El Higuerón y las Almas Negras de la Montaña
1
A
las seis de la tarde las goteras empezaron a rebotar sobre el tejar, el agua
del cielo rebosó la canaleta formando posos oscuros en la tierra. Los
jornaleros que no hace mucho habían soltado la herramienta, no tuvieron tiempo
para contemplar hacia el occidente los arreboles anaranjados del mar.
—Ese
sapo se llama Felipe —me dijo el abuelo—, mientras lo vio saltando debajo de
las cuchillas de una guadaña directamente hacia la charca.
Hace
un mes decidí volver a la montaña con el fin de buscar pájaros y árboles. Los
mismos pájaros, y los mismos árboles que he visto siempre por las cuencas de esta
Cordillera.
En
la maleta guardé una cámara Nikon y un solo teleobjetivo para retratar pájaros
en las copas de los árboles. También metí un libro rojo en medio de una
leñadora de manga larga que me había regalado mi mamá para una navidad. Hace ya
una década, Hernando Rayo, un buen amigo de la montaña me dijo que los libros
eran para las ciudades, en el monte —como él mismo le decía—, había que
aprender a leer los árboles, los ríos y los pájaros.
Hacia
un costado del mirador, en pleno barranco, recuerdo haber visto dos araucarias
viejas de treinta metros. Estaban clavadas como dos estacas sobre el
precipicio.
—¡Esos
árboles los cortaron!
—¿Y
eso?
—¡No
eran de estas tierras!
—¿Y
qué le hace que no sean de por aquí?
—Secan
la tierra.
—Aunque usted no lo crea, esto se está acabando y la gente no cree. Mire
no más, la mano de muertos.
—Y a nosotros que nos importa.
—(…)
—¡Uno
muerto pa que hijueputa!
—La
tierra se está desquitando.
—Yo en cuentos de ambientalistas no creo.
2
—¿Cuál es tu apellido? —le pregunté mientras subíamos por una carretera
empedrada de Chicoral.
—¡Wiesner
—me dijo—! Es un apellido indígena, no sé de dónde,
tal vez del sur. Lo único cierto, es que es indígena. Mi papá me dijo que era
alemán, él había buscado en internet y había aparecido un guerrero de plata con
una espada y una lanza en la mano derecha.
Subíamos
bajo un cerrazón verde de otobos, balsos, yarumos, cedros, cominos, nogales, y
un árbol muy particular —que a mí me había llamado la atención—, le dicen el
dormilón gigante, una especie de carbonero. Yo ya conocía a Wiesner, Carlos Mario
me había hablado de él en unas vacaciones anteriores, mientras sorbía una sopa
de maíz.
—
¡Tenés que conocer al soldado! El man entrena todos los días boxeo, y es un
duro para las artes marciales —a vos que tanto te gusta darte puños con la
gente—. Si querés ahora subimos, y te ponés los
guantes. Al socito le dicen el Soldier, aunque yo prefiero decirle Yors. Por
acá todos le dicen así, menos su abuelos, Marco y doña Lina, que prefieren
llamarlo Jorge, así solo, a secas.
—¡Mucho gusto pana! Mi nombre es George
Wiesner. Yo presté servicio militar en el Meta, Guaviare y en el Vichada. Tenía
como dieciocho años. Era un niño con el camuflado holgado de la guerra. Me
mostró una fotografía donde empuñaba una Carabina M-4 con lanza granadas,
apuntando hacia el vacío de la montaña, igual que otros catorce mil quinientos
veinticinco niños, que cada año recluta el Ejército Nacional.
3
Marco me invitó a sentarme a la sombra de un guayabo a esperar los barranqueros que visitan en la mañana a doña Lina y casi siempre en la tarde cuando el sol se oculta, detrás de la montaña. Wiesner ya me había contado una noche anterior en la finca, que su abuela hablaba con los pájaros. Al siguiente día subí a encontrarme con los tucanes rabirojos, los carriquíes montañeros, los collarejos y los enmascarado
Esa
mañana después de alcanzar la cúspide de la loma, vi al barranquero con su
cresta azulada posando sobre la rama del guayabo. Me observó con sus ojos
huidizos color rubí, mientras movía el péndulo de su cola, dos corazones
danzantes de lado a lado, el barranquero voló a perderse en el cafetal boscoso
de don Absalón.
Marco
entró a la casa por un gajo verde de plátano chocoano y se volvió a sentar a la
esperara del pájaro y dejó escapar una estrofa de un viejo campesino cuyo
nombre se niega recordar.
Pajarito
barranqueño/
Pajarito
entristecido/
Que
bonitos ojos tiene/
Que
pesar que tengan dueño/
Dónde
andará la consentida/
Que
nunca más volvió/
Que
bonitos ojos tiene/
Que
pesar que tengan dueño/
Lina
nos trajo dos tazas de café endulzado con panela. Vimos el sol posarse en la
montaña, la luz del astro nos mantuvo expectantes de su regreso.
El
barranquero no volvió, pero si un turpial amarillo de visos negros que se posó
frente a nosotros.
—Es
el Chicao. Viene en las mañanas y canta frente a la ventana. Hace cuatro años lo
volví a ver, igual que un barranquero sin cola que todos los días sin falta viene
a comer maduro.
No tiene cola porque el gato se la arrancó de un mordisco y nunca más le volvió a crecer, Nosotros acá le decimos el culimocho.
4
Yo
me crecí por estas tierras hace sesenta y cinco años, entre cafetales, matas de
plátano, árboles de aguacate y yuca. Una que otra vez bajo a la ciudad para ir
a misa los domingos en la tarde. Nunca más volví, porque una vez saliendo de la
iglesia, mataron a un muchacho, y con los diítas a un familiar, un niño de diez
y seis años, ya era papá, de dos niñitas. No aguanté tanta violencia y más bien
decidí venirme del todo.
—Hace
unos años la cosa por acá era jodida, pior que, en la ciudad, asesinaban a los
campesinos que salían a ganarse el diario —me dice Marco—, mientras aplasta con
su palma de su mano el único plátano amarillo y dulce del racimo.
—¿Por qué lo dice?
—Una vez salí a tomarme un cafecito a las tres de la tarde, estaban en el
programa de rancheras que trasmitía radio Sutatenza, cuando dijo el locutor:
—Presentamos
a Antonio Aguilar; “Cuatro Milpas”.
No
llevaba nada de haber arrancado, cuando el disco fue interrumpido por una
noticia que decía que en la finca la Argelia, habían hecho una matanza de
campesinos cogedores de café.
Mataron
al hacendado, al mayordomo, a su esposa y a sus hijos. Todos los que estaban
ahí, fueron matados. El programa siguió y el disco volvió a girar.
Cuatro
milpas tan solo han quedado/
Del
ranchito que era mío, ay, ay, ay, ay/
De
aquella casita tan blanca y bonita/
Lo
triste que está/
Las
palmeras lloran por su ausencia/
La
laguna se secó, ay, ay, ay, ay/
La
cerca de alambre que estaba en el patio/
También
se cayó/
Me
prestaras tus ojos morena/
Los
llevo en el alma, que miren allá/
Los
despojos de aquella casita/
Tan
blanca y bonita lo triste que está/
Los
potreros están sin ganado/
Toditito
se acabó, ay, ay, ay, ay/
Y
ya no hay palomas, ni flores, ni aromas/
Ya todo acabó/
5
En la noche salimos de la finca. Subimos por la servidumbre, una carretera angosta marcada por los neumáticos de los carros que suben por la empinada con esfuerzo. A mano derecha, hay un hato ganadero de un rico de aquí de Cali, dicen que el tipo la compró a muy buen precio, hace ya cinco o seis años. Dentro de esa finca hay un potrero, y dentro de ese potrero, un bosque de hongos, donde se pierde entre las hileras el sol. Las lianas colgantes se aferran al suelo cubierto por troncos de algarrobos caídos, donde brotan la cicuta verde del bosque.
6
Para
que la gente se dejara de morir don Luís Ángel nos recomendó sembrar un Higuerón y un
alma negra en un pedazo de la finca. Don Luís era un campesino de acá de la
montaña, trabajaba desde hace treinta años para el vivero de un botánico muy conocido
en la ciudad, no solo por traer variedades de árboles y semillas, de cuanta
planta exótica se iba encontrando en el camino, sino por la siembra ornamental en
los centros comerciales del sur, que le ofrecen contratos de veinte y hasta de
cien millones, por sembrar orquídeas y palmeras de los indios Tikuna y helechos
arbóreos, que él mismo se encarga de desenterrar del bosque.
El
vivero está ubicado junto a la carretera del kilómetro 26 que conduce de la
Cumbre hacia el mar. La primera vez que lo vi, fue para una tarde a mediados de
año, en plena pandemia —cuando los muertos llegaban a nueve mil ochocientos
diez—, se bajó de un Renault blanco, con siete especies diferentes de orquídeas,
anturios, heliconias, lirios, azucenas, papiros, y bambús.
Nosotros
habíamos ido a ver árboles porque queríamos sembrar un magnolio, para remplazar
uno que se había muerto por falta de sombra. —Al
magnolio en unas partes le dicen molinillo, en otras guanábano de monte, es un
árbol grande de treinta metros de altura, y crece normalmente en los bosques de
la montaña.
Esa
misma tarde, compramos un Cadmio Cananga Odorata y Carlos Mario un Jabonario de
la China, a él siempre le han gustado los árboles raros, a mí también, pero me
gustan más los que crecen solitarios en la montaña, como el yarumo negro, cuyo
fruto llevan en sus vientres la tangara y el tucán.
Don Luís nos mostró a un costado del vivero, unos
Higuerones sembrados en bolsas plásticas.
—Es
de los lechosos —dijo—. Partió una rama en un extremo del tallo, y brotó una leche
pegajosa del tronco, era caucho. Es la
sangre del árbol.
—¿Y es de montaña?
—Crece
desde el nivel del mar, hasta los dos mil metros. Igual que los frutos del
yarumo, les gusta a las aves por una especie de higo, muy suculento de
color verde.
—Las
hojas son muy buenas para la asfixia y la mordedura de culebra.
El
que está allá, lo sembré hace veintiséis años, cuando recién llegué a este
pueblo. Todas las noches viene un búho cariblanco y se carcajea solo, a mí me
han dicho, que es una bruja pelirroja, de por aquí de las montañas de Bitaco.
Esa
tarde no pudimos ver el árbol, tampoco el búho, por más que don Luis señalara
hacia el bosque frondoso, no logramos identificarlo a pesar de que sobrepasaba,
los treinta metros de altura.
—Vengan
mañana.
—¿Mañana?
—Hoy
ya no, porque los perros ladran y le da por asomarse al patrón.
El
árbol estaba al fondo de un zaguán, a escasos metros de la casa del biólogo,
quien no hace mucho había llegado del bosque, con costalados enteros de
bromelias.
—Los Higuerones son una especie de Ficus que crecen en medio de los
bosques como edificios desalmados. —Si lo van a sembrar, no lo entierren cerca
de los otros árboles, las raíces levantan lo que sea.
—¡Muchachos! —nos dijo el viejo—, una última cosita, estos árboles los
estoy vendiendo a escondidas a muy buen precio, para recuperar la platica de la
liquidación, cuando salgan, pásense por atrás del garaje, para que la cámara no
los vaya a captar.
El
portón se abrió, era una puerta automática que se deslizaba a través de un riel.
Salimos —como nos dijo don Luis—, acurrucados por atrás de la cámara, cada uno
con un árbol diferente, yo con el Higuerón y él, con un Burilico Xylopia
ligustrifolia.
A
los seis kilómetros de haber empezado a subir por la montaña, me dijo que el
árbol era un asesino.
—¿Cómo
así que un asesino? Y ¿desde cuándo los árboles también son asesinos?
—Estrangulan
a sus víctimas.
—¿De qué estás hablando?
—Del
Ficus Aurea.
Mientras
Luís me mostraba el caucho de los higos, Carlos Mario había buscado Higuerones
en Google.
—Este
no es un Ficus Aurea, es un Ficus Máxima y hay más de treinta y cinco especies
regadas por el continente; Benjamina, Ginseng, Lyrata, Elastica, Carica,
Microcarpa, Rubiginosa, Pumila, Racemosa, Cyathistipula, Petiolaris, Altissima,
Macrophylla, Umbellata, Americana, Danielle, Auriculata, Obliqua, Virens,
Insipida, Maxima.
—Nos
tenemos que devolver.
—¡No
escuchaste lo que nos dijo don Luís! Es su liquidación.
—Le
decimos que no lo cambie por un magnolio o uno de esos cominos crespos, que se
comieron las hormigas junto al cerco de la servidumbre.
Lo que más necesitamos en esta montaña, son Almas Negras.
7
Seguimos
por el camino pedregoso, nos dieron las seis y empezó a oscurecerse el cielo.
En la carretera vimos un retén. Era la policía que, por órdenes del
Estado, había decidido cerrar el pueblo, para disminuir el contagio de Covid-19.
Los
establecimientos comerciales estaban cerrados; el estanco, el billar y la panadería.
Pasamos
a hurtadillas como un par de delincuentes.
—¿Y
si nos paran qué decimos?
—Que
llevamos un asesino de montaña y un Burilico extinto, pero que ya nos vamos,
directicos pa la finca.
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