Historia de una foto

 

El Aqueronte y la Estigia  



                                                                                         


                Hay un Lugar llamado Malasbolsas en el infierno,
 pétreo y ferrugiento,
igual que el muro que lo ciñe entorno.
 Justo en mitad de aquel perverso campo
 bastante hondo y extenso
 un pozo se abre,
cuya estructura
 contaré sou loco.
                                                                                         Dante Alighieri
       

Son las cinco de la mañana en las aguas del río Aqueronte en una embarcación de migrantes, conducida por el barquero del Hades al que llamaré en esta crónica con el nombre de Jhony, por su parecido idéntico con Caronte, el remador de los muertos.

“Aquella agua era negra más que persa; y, en compañía de sus ondas lúgubres, por un camino extraño descendimos”.

Jhony es un pescador de Ciénaga de Pajarales, nacido hace cuatro décadas atrás, en Bocas de Aracataca. Yace en la proa de la barcaza como si fuera un faro en altamar, dirigiendo con sus manos al timonel de la embarcación, para evitar que las aspas del motor se enreden con las atarrayas de los pescadores, tendidas sobre las aguas verdes de la cuenca como sudarios.

“Hasta un pantano va, llamado Estigia, este arroyuelo triste, cuando baja al pie de la maligna cuesta gris. Y yo, que por mirar estaba atento, gente enfangada vi en aquel pantano desnuda toda, con airado rostro. No sólo con las manos se pegaban, mas con los pies, el pecho y la cabeza, y trozos se arrancaban con los dientes”.

Íbamos con destino a Puerto de Tasajera, donde arribaríamos dos horas y media después de la partida, al municipio de Puebloviejo, donde una motocarro de la compañía de Rajiv Bajaj, a orillas de la Troncal del Caribe, me estaría esperando para llevarme al centro histórico de Ciénaga, a escasos metros de distancia, donde hace cuatro años, en pleno confinamiento del Covid19— un camión cisterna cargado con gasolina explotó a un costado de la carretera, dejando medio centenar de personas incineradas, que no lograron escapar, del abrazo eterno de las llamas.

“(…) Ahora mira, hijo, las almas de esos que venció la cólera; y quiero que por cierto también tengas que bajo el agua hay gente que suspira, y hacen al agua hervir la superficie, como tu vista muestra, a donde mire”.

Iba recostado sobre una de las paredes de la popa, viendo saltar los sábalos al interior del barco. Saqué la cámara para capturar esos primeros destellos grises del amanecer, pero los tonos fríos del cielo, más el azul de la barcaza, me produjeron una extraña sensación de desasosiego, llevándome a inclinar la cabeza sobre un bosque de mangle que nos abrazaba hacia el costado izquierdo de la Ciénaga, infinitamente verde, atiborrado por las plumas blancas de las garzas y los cormoranes que laboran como celadores diurnos en las aguas de Caronte.

“Hundidos en el cieno dicen: Tristes en el dulce aire que se alegra al sol fuimos llevando dentro humo acidioso”.

Miré por el visor de la cámara y giré el anillo de enfoque, para captar al conductor de las almas errantes que seguía de pie frente a la proa, mirando hacia lo lejos las farolas encendidas de las casas del pueblo.

Tierra a la vista —gritó el capitán del barco.

Pensé en hundir el obturador, pero dos neveras de color rojo se atravesaron frente al visor de la cámara, la pila de la batería marcaba una sola línea y había empezado a titilar, miré por segunda vez por el cuadro del visor y disparé la última imagen del día, la foto quedó guardada en la memoria para siempre.

Fue un disparo de prueba, para medir la condición de la luz, en el velocímetro del obturador que había quedado guardado desde el día anterior en la cámara, para retratar el atardecer de la Ciénaga.

“Ahora en el negro lodo estamos tristes. Este himno se atraganta en su gaznate y no les salen las palabras íntegras”.

Nos cogió el ocaso navegando entre los lirios acuáticos, bajo los nubarrones negros del Magdalena, hice algunas tomas a contraluz, buscando capturar lo que los fotógrafos anhelan— las sombras ocultas de los primeros planos, con el fondo anaranjado del sol brillando a sus espaldas.

       Pero las fotos quedaron borrosas, con una franja demasiado amarilla sobre el horizonte, no había margen de error en la barca, porque habría de calcular la velocidad del obturador, que se hace lenta cuando la luz disminuye y rápida cuando el lucero vespertino encandila con sus rayos llameantes sobre el cristal de las aguas.     

Le dije al barquero que nos pusiéramos en marcha, para ver sobre las aguas las almas errantes de la Estigia.  

Dimos media vuelta en la canoa y el éter que no hace mucho lucía radiante, se empezó a poner sombrío, eran las seis y treinta de la tarde, cuando la noche amenazó con caer sobre los alcázares. Unas pocas vetas amarillas, sobre el azul purpúreo del cielo, formaron extensas franjas de un color bermellón.

Bajé la velocidad de obturación a 1,6 segundos para captar el lienzo celeste—, demasiado lenta para el movimiento de la chalupa que se mecía al vaivén de las aguas. Subí el Iso de 100 a 250, y aun así temí por la distorsión de la imagen.

Para completar la famosa ley de los tercios, abrí el diafragma que le tenía en un F22 —para alcanzar la profundidad de campo— a un F9, pero tampoco me gustó el resultado de la imagen, la oscuridad del Aqueronte había llegado a su punto máximo, ya no había pájaros sobre el averno.

Apagué la cámara y le dije al barquero del Hades que no tomaría al menos por esta noche, una sola fotografía más.

“Al sucio pozo un gran rodeo dimos, entre la escarpa seca y lo del centro; mirando a quien del fango se atiborra: y de una torre al pie por fin llegamos”.   

Jhony me llevó a la cabaña y quedamos de vernos a las 3:50 de la madrugada para partir. Esa noche no pude dormir por el calor y el barro en la piel, lo que me generó una extraña sensación de asfixia y malestar. Salí del cuarto cuando todos dormían y encendí un cigarrillo Lucky Strike, y me senté a orillas de la Ciénaga a respirar una cálida brisa con olor a mangle.

A un costado de la puerta, había un gordo de 300 libras desbordado sobre una silla de plástico, junto a dos galones de gasolina. Era Gerión —un monstruo con cuerpo de serpiente y rostro humano— el dueño del barco, tan solo recuerdo que dijo con un acento poco legible del mar caribe; ia etái lito. Le dije que sí y en esas llegó el barquero deslizándose sobre las aguas con su báculo y navegamos por la laguna de la Estigia hasta el amanecer.   

“Gerión, muévete ahora: espacia el giro y baja suavemente: piensa qué nueva carga estás llevando”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                




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