Con el Culetazo del Fusil

Entraron disparando sobre las cenefas de la casa, como si estuvieran fumigando moscas. Mi mamá y yo, para evitar el contacto de las balas, que revotaban sobre los calderos, nos arrastramos como sanguijuelas por un piso endeble de madera, muy seguramente y entre tanto agite, se les olvidó matarnos, con una sola bala, hubiésemos tenido.

Llevaban radios en la cintura, linternas encendidas con un chorro de luz blanca, y un fusil de asalto de fabricación rusa AK-47. La puerta del cuarto estaba cerrada, era la única habitación de la casa que tenía puerta, los demás dormitorios cortinas, para dividir los cuartos.

El hombrecito que mató a mi papá fue el mismo que derribó la puerta, con el culetazo del fusil. Entró a la habitación junto a dos hombres más, que prestaban centinela, mientras él descargaba con voracidad ráfagas de fuego, sobre el cuerpo de mi padre.

Estaba tendido con el cubrelecho de lana hasta el cuello, cuando las balas calibre siete punto sesenta lo atravesaron por el pecho. Horas antes —como si supiera que lo iban a matar— pidió beber dos tragos de aguardiente y una infusión de valeriana con caléndula.

Mi mamá dice que fue gracias a esos tragos, que ni cuenta se dio cuando perdió la vida, porque estaba privado. Yo nunca creí eso, él murió consciente, y aunque era cierto, que tenía un sueño muy profundo, era casi que imposible, no haberse despertado en medio de semejante alboroto, no solo de las pisadas firmes de las botas sobre la madera, sino del ladrido de los perros, que aullaban sin cesar como lobos desesperados, ante el vuelo de los Tucanos EMB-314 y de los Black Hawk que sobrevolaban el cielo pardo de la última noche de noviembre.

Aún conservo la imagen de él tendido en su lecho por última vez, con el rostro intacto y el cubrelecho de lana teñido de sangre. Si hay algo por lo cual recuerde esa escena, es por el bendito cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, el mismo que le hizo colgar mi mamá, para que nos protegiera de todo mal y peligro.

El rey de los judíos quedó con la mirada clavada sobre el cadáver incinerado de mi papá y con un tiro de fusil AK-47 en el centro del corazón.

¡Que en paz descanse! y brille para él la luz perpetua... ¡Amen!

En menos de una hora ya habían incendiado el pueblo. Quemaron personas vivas que corrían desesperadas repartiendo candela por las fincas, igual que los caballos percherones que bajaron de la montaña con el lomo ardiendo. Las haciendas de Puente Palo, y Zaragoza terminaron en una humareda negra que duró hasta el amanecer del tercer día.


 

Comments

Popular Posts