Nocturno
Retrato de una Ciudad
Noctámbula
“No vale
la pena escribir, la literatura, es como las putas, ahora entendés porque Irene
decía que un poeta y una puta son lo mismo”.
Por la cera del edificio Coltabaco, camino rumbo a la Merced, por la Cuarta, por la Calle de la Escopeta, donde le dispararon a Lucía, por la Séptima, esa calle oscura del General Cabal, donde puteo aferrada al ventanal, a la chambrana arqueada del viejo café la Palma, a la espera de un bolero quejumbroso o de un tango infeliz, de los que escucha el doctor Ignacio sentando en su mecedora de mimbre, tratando de olvidar a Mariela que nunca regresó, como tampoco las cartas que prometió antes de su partida y las que sí acostumbraba a redactar sentada junto al chifonier del hotel, cuando salía de viaje y los días se hacían largos y eternos para los dos, escribía con la inspiración poética de Mistral, cartas y poemas de los parques melindrosos que visitaba en invierno cuando aún no conocía la nieve, ese blanco permanente que congela la escena y detiene el tiempo bajo una mirada lúgubre de cuervos y árboles deshojados, más allá del tiempo, ni una llamada, ni un mensaje, ni una señal, cambió de rostro y de nombre, ahora es invisible —como los demás transeúntes—, y no sabe quién es. Deambula entre multitudes errantes sin rostros y sin destino. Cambió la máscara, se estiró la cara, se infló los labios, se puso extensiones de pelo, para ocultar la alopecia prematura y rellenó sus senos. Por el Pecado voy, esa calle nocturna que siempre está iluminada por las lámparas de neón, por las bombillas incandescentes de las vitrinas, donde venden muerto, cruzo la cera para evitar el encandilamiento de la luces del casino donde esperan los taxis a la media noche, los taxistas en Cali, se diferencian según el turno, los diurnos leen la prensa y hablan de fútbol, los nocturnos como Félix y Heriberto leen literatura policiaca y están armados; en la guantera, guardan una nueve milímetros automática con doble proveedor, y algunos libros de Silva, por si los pasajeros les da por preguntar por calles —inexistentes—, de travestis, de puteaderos o plazoletas de yerbateros, donde venden bazuco, o de casas, como la de doña Raquel, que no aparece ni en los satélites de Google Maps, donde venden y regalan pepas, estos rincones y pasajes oscuros que les estoy narrando, no existen en ningún manual turístico de esta ciudad noctámbula —iluminada hasta más no poder, por lucecitas de neón blanca—, pero sí, en las novelas de Silva, principalmente esta que estamos leyendo; “Nocturnos”; una novela de paisajes oscuros.
Leen una, dos páginas y conversan con el vecino que
no tiene rostro, ni tampoco dueño, trabajan y viven de la espera, bien sea, recostados
sobre el espaldar, o parados como la gran mayoría, junto a la puerta, con los
codos anclados sobre el techo del vehículo.
Paso a paso voy dejando el pasado, las calles
oscuras de San Nicolás, del Hoyo —que está lleno de hoyos—, del boulevard, de las
escalinatas perdidas, entre telones enmarañados, la cúpula gótica, que miró y
miro, por donde viaja el eco crepuscular del campanario, voy dejando los
crucifijos puntiagudos donde reposan el vientre las palomas y las aves
pescadoras de este río —que luce ya cansado—, voy dejando las veraneras
rebeldes del viejo paradero de la carrera primera, el hollín nocturno, el
crepitar del río, que ruge y ruge sin aliento, y por último voy dejando al
terminar la marcha a los poetas de mármol, que brindan con aguardiente Blanco mi
ausencia; Llanos y Gamboa, chasquean el cristal de las copas, mientras recitan
el crepitar sediento de las chicharras, voy llegando al final, a la plazoleta
de las palomas muertas, donde corren las putas con los tacones en la mano,
esquivando balas que llueven del cielo —cielo parco y sin estrellas—, dice la
primera estrofa de la novela , fragmentada por párrafos al azar, que llevan
impresos estos billeticos verdes y bonitos de cien mil, junto al rostro
cadavérico del poeta que muere de hambre y de frío hay sentado, junto al río.
Con éste ya son cuatro los poetas inmortales,
impresos en el papel de la República, en un viejo pergamino con letra diminuta
que los transeúntes sin rostro van leyendo con la lupa aferrada al ojo, línea
por línea, palabra por palabra, en la esquina del semáforo, cuando los autos
paran, en los barrotes de la inquisición franciscana, donde los ajedrecistas
batallan, peón por peón, alfil por torre, caballo por reina o reina por
caballo, a galope batallan en la plaza, los viejos marineros que aún leen
escondidos debajo del paraguas mientras los loros cantan de palma en palma.
Jaque Mate.
Ganaron los blancos.
En la Colina
de San Antonio, hace unas horas dejó de llover, el sol retrocede y redondea
el Valle detrás de sus montañas, de sus páramos distantes, Ramona y Patrick
leen Nocturno en inglés, gracias a una editorial americana que tradujo la
novela, al francés y al inglés, en el hostal tienen tres ediciones originales
para los huéspedes, que no hablan y no leen en español. Ramona y Patrick leen bajo
la sombra de una acacia —la acacia florecida de mi niñez—, mientras el viento
silba en los tejares del hostal.
La última
edición francesa de la novela empieza;
“Ahí
están los colores, la penumbra de la arboleda, el blanco de los yarumos, la
rigidez de los cedros, el silencio de los bosques y las manchas negras de la
desnudez del acantilado”.
El editor omitió el primer párrafo, porque lo
consideró sangriento, demasiado violento, para una cultura que no conoce las
balas. A mí me gustaba más el anterior, se lo comuniqué por medio de una carta
de cuatro páginas dónde intentaba darle a entender que la violencia en Latinoamérica,
no se debía censurar, como una conducta indebida, todo lo contrario, la
violencia es un sesgo inquebrantable de nuestra identidad, que se construye
desde la necesidad operante del dolor, de la autodestrucción y del castigo como
premisa fundamental de la vida. Me respondió que el círculo de personas donde
leerían la novela, eran lectores aparentemente pacifistas, fatigados de la
guerra, que buscan más allá de la destrucción y las secuelas psicológicas de
los pueblos omitidos, un lenguaje rítmico, pintoresco, polifónico que permita,
más que entender una realidad determinada, recrear una cultura que vive en el
otro extremo del charco.
“Nocturno” es la antítesis de esto —deduje—,
durante mucho tiempo, todo lo que escribí, y lo que he escrito, lo hice con la
intención de quebrantar con esa brecha ideológica y racial que nos divide, la
violencia de los párrafos no es otra cosa que un manifiesto silencioso de
dolor, de una cultura que perdió la voz y el voto ideológico, que no tiene
escape y vive inmersa en el encierro de las jerarquías inquisitivas del poder.
No vale la pena escribir, la literatura, es como las putas, ahora
entendés porque Irene decía que un poeta y una puta son lo mismo.
Dejá que los editores hagan su trabajo y vos seguí
en lo tuyo.
Volteé la hoja, después de haber leído el primer párrafo
y me encontré con una cita, que yo nunca cité de Walter Benjamin;
“Cualquiera que pelee contra la noche debe movilizar
su más profunda oscuridad para liberar su luz”.
Pero eso no fue lo peor,
el periódico la Vanguardia publicó un artículo donde el periodista —un tipo
menor de treinta años, con barba de jerarca—, dijo que la cita, la había
obtenido de un libro de ensayos, de un escritor peruano llamado Alfonso Cueto;
“La Piel de un Escritor”, y que yo había encontrado en una librería la ciudad,
gracias a un amigo español, que escribía literatura comparada para una revista
en Bogotá, que me había recomendado ese y otras dos novelas latinoamericanas
que abordaban el tema de la marginalidad y los problemas de la segunda mitad
del siglo veinte; “Nocturno de Chile” y “Conversación en la Catedral” y que
según da a entender, leí para escribir la novela. Dice en un peaje del
artículo; “Se encerró en su apartamento durante un mes a leer y a escribir “Nocturno”,
su primera producción literaria, que ahora es leída y comentada en los
diferentes círculos intelectuales de la ciudad”. No sé el periodista de dónde
sacó esa información, tampoco los referentes que menciona, que por cuestiones
de oficio sí conozco y he leído, pero que nunca he usado como grandes
referentes para escribir una novela, con tintes policiales recreada en una
ciudad noctámbula de penumbras y fantasmas.
Nocturno:
“Su
cuarto no tiene ventanas. El aire no circula y las colillas de cigarrillo van a
parar al sanitario. Ahí el tiempo no se mide en números. No hay relojes, no hay
péndulos, no hay manecillas. Ahí se sabe, sin ver el cielo, en qué momento se
debe partir. Va al baño, se unta la cara con jabón y pasa la cuchilla con filos
oxidados sobre el mentón y el bigote. Se detiene en el espejo, finge sonreír,
posa como las divas frente al lente de la cámara. En la foto no salió
sonriendo, tampoco posando, la imagen no le gustó porque le recuerda el otro,
el otro que la habita cuando no sonríe, cuando el maquillaje se esparce y la
sombra verde del mentón aparece.
En
la sala de espera del Hotel ABC algunos huéspedes tiran los dados sobre un
parqués de vidrio. Hoy, como todas las noches, viste un enterizo negro. Lleva
los tacones en el bolso, los usa tan solo en la esquina cuando decide caminar
por los portones de antaño y los balcones con veraneras florecidas. Por
ahora rastrilla sus sandalias talla cuarenta y tres sobre el piso asfaltado de
esta ciudad. Camina nueve calles diarias por el Bulevar del río para llegar a
la calle séptima. Al amanecer del siguiente día de seguro traerá dinero
para pagar la renta del cuarto donde reside hace más de dos años.
Debe trescientos sesenta mil pesos al dueño del inquilinato.
En
la Carrera sexta con calle séptima queda el restaurante la Guacharaca afuera un
cobertizo vino tinto y un zaguán corto conducen hacia una pared blanca donde
cuelga una pintura con los rasgos indígenas de una mujer, su nombre es Liliana
Grohis la exesposa de Fernando González Pacheco. El cuadro mide un metro con
sesenta. Clara lo observa desde la rejilla con las manos aferradas al metal ya
sea en la tarde en medio de boleros y tangos que murmuran los del Café la Palma
o en la noche cuando desfila con sus tacones altos y sus trajes de lentejuelas
que alumbran a contra luz de las pocas lámparas que iluminan la calle.
El
cuadro que posa frente a ella es su emblema, su inspiración en la pintura, en
el arte. —Algún día me gustaría pintar así —dice mientras camina—, casi que
aferrada a las paredes, a los ventanales con chambranas encorvadas. Lleva diez
años en esto de ser puta y aún le cuesta caminar en tacones. Mide un metro
ochenta y tal vez uno ochenta y cinco con los tacones puestos, no tiene tetas y
se ve alta, sueña con pintar al carboncillo o al óleo cuerpos y rostros de
personas como los que retrata en la oscuridad de su cuarto. Sus dibujos son
cuerpos difuminados por una leve sombra tan perfectos que no parecen humanos;
óvalos perfectos, ojos perfectos, labios y mentones perfectos, cejas perfectas,
rostros perfectos.
Gerardo
está sentado en una de las mesas del restaurante con una colilla de cigarrillo
apagada entre sus dedos, es pintor y sus cuadros reposan en las paredes de los
cuartos del restaurante, en la mañana una luz natural se filtra por el ventanal
que yace abierto, tal vez sean la diez, las once, esa misma luz que encandila a
los transeúntes en el andén aquí parece taciturna, serena, apaciguada entre
óleos que cuelgan como retratos póstumos de tardes y atardeceres clandestinos
alguna vez capturados en la retina de los poetas que miraron hacia el cielo o
en el pincel de los pintores —como Gerardo— que los contempla con sus
delirantes trazos. Ahí están los colores, la penumbra de la arboleda, el blanco
de los yarumos, la rigidez de los cedros, el silencio de los bosques y las
manchas negras de la desnudez del acantilado —crestas desnudas— las llamó el
poeta Jorge Isaac a los picos más altos de la cordillera.
Después
de mucho tiempo y después de insistir, logré una mañana que me diera una
entrevista para hablar sobre los dibujos de Clara. La conversación fue corta.
Los restaurantes después de las once de la mañana se complican, empiezan los
meseros a caminar con platos y bandejas en la mano, los clientes, en su gran
mayoría oficinistas y banqueros que conocen el lugar aflojan el nudo de sus
corbatas y beben cerveza fría. El chasquido de los platos y las voces distantes
de las personas en la cocina, los teléfonos, el timbre de la puerta son ecos
fugitivos que se filtran entre los pocos comensales. No hay tiempo para hablar,
para conversar sobre arte, sobre putas que pintan en cuadernos desvencijados.
Gerardo,
confesó con su voz ronca de fumador que Clara le dijo una de tantas tardes; —Si
vos, me dieras clases de pintura yo vendría vestido hasta de hombre. Se puso de
pie, se sonrió y se fue alejando lentamente hasta desaparecer.
En
una esquina de la séptima una lápida con letra gótica anuncia el nombre de la
calle; General Cabal —en esta ciudad pocos la conocen por su nombre— pasa
por el frente del Café la Palma. Ahí, dos cuadros residen encima de las
canastas de cerveza. La gran mayoría de los visitantes del café son viejos de
sesenta y setenta años con pelos en las orejas, pantalones con prense, zapatos
de cuero y anteojos de pasta que suben o bajan para ver tetas o culos
desproporcionados. Toman Clan Mac Gregor en vasos de cristal. Silvana, sostiene
un vaso de wiski en la mano, habla de fútbol. Es una de las putas más
viejas de la calle séptima. Tiene 58 años y 16 cicatrices en sus piernas. Al
lado suyo, está Bárbara. Sus párpados están pintados de color fucsia.
Contrastan con su piel oscura. Durante los últimos meses no trabajó. Había
viajado al Chocó. Días antes, alguien dijo que se encontraba en el segundo piso
del Hospital Universitario, porque había abandonado un tratamiento contra el
Sida.
El
primer carro en detenerse en la esquina del Café la Palma es una camioneta gris
de vidrios oscuros. Wendy arquea su cuerpo con las manos en la cintura y
desfila por el pabellón de caserones. Lleva un vestido de malla y unos tacones
altos. A diferencia de Wendy a Clara no le gusta posar frente a los clientes.
—Eso es ser uno muy regalado —dice—. ¡A los hombres no les gustan las mujeres
fáciles! Cuando el carro se acercó, Clara abrió la puerta. Eran las diez de la
noche. —Ayer no me cuadré —dijo Wendy con un tono áspero—. No disimuló la
ira de que Clara se fuera con el tipo de la camioneta. — ¡Cochino! —suele decir
así, cuando un cliente se va con otra—. Yo no soy como las otras que
dicen que se hacen sesenta, ochenta mil. Muchas ni si quieran se cuadran.
Bárbara,
Wendy, Silvana, Violeta y Clara trabajan en la Séptima. Ximena, Lizet,
Katherine y Jessica prefieren la esquina de la Carrera Octava.
En
la Séptima, las putas son más viejas. En la octava, están las más jóvenes, las
llaman las hijas de Jimena la O. Tienen entre quince y veinte siete.
Cuando
las putas en la séptima se quitan los tacones es porque algo va a pasar; una
pelea, un hurto, un escape. A las putas no les gusta pelear con los
tacones puestos. Esa noche cuando se quitaron los tacones corrieron hacía
la iglesia San Francisco. Un campero les perseguía a toda marcha sobre la
Séptima y la Octava. Se escucharon dos disparos. Nadie cayó, esta vez, los
tiros apuntaron hacia el cielo.
Clara
está nerviosa, enciende un cigarrillo debajo del cobertizo y contempla el humo
mientras fuma. Los tiros al aire, los atracos con gas pimenta, las puñaladas
por la espalda y algunos clientes ofuscados son su paisaje nocturno, su diario
vivir.
—Hoy
han sido cuatro atracos —mencionó el vigilante del parqueadero Plaza Central al
escuchar el estruendo de las balas—. La jornada laboral parece retornar,
el eco de las balas se lleva el ruido de la noche, ahora todo parece tranquilo,
sereno, silencioso a excepción del rugir cansado de un motociclista que
pregunta en la noche sobre el precio del deseo; es el precio del tiempo, del
vacío y de la ausencia. De los que buscan el amor en la noche, en los balcones
con veraneras, en las callejuelas con lápidas, en las sombras de los edificios,
en los ventanales con chambranas arqueadas, en la penumbra de los candiles, en
el ocre de las columnas, en los callejones solitarios de la antigua FES,
en las gradas del Teatro Municipal, en la esquizofrenia de los cuerpos, en el
delirio de los senos y en la verga que se esconde entre las piernas, preguntan
por preguntar:
—
¿Cuánto cuesta un rato?
—Media
hora cincuenta, una hora cien. Una mamada se la dejo en veinte. Si se viene
bien y si no también.
—
¿Dónde están las demás? —preguntó el motociclista.
Clara
se alejó y caminó con el cigarrillo en la mano. —No me gusta que me pregunten
por las demás —dijo—. La moto aceleró y desapareció entre los caserones del
General Cabal.
Esa
noche, las putas no regresaron.
El
día anterior compré un lápiz Faber Castell 6B, un borrador y un saca puntas
diagonal a la farmacia donde abordo el bus. Puso el lápiz entre sus dedos
largos y encorvados. Hizo trazos. —Calentar la mano es el mejor truco del
dibujante —dijo—. Deslizó el lápiz sobre un pliego de cartulina, su trazo es
firme, ligero. Borra sobre la curvatura para darle forma al mentón. —Los buenos
dibujantes no borramos, pero esta parte, es lo más complicado. De aquí
depende todo: los ojos, la nariz, los labios. No puede haber margen de error. —
¿Y las pestañas? —Van de últimas”.
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