales. No
hay tiempo para hablar, para conversar sobre arte, sobre putas que pintan en
cuadernos desvencijados.
Gerardo, confesó con su voz ronca de fumador que Clara le dijo una
de tantas tardes; —Si vos, me dieras clases de pintura yo vendría vestido hasta
de hombre. Se puso de pie, se sonrió y se fue alejando lentamente hasta
desaparecer.
En una esquina de la séptima una lápida con letra gótica anuncia el
nombre de la calle; General Cabal —en esta ciudad pocos la conocen por su
nombre— pasa por el frente del Café la Palma. Ahí, dos cuadros residen encima
de las canastas de cerveza. La gran mayoría de los visitantes del café son
viejos de sesenta y setenta años con pelos en las orejas, pantalones con
prense, zapatos de cuero y anteojos de pasta que suben o bajan para ver tetas o
culos desproporcionados. Toman Clan Mac Gregor en vasos de cristal. Silvana,
sostiene un vaso de wiski en la mano, habla de fútbol. Es una de las putas
más viejas de la calle séptima. Tiene 58 años y 16 cicatrices en sus piernas.
Al lado suyo, está Bárbara. Sus párpados están pintados de color fucsia.
Contrastan con su piel oscura. Durante los últimos meses no trabajó. Había
viajado al Chocó. Días antes, alguien dijo que se encontraba en el segundo piso
del Hospital Universitario, porque había abandonado un tratamiento contra el
Sida.
El primer carro en detenerse en la esquina del Café la Palma es
una camioneta gris de vidrios oscuros. Wendy arquea su cuerpo con las manos en
la cintura y desfila por el pabellón de caserones. Lleva un vestido de malla y
unos tacones altos. A diferencia de Wendy a Clara no le gusta posar frente a
los clientes. —Eso es ser uno muy regalado —dice—. ¡A los hombres no les gustan
las mujeres fáciles! Cuando el carro se acercó, Clara abrió la puerta. Eran las
diez de la noche. —Ayer no me cuadré —dijo Wendy con un tono áspero—. No
disimuló la ira de que Clara se fuera con el tipo de la camioneta. — ¡Cochino!
—suele decir así, cuando un cliente se va con otra—. Yo no soy como las
otras que dicen que se hacen sesenta, ochenta mil. Muchas ni si quieran se
cuadran.
Bárbara, Wendy, Silvana, Violeta y Clara trabajan en la Séptima.
Ximena, Lizet, Katherine y Jessica prefieren la esquina de la Carrera Octava.
En la Séptima, las putas son más viejas. En la octava, están las
más jóvenes, las llaman las hijas de Jimena la O. Tienen entre quince y veinte
siete.
Cuando las putas en la séptima se quitan los tacones es porque algo va a
pasar; una pelea, un hurto, un escape. A las putas no les gusta pelear
con los tacones puestos. Esa noche cuando se quitaron los tacones
corrieron hacía la iglesia San Francisco. Un campero les perseguía a toda
marcha sobre la Séptima y la Octava. Se escucharon dos disparos. Nadie cayó,
esta vez, los tiros apuntaron hacia el cielo.
Clara está nerviosa, enciende un cigarrillo debajo del cobertizo y
contempla el humo mientras fuma. Los tiros al aire, los atracos con gas
pimenta, las puñaladas por la espalda y algunos clientes ofuscados son su
paisaje nocturno, su diario vivir.
—Hoy han sido cuatro atracos —mencionó el vigilante del parqueadero
Plaza Central al escuchar el estruendo de las balas—. La jornada laboral
parece retornar, el eco de las balas se lleva el ruido de la noche, ahora todo
parece tranquilo, sereno, silencioso a excepción del rugir cansado de un
motociclista que pregunta en la noche sobre el precio del deseo; es el precio
del tiempo, del vacío y de la ausencia. De los que buscan el amor en la noche,
en los balcones con veraneras, en las callejuelas con lápidas, en las sombras
de los edificios, en los ventanales con chambranas arqueadas, en la penumbra de
los candiles, en el ocre de las columnas, en los callejones solitarios de la
antigua FES, en las gradas del Teatro Municipal, en la esquizofrenia de
los cuerpos, en el delirio de los senos y en la verga que se esconde entre las
piernas, preguntan por preguntar:
— ¿Cuánto cuesta un rato?
—Media hora cincuenta, una hora cien. Una mamada se la dejo en veinte.
Si se viene bien y si no también.
— ¿Dónde están las demás? —preguntó el motociclista.
Clara se alejó y caminó con el cigarrillo en la mano. —No me
gusta que me pregunten por las demás —dijo—. La moto aceleró y desapareció
entre los caserones del General Cabal.
Esa noche, las putas no regresaron.
El día anterior compré un lápiz Faber Castell 6B, un borrador y un saca
puntas diagonal a la farmacia donde abordo el bus. Puso el lápiz entre sus
dedos largos y encorvados. Hizo trazos. —Calentar la mano es el mejor truco del
dibujante —dijo—. Deslizó el lápiz sobre un pliego de cartulina, su trazo es
firme, ligero. Borra sobre la curvatura para darle forma al mentón. —Los buenos
dibujantes no borramos, pero esta parte, es lo más complicado. De aquí
depende todo: los ojos, la nariz, los labios. No puede haber margen de error.
¿Y las pestañas?
Van de últimas”.
Irene, una novela, que nos refleja la realidad como un espejo. La realidad latinoamericana azotada por la violencia, el crimen, la desigualdad, la injusticia.
ReplyDeleteEl deterioro social ha ido creciendo cada vez más, cada vez nos olvidamos más de los libros, nuestra era está olvidando a los poetas, y solo reconoce a los “YouTubers” los escritores del hoy. Pero a lo que nos lleva la historia es a un punto de reflexión. Encontrar la relación entre una puta y un poeta... la tiene ? Ambos son amantes de la noche. Pero además que hay que aprovechar y no olvidar la magia de la palabra plasmada en la literatura y la poesía.-Tatyana Saa 11a
De acuerdo con usted compañera, pero me parece que falta resaltar, que más que centrarse en los libros y los poetas, esta novela se centra es en lo que la sociedad de hoy en día a llevado hacer a las personas, sacar sus lados más oscuros y desafiantes como forma de enfrentar toda esa realidad en la que vivimos hoy en día como la violencia, la injusticia, la desigualdad, la pobreza, la violencia y muchos aspectos más. En mi opinión me parece una novela muy cercana a nuestra realidad en Cali e incluso en Colombia, ya que nos la muestra de una manera mas fría y sin tapujos. - Ma. Paula Rodriguez 11A
Delete¿Por que los poetas y las putas son amantes de la noche? ¿Siquiera guardan una relación? Durante la noche, en la soledad de una esquina, es común encontrar la inspiración, no solo para los poetas, sino también para las putas, ambos fanáticos de ocupar el espacio publico; prefieren hacerlo durante la noche, puesto que la libertad que brinda el estar solo y a oscuras es lo único que parece darles consuelo. Ambos viven en la nostalgia y el recuerdo, se alimentan de los corazones rotos, las infidelidades o los amores imposibles, sirven como consuelo al desesperado durante la noche, cuando el ser humano se encuentra en su punto débil.
DeleteBien de acuerdo con los comentarios anteriores asumo que la novela circunda bajo esa realidad latinoamericana, una realidad macabra que nos convierte en victimarios en marginados por el solo hecho de haber nacido en medio del conflicto armado, asumo el sentir de ustedes como lectoras, pero creo que la dimensión del texto va un poco más allá, principalmente sobre las repercusiones psicológicas y sociales que viven los personajes, no solo Irene que es la protagonista si otros que "deambulan" sobre horizontes inexplorados, porque al parecer no encuentran el rumbo y viven dentro de la desorientación y es ahí dónde hay que mirar. Tatiana, María Pula y María Fernanda
DeleteYo entiendo, me parece un buen escrito que trabaja esa parte social y psicológica de Las personas que repercuten en su diarios vivir. Muchas de estas historias tienen un gran trasfondo. Pues refleja aquella marginalidad en la que vivimos, pues para nadie es una mentira que latinoamerica es un continente azotado por la violencia y marginalidad que siempre se aprovecha de los más vulnerables.
DeleteAtt:Tatyana saa
DeleteNo solamente pienso que es una visión hacia todo el lado marginal que existe, sino que es una reflexión sobre que tan profundo es el daño social que se ha producido, al punto de que los problemas parece que no tienen solución. y que la gente ha adaptado la miseria a su estilo de vida.
DeleteEmpezaré diciendo que este texto desde mi punto de vista tiene la finalidad de mostrarle al lector una realidad que actualmente se hace cada día más fuerte. Es por esto que decidido elegir como tema fundamental la marginalidad, puesto que en el texto se muestra de manera clara un conjunto de personas que han sido maltratadas, discriminadas, y señaladas no solo física si no también psicologicamente, haciendo así que sean parte de esta gran comunidad de marginados que cada día se convierte en grupo más grande y menos aceptado por la sociedad.
ReplyDelete-Maria jose gomez
Si yo también estoy de acuerdo que la obra se debe mirar desde un perfil psicológico que desencadena una variedad de acciones y conductas de personajes ilusorios, ambiguos, desterrados y nómadas que andan sin rumbo perdidos en avenidas y parasoles lejanos , pero más que mencionar o patologizar (enfermar) diagnosticar a los personajes hay que enmarcar esas acciones que denoten la enfermedad de la cultura y de los personajes.
DeleteYo considero que irene no solo nos muestra un deterioro en el aspecto literario, si no tambien en el cultural, en el social, en el academico; en general irene nos muestra un mundo de decadencia y la parte oscura de lo que podría ser esta marvillosa ciudad en otros ojos. Teniendo en cuenta, que es importante igualmente mostrar en texto como estos las minorias tan marcadas en el texto, los enfermos, la comunidad LGTBIQ, las escritores, los profesores, las prostitutas. De este texto resalto el afan de mostrar como vivimos la vida cuando tenemos situaciones complejas y las malas decisiones que tomamos por no ver el más allá de las cosas y el futuro de tristeza que nos puede generar.
ReplyDeleteHace poco mientras me tomaba un café leí un párrafo de Paul Auster "Una Vida en Palabras Conversaciones con I. B Siegumfeldt" que decía; "En épocas catastróficas, cuando parece que el mundo está a punto de acabarse , los locos brotan de las piedras; Aparecen nuevas religiones, sectas extrañas, filosofías raras, e intentos desesperados de lidiar con lo insoportable"
DeleteYo siento que la marginalidad y la tristeza, junto a la decadencia que mencionas y de acuerdo a Paul Auster el conflicto y el malestar conlleva a la necesidad imperiosa de re-inventarnos, de reconstruirnos como sujetos aptos y moldeados para soportar el tedio y la hegemonía aplastante en esa transición está el valor creativo del arte, por eso siento más que cualquier cosa, que el texto intenta resaltar las manifestaciones artísticas de los personajes como único refugio y libertad.
DeleteReconstruirse. Esa es la palabra más bonita y de aliento de una persona.
DeleteTras vivir en una sociedad tan corrompida como la actual, donde son escazas las personas buenas y las buenas cosas, donde las caídas son frecuentes y los llantos comunes, pienso que uno llega a un punto donde se toma de valor y fuerzas, y empieza a levantarse, a reconstruirse, no importa la historia que sea, todo se puede lograr si se empieza de nuevo. No hay que sumergirse en la depresión ni el dolor, por el contrario sonríele a la vida, sigue adelante y no te rindas, saca el lado bueno de las cosas y reconstrúyete. Recuerda que después de el oscurantismo vino el renacimiento, después de la muerte, la resurrección. -Tatyana Saa
La vida es un constante cambio, nadie se baña dos veces en el mismo río, siento que la tristeza y la marginalidad mencionada por el profesor, efectivamente producen un deseo interno de volver a escribir nuestra historia, que a pesar de que muchos lo consideran un nuevo nacer, puede caer en la perdición, muchos de los personajes mencionados, se re inventan de una manera que esta fuera de lo común, que a diferencia de muchos considero que no es una muestra de arte, sino, de tratar de ocultar la realidad, murales llenos de historias que nos bloquean y no nos permiten ver con certeza que hay detrás de cada historia, si tomamos ejemplos actuales hay miles de maneras de caer en la monotonía de la vida fingiendo alguien que no es tu verdad, los humanos buscamos por instinto refugiarnos cuando sabemos que algo va mal, como ya han mencionado anteriormente, reconstruirnos, es algo que hacemos diariamente, reconstruirse es consecuencia de algo como llamaría yo catastrófico, y volviendo a mi punto anterior, como seres racionales buscamos siempre huir del peligro, si sabemos que nos va a perjudicar, no somos capaces de volver a ese punto, el trasfondo de los personajes y sus respectivas barreras no nos permiten determinar si esta nuevo nacer, solo es un disfraz que usan para encubrir las cicatrices de un pasado trágico.
Delete-Maria Isabel Ocampo.
Me llamo Irene y sigo sin entender dónde estoy, es un relato que invita al público a reflexionar acerca de temas como la locura y marginalidad en todos sus aspectos, en este, seres que comúnmente suelen ser rechazados y apartados de la sociedad, se presentan en un mundo donde lo usual es convivir entre ellos; prostitutas, homosexuales, travestis, ninfómanas y desterrados. Mas que una forma de mostrar la realidad, pienso que se trata de una historia que se basa únicamente en el pesimismo y el vacio existencial de un porcentaje de la nación para desarrollar una "realidad" extremista, no muy semejante a lo que un ciudadano común puede distinguir en su diario vivir, por lo tanto, no estoy de acuerdo con que esta historia sea un reflejo absoluto de la realidad latinoamericana. - Maria Fernanda Hernandez
ReplyDeleteEn contraposición de tu postura pienso que en la actualidad podemos observar tantas cosas que últimamente se han convertido en algo común, sobre todo en la Latinoamérica actual, el texto a pesar de tener una estructura exajerada, no se aleja mucho de la realidad de ciertas personas, ya que vivimos con mascaras que nos protegen del que dirán las personas y nos modificamos para seguir unos estereotipos marcados por la sociedad, las diferentes historias narran el trasfondo de los personajes, sus sentimientos hacia cosas que para nosotros están fuera de lo comun; para nosotros nunca vamos a encontrar correcto lo ilegal, pero por lo contrario algunos personajes lo en encuentran satisfactorio; mi punto es no pienso que es exagerada o muy lejos de la realidad, más bien pienso que aunque no es NUESTRA realidad, puede ser la de otra persona que no ha encontrado un sentido a la vida y se refugian en cosas que no están en lo correcto pero es lo que les da un pequeño motivo para seguir.
Delete-Nogales
Si bien es cierto lo que dices con respecto a los estereotipos marcados por la sociedad y los aspectos que comúnmente suelen ser un "tabú", el tipo de conflictos presenciados en la lectura, como violaciones, prostitución, asesinatos, venta de sustancias ilícitas, etc. Van de la mano con experiencias vividas por un porcentaje mínimo de la población, en zonas de conflicto mayormente; mientras que la mayoría de los individuos resultan ajenos a ellas, no es lo normal presenciarlas en la cotidianidad, siempre resulta visto como algo externo a la "vida real". Por esto insisto en que resulta algo extremista el decir que la lectura muestra la realidad absoluta actual, como un espejo, esta variaría dependiendo de quien mire por el.
DeleteAmbas posturas estan en lo correcto, el texto esta escrito en un lenguaje obsceno para quien lo lea, pero lo que trata es contarnos una condición de vida explicita que para nosotros puede llegar a ser exagerado. No podemos ignorar que texto nos presenta la cruda realidad que viven miles de personas en su día a día: prostitucion, homosexualidad, pobreza, corrupción, drogadicción ó alcoholismo, son hechos que han surgido desde el principio de la historia, por lo tanto son una realidad. A nuestro alrededor miles de personas viven esta situación y no necesariamente personas de bajos recursos si no tambien aquellas provienen de buenas familias. Pasamos por desapercibido esta situacion y tenemos como prejuicio el creer que solo de presenta en zonas que carecen de recusos. No es una realidad exagerada, es una realidad actual y real que lastimosamente esta presente a nuestro alrededor.
Delete-Nayive castaño
yo no siento tan locos a los personajes, siento por el contrario que luchan por no enloquecer, son personajes que rozan la libertad, desde el arte, desde la transformación del cuerpo como lienzo para engalanar la noche es el oficio de las prostitutas; engalanarse, disfrazarse con atavíos diversos igual a los poetas que se engalanan con las palabras para enaltecer y alterar la percepción, llegar a ese estado los convierte en sujetos libres que quebrantan con la brecha de la linealidad impuesta por la sociedad que edifica y moldea sujetos lineales y comunes carentes de color, de folclor y expresión la represión de esos personajes que menciona María Fernanda me parecen que están más locos y enfermos que los otros.
DeletePartiendo de la exageración de la realidad -el concepto empleado por ustedes-, hace parte evidentemente de un lenguaje figurado que resalta e ilumina el trauma de una sociedad déspota que ignora la marginalidad y al descarriado como un mecanismo de control y poder , construir líneas de pensamiento que vayan en contra de un sistema perjudica la armonía y el bienestar de unos pocos, que incitan al terrorismo y la violencia, siento que ahí radica el problema que tiene Latinoamérica en la desigualdad étnica, racial, y cultural somo un pueblo doblegado, esquizoide que le cuesta asumir e identificar la realidad en la vivimos Luisa, Nayive C y María F.
DeleteSiento la máscara que menciona Nogales, nos cuesta identificarnos bien sea porque adaptamos el terror y el crimen como peaje normal de la vida y aceptamos la crueldad y la manipulación sádica de otros como resguardo de placer por miedo y temor de enfrentar la libertad del mundo desencadenando las ataduras que nos brindan seguridad y refugio en esa ambivalencia de dolor y bienestar se edifica la cultura latinoamericana por eso nos cuesta identificar la vulnerabilidad y la realidad escueta y cruel. Buscamos el dolor, el trauma y el sacrificio porque son parte de una identidad histórica y cultural.
Deletesiento que irene vive una realidad que a muchas mujeres del pais les ha tocado vivir por necesidad y en el dia a dia se encuentran con situaciones incomodas, humillantes o denigrantes, tanto asi que para ellas se vuelve algo común y su mente se cierra en esta para acostumbrarse y conformarse con el panorama , por lo cual pierden su sentido, su escencia y al final se pierden ellas mismas solo por el intento de sobrevivir en un mundo superficial, vacio y de bajas oportunidades
ReplyDeletesoy danielita pinzón
DeleteSiento que tu comentario justifica un poco la respuesta anterior, la cultura latinoamericana se construye desde el sadismo y el masoquismo producto de una hegemonía grotesca, patriarcal y pedante que acorrala y lástima desde el poder y la autoridad, asumimos el castigo como mecanismo de placer y refugio. de forma inconsciente buscamos el dolor el tormento para identificarnos con él.
DeleteDe acuerdo al comentario de mi compañera Daniela, y em contra posición con la de José, pienso que una prostituta no se vuelve porstituta por masoquismo o sadismo, pienso que si un tema cultural delicado, Pues para el mes de abril de este año la tasa de desempleo fue 10,3%, presentando un aumento de 0,8 puntos porcentuales respecto al mismo mes de 2018 (9,5%). Es decir que el desempleo va en ascenso. Hay escacez de oportunidades y además hay mujeres, con hijos a los cuales mantener, mujeres sin recuersos ni oportunidades, mujeres invisibles para muchos, mujeres sin voz, que por una u otra razón la única opción que les queda es la prostitucion. -Tatyana Saa
Deleteen cuanto al escrito creo que debio ser manejado un mejor orden de los acontecimientos y ser mas claro en cuanto a los pensamientos de las personas porque muchas veces no logro entender que estan sintiendo los personajes- danielita la mas bonita pinzoón
ReplyDeleteEstoy de acuerdo con mi compañera, la discontinuidad de las historias en el texto provoca confusión respecto a la identidad de cada uno, sus conflictos internos y su relación con el resto de la historia, tantos cortes se convierten en algo repetitivo; es necesario dar mayor claridad a la linea argumental de la historia, así hay menos probabilidades de que el lector pierda el hilo y se aburra.
DeleteConcuerdo con mis compañeras, personalmente el libro no me logró atrapar ya que es de una comprensión compleja, sugiero que para próximos proyectos se mejore esa parte.
DeleteAna Díaz 11-A
Estoy de acuerdo con mis compañeras, aun que me parece interesante la novela me costo trabajo entenderla ya que el hilo conductor es confuso, gracias a esto se me fue difícil entender en la primera leída .
DeleteLa confusión de los personajes y la discontinuidad de las historias es producto de la irracionalidad de cada uno de ellos, es el vacío y la desorientación lo que busca el texto, tanto que el lector se identifique y sienta esa desorientación convirtiéndose en un personaje más de la novela que deambula como Irene, que no sabe dónde está, o como Pacho que decidió ser invisible, en medio de una guarida llena de reconocimientos. Pienso que los actos no pueden ser de otra manera, como tampoco los personajes, místicos, misteriosos, clandestinos y solitarios aparecen y desaparecen sin dejar huella, así son los fantasmas y los muertos y creo que la novela está lleno de ellos, hay que encontrar esa liviandad y esa incoherencia como premisa y línea argumentativa que menciona María Fernanda y Pinzón
DeleteRespecto a los comentarios de mis compañeras, pienso que esa confusión de los personajes, es algo propio de nuestra literatura colombiana, pues un ejemplo claro de esto son los textos del gran escritor colombiano Gabriel García Marqués, pero al contrario de este escritor que se dedicaba al realismo mágico, en donde combinaba un poco la cotidianidad con lo mágico, en Irene de refleja la realidad como un espejo, refleja la actual sociedad y unos de los principales problemas de esta época
DeleteAtt: Tatyana Saa
Deletela dignidad es una cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden. En la historia hemos podido ver como la falta de dignidad ha desencadenado conflictos en el mundo como los son las guerras, corrupción, ambición, pobreza extrema, drogadicción, la división de clases y la prostitución forzosa. En el texto ``me llamo Irene y sigo sin saber dónde estoy`` se puede evidenciar que ningún personaje posee una dignidad, porque buscan un refugio en la marginalidad en vez de luchar y cambiar su realidad, por esto se deja en un segundo plano aspectos importantes de la vida, como lo son los valores y principios (la sensibilidad, la honestidad, la responsabilidad, la empatía, el respeto, la tranquilidad, la austeridad moderada y el más importante que abarca todo es la dignidad) como consecuencia una sociedad llena de prejuicios y destinada a la perdición. -Sara castillo vargas
ReplyDeleteEstoy de acuerdo con tu postura creo que al dejar de lado los aspectos como la sensibilidad, el respeto, empezamos a dar una opinión por lo general de forma negativa, que se hace de forma anticipada, creemos que lo que vemos es la realidad absoluta pero a fin de cuentas no estamos viendo lo que hay detrás de cada historia, persona, circunstancia
DeletePor ejemplo en el texto podemos ver que el personaje principal es una prostituta que mucha gente juzga y no sabe en realidad por lo que está pasando, Irene es una mujer que busca sobrevivir en un mundo donde el dinero significa poder y si no tienes poder no eres nadie, esta mujer lucha cada vez más por encajar en una sociedad predeterminada, un mundo donde las oportunidades son muy pocas, donde cierto porcentaje de mujeres que ejercen este trabajo lo realizan con el fin de sobrevivir, y no por gusto.
La dignidad hace referencia al valor inherente al ser humano por el simple hecho de existir, en cuanto ser racional; no se trata de una cualidad otorgada por nadie a nadie, o de alguna virtud que amerite de algún tipo de requisito mas que el estar vivo para ser poseída; es el respeto y la estima que todos los seres humanos merecen y se afirma de quien posee un nivel de calidad humana irreprochable. Todos los seres humanos poseen este valor, por lo tanto, que un individuo que busque refugio o escapatoria en la marginalidad, no esta perdiendo la dignidad; esta puede ser violentada, pero no se puede perder. Por ejemplo, actualmente existen gran variedad de movimientos sociales que invitan a la reflexión acerca de la prostitución, ya que este amerita ser considerado un trabajo "digno", muchas mujeres realizan este tipo de servicios de forma voluntaria, sin perder el respeto a si mismas, sin perder la dignidad.
DeleteYo entiendo la dignidad como una forma de resistencia social, resistir las asperezas y la crueldad como un acto paisajista, adecuarse y someterse ante las decisiones de un poder jerárquico sin sublevarse, el sometimiento moldea sujetos silenciosos, educados, y fáciles de manipular dentro de un sistema totalitario lleno de dignos que cumplen estereotipos y funcionan en pos de una sociedad progresista llena de atropellos y engaños.
DeleteRespecto al tema de marginalidad y dignidad pienso que son temas que al igual que la pobreza y las injusticias nunca se van a acabar. Vivimos en un mundo capitalista donde enrico cada vez es más rico y el pobre cada vez más pobre, el marginado es un ser pobre, vulnerable y del cual se aprovecha quien pueda. Lamentablemente esto es la realidad. Pero lo ideal seria lo inexistente, lo ideal sería un mundo lleno de amor, un mundo sin injusticias, sin violencia, sin dolor, sin pobreza, sin desigualdad. Este sería la utopía del mundo, pero una utopía es aquel ideal imposible, así que creo que estamos condenados a vivir de esta manera a menos que alguien reflexione y reaccione frente a esta realidad. - Tatyana Saa
DeleteEs evidente que la novela batalla por los campos de la marginalidad y el conflicto social, pero más que la desazón que produce el tedio de encajar en una sociedad deshumanizada incitada por idealismo del progreso elitista y desenfrenado que aligera y atropella al débil y al desposeído, pienso que es importante mirar la concepción de la memoria que intenta restablecer el texto como política de transformación urbana, desde la estética y el olvido, desde el espacio y el tiempo, causantes principales de la desorientación y el conflicto de unos personajes que se desconocen frente a la imposición ideológica impuesta como control y dominio de la irracionalidad y elocuencia.
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ReplyDeleteProblemáticas tales como la prostitución, la pobreza, la violencia, la desigualdad, la corrupción, la mala educación han llegado a afectar de manera directa a América Latina.
ReplyDeleteEl texto "ME LLAMO IRENE Y SIGO SIN SABER DONDE ESTOY" refleja de una u otra manera estas problemáticas ya mencionadas en la que cada personaje esta inmerso en ellas .
Se habla de los nuevos escritores : "YOUTUBERS O INFLUENCERS" que valga la redundancia ejercen influencia en la mayor parte de la sociedad principalmente en jóvenes y adolescentes generando una literatura vana y superficial de la realidad, en la que se pretende divertir mas no llevar a la critica de la realidad. Estamos en una sociedad donde prima el entretenimiento y en donde se busca evadir todo tipo de problemas y responsabilidades en la que se sientan presionados recurriendo muchas veces a las drogas; que actúan como liberadores en un principio pero luego se vuelven presas de este, generando sentimientos artificiales y momentáneos. Como diría el reconocido escritor peruano Mario Vargas Llosa; estamos en una "Era Light", es decir, en la era de la simulación en donde vale mas aparentar que ser. Nuestros rostros se han transformado en mascaras y nuestros valores humanos se han ido perdiendo, olvidándonos de la dignidad que tenemos como seres humanos.
MARÍA PAULA HOYOS
Es una verdad que la tecnología a arrasado con todo, la era de las redes sociales está en pleno fulgor, sistemas que digitalizan la vida de las personas, sistemas que también se vuelven una adiccion para muchas personas, o no les ha pasado que una vez dicen que verán Facebook por un ratito y terminan estando en el por 5 horas? Así de grande es el poder de las redes sociales, cada vez hay más youtubers, influencers, es la nueva literatura, lamentablemente con temas vanos, nada en comparación a la verdadera literatura, a la verdadera poesía. Creo que hoy en día hay más fanaticos a youtubers e influencers que fanaticos de “la maria” o “cien años de soledad” o “el principito” y es una lástima ver cómo seguirá esta generación, ya los niños pequeños no leen los cuentos de los hermanos Grimm y se la pasan pegados a los celulares y televisores viendo a youtubers. -Tatyana Saa
DeleteMuy acertado el comentario el comentario de María Puala Hoyos, habrá que preguntarse qué papel cumple hoy en día la literatura en la sociedad, el arte y la cultura como mecanismo eficientes de transformación social, o mejor aún y de acuerdo con el ensayo de Mario Vargas Llosa La Civilización del Espectáculo" que papel cumple el intelectual en la sociedad, una sociedad acelerada que vende desde el entretenimiento desde la multitud pero no desde el contenido.
DeleteEsta cualidad de dignidad inherente a todo ser humano se ha venido devaluando.
ReplyDeleteTomando en cuenta tu comentario , creo que es muy importante tener claro este concepto y es que efectivamente la dignidad es una cualidad inherente
Estoy segura de que nadie te puede quitar la dignidad ni otorgartela, pero tu si puedes renunciar a ella en el mismo momento en el que dejas de comportarte como una persona con "un nivel de calidad humana irreprochable"
Según lo que tú me emocionas acerca de la prostitución y los movimientos sociales quería preguntarte ¿el trabajo te hace digno? O ¿Tú haces digno al trabajo? Si tomamos el caso de las prostitutas, según tus argumento dices que ellas por el mero hecho de ser humanos tienen la dignidad y por ende ellas hacen a su trabajo, un trabajo digno; pero si tomamos otro ejemplo como el de los expendedores de drogas, y ponemos la misma analogía estaríamos diciendo que ¿el vender drogas es un trabajo digno? por el mero hecho de que el expendedor de drogas, es un ser humano.
Cuando dices que las personas no pierden ( renuncian) a su dignidad al querer refugiarse en la marginalidad (delincuencia, deshonestidad corrupción, criminalidad) está llendo en contra de la definición de que es la dignidad, como ya lo mencioné anteriormente la dignidad es la cualidad de una persona que tiene un nivel de calidad irreprochable.
Entonces, sí un sicario empieza a matar a personas, violenta los derechos humanos de estas mis más personas, ¿No estaría llendo encontra de la definición de dignidad? Entonces... A una persona que no cumple con ninguna de las características de dignidad...me lleva a reflexionar ¿En realidad esta persona Tiene dignidad alguna?
Cualquier persona que se encuentre viva posee dignidad, sea cual sea su condición economíca, su estrato social o el trabajo que realice, el "nivel de calidad humana irreprochable"; en estos casos resulta subjetivo, pues este varia dependiendo de la interpretacion individual de cada ser humano en cuanto a este concepto. Asi como las prostitutas pueden hacer su trabajo digno, los sicarios y los vendedores de droga tambien pueden considerar de esta una labor digna; dejando de lado la moral, si bien un sicario violenta la dignidad del otro, esto no significa que violenta la propia con su labor, o que renuncia a ella; a menos que cometa un suicidio; un vendedor de drogas violenta la dignidad del otro al comercializar sustancias que ponen en riesgo su salud, pero este no violenta la propia a menos que consuma dicha sustancia, en otras palabras, si, todo ser humano posee dignidad y al ser este un valor inherente, no se pierde hasta el momento en el que se deja de vivir, sin embargo, se puede desvalorizar, pienso que eso es lo que quieres expresar.
DeleteEstoy de acuerdo con mi compañera mafe, pues todos somos dignos de algo, nada puede definir nuestra dignidad, todos somos seres iguales, seres con derechos y deberes, todos poseemos dignidad. Y ningún factor social, psicológico, económico o cultural puede restringirnoslo. -Tatyana saa
DeleteLa misma sociedad se encarga de señalar y aislar al marginado como un ente de control y eficiencia social, la diferencia genera malestar y tedio, una de las formas de alinear se hace desde el silencio -silencia el discurso de los líderes opositores-, desde la imposición de la fuerza y la clasificación patológica y científica para la protección de un sistema social pensado para los "normales".
DeleteYo estoy de acuerdo con el comentario, Irene puede servir para que muchos jóvenes entendamos como es la sociedad de hoy, que hay mucha violencia en cada esquina,, que hay rechazo, por así decirlo, a la comunidad LGBT, asesinando, torturando a la comunidad si razón alguna, como el que recogía las putas, y las llevaba para asesinar y vender sus organos, simplemente la sociedad está tornándose oscura nuevamente, como en los años 80, ahora se ve mucha violencia. Irene no está llevando a visualizar "realidad", el texto es perfecto, no encuentro alguna incoherencia, todo muy concreto, y conectado, hace que el lector de teletransporte hacia el lugar plasmado en la historia
ReplyDelete- Santiago Umaña
Respecto al comentario de mi compañero pienso que el texto nos habla con la verdad, las cosas como son, para nadie es un secreto que en pleno siglo XXI y cada vez más, exista con más frecuencia lesbianas, gais, transexuales y bisexuales, es una realidad que tenemos que aceptar.
DeleteSegún la historia, en el pasado ser parte de esta comunidad era un pecado mortal. Homosexuales eran repudiados, rechazados y condenados a muerte. Seres vulnerables en aquella sociedad.
En el texto de Irene podemos ver cómo el autor habla con la más normalidad de gais y lesbianas, travestis y bisexuales, pues hoy en día, después de muchos años y después de un gran proceso de transformación de la historia, es algo que hace parte de la actualidad y cotidianidad. -Tatyana Saa
DeleteDe acuerdo con mis compañeros, puedo agregar que la historia es un autorretrató subjetivo, ya que, la historia y la vida de Irene son situaciones con las que cualquier tipo de persona puede resultar identificada, a pesar de no encontrarse en el mismo contexto que ella, el sentirse perdido, sin un sentido o un propósito, son tópicos que se vienen desde la modernidad, no es algo actual, sin embargo hoy en día estos casos son aún más comunes, como podemos observar en la historia.
por el contrario, yo considero que el texto, a pesar de como usted lo dice, nos refleja realidades y nos dejan pensando sobre esta actualidad; presenta muchas incoherencias que sería posible concretar si hubiese un final más especifico. Ademas que el texto nos envuelve con temas extensos que no nos llevan a ninguna conclusión. Esto igualmente no le quita lo interesante al libro en vivencias que nos conectan a lo que día a día nos rodea y esto si le resalto al texto, que es un reflejo de una parte de lo que genera la sociedad hoy en día. Me hubiera gustado ver un contraste entre lo malo y los que para la sociedad es considerado bueno para que se pudiera tener un contexto global y no solo la parte mala de la sociedad.
ReplyDeleteReferente a tu idea de que los temas se extienden tanto que al final no dejan una conclusión clara.Pienso que esa es precisamente la esencia del texto, los problemas se extienden tanto, y son al mismo tiempo demasiados, que eso precisamente refleja la situación de los personajes, ellos están sumidos en vicios y problemas, y aveces en esas situaciones...no hay un final claro.
DeleteMuchas de las historias no tienen porque tener una conclusión, ni siquiera un final, y mucho menos uno que sea acorde con las necesidades de los lectores, la cultura ha estado cimentada en los finales felices producto de las utopías que se construyeron desde el cine Norte Americano y desde esa concepción errónea de felicidad que quieren imponer como sociedades perfectas e idealizadas que creo es el peor de los casos que afectan a nuestra cultura.
DeleteCompañero Umaña no estoy de acuerdo con tu comentario ya que el texto no es perfecto como tú dices teniendo en cuenta que perfecto es lo que posee el nivel tope de una cualidad o defecto en concreto. En el texto de Irene se puede evidenciar que tiene ciertas faltas de ortografía, carece de signos de puntuación, por otro lado al no tener un buen orden vuelve un poco tedioso y aburrido la lectura algo que no me parece que este bien hecho un texto debe llamar la atención del lector
ReplyDeleteEl texto me llamo Irene y sigo sin entender donde estoy , es un texto donde nos muestran las realidades sociales , económicas y políticas que viven en una sociedad . Para nadie es mentira que cada país sufre algún problema que lleva a la humanidad a tomar decisiones inadecuadas que puedan perjudicar su vida , pero estas pueden ser por decisión propia o por lo más común necesidad del hombre . Es triste ver como en cada momento esté generalizando a los países latinoamericanos por vivir en medio de la guerra y donde queda el resto de sus habitantes que día a día por más nostálgico o oscuro que sea su vida ha salido adelante ? . Al igual que por más cruel y abierto quiera escribir el autor sobre la vida hoy en día sabemos que es una realidad que viene hace siglos y no es de ahora donde su forma de expresar debe ser más cuidadoso porque no sabe que tipo de espectador esté leyéndolo . Y con los pensamientos del autor estoy en contraposición como es posible que una persona tan culta y tal vez que tenga mente abierta para escribir acerca de muchas cosas pueda decir que una mujer llegue al medio de la prostitución por el placer carnal que sienten o por el masoquismo o sadismo , en eso estoy de acuerdo con mis compañeras tatyana y Daniela y es que muchas veces y la gran mayoría de las mujeres que están en este medio de la prostitución es por salir adelante y luchar por sus familias y estos es gracias a problemas como : desempleo , exclusión en algunos casos hacia la mujer y falta de oportunidad en sus países natales . Sofía Osorio Echeverry
ReplyDeletecon respecto a lo que jose alias (loco) dice acerca del orden de la historia creo que a su parecer tiene sentido porque al fin y al cabo es el autor y vivio la historia en su cabeza, sabe como fue e intento recrearla .... efectivamente si logra desorientarnos pero no creo que nadie se sintiera identificado con algun personaje y en mi caso se me hacia muy dificil entender las razones de muchas de sus acciones porque no lograba sentir lo que ello sentian al menos por lo que se pasara por su mente , por el contrario se percibia una indiferencia por parte de irene ante situaciones que a mi me habrian hecho sentir bastante incomoda y por esto mismo no tuve una conexión real
ReplyDeletejajaja siempre se me olvida poner mi nombre , soy danielita pinzón
DeleteEstoy de acuerdo con mi compañera Daniela, no creo que ninguno de nosotros se sienta identificado con algún personaje porque en si los personajes no mostraban un pensamiento lógico, eran muy confusos, a mi parecer, creo que José Alejandro si los tiene claro ya que es el autor del libro y en su imaginación al crear estos personajes ya sabía cómo iban hacer.
DeleteAtt: Sofía zapata 11a
Estoy de acuerdo con Daniela y pienso que la línea argumental de la historia mas que hacer que el lector se identifique con el sentir de los personajes, no llega a otra cosa sino confusión, ya que es posible que el lector ni siquiera llegue a entender cual es el objetivo de todos esos saltos y cortes narrativos. Por eso, añado que sería bueno mejora este aspecto.
DeleteMi opinión sobre el texto es que es muy confuso, ya que habla de muchos temas y no los concluye, y no tienen una continuidad. Y es final me pareció muy confuso ya que no concluyó bien, nos dejo pensando. igual me gustaron los temas que tocaron en el texto ya que nos muestra ya realidad en este momento. La realidad latinoamericana se ve muy azotada por la violencia, desigualdad, corrupción, crimen, la injusticia etc...
ReplyDeleteLa sociedad se ha deteriorado cada vez más rápido, nos estamos olvidando de los libros, de los poetas, la juventud de ahora solo piensa en los youtubers. Pero a lo qué nos lleva el texto es a una reflexión. Podríamos decir que una puta y un poeta tienen algo en común? Serán los únicos amantes a la noche?.
Att: Sofía Zapata 11a
Pienso igual que Sofia y no creo que este texto sea perfecto, para mi es todo lo contrario, es una historia imperfecta, con personajes y situaciones imperfectas, desordenadas y sin una conclusión concreta, sin embargo, si logra que como lector todos lleguemos a una especie de reflexión profunda sobre la gran variedad de temas que desarrolla, como gay, lesbianas, travestís, marginados, etc.
DeleteMe llamo Irene y sigo sin entender Donde estoy es una critica a la ignorancia social que comúnmente suelen poseer los ciudadanos entre comillas normales, puesto que ellos no aceptan que personas como Irene, Iván, Pilar, Ignacio viven entre ellos y son parte fundamental de esa sociedad, se esconden en la ignorancia y el rechazo, negando por completo que algo así pueda escoger en la vida real, por esto es que aún existe ese tipo de distinción de clases y estereotipos en pleno siglo XXI.
ReplyDeletepienso que más que una critica a la ignorancia, es un estudio de personajes...ya que nos conecta con cada uno de ellos, nos explica su mundo en vez de solo criticarlos. Y mediante un clímax que no es claro , hacernos entender que las situaciones de los personajes...puede que no tengan solución, que más que problemas ya son parte de ellos.
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DeleteYo considero que la critica a la que se refiere nicolas es a la ceguera de la sociedad al respecto con la violencia y de mas temas del texto. Nosotros siendo el reflejo de esos ciudadanos "normales" como lo llama nicolas, rechazamos las situaciones expuestas por el texto tanto que nos dejamos llenar la cabeza de noticias amarillistas o por la influencia de las redes sociales que nos cuesta creer que es la realidad. Afortunadamente tenemos el calor de nuestros hogares, pero afuera, eso que nos cuesta asimilar es la realidad de miles de personas y eso es lo que el texto quiere que entendamos. De acuerdo con Miguel, el texto nos quiere adentrar tanto los personajes con la razon de que entendamos como es la vida para esas personas, por eso estoy de acuerdo con la variacion de personajes, creo cada personaje que nos enseña el texto representa con exactitud un "problema" ò "rechazo" por decirlo asi que tiene la sociedad frente a lo que se vive hoy en dia
Delete-Nayive Castaño