Perdido Entre Cordones



Perdido Entre Cordones






Editorial 

Este fue el prólogo de la exposición “Perdido Entre Cordones”, un proyecto estudiantil que intenta sensibilizar desde el arte y la escritura un tejido social desquebrajado producto de una historia arbitraria, pedante, narcisista, xenofóbica, donde opera la ley de los fuertes, de los vencedores, de los poderosos, del conocimiento camuflado en vestiduras inquisitivas y racionales donde no existe la pasión, la objetividad del proyecto consiste principalmente en quebrantar con esos imaginarios históricos, con los estereotipos falsos de sociedad, con las brechas represivas amalgamadas producto del miedo y la angustia, quebrantar la barrera —“invisible”—, significa entender el pasado, esa enfermedad que nos ha condenado a vivir desde el dolor, desde la marginalidad, desde la incomprensión, asumir el discurso oral y escrito como herramienta terapéutica es el paso a seguir para la construcción de una sociedad que funciona desde la paz y la armonía y para encontrar ese equilibrio equidistante habrá que volverlo a narrar desde la fantasía cervantina.


Perdido Entre Cordones

 

Cada paso Cuenta

Prólogo:

Cómo contarles el país a estos jóvenes —fue la primera pregunta que me asaltó—, ese país desconocido, distante, carente y huérfano por donde transitamos sin saber quiénes somos. Pensé en decirles qué éramos una especie de barco en medio de una marejada enorme, a la deriva y sin timonel, atrapados en el desahucio de una cultura enferma, derrotada por la violencia y las secuelas de la destrucción y el miedo.

Perdido Entre Cordones es una hazaña irracional que empezó bajo la experimentación polifónica de voces al azar reproducidas en medio de una clase. Las voces de los personajes representan la discontinuidad del malestar social de una cultura enferma, producto del caos y la desorientación en la que vivimos. Esa radiografía social enmarcada en la angustia, en el grito “silenciado”, en el trauma, permitió reconstruir desde la clandestinidad esa urbe espectral que delira ecos altisonantes de locura. A medida que las voces emergían con mayor fuerza, como un monólogo discontinuo y perturbador pensamos la sonoridad, como una herramienta discursiva contra un sistema educativo que no escucha el malestar y la desfiguración, ignora el tedio, la penumbra y la fealdad, el caos, la oscuridad y el fracaso, el error, la irracionalidad y el acto fallido, no como síntoma de persecución, sino en pos de un proceso aleatorio, trascendente de trasformación generacional que exige y reclama una nueva sociedad, edificada desde la educación, como fuente inagotable de libertad y de paz.

  Para contrarrestar la voz de los marchantes anclamos al discurso el estilo informativo de un noticiero radial, con el fin de contrastar la temporalidad histórica de sus voces con el conflicto armado, voces que no son autónomas, han perdido autenticidad e identidad, la voz de los oprimidos, nos es más que la voz de los padres que narran a sus hijos huérfanos, el síntoma de la desorientación, de un país desconocido por ellos mismos, por tal motivo, entender la rebelión como causa justa, que permita desatarse de las voces patriarcales de la guerra y construir sus propias narrativas orales, es más que necesario, ante un sistema que sigue siendo sordo, cobarde enfundado bajo la pedantería sanguinaria, que insiste en la perfección y la guerra.

 

Radiografía

de Un País narrado por Jóvenes de Secundaria 

 

Cuando sale de rumba los lleva puestos

Tiene un tacón gris talla treinta ocho. El zapato era de mi abuela Stella, amante del baile. Cada que salían los fines de semana, con su esposo a bailar, se los ponía. Los compró en una tienda llamada la Escalinata, frente a La Torre de Cali, sobre la Carrera Primera. La tienda de zapatos ya no existe, desapareció. Los usó durante diez y seis años desde los veinte y cuatro. Ahora tiene cuarenta. Ha pasado más de una década metidos en una caja, guardados en el closet, con varias fotografías de ella, posando para eternidad con sus tacones puestos. Después de tantos años se los regaló a mi mamá, con la única condición de que la primera vez que los usara fuera cuando cumpliera los veinte y cuatro, los mismos que ella tenía, cuando los usó por primera vez. Mi mamá los mandó a arreglar, les cambió la suela del tacón y los pintó a su gusto. Cuando sale de rumba siempre los lleva puestos.

 Laura Suaza

Una Simple Salida al Cine.

 Todo comenzó con una simple salida al cine. Mi madre y él se conocieron hace mucho tiempo. Son de esos amigos que nunca se olvidan. Siete años después, por medio de una red social se contactaron y empezaron a hablar de nuevo; Hola estoy en Cali, me gustaría verte. Si claro, a qué hora. Vamos a cine. Se encontraron en el teatro a las siete y treinta. Mi mamá vestía unos jeans bota ancha, una blusa básica de color negro, un bleiser y unos tacones altos. Su cabello rubio recogido con una cola la hacían ver joven y hermosa. Él llegó con un regalo, pero le dio pena darselo porque pensó que no sería el estilo de mi mamá. Al terminar la película, fueron a comer, se despidieron. Pasaron varios días, mi mamá se accidentó, él decidió ir a visitarla, mi madre muy adolorida le contó cómo sucedió todo, los médicos le dijeron que no podrá volver a usar tacones altos por mucho tiempo. Él se para y se dirige hacia su bolso y saca el regalo; espero te gusten. Mi mamá lo abrió Eran un par de alpargatas, con pelo de vaca.

Laura López R 

Un tiro le entró en su pierna izquierda

 Santiago Muñoz vivía en Republica de Israel. Era un buen niño; cumplía con sus tareas, ocupaba los primeros puestos en el colegio. A sus doce años, salió de la escuela y sus padres decidieron no apoyarlo más. Santiago se fue de la casa, agarró una maleta, metió la plata de la lonchera, unas mudas de ropa y se fue. No sabía qué hacer, así que llegó a la casa de un amigo que vivía solo. Habló con él y durmió en la nueva casa. Así pasaron varios días. No tenía plata, y le dije a su amigo, que necesitaba dinero. Conoció el mundo de las drogas, lo que más le gustaba, era el perico y la marihuana. Pasaron dos años, estaba muy flaco y muy blanco. Salían a robar, algunas veces mataban, por esos días, se encontró con otro amigo de la primaria, hablaron un poco y le regaló unos zapatos negros, talla cuarenta y uno, en buen estado. Santiago se los puso y se fue feliz. Un año después, cuando cumplió quince, estaba sentado con unos amigos viendo un partido de fútbol. Santi se paró a comprar una alipapa en la esquina, caminó hasta un puente, arriba de un caño y se sentó a comer. Todo iba bien, hasta que llegaron los tombos, lo hicieron parar para requisarlo, él se rehusó y lo pararon a la fuerza, Santiago le pegó un puñetazo en la cara al policía, corrió y cuando menos se lo esperó, un tiro le entró en su pierna izquierda. 6 Levantaron su cuerpo y se fueron. Lo tiraron en un callejón. Santiago se paró y volvió a su casa. La noche del veinte y cuatro de Septiembre estaba en los huesos, no comía, nunca tenía apetito, solo fumaba. Esa noche, recordó a sus padres, lloraba, miró al cielo, cerró los ojos y murió a los diez y seis.

 Juan Sebastián García

 

Una Pasarela de Culebra

Su mamá le trajo desde España estos zapatos cuando tenía trece años. Me parecieron fantásticos, aunque no eran de la última moda, estaban forrados en cuero de serpiente. Para esa semana tenía que ir a una pasarela de modelaje en el Sur de Cali, decidí ir con los zapatos, todas me miraban los pies, las niñas de mi edad me apartaron y me miraron feo, solo por usar los zapatos de culebra. Me empecé a sentir mal por los comentarios que estaban haciendo. Mi mamá me dijo que no les hiciera caso, que no todos teníamos los mismos gustos y que en la vida muchas personas me iban a envidiar. Si tú no quieres, no salgas con esos zapatos. Me llené de valor y dije; A todas las que se han reído de mí y de mis zapatos les voy a demostrar que con ellos voy a ganar este concurso. Cuando fue mi turno de salir al escenario, me sentí poderosa y sin temor, todo el público aplaudió y me retiré feliz. Esa noche quedé entre las finalistas del concurso y gané.

Valentina Garzón Vélez

El último Regalo

 Este zapato le pertenece a una niña que deseaba aprender a jugar fútbol, para poder pasar más tiempo con su papá. No tienen una buena relación, porque no comparten mucho tiempo. Y cuando se ven, son siempre regaños. Un día decidió pedírselos de regalo. Se sintió feliz con sus nuevos zapatos, fue el último regalo de su padre porque al día siguiente mamá y papá se divorciaron.

Gabriela Prieto Jiménez 

Mi Zapato y yo

 El zapato tiene aún un dueño. Fue testigo de todas las cosas que le sucedieron, cuando caminaban juntos. Se los regaló su madre en un cumpleaños y desde entonces son inseparables. Sus colores vibrantes los hacen distinguir de los demás zapatos. Ha sido un excelente amigo, que sabe cuándo debe parar porque el cansancio puede más que su buena voluntad. Cuando eran nuevos los utilizaba para las salidas importantes, cuando envejecieron se volvieron más suaves, ideales para largas aventuras en los Scouts. Cada arruga y cada roto pueden contar una gran historia.

Fernando José Ortíz España

Relato de Un Secuestro

Un lunes a las ocho de la noche salí de mi trabajo a comer. A una cuadra antes de llegar a la cafetería las Delicias se interpusieron dos tipos en mi camino y me dijeron; Montáte. Era una camioneta Frontier Nissan 4x4 con cabina trasera blanca, que intimidaba a cualquiera en Santa Rosa, donde solo se veían motos y uno que otro carro particular. Luego de unos minutos me interrogaron, me amenazaron e insultaron, cuando llegamos al sitio me esposaron y me taparon los ojos. Bienvenido al campamento treinta y dos del frente diez y seis de las FARC. Me pregunté por qué me habían secuestrado. Me dijeron que era lo que yo ya sabía, lo de la alcaldía donde se encontraban las cajas fuertes y cuáles eran las claves. En un momento sentí que me estaban confundiendo, estaban perdidos y no sabían quién era yo. Les respondí no sé nada. Yo soy el director del Centro de Salud de Santa Rosa y mi única labor es servir a los que lo necesitan. Me abofetearon y me tuvieron amarrado durante tres días a un árbol. A las seis y veinte me dieron libertad, sentí un alivio. Al llegar a una zona rural, paré en una tienda y me compré un cigarrillo y un café y vi mis zapatos Vélez café claros con los que iba a trabajar.

Guillermo Gonzáles

Zapato Viajero

 Mi mama, mi hermana y yo nos fuimos seis meses para Estados Unidos, era época de invierno y mi madre quería unos zapatos, fuimos a una tienda y compramos unos que estaban escondidos, porque eran los únicos de color azul que quedaban, se los puso en muchas ocasiones, pero una vez no los encontró, los buscamos y estaban en el basurero. Nadie sabe quién los botó. Al regresar a Colombia, un amigo no los mandó, están un poco dañados pero fueron útiles en su momento.

Daniela González

El Ocaso

Su color azul turquí refleja su tristeza y desesperación; sus partes de cuero, la dureza de su carácter y la marca; la moda de la época. La adolescencia riñe su actitud, sus cambios de ánimo, una autoestima que pretendía acabar con ella. Fue la época después de la tormenta. Se sumergió en diversos lugares hasta que encontró algo que la hacía muy feliz. Usó sus tenis para gozar, para sentir y dejar fluir la música, para atreverse a ser ella, a mostrarse sin miedo al qué dirán, para divertirse con ese pequeño placer que muy pocas personas disfrutan: bailar.

Laura Giraldo

El Caminante

 Este zapato tiene más de diez años. Lo perforó con un chuzo que calentó y pasó por la estufa para hacer pequeños roticos a lado y lado, para que les saliera el aire, debido al calor que hace en Cali. Los usa casi siempre y son sus favoritos. Los adquirió en un paseo a Medellín. Mi tío Hernán, antes de irse, le dijo a mi abuelo que se los midiera pa’ ver cómo le quedaban. No le sirvieron y los cambió por estos. Se los puso para regresar a Cali, y como le gustaron mucho, los siguió usando frecuentemente. Ha recorrido con ellos toda la ciudad; La Avenida Sexta, El Norte, El Hospital Departamental, La Clínica Valle de Lili y La Clínica de los Remedios. Se pensionó y siguió caminando con ellos puestos, hasta ahora. Ha sido un gran caminante.

Diana Carolina Blanco

 

Arrieros Somos

Hace muchos años Alfonso era campesino, vivía en Granada, Antioquia, un pueblo cerca de Medellín. Era muy pobre, y tenían trece hermanos. A los hombres les tocaba ayudar al papá con el ganado, los sembrados y todo lo que tenía que ver con el campo, mientras las mujeres le ayudaban a la mamá con el oficio de la casa, y con los deberes escolares. Fue muy poco lo que estudiaron, Alfonso tan solo estudió hasta quinto de primaria.

María Camila Ossa Gómez

 

Al Caer la Noche

Todo empezó cuando mi mamá quedó en embarazo. El veintidós de febrero del 2014 nació mi hermano. Mi mamá fue a la clínica Imbanaco, le aplicaron citosina para que le dieran los dolores y la dejaron en una habitación toda la noche. Al siguiente día, fueron a revisarla por la mañana, y no volvieron más, mi papá preguntó por ella y le dijeron que estaba dormida, y que no se preocupara. Al caer la noche, fueron y vieron a mi mamá muy enferma, mi hermanito, se hizo popó en el vientre, si se lo llega a comer se muere, o el bebé o la mamá. La llevaron a cirugía para hacerle una cesárea. Pasaron varias horas y no sabíamos qué estaba pasando, si estaba bien o estaba mal. Cuando nació le pusimos estos zapaticos que le habíamos comprado y que por un momento pensamos que no se lo habíamos podido poner, pero lo logramos, el médico dice que fue un milagro de Dios.

 María Camila Díaz

A mi Abuela le Encantan las Fresas de Chocolate

Es un zapato de tacón medio, perfecto para bailar. Los usó el seis de julio del 2016 para la boda de mi primo José David. A mi abuela, toda la vida le ha gustado las fresas de chocolate, fue a la mesa, cogió una para comérsela y el chocolate le cayó a sus zapatos. Se trató de limpiar y se cayó. Un señor que pasaba por ahí, le ayudó a ponerse de pie, entre risas y lamentos conversaron, comieron y bailaron, se enamoraron y desde eso están juntos.

 Anónimo

 

Entender la realidad latinoamericana bajo una concepción histórica, social, incluso antropológica, nos ha permitido adentrarnos en el rincón de la cotidianidad, de una sociedad moderna, inmersa en el olvido, que pasa de un estado rural a una jauría urbana, dejando desde su trasegar brotes de una cultura enferma, afectada por una violencia controversial a principios y mediados del siglo XX dejando a su paso una gran oleada de migrantes y desterrados que construyen imaginarios de sociedades idealizadas, desde la negación y el escepticismo, carentes y vacías a su vez, por el despojo del espacio terrenal y la identidad ancestral de los pueblos amerindios desdibujada, ambigua, doblegada. Entender al otro, desde su trasegar, es entender desde la historia y el lenguaje, la concepción moderna de las nuevas generaciones que se edifican producto de un devenir turbio y violento en búsqueda de horizontes artificiales, facilistas, donde opera el menor esfuerzo y a su vez el deseo del tener lo que en un principio fue arrebatado por la hegemonía racional de las fuerzas operantes que invadieron y destrozaron los pueblos hechos y pensados desde la armonía y la paz. La razón y la lógica planteada desde la óptica renacentista donde caviló Cervantes tratando de entender por medio de la fantasía y la locura, la tiranía de los monarcas inquisidores, enemigos paupérrimos del conocimiento, principal verdugo y aliciente de la destrucción, del caos y de la desorientación en la que navegamos sin timonel, por el torbellino de la negación, de la máscara, y de lo oculto, donde batallan sin glamur la razón y lo absurdo, lo visible y lo invisible, los buenos y los malos, los indios y los negros, los del sur y los del norte, los de oriente y occidente, los esclavos y los libres, los cuerdos y los locos, los ricos y los pobres, pero también, los que estamos al otro lado del silencio, de la franja, de la frontera invisible, donde prima la pasión, el amor y las aventuras literarias, oníricas, tan disímiles en una sociedad desquebrajada, cuyo fin, será la de entendernos y reconstruirnos como hombres soberanos y libres.




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