Ready, aim, fire.
"Si supiera el oráculo de Fray Damián, que el cristo que empuña Ignacio, para recibir la comunión —veinte años atrás—, ahora es un fusil de asalto M4A1.
Ready, aim, fire".
Una tarde de
abril me escribió Pacho. Había pasado un mes desde que conversamos en la casa
de los Martínez, sobre unos panfletos pegados en las paredes de la parroquia. Él
ya era profesor de la facultad, lo habían nombrado hace poco, y me dijo:
¡Hermano! no se me vaya a asustar. Un colega del hospital psiquiátrico me pasó
esta fotografía. Era una foto de Pilar mal impresa estaba calva y verde como un
melón. Le pregunté por sus cejas, que eran negras y abundantes, me dijo que se
las había cortado el mismo día que la internaron.
Pacho fue
sincero y me contó —lo que nadie en San Fernando, se había atrevido a decirme—,
que Pilar, la hija de los Mendoza, mi prometida, la mejor estudiante de
medicina, se encontraba en el San Isidro de Cali, a un costado del batallón, donde
llevan a todos los locos de esta ciudad.
—Quiero verla.
—¡No!
—¿Por qué Pacho?
—Lo mejor es
esperar.
—¿Esperar qué?
—A que las
cosas se calmen.
—Las cosas
nunca se van a calmar.
—Tenga fe.
—Yo no creo en
la fe, Pacho. Creo en los hechos.
—(...)
—Esa gente no va
a parar, hasta que no hayan limpiado por lo menos, con una parte de la
población estudiantil. Ya van —si quiere que le diga—, por el setenta y tres
por ciento de los estudiantes de la facultad de humanidades. ¿Y eso pa qué
sirve? ¿Cierto?
—No estoy diciendo nada.
—¡Más te vale!
—Pilar está en
un tratamiento contra la depresión y la locura.
—¿Locura?
—(...)
—¡Más locos están
ellos!
—Le diagnosticaron
esquizofrenia. Vi su historial médico.
—¿Y qué dice
la Historia Pacho?
—Que además de
loca, tiene un trastorno sexual compulsivo relacionado con los muertos.
—¡Necrofilia!
—Así es...
—Se muy bien lo
que significa.
—Las cámaras
del laboratorio forense le vieron masturbando a los cadáveres. Tiene una
preferencia sexual por las mujeres menores de cuarenta.
—Esto es
insólito.
—Lo más grave de todo es que no podrá volver a
ejercer la profesión. Era la mejor forense de este país. Hace poco había
terminado en Italia, un posgrado en anatomía.
—Son unos Hijueputas, Pacho.
Yo seguía sin entender muchas cosas, le había
creído lo del viaje a los Estados Unidos, incluso lo del trabajo con los
veteranos de guerra, era normal que la gente de acá de San Fernando Rey,
viajaran a ese país con frecuencia persiguiendo lo que todos persiguen; el
american dream, y más en la generación de nuestros padres, que nos educaron con
los valores del “triunfalismo” norteamericano, idolatrando a todos los santos
de la parroquia, y a los gringos, como los salvadores del mundo.
¡Alabado sea
el señor!
A Ignacio y a
mí, nos vestían —fuera del lino del que ya he
hablado suficiente—, con las camisetas de los superhéroes, jugábamos a ponernos
la capa roja de Superman y a lanzarnos por el ventanal del patio, dizque para
salvar el mundo de los malos, ¿qué inocencia cierto? Yo nunca supe quiénes eran
los malos.
—¿Ustedes sí?
—(...)
Tan solo queríamos
ser fuertes y musculosos como ellos.
Una vez
Ignacio se quebró los dientes, porque él decía que podía volar, estaba
convencido de eso, hasta que se lanzó por el balcón y lo recibió el sardinel
del frente. Por poco y se mata.
La obsesión
con los años creció y muchos de los niños de esa generación, como los Martínez y
la de los Vázquez se convirtieron en muñecos de acero, eran los nuevos Iron Man de la televisión colombiana,
con los bíceps grandes y a punto de reventar.
Mantenían muy
preocupados por el tamaño y la flacidez. No existía un día de la semana, en que
no se midieran con el metro, el volumen de sus antebrazos.
—Mirá Martín,
yo la tengo más grande que vos. Y mostraba su pepa grande a punto de estallar a
través de la franela.
—Mírame la
mía.
En esas se la pasaban, midiéndose la verga.
Como tampoco
entendí lo de Pilar, mucho menos lo de Ignacio, que después de viejo le dio por
volverse guerrillero ¡y marica! —Habla pasito que nos escuchan y nos echan de
este convento. Hace unos días me escribió una carta donde decía que estaba
bien, incluso más gordo porque no hacía sino comer lentejas con arroz.
No le contés a
nadie —fue lo primero que me dijo—. Estoy en el Vichada, muy cerca de
Venezuela, al otro extremo de la cordillera, a orillas de un río que se llama Bita,
en la cuenca del Orinoco. Búscalo en el mapa de Google, que ahí aparecen los
cuarenta y dos ríos de este país. Si preguntan los del San Fernando —en
especial los de la Marco Fidel—, decíles lo mismo que te dijo a vos Pilar, que
viajé hace unos días para los Estados Unidos a encontrarme con todos. Saludes
de mi parte al coronel Mendoza. Y a Pilar, por si la volvés a ver.
En la carta
venía una foto de Ignacio, tenía el camuflado holgado de la guerra y una barba
de cinco días sobre sus pómulos rosados, parecía un sacerdote más de este país perdido
en la montaña. Más pinta de guerrillero tenía Pacho, que nunca en su vida había
empuñado una pistola, ni siquiera de agua, de hecho, si no es por el fusil de
asalto, una carabina M4A1 con lanza granadas, fabricada en los Estados Unidos
por la compañía Colt, no le hubiese creído ni un carajo, mucho menos que
estuviese en la guerrilla dándose plomo.
De todas
formas, me dio alegría verlo en el otro extremo de la cordillera, a más de mil
kilómetros de distancia, apuntando hacia el vacío de las montañas. Mandé a
imprimir su foto donde un señor de apellido Franco, tenía el presentimiento de
que lo iban a matar, él como todos nosotros, llevaba impreso el rostro de la
muerte. Ignacio nunca fue un hombre de guerra, él como todos los Vargas, era
una gueva.
Franco era el
fotógrafo del barrio. Vivía a dos cuadras de la nuestra. Su casa era de dos
pisos —como todas las casas de San Fernando—, tenía un balcón con chambranas de
chanul, dos árboles de poma rosa, y una Ford Bronco de color naranja modelo
setenta y ocho, aparcada en el garaje.
Encendía el motor de la camioneta, para recordar viejos tiempos en la carretera al mar, mientras se ponía a escuchar tangos, uno en especial, que nunca podía faltar los sábados en las mañanas de Alfredo de Angelis, Sangre Maleva.
(…) Pronto saltó la bronca,
cayó la policía,
y en un charco de sangre al malévolo encontró.
Herido mortalmente, rebelde en su agonía,
pero con voz de macho de esta manera habló:
No me pregunten agentes,
quién fue el hombre que me ha herido,
será tiempo perdido, porque no soy delator,
déjenme, no más que muera,
y de esto nadie se asombre
que el hombre para ser hombre
no debe ser batidor.
Pasaba un
trapo rojo por la carrocería para que la mierda de las tórtolas —que dormían en
el pomo—, no le dañara la pintura. Con los años se mamó, y a la camioneta le
empezaron a crecer por las hendiduras del capote, las primeras pasifloras de
color violeta, al viejo no le quedó de otra, que vender el carro a un
coleccionista de la Roosevelt.
Con el garaje
vacío montó un laboratorio de fotografía donde revelaba sus propias fotos. Usaba
una Pentax de treinta y cinco milímetros, análoga que dejaba colgar de su
cuello delgado y solo le empuñaba para disparar, cuando el cuadro estaba
perfectamente organizado, ¡ready, aim, fire! Era un gran fotógrafo, no había
ninguna duda, sabía jugar con la luz de los corredores largos y oscuros y de
las pocas claraboyas que alumbraban el interior de las casas.
La mayoría de
las fotos las hacía en la tarde —ya se imaginarán
el calor y la picazón en el cuerpo con las camiseticas aquellas de lino—.
Franco nos retrató cuando éramos unos niños, ahora quizás ya no nos recuerde,
tampoco le insistiría en que nos recordara ¿Para qué? ¡Que estupidez! ¿Cuántos
rostros de la misma generación en su visor? ¿Cuántas imágenes de niñitos muecos
y sonriendo hacia finales de siglo?
Fuimos esa última
generación del veinte que sobrevivió a la violencia, ¡alabado sea el señor!
—¡Y Por su
espíritu!
—Calláte negra
que no es con vos.
Sería absurdo
preguntarle, se ¿acuerda de Horacio, de Martín, de Álvaro, o de Ignacio? El que
se volvió marica y guerrillero después de viejo.
—No mijo, no
me acuerdo.
Franco me
entregó un sobrecito de manila, me pidió que la revisara, le dije que no era
necesario, confiaba plenamente en su trabajo de revelado. Le puse al lado de
las otras fotos en el álbum, junto a la de Pilar. ¡Mirá esta foto! Estábamos
pequeños, no hemos cambiado mucho ¿cierto? Es Ignacio recibiendo la eucaristía,
al fondo vos y yo, esa es Mercedes, y el de acá, el padre José Gonzáles.
Si supiera el
oráculo de Fray Damián, que el cristo que empuña Ignacio, para recibir la
comunión —veinte años atrás—, ahora es un fusil de asalto M4A1.
Comments
Post a Comment