Una Dialéctica sobre el Obrero
La propiedad privada que pasa del campesinado al empresario burgués denota
uno de los problemas contemporáneos más preocupantes de la sociedad actual, que
debería intrigarnos como especie y ciudadanos del mundo. Por una parte, los
inversionistas de las grandes superficies de la tierra, poco y nada quieren
producir alimento, es más rentable sembrar monocultivos como caña de azúcar, que requiere
de grandes extensiones, (y cantidades estrepitosas de agua) algodón para la
industria textil, eucaliptos que crecen en pisos térmicos boscosos, desplazando
gran parte de los árboles nativos de esos bosques andinos para la producción de
papel y cartón, y en últimas lo que podría en futuro no muy lejano arruinar con
la agricultura, de las pequeñas y grandes ciudades productoras; la industria
constructora de vivienda, el nuevo monocultivo de la propiedad privada, si no
se establece un proyecto de ley que regule los terrenos, en manos de los
inversionistas “extranjeros,” porque los dueños de la tierra (en países como en
América del Sur y el África) no son ni
de los indígenas —a los que les
corresponde el valor de la tierra—, ni de los negros,
le siguen perteneciendo a un grupo histórico selecto de la burguesía europea,
que paga en moneda extranjera, el precio de grandes superficies de tierra, sin importar
las condiciones de vida que allí se tejan.
La industria constructora de vivienda —el nuevo “monocultivo”
de la propiedad privada— es un fenómeno
urbano muy reciente, diseñado para un modelo de familia distinta a la familia
numerosa del siglo XIX y mediados de los años XX. El nuevo modelo de vivienda “urbana”
está pensado para dos personas de la clase trabajadora, obreros o esclavos de
una compañía de origen burgués, muy probablemente de preferencia heterosexual y
reproductiva, aunque el género y la orientación sexual de los humanos, hace
mucho que dejó de importarle al capitalismo [como religión] pues la explotación
laboral, en cuanto a las fuerzas de producción son las mismas, tanto para hombres
y mujeres homosexuales, pues deberán producir igual (ciertas cantidades de
tiempo y materia) para existir dentro de esos cubículos artificiales con
calefacción, independiente de quien viva en dicho recinto, y no como bien lo
dejaba ver hace unos años atrás (Fraser,
N. Butler, J. 2000-82) La economía está ligada a lo reproductivo y su
vinculación con la reproducción heterosexual. Aunque bien es cierto,
independiente del género y la orientación sexual, la imagen de “la sagrada
familia” que tanto persigue el burgués, prima dentro de las narrativas de
poder, no solo eclesiástico sino del imperialismo que, al fin y al cabo,
parecen ser lo mismo; Dios y Patria.
Basta con ver el Leviatán de Hobbes el único filosofo de la burguesía (Arendt
231) el monstruo revestido con las almas del pueblo “enemigo” contra quien
empuña sin piedad y sosiego la espada y el báculo en su respectivo orden
estatal. A la derecha (siempre a la derecha) la fuerza bélica del ejército que
protege —los intereses privados
del burgués— y al mismo tiempo
amedranta y conquista con su ímpetu sagaz. En la izquierda lleva el cetro con
el que acalla a los “deslenguados” que se atreven desde la palabra (armadura y
condena del pueblo) ironizar la soberbia divina.
¡Benditos los poetas!
Lo que parece curioso de esta
situación de cara a la propiedad privada es su repercusión en el mundo “civilizado”
en cuanto a las mismas formas de esclavitud y explotación vigentes por una
clase social predominante de origen burgués, donde el esclavo con las
vestiduras del obrero trabaja parte de su vida para el imperio a cambio de una
propiedad privada, que paga como bien es visto con la energía vital de su
existencia. Es como si pagara con la vida su propia tumba, que, entre otras cosas,
y perdón por el inciso —deberá incluso
después de muerto— seguir pagando. Esa
propiedad atribuida al obrero pasa a ser parte de su pertenencia y a la de su
clan hereditario, respondiendo siempre a la lógica del burgués capitalista, en
cuanto la acumulación de bienes materiales. La ilimitada acumulación de poder logró producir la ilimitada
acumulación de capital. Arendt (228)
La propiedad privada —como bien le señala
Arendt— suma como símbolo
del poder, es un botín de guerra que, aunque bien el esclavo sigue siendo
esclavo del poder, le permite adquirir dentro de sus semejantes obreros un rol
de mando, de jerarquía que ha imitado de su soberano el Dios burgués; la
acumulación de material independiente de lo que sea, lo dignifica ante el mundo
y ante sus soberanos. El hombre es
esencialmente función de la sociedad y se le juzga por eso según su «valía o
valor. (Arendt
2014-230-231)
Arendt (2014-231) lo deja ver muy bien
en cuanto presenta el retrato del burgués que hace Hobbes y que, entre
otras, permitirá hilvanar la discusión a partir de ese esquema del hombre y su
relación con los imaginarios culturales del poder burgués[1]. El precio es constantemente evaluado y reevaluado por
la sociedad, la «estima de los otros», dependiendo de la ley de la oferta y de
la demanda.
El obrero posee una propiedad vertical, unos cuantos metros cuadrados, ya
ni siquiera en la tierra —el obrero conserva su cualidad
de desterrado— está por encima del
suelo. La edificación de vivienda popular responde a un modelo numérico,
escalonado de menos (-) a más (+) acudiendo a una vieja imagen divina de la
ascensión. El esclavo (revestido de obrero) anhela como buen hijo, igual que su
“padre” la salvación celeste, que no es gratis, debe pagar un precio muy
“elevado.” A lo mejor le alcance con su vida, si es que aún conserva la fuerza
de la jovialidad, del espíritu vital. Ya para qué, el burgués en su afán
de expandir su riqueza, lo expropió (a cambio de trabajo) de su territorio más
sagrado: Su cuerpo y su espíritu. Cuanto más quiera ganar, tanto más de su tiempo debe
sacrificar. Marx (2016-70)
Al obrero no le importa su
expropiación, el despojo de sí mismo, porque al igual que su dueño —el señor burgués— responde a esa vieja
lógica generacional del materialismo histórico, que ya señalaba Arendt
(2014-231) frente al retrato del burgués de Hobbes «La Razón... no es nada sino el Cálculo… y en ese sentido poco y nada importa la vida,
porque se está en el juego “absurdo” del tener, y no del ser. Cuánto tienes
cuanto vales. El valor acumulado además de la dignificación y el poder, también
cuantifica curiosamente la adaptabilidad de la especie, en cuanto a la
posibilidad reproductiva y sexual, pues todo parece indicar, que la fertilidad
de la especie, es una gesta producto de esa irracionalidad e incoherencia
humana, compatible porque no, con las necesidades de explotación de la clase
obrera, quizás por eso los ricos en el mundo siguen siendo pocos y los pobres
muchos, tiene sentido la multitud, en cuanto más hombres, mayor será la fuerza
física depositada para mover el mundo y mayor serán los campos de batalla al
servicio de los imperios colonizadores y sus intereses expansivos, como Rusia
con Ucrania o Estados Unidos hace algunos años con el Medio Oriente. Solo es trágico en los momentos en que se hace consciente. (Camus 1942p.152)
El obrero no es consciente de su usurpación, tampoco de su tragedia,
como afirma Camus en una posible relación con Sísifo el condenado. Él conserva
la idea triunfal de sus amos con la que intenta identificarse, con el mito del
vencedor sobre el vencido, que, entre otras cosas, aborrece como a su peor
enemigo, por muy cercano y semejante que le sea, y en esa misma tonalidad de
desprecio, al obrero como al esclavo, poco y nada le interesa el discurso del
marginado, del pobre “que es pobre porque quiere,” se deleita igual que
sus superiores, con el sadismo burgués y disfruta en silencio el padecimiento
de los caídos, que como bien decía, pueden ser sus hermanos errantes —los no elegidos por la gracia divina del señorío burgués— que le semejan en casta y linaje, y en demás adjetivos de
sangre que el cientificismo europeo, tanto esfuerzo le ha costado para
distinguir los unos de los otros.
El obrero por cuestiones de supervivencia —suyas y de su clan— se rehúsa a la
imagen del débil, acude incluso al sarcasmo popular, para burlarse de su
tragedia, que también es la suya, algo oculta en la máscara del burgués. No
quiere ser descubierto por los de su nueva clase, que igual que él, vive en la “lucha”
por no descender a los infiernos desde donde cree, haber escapado (está por
encima del suelo) “pa atrás ni pa coger impulso” dice el refrán.
El término lucha al menos en cualquier contexto, semeja la imagen de
una competencia, donde hay un ganador y un perdedor, es el juego artificio del
poder, donde la humanidad como decía Löwy (2021-48) se juega el destino. Con la diferencia que el
poder (y los “poderosos” del Leviatán) no conocen, ni conocerán la derrota. No fueron “educados”
para perder, la pérdida no existe dentro de sus posibilidades, mucho “menos”
desde sus narrativas acompañadas siempre con el palmarés de la victoria,
bastantes elocuentes en el divertimiento de la masa, donde el bien triunfa
sobre el mal, nunca al revés, sería un desacierto, incluso una inverosimilitud.
El pueblo con facilidad reconoce a sus héroes (que no son suyos, pero les
adoptan porque representan el “bien supremo”) revestidos con la capa de la
burguesía y el imperio, son los mismos dioses grecorromanos al servicio de la
salvación, de la desgracia, no solo claman —por el miedo de padecer antes sus furias inquisitivas— la victoria como buenos derrotados, la exigen como espectadores ante la
euforia de la masa.
¡Vencer o morir! es otro viejo lema
del imperialismo. Arendt (2014-215) en las primeras líneas del apartado La
Emancipación Política de la Burguesía, también lo deja ver así frente a la
necesidad de “expansión” de los imperios; Iniciaran
su expansión simultánea y competitivamente. Por eso la jerga política
del obrero y del burgués parecen ser la misma, está orientada de igual manera
que la del imperio. El imperialismo en su intensa lucha por la expansión del territorio
vence a su enemigo, le desplaza y le condena bajo el rótulo infinito de perdedor.
El obrero —retomando lo anterior— no se identifica con el verdugo (que como bien decía, procede de su propia tierra, que también es sangre y a su vez olvido) Condenado por el plomo de la industria y los bloques de concreto a la errancia y a las fronteras imaginadas del poder, donde alguna vez como en los cuentos infantiles, fue condenado por los siglos de los siglos a caminar como un viejo forastero. El obrero una vez más acude a sus semejantes compañeros de la “lucha” que igual que él luchan por sobrevivir en un mundo desigual y déspota donde solo sirve ganar y sumar de a tres.
II
Volvamos a la tierra, de donde nunca debimos haber partido…
(…) Lo que significa que la producción de alimento en algún momento suela
disminuir, bien sea porque es menos rentable cultivar hortalizas sobre las
grandes superficies, o porque la población campesina muy probablemente a finales
del siglo XXI haya desaparecido. Los hijos del campesinado tienen expectativas
de vida hoy muy distintas que a las de sus padres, así hayan crecido en la
misma tierra, con las mismas costumbres de siglos atrás, tanto el gen como el cromosoma
humano parecen ocultarse ante la extensa red de la globalidad —una nueva parodia del imperio— que todo lo
embellece, lo blanquea, y lo extiende, como si el sol que nos alumbra no fuera
igual para todos los mortales que vivimos en el norte o en el Sur, donde la
penuria parece real.
La nueva generación de obreros, de naturaleza campesina, crecen imitando los gustos de sus patrones (dueños de sus anteriores tierras) y de la burguesía vulgar
y estrafalaria del derroche y el despilfarro, que creen —como los ricos en el mundo—, que el dinero en
cuanto a su cercanía con el poder del imperio, que todo lo que brota de la
tierra o le pertenece o lo puede comprar al precio que sea necesario, no
importa cual bajo o que tan alto pueda estar, su limitación igual que la del
territorio, es infinita o al menos si la pudiésemos medir en distancia sería hasta
donde la mirada alcance en la llanura.
Los hijos “huérfanos” de la Tierra,
que huyeron con mucho temor contra su voluntad a causa de un desplazamiento
inducido por las fuerzas ilusorias de la ilustración, tres siglos después de la
modernidad europea, y el mito por la luz, que nos dejó Prometeo ante la
oscuridad de los humanos, sigue vigente alumbrando como antorchas los caminos pedregosos
de las montañas, de los ríos y las selvas húmedas del trópico, buscando a lo
mejor la afamada y célebre Tierra
“prometida,” gran proeza de los judíos, pero también de los errantes, que atraviesan
—sin saber nadar— las aguas turbias del atlántico Norte o del Mediterráneo, en búsqueda de
la gran península…
Esos hijos “huérfanos” de la Tierra, crecen distantes de sus raíces, de su
sabia, (que a su vez es sangre y leche) de sus cepas, que les avergüenza, porque
el campo (que no es otro que la tierra) por su cercanía a lo “salvaje”, a sus furias
“titánicas,” incesantes —así no lo hicieron
saber las tradiciones teogónicas occidentales, como el orfismo y la ilustración
literaria de los romanos con Dante y Virgilio—. El campo ante la civilización es lo contrario al
progreso, y lo contrario al progresismo burgués, es el atraso y la ignorancia,
incluso conserva los rasgos de maldad del mito griego, entre las deidades de
Urano y Gea, en cuanto a su estirpe perversamente mala, atravesada por el
derramamiento de sangre entre padres e hijos.
La tierra —por su imaginario de
lejanía— se halla fuera del
perímetro, pero para ser más preciso ante las intenciones lingüísticas de los
topógrafos, llamémosle como usualmente se le llama: “casco” urbano. El casco
urbano que entre otras, no es una novedad de la modernidad, mucho menos del
nuevo siglo, como tanto se cree frente al “desarrollo” de las ciudades
capitales blindadas contra el mal, es tan antigua como la idea del imperio, de hecho,
el término [casco urbano] que con bastante regularidad es usado por la
jerga política, empañada en cada rincón por el aliento nauseabundo del burgués,
conserva sus altas intenciones bélicas, ya los romanos hace dos milenios atrás
blindaban sus ciudades frente a los “invasores” bárbaros.
El blindaje continúa y el proyecto de Imperio se mantiene intacto, las
leyes —ya lo veíamos con el
Leviatán de Hobbes— están puestas sobre
el escritorio para proteger los intereses económicos del burgués, allí ( donde
pulula la burocracia y el proceso) se determina de acuerdo al color, la raza y
el sonido fonético de las palabras, quien entra y quien sale de sus territorios,
de sus “cascos” surcados, que además de barrera, el muro (The Wall)
se convierte en la insignia literaria por antonomasia del imperio y de su
discurso político tan aclamado por el pueblo, con el que divide los buenos de
los malos.
“¡Los buenos
somos más”!
La imagen “blindada”
del territorio, va más allá de la sola idea de seguridad y protección que pueden
brindar esos surcos protectores, mantiene intacta la idea divisoria del poder
imperial, reflejada en la estética de la arquitectura, de esas casas que
conforman cada uno de los barrios del perímetro urbano. La estética del poder,
también parece extenderse en sus intentos colonizadores, se traslada con
sus vestiduras armadas a la propiedad privada, diseñada igual que las otras casas o edificios
de la clase obrera, con barrotes de hierro, púas, aguijones y cruces ¡siempre a
imagen y semejanza del sacro Imperio! porque la seguridad ante todo debe primar,
y habrá que protegerse del enemigo desterrado, del “bárbaro” también creado por
el Estado (cómplice del imperialismo burgués) con el único fin de enjuiciarlo
tras los surcos del poder. ¡Una victoria más! para su palmarés, que el pueblo
celebra, sobre el cuerpo lacerado —que como bien decía—, es territorio y
propiedad del abatido.
La “barrera” asociada a la imagen del casco urbano, genera una idea
vaga de distanciamiento del centro, donde están reunidos cual panteón fuera,
los logos artificiosos del imperio, con los que comulga tanto el rico como
el pobre, el cosmopolita y el forastero, el obrero y el burgués. Todos
persiguen el mismo sueño; ¡la sacra imagen del poder sobre los cielos!
Esa vaguedad del distanciamiento pretensiosa conserva una alta intencionalidad,
que demanda como bien señalaba una urgente necesidad separatista, aislar del
terreno céntrico (surcado) los gustos de la burguesía y los de la clase obrera,
como quien dice ustedes allá y nosotros acá.
El locativo allá no deja de ser un imaginario de la economía política,
denota un lugar distintito, lejos que implica un movimiento forzado para llegar,
muy probablemente también “surcado” por ríos y montañas, que distinguen dentro
del espacio geográfico, la aclamada civilización de la barbarie. Pero, ante
todo, la “brecha” que nunca puede faltar dentro del clasismo burgués; ¡los
ricos acá y los pobres allá! en su debido orden. Aunque ahora (y
desde siempre) los ricos —a lo mejor por un
sentimiento “dudoso” de culpa— en su difuso
proyecto sobre la reconciliación con el espíritu de la “naturaleza”
también vivan junto (pero no mezclados) con los pobres en la periferia, allá
en el campo, con la abismal diferencia que los unos le dicen casas de descanso (o
de veraneo) y los otros, simplemente casa.
La periferia —nos ha hecho creer el
imperio— es sinónimo de
maldad, de peligro, en cuanto se está más cerca de lo salvaje, de lo irracional,
que también es, igual que el cuerpo humano un territorio, distante de la razón,
de la ley (eso creía Platón en su Estado ideal) porque, aunque bien es cierto, la
periferia por muy distante que pueda parecernos, también pertenece al imperio y
a sus tentáculos diplomáticos, encargados de trazar los límites de la propiedad
ante el Estado burgués, que legitima, por cada centímetro de territorio, el
genocidio de la clase obrera, a través de los “funcionarios de la violencia”,
de los “administradores” como les dice Arendt. (2014-228)
Sus leyes y políticas de gobernanza parecen estar más cerca al progreso de la
razón, donde los humanos simulan sentirse tranquilos y protegidos por los
hombres de guerra, por el arsenal bélico, que desde hace mucho dejaron de ser
los fúsiles de asalto o los tanques ahora la estrategia de guerra cambió, al
parecer son las imágenes reproducidas las que “bombardean” a través del ruido y
el exceso. Es la luz perpetua de la razón “instrumental” de la información y el
brillo incandescente el rastro con que el imperio gobierna y ataca a sus inferiores,
siempre visible en el visor de los teléfonos donde las banderas (no hace falta
mencionarlas) hondean en señal de triunfo, ya ni siquiera en los andamios y en
las paredes blancas de los edificios, ahora el slogan del triunfo está ahí en
los otros muros del ordenador, en los “móviles,” siempre cercanos al
sueño, a la vigilia, a la noche que parece ser larga y oscura.
III
Lo que significa que la generación de hijos de
campesinos obreros, hayan migrado a las urbes (a las grandes urbes) donde
además de ser discriminados ya ni siquiera por la burguesía —bastante altisonante— sino por el sector laboral también obrero de origen migrante
al servicio del empresariado burgués. Esos hijos de la tierra difícilmente les
den trabajo, vienen con el estigma del mal, la huella imborrable de la Tierra,
esa cicatriz fácilmente legible que llevan los hijos de Deméter, son
incompetentes “inservibles” (in-di- “gen”-tes) ante la sociedad, porque
crecieron en la periferia, distante del centro, de la ilustración europea. Esos
hijos de la tierra —los que aún conservan
la fuerza física para el trabajo— el
imperio los reclama y los adopta en su moradas “infernales” como esclavos del
capitalismo, los deshumaniza y les convierte en autómatas, en soldados
expuestos como carne de cañón ante los experimentos de la ciencia y las guerras
entre las grandes potencias por la disputa de unas cuantas millas más para su
territorio, porque la expansión es necesaria para el aumento del capital, del
poder y de la insaciabilidad humana que parece infinita, inagotable.
Expansión significa aumento de la
producción industrial Arendt (2014-214). La humanidad es también es un producto reutilizable con fines lucrativos,
un objeto maleable a los intereses siempre del poder capitalista y burgués.
Estos acontecimientos sombríos, atravesados
por la violencia y el anhelo de poder, marcaron un
derrotero en las lógicas estéticas de la percepción, sumamente alteradas por la
idea del bien, esa estetización del triunfo, insignia de los imperios que se “expande”
como huella indiscutible de la victoria a través de su bandera altamente
hondeada por el capitalismo, consciente de sus alcances uniformes y
totalitarios —emparentadas con las del imperio—, pero también
de los derrotados, que portan en sus uniformes, en sus modas, ese mismo símbolo
y etiqueta del burgués, la imagen del exterminio y la explotación, curiosamente
son las clases medias y bajas, pero también los grupos étnicos y raciales,
negros, indígenas, obreros, quienes más refuerzan por el temor a no descender
al lugar donde pensaron haber salido o “escapado” quienes mayor encanto y
fascinación sienten por la simbología del poder, lo hacen muchas veces incluso desde
el encubrimiento intelectual (un atractivo burgués) y las insignias del
imperio, muy bien estampilladas por el capitalismo en los cuerpos de la masa y
en los territorios donde hondean los slogans y sus narrativas de poder, siempre
carismáticas, blancas, luminosas e invencibles, porque para el imperio la
muerte, al menos la de sus guardianes y “embajadores del bien”, parece no existir,
su inmortalidad les emparenta con la divinidad y su omnipotencia, no solo en
definir el destino de los hombres —bastante
turbio—, sino de arrebatarles lo más sagrado a través de la explotación y la
esclavitud, la vida y sus territorios de donde nunca tuvieron que haber
partido.
La nueva estirpe —víctimas también del imperio— se
rehúsa a identificarse con las costumbres de sus ancestros sometidos y
humillados, el grito de soberanía ante el imperio conquistador parece apagarse,
o solamente eso, quedarse en gritos y alaridos, las manifestaciones, las luchas
por la dignidad, el reconocimiento y la explotación laboral del proletariado,
estigmatizadas por el poder mediático, aliado indiscutible del imperio del
bien, no solo deslegitiman el discurso popular de las nuevas generaciones que
se pierde entre ditirambos y coloridos del folklor, sino que el discurso por la
identidad, se torna violento y hostil, pues irrumpe con los intereses de la
burguesía, dueños o inversores del sector industrial y de las grandes
superficies como supermercados de cadena, donde emplean a los padres de esos
hijos protestantes, silenciados y revestidos con los trajes del imperio.
Esa juventud, siempre rebelde,
anarquista frente al poder y sus símbolos de la victoria, ante a las injusticas
archivadas en el lodazal de la memoria, en los anaqueles de las bibliotecas,
esas huestes de concreto, con forma de mausoleo que agonizan en el tiempo y el
olvido, cuantas voces de poetas apagadas permanecen ahí, ante el mutismo de las
nuevas generaciones que batallan desde esferas distintas, desde la academia y
la universidad privada —que pagan sus padres con el sueldo de los inversionistas— cada vez más alejada y arrinconada de las determinaciones políticas y de
los cambios significativos dentro del poder político.
La invasión no solo cercenan los
territorios, sino las lenguas y los lenguajes autóctonos distintivos de las
comunidades, negras o indígenas de los continentes, desaparecidas por la
barbarie imperialista y la imposición estética y lingüística de los
conquistadores. Este fenómeno mucho más amplio, permite cuestionarnos sobre las
implicaciones morales y éticas que como seres humanos conscientes no solo de la
barbarie histórica que hemos padecido de manera directa pues no existe un ser
humano en la tierra que conserve rasgos y fenotipos de un purismo racial o
étnico, porque no existe como tal y la humanidad tanto en Europa Occidental como
en América han sido territorios conquistados por pueblos extranjeros también
denominados bárbaros.
Albert, C. (2019 El mito de Sísifo. Benítez E.
Trad. Alianza Editorial (1942)
Arendt, H (2014) Los
Orígenes del Totalitarismo Alianza Editorial
Butler,
J (2000) El Marxismo y lo meramente cultural el modo de producción sexual.
¿Reconocimiento o Redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo Judit
Butler Nancy Fraser Editorial Traficante de Sueños Madrid España.
Löwy, M. (2021) Walter Benjamin aviso de incendio
(2001)
Marx, K. (2018) Manuscritos de
economía y filosofía editorial Alianza Madrid
[1] Difícilmente existe una sola norma de moral burguesa que no haya sido anticipada por la inigualada magnificencia de la lógica de Hobbes. Proporciona un retrato casi completo, no del hombre, sino del burgués, un análisis que en trescientos años ni ha quedado anticuado ni ha sido superado. «La Razón... no es nada sino el Cálculo»; «un sujeto libre, una voluntad libre... [son] palabras... sin significado; es decir, absurdas». Ser sin razón, sin capacidad para la verdad y sin voluntad libre —es decir, sin capacidad para la responsabilidad—, el hombre es esencialmente función de la sociedad y se le juzga por eso según su «valía o valor... su precio; es decir, según lo que se daría por el uso de su poder» (Arendt 2014-230-231)
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