Una Dialéctica sobre el Obrero

 

 

 

 

 Surcos del Poder:

 

 

 

La propiedad privada que pasa del campesinado al empresario burgués denota uno de los problemas contemporáneos más preocupantes de la sociedad actual, que debería intrigarnos como especie y ciudadanos del mundo. Por una parte, los inversionistas de las grandes superficies de la tierra, poco y nada quieren producir alimento, es más rentable sembrar  monocultivos como caña de azúcar, que requiere de grandes extensiones, (y cantidades estrepitosas de agua) algodón para la industria textil, eucaliptos que crecen en pisos térmicos boscosos, desplazando gran parte de los árboles nativos de esos bosques andinos para la producción de papel y cartón, y en últimas lo que podría en futuro no muy lejano arruinar con la agricultura, de las pequeñas y grandes ciudades productoras; la industria constructora de vivienda, el nuevo monocultivo de la propiedad privada, si no se establece un proyecto de ley que regule los terrenos, en manos de los inversionistas “extranjeros,” porque los dueños de la tierra (en países como en América del Sur y el África)  no son ni de los indígenas a los que les corresponde el valor de la tierra, ni de los negros, le siguen perteneciendo a un grupo histórico selecto de la burguesía europea, que paga en moneda extranjera, el precio de grandes superficies de tierra, sin importar las condiciones de vida que allí se tejan.

La industria constructora de vivienda el nuevo “monocultivo” de la propiedad privada es un fenómeno urbano muy reciente, diseñado para un modelo de familia distinta a la familia numerosa del siglo XIX y mediados de los años XX. El nuevo modelo de vivienda “urbana” está pensado para dos personas de la clase trabajadora, obreros o esclavos de una compañía de origen burgués, muy probablemente de preferencia heterosexual y reproductiva, aunque el género y la orientación sexual de los humanos, hace mucho que dejó de importarle al capitalismo [como religión] pues la explotación laboral, en cuanto a las fuerzas de producción son las mismas, tanto para hombres y mujeres homosexuales, pues deberán producir igual (ciertas cantidades de tiempo y materia) para existir dentro de esos cubículos artificiales con calefacción, independiente de quien viva en dicho recinto, y no como bien lo dejaba ver hace unos años atrás (Fraser, N. Butler, J. 2000-82) La economía está ligada a lo reproductivo y su vinculación con la reproducción heterosexual. Aunque bien es cierto, independiente del género y la orientación sexual, la imagen de “la sagrada familia” que tanto persigue el burgués, prima dentro de las narrativas de poder, no solo eclesiástico sino del imperialismo que, al fin y al cabo, parecen ser lo mismo; Dios y Patria.

Basta con ver el Leviatán de Hobbes el único filosofo de la burguesía (Arendt 231) el monstruo revestido con las almas del pueblo “enemigo” contra quien empuña sin piedad y sosiego la espada y el báculo en su respectivo orden estatal. A la derecha (siempre a la derecha) la fuerza bélica del ejército que protege los intereses privados del burgués y al mismo tiempo amedranta y conquista con su ímpetu sagaz. En la izquierda lleva el cetro con el que acalla a los “deslenguados” que se atreven desde la palabra (armadura y condena del pueblo) ironizar la soberbia divina. 

¡Benditos los poetas!

 Lo que parece curioso de esta situación de cara a la propiedad privada es su repercusión en el mundo “civilizado” en cuanto a las mismas formas de esclavitud y explotación vigentes por una clase social predominante de origen burgués, donde el esclavo con las vestiduras del obrero trabaja parte de su vida para el imperio a cambio de una propiedad privada, que paga como bien es visto con la energía vital de su existencia. Es como si pagara con la vida su propia tumba, que, entre otras cosas, y perdón por el inciso deberá incluso después de muerto seguir pagando. Esa propiedad atribuida al obrero pasa a ser parte de su pertenencia y a la de su clan hereditario, respondiendo siempre a la lógica del burgués capitalista, en cuanto la acumulación de bienes materiales. La ilimitada acumulación de poder logró producir la ilimitada acumulación de capital. Arendt (228)

La propiedad privada como bien le señala Arendt suma como símbolo del poder, es un botín de guerra que, aunque bien el esclavo sigue siendo esclavo del poder, le permite adquirir dentro de sus semejantes obreros un rol de mando, de jerarquía que ha imitado de su soberano el Dios burgués; la acumulación de material independiente de lo que sea, lo dignifica ante el mundo y ante sus soberanos. El hombre es esencialmente función de la sociedad y se le juzga por eso según su «valía o valor. (Arendt 2014-230-231)

Arendt (2014-231) lo deja ver muy bien en cuanto presenta el retrato del burgués que hace Hobbes y que, entre otras, permitirá hilvanar la discusión a partir de ese esquema del hombre y su relación con los imaginarios culturales del poder burgués[1]. El precio es constantemente evaluado y reevaluado por la sociedad, la «estima de los otros», dependiendo de la ley de la oferta y de la demanda.

El obrero posee una propiedad vertical, unos cuantos metros cuadrados, ya ni siquiera en la tierra —el obrero conserva su cualidad de desterrado está por encima del suelo. La edificación de vivienda popular responde a un modelo numérico, escalonado de menos (-) a más (+) acudiendo a una vieja imagen divina de la ascensión. El esclavo (revestido de obrero) anhela como buen hijo, igual que su “padre” la salvación celeste, que no es gratis, debe pagar un precio muy “elevado.” A lo mejor le alcance con su vida, si es que aún conserva la fuerza de la jovialidad, del espíritu vital. Ya para qué, el burgués en su afán de expandir su riqueza, lo expropió (a cambio de trabajo) de su territorio más sagrado: Su cuerpo y su espíritu. Cuanto más quiera ganar, tanto más de su tiempo debe sacrificar. Marx (2016-70)

 Al obrero no le importa su expropiación, el despojo de sí mismo, porque al igual que su dueño el señor burgués responde a esa vieja lógica generacional del materialismo histórico, que ya señalaba Arendt (2014-231) frente al retrato del burgués de Hobbes «La Razón... no es nada sino el Cálculo… y en ese sentido poco y nada importa la vida, porque se está en el juego “absurdo” del tener, y no del ser. Cuánto tienes cuanto vales. El valor acumulado además de la dignificación y el poder, también cuantifica curiosamente la adaptabilidad de la especie, en cuanto a la posibilidad reproductiva y sexual, pues todo parece indicar, que la fertilidad de la especie, es una gesta producto de esa irracionalidad e incoherencia humana, compatible porque no, con las necesidades de explotación de la clase obrera, quizás por eso los ricos en el mundo siguen siendo pocos y los pobres muchos, tiene sentido la multitud, en cuanto más hombres, mayor será la fuerza física depositada para mover el mundo y mayor serán los campos de batalla al servicio de los imperios colonizadores y sus intereses expansivos, como Rusia con Ucrania o Estados Unidos hace algunos años con el Medio Oriente. Solo es trágico en los momentos en que se hace consciente. (Camus 1942p.152)

El obrero no es consciente de su usurpación, tampoco de su tragedia, como afirma Camus en una posible relación con Sísifo el condenado. Él conserva la idea triunfal de sus amos con la que intenta identificarse, con el mito del vencedor sobre el vencido, que, entre otras cosas, aborrece como a su peor enemigo, por muy cercano y semejante que le sea, y en esa misma tonalidad de desprecio, al obrero como al esclavo, poco y nada le interesa el discurso del marginado, del pobre “que es pobre porque quiere,” se deleita igual que sus superiores, con el sadismo burgués y disfruta en silencio el padecimiento de los caídos, que como bien decía, pueden ser sus hermanos errantes los no elegidos por la gracia divina del señorío burgués que le semejan en casta y linaje, y en demás adjetivos de sangre que el cientificismo europeo, tanto esfuerzo le ha costado para distinguir los unos de los otros.

El obrero por cuestiones de supervivencia suyas y de su clan se rehúsa a la imagen del débil, acude incluso al sarcasmo popular, para burlarse de su tragedia, que también es la suya, algo oculta en la máscara del burgués. No quiere ser descubierto por los de su nueva clase, que igual que él, vive en la “lucha” por no descender a los infiernos desde donde cree, haber escapado (está por encima del suelo) “pa atrás ni pa coger impulso” dice el refrán.

El término lucha al menos en cualquier contexto, semeja la imagen de una competencia, donde hay un ganador y un perdedor, es el juego artificio del poder, donde la humanidad como decía Löwy (2021-48) se juega el destino. Con la diferencia que el poder (y los “poderosos” del Leviatán) no conocen, ni conocerán la derrota. No fueron “educados” para perder, la pérdida no existe dentro de sus posibilidades, mucho “menos” desde sus narrativas acompañadas siempre con el palmarés de la victoria, bastantes elocuentes en el divertimiento de la masa, donde el bien triunfa sobre el mal, nunca al revés, sería un desacierto, incluso una inverosimilitud.

El pueblo con facilidad reconoce a sus héroes (que no son suyos, pero les adoptan porque representan el “bien supremo”) revestidos con la capa de la burguesía y el imperio, son los mismos dioses grecorromanos al servicio de la salvación, de la desgracia, no solo claman por el miedo de padecer antes sus furias inquisitivas la victoria como buenos derrotados, la exigen como espectadores ante la euforia de la masa.

 ¡Vencer o morir! es otro viejo lema del imperialismo. Arendt (2014-215) en las primeras líneas del apartado La Emancipación Política de la Burguesía, también lo deja ver así frente a la necesidad de “expansión” de los imperios; Iniciaran su expansión simultánea y competitivamente. Por eso la jerga política del obrero y del burgués parecen ser la misma, está orientada de igual manera que la del imperio. El imperialismo en su intensa lucha por la expansión del territorio vence a su enemigo, le desplaza y le condena bajo el rótulo infinito de perdedor.

El obrero retomando lo anterior no se identifica con el verdugo (que como bien decía, procede de su propia tierra, que también es sangre y a su vez olvido) Condenado por el plomo de la industria y los bloques de concreto a la errancia y a las fronteras imaginadas del poder, donde alguna vez como en los cuentos infantiles, fue condenado por los siglos de los siglos a caminar como un viejo forastero. El obrero una vez más acude a sus semejantes compañeros de la “lucha” que igual que él luchan por sobrevivir en un mundo desigual y déspota donde solo sirve ganar y sumar de a tres.

 

II

 

Volvamos a la tierra, de donde nunca debimos haber partido…

(…) Lo que significa que la producción de alimento en algún momento suela disminuir, bien sea porque es menos rentable cultivar hortalizas sobre las grandes superficies, o porque la población campesina muy probablemente a finales del siglo XXI haya desaparecido. Los hijos del campesinado tienen expectativas de vida hoy muy distintas que a las de sus padres, así hayan crecido en la misma tierra, con las mismas costumbres de siglos atrás, tanto el gen como el cromosoma humano parecen ocultarse ante la extensa red de la globalidad una nueva parodia del imperio que todo lo embellece, lo blanquea, y lo extiende, como si el sol que nos alumbra no fuera igual para todos los mortales que vivimos en el norte o en el Sur, donde la penuria parece real.

La nueva generación de obreros, de naturaleza campesina, crecen imitando los gustos de sus patrones (dueños de sus anteriores tierras) y de la burguesía vulgar y estrafalaria del derroche y el despilfarro, que creen como los ricos en el mundo, que el dinero en cuanto a su cercanía con el poder del imperio, que todo lo que brota de la tierra o le pertenece o lo puede comprar al precio que sea necesario, no importa cual bajo o que tan alto pueda estar, su limitación igual que la del territorio, es infinita o al menos si la pudiésemos medir en distancia sería hasta donde la mirada alcance en la llanura.

  Los hijos “huérfanos” de la Tierra, que huyeron con mucho temor contra su voluntad a causa de un desplazamiento inducido por las fuerzas ilusorias de la ilustración, tres siglos después de la modernidad europea, y el mito por la luz, que nos dejó Prometeo ante la oscuridad de los humanos, sigue vigente alumbrando como antorchas los caminos pedregosos de las montañas, de los ríos y las selvas húmedas del trópico, buscando a lo mejor  la afamada y célebre Tierra “prometida,” gran proeza de los judíos, pero también de los errantes, que atraviesan sin saber nadar las aguas turbias del atlántico Norte o del Mediterráneo, en búsqueda de la gran península…   

Esos hijos “huérfanos” de la Tierra, crecen distantes de sus raíces, de su sabia, (que a su vez es sangre y leche) de sus cepas, que les avergüenza, porque el campo (que no es otro que la tierra) por su cercanía a lo “salvaje”, a sus furias “titánicas,” incesantes así no lo hicieron saber las tradiciones teogónicas occidentales, como el orfismo y la ilustración literaria de los romanos con Dante y Virgilio—. El campo ante la civilización es lo contrario al progreso, y lo contrario al progresismo burgués, es el atraso y la ignorancia, incluso conserva los rasgos de maldad del mito griego, entre las deidades de Urano y Gea, en cuanto a su estirpe perversamente mala, atravesada por el derramamiento de sangre entre padres e hijos. 

La tierra por su imaginario de lejanía se halla fuera del perímetro, pero para ser más preciso ante las intenciones lingüísticas de los topógrafos, llamémosle como usualmente se le llama: “casco” urbano. El casco urbano que entre otras, no es una novedad de la modernidad, mucho menos del nuevo siglo, como tanto se cree frente al “desarrollo” de las ciudades capitales blindadas contra el mal, es tan antigua como la idea del imperio, de hecho, el término [casco urbano] que con bastante regularidad es usado por la jerga política, empañada en cada rincón por el aliento nauseabundo del burgués, conserva sus altas intenciones bélicas, ya los romanos hace dos milenios atrás blindaban sus ciudades frente a los “invasores” bárbaros.

El blindaje continúa y el proyecto de Imperio se mantiene intacto, las leyes ya lo veíamos con el Leviatán de Hobbes están puestas sobre el escritorio para proteger los intereses económicos del burgués, allí ( donde pulula la burocracia y el proceso) se determina de acuerdo al color, la raza y el sonido fonético de las palabras, quien entra y quien sale de sus territorios, de sus “cascos” surcados, que además de barrera, el muro (The Wall) se convierte en la insignia literaria por antonomasia del imperio y de su discurso político tan aclamado por el pueblo, con el que divide los buenos de los malos.

“¡Los buenos somos más”!

La imagen “blindada” del territorio, va más allá de la sola idea de seguridad y protección que pueden brindar esos surcos protectores, mantiene intacta la idea divisoria del poder imperial, reflejada en la estética de la arquitectura, de esas casas que conforman cada uno de los barrios del perímetro urbano. La estética del poder, también parece extenderse en sus intentos colonizadores, se traslada con sus vestiduras armadas a la propiedad privada,  diseñada igual que las otras casas o edificios de la clase obrera, con barrotes de hierro, púas, aguijones y cruces ¡siempre a imagen y semejanza del sacro Imperio! porque la seguridad ante todo debe primar, y habrá que protegerse del enemigo desterrado, del “bárbaro” también creado por el Estado (cómplice del imperialismo burgués) con el único fin de enjuiciarlo tras los surcos del poder. ¡Una victoria más! para su palmarés, que el pueblo celebra, sobre el cuerpo lacerado —que como bien decía—, es territorio y propiedad del abatido.

La “barrera” asociada a la imagen del casco urbano, genera una idea vaga de distanciamiento del centro, donde están reunidos cual panteón fuera, los logos artificiosos del imperio, con los que comulga tanto el rico como el pobre, el cosmopolita y el forastero, el obrero y el burgués. Todos persiguen el mismo sueño; ¡la sacra imagen del poder sobre los cielos!

Esa vaguedad del distanciamiento pretensiosa conserva una alta intencionalidad, que demanda como bien señalaba una urgente necesidad separatista, aislar del terreno céntrico (surcado) los gustos de la burguesía y los de la clase obrera, como quien dice ustedes allá y nosotros acá.

El locativo allá no deja de ser un imaginario de la economía política, denota un lugar distintito, lejos que implica un movimiento forzado para llegar, muy probablemente también “surcado” por ríos y montañas, que distinguen dentro del espacio geográfico, la aclamada civilización de la barbarie. Pero, ante todo, la “brecha” que nunca puede faltar dentro del clasismo burgués; ¡los ricos acá y los pobres allá! en su debido orden. Aunque ahora (y desde siempre) los ricos a lo mejor por un sentimiento “dudoso” de culpa en su difuso proyecto sobre la reconciliación con el espíritu de la “naturaleza” también vivan junto (pero no mezclados) con los pobres en la periferia, allá en el campo, con la abismal diferencia que los unos le dicen casas de descanso (o de veraneo) y los otros, simplemente casa.

La periferia nos ha hecho creer el imperioes sinónimo de maldad, de peligro, en cuanto se está más cerca de lo salvaje, de lo irracional, que también es, igual que el cuerpo humano un territorio, distante de la razón, de la ley (eso creía Platón en su Estado ideal) porque, aunque bien es cierto, la periferia por muy distante que pueda parecernos, también pertenece al imperio y a sus tentáculos diplomáticos, encargados de trazar los límites de la propiedad ante el Estado burgués, que legitima, por cada centímetro de territorio, el genocidio de la clase obrera, a través de los “funcionarios de la violencia”, de los “administradores” como les dice Arendt. (2014-228)

Sus leyes y políticas de gobernanza parecen estar más cerca al progreso de la razón, donde los humanos simulan sentirse tranquilos y protegidos por los hombres de guerra, por el arsenal bélico, que desde hace mucho dejaron de ser los fúsiles de asalto o los tanques ahora la estrategia de guerra cambió, al parecer son las imágenes reproducidas las que “bombardean” a través del ruido y el exceso. Es la luz perpetua de la razón “instrumental” de la información y el brillo incandescente el rastro con que el imperio gobierna y ataca a sus inferiores, siempre visible en el visor de los teléfonos donde las banderas (no hace falta mencionarlas) hondean en señal de triunfo, ya ni siquiera en los andamios y en las paredes blancas de los edificios, ahora el slogan del triunfo está ahí en los otros muros del ordenador, en los “móviles,” siempre cercanos al sueño, a la vigilia, a la noche que parece ser larga y oscura.

 

III

 

 Lo que significa que la generación de hijos de campesinos obreros, hayan migrado a las urbes (a las grandes urbes) donde además de ser discriminados ya ni siquiera por la burguesía bastante altisonante sino por el sector laboral también obrero de origen migrante al servicio del empresariado burgués. Esos hijos de la tierra difícilmente les den trabajo, vienen con el estigma del mal, la huella imborrable de la Tierra, esa cicatriz fácilmente legible que llevan los hijos de Deméter, son incompetentes “inservibles” (in-di- “gen”-tes) ante la sociedad, porque crecieron en la periferia, distante del centro, de la ilustración europea. Esos hijos de la tierra los que aún conservan la fuerza física para el trabajo el imperio los reclama y los adopta en su moradas “infernales” como esclavos del capitalismo, los deshumaniza y les convierte en autómatas, en soldados expuestos como carne de cañón ante los experimentos de la ciencia y las guerras entre las grandes potencias por la disputa de unas cuantas millas más para su territorio, porque la expansión es necesaria para el aumento del capital, del poder y de la insaciabilidad humana que parece infinita, inagotable.

Expansión significa aumento de la producción industrial Arendt (2014-214). La humanidad es también es un producto reutilizable con fines lucrativos, un objeto maleable a los intereses siempre del poder capitalista y burgués.

 Estos acontecimientos sombríos, atravesados por la violencia y el anhelo de poder, marcaron un derrotero en las lógicas estéticas de la percepción, sumamente alteradas por la idea del bien, esa estetización del triunfo, insignia de los imperios que se “expande” como huella indiscutible de la victoria a través de su bandera altamente hondeada por el capitalismo, consciente de sus alcances uniformes y totalitarios emparentadas con las del imperio, pero también de los derrotados, que portan en sus uniformes, en sus modas, ese mismo símbolo y etiqueta del burgués, la imagen del exterminio y la explotación, curiosamente son las clases medias y bajas, pero también los grupos étnicos y raciales, negros, indígenas, obreros, quienes más refuerzan por el temor a no descender al lugar donde pensaron haber salido o “escapado” quienes mayor encanto y fascinación sienten por la simbología del poder, lo hacen muchas veces incluso desde el encubrimiento intelectual (un atractivo burgués) y las insignias del imperio, muy bien estampilladas por el capitalismo en los cuerpos de la masa y en los territorios donde hondean los slogans y sus narrativas de poder, siempre carismáticas, blancas, luminosas e invencibles, porque para el imperio la muerte, al menos la de sus guardianes y “embajadores del bien”, parece no existir, su inmortalidad les emparenta con la divinidad y su omnipotencia, no solo en definir el destino de los hombres bastante turbio, sino de arrebatarles lo más sagrado a través de la explotación y la esclavitud, la vida y sus territorios de donde nunca tuvieron que haber partido.

La nueva estirpe víctimas también del imperio se rehúsa a identificarse con las costumbres de sus ancestros sometidos y humillados, el grito de soberanía ante el imperio conquistador parece apagarse, o solamente eso, quedarse en gritos y alaridos, las manifestaciones, las luchas por la dignidad, el reconocimiento y la explotación laboral del proletariado, estigmatizadas por el poder mediático, aliado indiscutible del imperio del bien, no solo deslegitiman el discurso popular de las nuevas generaciones que se pierde entre ditirambos y coloridos del folklor, sino que el discurso por la identidad, se torna violento y hostil, pues irrumpe con los intereses de la burguesía, dueños o inversores del sector industrial y de las grandes superficies como supermercados de cadena, donde emplean a los padres de esos hijos protestantes, silenciados y revestidos con los trajes del imperio.

Esa juventud, siempre rebelde, anarquista frente al poder y sus símbolos de la victoria, ante a las injusticas archivadas en el lodazal de la memoria, en los anaqueles de las bibliotecas, esas huestes de concreto, con forma de mausoleo que agonizan en el tiempo y el olvido, cuantas voces de poetas apagadas permanecen ahí, ante el mutismo de las nuevas generaciones que batallan desde esferas distintas, desde la academia y la universidad privada que pagan sus padres con el sueldo de los inversionistas cada vez más alejada y arrinconada de las determinaciones políticas y de los cambios significativos dentro del poder político.   

La invasión no solo cercenan los territorios, sino las lenguas y los lenguajes autóctonos distintivos de las comunidades, negras o indígenas de los continentes, desaparecidas por la barbarie imperialista y la imposición estética y lingüística de los conquistadores. Este fenómeno mucho más amplio, permite cuestionarnos sobre las implicaciones morales y éticas que como seres humanos conscientes no solo de la barbarie histórica que hemos padecido de manera directa pues no existe un ser humano en la tierra que conserve rasgos y fenotipos de un purismo racial o étnico, porque no existe como tal y la humanidad tanto en Europa Occidental como en América han sido territorios conquistados por pueblos extranjeros también denominados bárbaros.  

 

 

Bibliografía

Albert, C. (2019 El mito de Sísifo. Benítez E. Trad. Alianza Editorial (1942)

Arendt, H (2014) Los Orígenes del Totalitarismo Alianza Editorial

 

Butler, J (2000) El Marxismo y lo meramente cultural el modo de producción sexual. ¿Reconocimiento o Redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo Judit Butler Nancy Fraser Editorial Traficante de Sueños Madrid España. 

Löwy, M. (2021) Walter Benjamin aviso de incendio (2001)

 

Marx, K. (2018) Manuscritos de economía y filosofía editorial Alianza Madrid



[1] Difícilmente existe una sola norma de moral burguesa que no haya sido anticipada por la inigualada magnificencia de la lógica de Hobbes. Proporciona un retrato casi completo, no del hombre, sino del burgués, un análisis que en trescientos años ni ha quedado anticuado ni ha sido superado. «La Razón... no es nada sino el Cálculo»; «un sujeto libre, una voluntad libre... [son] palabras... sin significado; es decir, absurdas». Ser sin razón, sin capacidad para la verdad y sin voluntad libre —es decir, sin capacidad para la responsabilidad—, el hombre es esencialmente función de la sociedad y se le juzga por eso según su «valía o valor... su precio; es decir, según lo que se daría por el uso de su poder» (Arendt 2014-230-231) 

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