El Barranquero
El Alto del Buey
A los seis meses de
encierro, un grupo de empresarios le convencieron de trabajar en una compañía minera
ubicada en los farallones, por la reserva natural de Peñas Blancas. Javier
aceptó el cargo por dinero, era una cifra considerable, que beneficiaría a la
familia, principalmente a Pedro a quien le prometió una Maestría en Ingeniería
Aeronáutica fuera del país siempre y cuando, mantuviera su buen rendimiento
académico en la escuela militar Marco Fidel Suarez, que, hasta el momento,
según los últimos informes de la academia de aviación, era uno de los cadetes
más destacados en el ámbito nacional, por la participación en la elaboración de
un satélite espacial con capacidad de recolectar, en planetas similares a la
Tierra, organismos microbianos que no necesitan oxígeno para la subsistencia.
Pedro estaba muy
motivado con el proyecto, que contaba con el respaldo de diferentes
laboratorios espaciales de los Estados Unidos, que vieron en la propuesta, un
gran avance para combatir futuros virus que atacaran la existencia de los
humanos.
Eso fue lo único que
motivó a Javier a dejar el encierro y apoyar el proyecto de Pedro al que
siempre le inculcó como principio fundamental de la vida y de su formación, la
ciencia y la investigación.
Javier asumió con
serenidad su nueva realidad y se distanció de una vez y para siempre de la
educación, construyó un nuevo perfil con la ayuda de Beatriz y los médicos del
hospital, que siempre estuvieron ahí, apoyando incondicionalmente.
Compraron ropa nueva;
pantalones, camisas, zapatos, calcetines y poco a poco Javier empezó a
cambiarle el rostro. Se aventuró en su nuevo rol de ingeniero, y del encierro y
la parquedad, pasó a contemplar como antes, arrayanes fragantes, otobos, balsos
blancos y yarumos de follajes plateados, con carriquíes y turpiales montañeros
en las copas de sus ramales.
Pasaron varios días
mientras se adaptó al clima, al olor de las plantas, a los sancudos y al
bramido constante de las máquinas perforando con sus dientes de hierro las
entrañas profundas de la montaña. Los empresarios le dieron tiempo a Javier,
mientras él socializaba con los negros del pacífico y los indígenas traídos en
su gran mayoría del Dagua, Anchicayá y Buenaventura.
El profe se fue ganando la confianza y la
admiración de los europeos, pues Javier unos días antes de su intervención, les
trazó un mapa con el nacimiento de los ríos más importantes —Anchicayá, Cajambre, Yurumanguí y el río Naya— que él mismo había recorrido años atrás con los estudiantes de
filosofía, cuando Ignacio y Juan decidieron tomarse la cumbre de la montaña.
A la compañía le había gustado
la idea de que Javier pudiera desarrollar en el menor de los tiempos posibles, estrategias
de ubicación geográfica y resultados más eficaces que los ingenieros franceses,
que poco o nada conocían el territorio de los montes andinos.
Javier sin mayor
esfuerzo dio a conocer con una precisión única — que solo
conocen los guardabosques de este país y la guerrilla— las coordenadas de la posible intervención en los diferentes afluentes
que atraviesan la montaña, como también, el nombre de las cascadas, que se
desprenden de las peñas más altas del acantilado.
Empezaron por el Alto
del Buey, un santuario indígena, al extremo occidental del farallón. Javier les
trazó una ruta poco frecuentada por los senderistas por su alto nivel de
conservación boscosa y con la ayuda de otros ingenieros, llegaron a la mitad
del peñasco, al que solo se tenía acceso, por una zona fangosa llena de
serpientes venenosas cubierta de raíces y bejucos, desde ahí montaron equipos
de medición con el fin de descifrar la altura del farallón, el diámetro, la
longitud, el peso, y el volumen de la masa, para saber con prontitud la cantidad
necesaria de dinamita, con que demolerían el monstruo erguido de tres mil
seiscientos pies de altura sobre el nivel del mar.
Dijo Javier que probarían
primero con cinco sesiones de cinco toneladas y media de dinamita —una quinta parte de la bomba nuclear lanzada por los gringos hace
setenta y nueve años, en territorio japones, cuando ni usted, ni yo, pensamos
nacer en este corral de bestias racionales—. La primera
explosión se escuchó en horas de la madrugada, cuando la gente al parecer dormía,
los ingenieros habían coincidido para un seis de enero, día de los reyes magos.
Hacia el oeste y norte de
la ciudad, vimos por primera vez en la historia, llover piedras sobre los
tejares.
El estallido fue tan fuerte, que dicen quienes
lo vieron, que el cielo relampagueó y se puso de un color rojizo, nunca antes
visto por ningún habitante de la ciudad, muchos alcanzamos a creer —como se tenía previsto por los oráculos de la televisión colombiana— que había llegado gracias a Dios, el fin del mundo y de la humanidad.
—Que se haga tu voluntad señor —gritaron unos
vecinos del séptimo piso—, antes de que un par de cristianos que
venían de Lakeland, un pueblo al sur de la Florida, se lanzaran al vacío por el
balcón del edificio, después de ver la señal divina impresa en el firmamento,
tal cual estaba escrita en el apocalipsis bíblico.
Bastaron cinco toneladas
y media de dinamita, en cinco sesiones diferentes para desaparecer de la tierra,
lo que se había formado en la era mesozoica, ciento ochenta y cinco millones de
años, convertidos en una densa polvareda.
—Polvo eres y en polvo te has de convertir.
—Sí maestro, ahí vamos por las otras cumbres borrascosas del periodo
cretácico.
Con los primeros rayos
del sol, se hizo mayor evidente las consecuencias de un desastre material
invaluable, los carros que transitaban en horas de la madrugada por la Avenida
de los Cerros y la Circunvalar en sentido norte, quedaron en su gran mayoría aplastados,
aún se desconoce el número fatal de personas fallecidas y otras que no
perdieron la vida, pero quedaron impedidos para siempre con lesiones irreparables
en el lóbulo frontal y parietal del cerebro.
Cuando bajó la densa
bruma de polvo gris que había nublado por varios días la ciudad, nadie se
percató de que allá en la esquina occidental del farallón —donde se alcanzaba a oír en tiempos remotos, el sonido de los buques—, hacía falta una piedrecita de la cresta.
Los empresarios amanecieron bastante
optimistas con la primera detonación sobre el Alto del Buey, donde pronto empezarían
las excavaciones, celebraron con wiski y pirotecnia durante toda la noche del
siguiente día, al buen estilo de la mafia colombiana. El segundo pico estaba al extremo sur de la
ciudad, Pacho y sus hombres decidieron ponerle en una expedición botánica —hace ya algunos años atrás—, el nombre el elefante,
por una trompa gigante que brotaba de frente del acantilado, semejando el
rostro del último mamut que pobló la tierra y de su pariente más cercano.
El tercer objetivo de la
compañía era Pico Pance, Javier lo había trazado en el mapa en un punto
intermedio de la detonación por ser el pico más alto del farallón y el segundo de toda la Cordillera Occidental después del páramo de
Tatamá, que lo supera por escasos cien pies de altura.
Aprobaron cuanto antes,
la intervención del ingeniero, por un contrato de cuarenta mil euros, el
equivalente de ciento setenta millones de pesos colombianos, nada mal para un
profesor en decadencia y retirado de las aulas.
El trabajo en un principio fue arduo, el
ingeniero dedicó largas horas de trabajo, expuestos al sol y al agua, y propuso
a los negros turnos de veinticuatro horas, con alternancia de doce horas
diarias para que las máquinas trazaron el camino hacia la siguiente peña.
En su paso fueron cortando
cominos, higuerones, robles, cedros, alma negras, otobos, caracolíes, algarrobos
y arracachos, en un total fueron diez mil hectáreas de bosque destruidas en
menos de tres meses.
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