La última Cena de Mauricio Ramelli
Ramona Hoffman
Raimund Schmidt llegó a
mediados de siglo huyendo de la violencia. Se embarcó en una tripulación de
comerciantes por el Atlántico, y navegó durante meses hacia el Caribe colombiano,
donde abordó en plena selva, un barco que lo llevaría por el río Atrato, con unos
nativos Emberá. Fue de los primeros europeos en pisar estas tierras, muchos le
deben a él —y a los extranjeros del viejo
continente— la implementación de nuevas técnicas en agricultura y comercialización
de metales.
Los Lombardi por ejemplo, eran unos italianos que se
dedicaron a fabricar lo que mejor sabían hacer en la vida; pan. Vivían junto a
la carrilera, en una linda casa colonial de color azul, donde se alzaba bajo la
sombra de una araucaria, un letrero blanco con letras grandes, que decía; Forno
Donato. La esquina de los Lombardi era muy conocida por todos, porque dejaba
escapar de los hornos en las horas de la tarde, un aroma irresistible de trigo fresco.
Los otros alemanes —a excepción de los Schmidt— sin mucho éxito quisieron
imponer la sastrería y la moda de los años treinta en Berlín, pero la gente de
aquí del Valle, nunca les gustó usar nada distinto, que no fuera un sombrero,
un poncho y un carriel.
Hace unos años empezaron
a usar zapatos para ir a la iglesia, pues el cura —un sacerdote de pómulos rosados—
les dijo a todos, que los hijos de Dios no podían entrar a su casa, con los
pies descalzos, así que solo se ponían zapatos los domingos en la tarde para ir
a la misa, y muy de vez en cuando, para las bodas, cuando decidían casarse entre
ellos, que era la mayoría de las veces, porque aquí en este pueblo, además de
todo, era un pecado, andar sin mujer y sin hijos.
Era la ley de Dios, y
había que cumplirla.
La iglesia construida a
principios del siglo XVII por los jesuitas españoles tampoco escapó del
incendio, la candela borró a los santos de Ramelli y al cuerpito lacerado del cristo
—el mismo que miraba a mi papá echando humo, mientras las balas de la kaláshnikov lo
iban atravesando de una en una—, también las bancas de pino romerón, que había traído
el arzobispo de la capital de la República y el altarcito que nunca podía
faltar con los doce apóstoles.
La llama alcanzó la
cúpula y las cuatro pechinas del Santo de Asís, junto a sus evangelistas acompañados
con sus respectivas fieras; el hombre, el buey, el león y el águila, pintadas
por el hijo de un Suizo, Luigi Ramelli Foglia, quien por aquellos días
disfrutaba de la compañía y hospitalidad de los Lombardi.
El trazo negro del fuego
borró para siempre las epifanías celestes, y por la torre mudéjar, escapó una nube
densa de humo durante varias noches.
El campanario tal cual lo
había predicado un arzobispo de Cali —en sus últimas
plegarias por la paz de Colombia—, estaría envuelto en llamas para el fin del
mundo. La iglesia no paraba de escupir por sus fauces y orificios medianos, candela
a borbollones sobre sus feligreses, que danzaban sin parar, alrededor del
fuego.
Los curas que habían sido
enviados por la basílica de Roma para salvar el mundo después del incendio —y a petición de Monseñor Isaías Duarte Cansino—, bautizaron
a todos los huérfanos y desamparados de este país, en la fe de Cristo, y a su
vez, aprovecharon la multitud de indios y de negros salvajes, para casarlos por
la iglesia, para que la gente de estas tierras, volvieran a procrear como ahora
en un principio, las montañas, con la nueva sangre de su Dios.
—¡Líbranos, señor!
—No blasfeme que son cosas de Dios.
Schmidt había sido un mercenario de guerra y un soldado profesional del ejército
alemán, montó hace un tiempo atrás una herrería, donde fundió metales y elaboró
picas y azadones por encargo, y cualquier otra herramienta necesaria para la
agricultura. Él había fabricado esos mismos hierros, en la Alemania Nazi, para
cavar las tumbas de los campos de concentración.
Así que no le fue distante
retomar las viejas prácticas en su taller, donde además de fundir metales y
fabricar piezas para el combate, los mismos hombres —que días antes habían
disparado sobre las cenefas de la casa—, le solicitaron a cambio de su seguridad,
una buena cantidad de dinero, por fabricar rifles imitación Winchester para la caza de osos de anteojos, y fusiles
Galil del pueblo de Israel, para la guerra.
El soldado aceptó.
Ramona Hoffman había sido
su esposa, se conocieron en Berlín. Ella cursaba su último año de literatura en
la universidad, estaba a punto de graduarse con honores, cuando decidió huir de
Alemania, con un soldado del tercer Reich, quien le convenció de hacer un viaje
lejos y sin regreso por el Atlántico, en busca de la huella africana, su
proyecto inacabado de grado. Ramona aceptó y zarparon al siguiente día, en un
transatlántico de judíos por las aguas lejanas del viejo continente, tenía
veinticinco años y un corazón joven, con largos alcances como para cruzar el
mundo.
Aún recuerda su primera
mañana de abril de mil novecientos cuarenta y cinco, cuando se bajó del barco
con un vestido de terciopelo blanco y el cabello rubio trenzado, dicen quienes la
vieron por primera vez, que la confundieron con un ángel. Nunca nadie había visto
en un pueblo de negros, una mujer blanca, caminando sobre el fango del mar.
Hoffman no duró mucho en
enamorase de esta tierra y al ver que Raimund continuó con las viejas prácticas
de la herrería, decidió vivir sola a orillas de una cañada, en una casa de dos
pisos, fabricada por el maestro Ramelli con paredes de bambú.
No hay un día de la semana, en que no le visiten los colibrís blancos y una bandada de carriquíes montañeros de cara negra, que saltan entre los ramales de un Yarumal de hojas plateadas.

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