El Palacio Rosa

 



Seis meses después de haber acabado con las detonaciones de los siete picos de los farallones de Cali, el sindicato de obreros protestó por el incumplimiento de los pagos, había nóminas de hasta tres y cuatro meses de retraso. La respuesta de la compañía fue que las cuentas las había confiscado el gobierno, por lo que impedía hacer posible las transacciones bancarias.

 Les pedimos a todos una espera dijo el secretario—. Estamos haciendo lo posible para pagarles.

En la sede administrativa ubicada en el Palacio Rosa de la Avenida Sexta, diagonal a la iglesia de los padres agustinos, San Judas Tadeo, se convirtió en un verdadero santuario. La gente de Santa Mónica y del barrio San Vicente, todos ellos santos y devotos del Sagrado Corazón de Jesús, después de ver en la pantalla de sus celulares, la desaparición de los farallones, salieron asustados a conmemorar los muertos de la mina, asesinados por sicarios de Alto Meléndez y de la Buitrera así se llamaba la banda de matones, los Buitres al que un español, hermano del jefe de la compañía, pagaba entre trescientos y cuatrocientos euros por hombre muerto, el equivalente de un salario mínimo en este país.

El tipo pagaba al sicario el cincuenta por ciento por adelantado y el otro cincuenta, cuando el chulo estuviera completamente muerto, chapaleando en un mar de sangre. Había una sola condición en el contrato, los muertos por nada del mundo podían quedar vivos.

Los samaritanos pusieron sobre las paredes del edificio crisantemos blancos, alrededor de cada una de las fotografías de los cadáveres que día tras día iban apareciendo sobre las aceras y las avenidas principales.

La muerte no da tregua decía el titular de uno de los periódicos colgados en el quiosco frente al Café Gardel, a un costado de la Avenida Sexta Norte, en el barrio Granada, de donde también, fueron expulsados Javier y Pacho, por simpatizar con los jovencitos de la izquierda latinoamericana, una cantidad de culicagados de la universidad, todos ellos estudiantes que le querían dañar el caminado a los barrigones mafiosos huele mierdas de esta ciudad, que se volvieron de la noche a la mañana cañicultores y ahora inversionistas y socios de la mina.

La gente que nunca imaginé que se fueran a morir, por nuestra cercanía y hermandad, fueron los primeros en aparecer colgados en el telón de la iglesia bajo los crisantemos blancos.

¡Era inocente! gritaba la esposa de uno de los muertos, aferrada al cerco del templo.

—No hay muerto malo señora, ni mal que por bien no venga.

—¿Qué está queriendo decir usted?

—Que su esposo era un criminal, igual a ellos.

—Era el vigilante, y le faltaban tan solo unos días para pensionarse.

Ortega había prestado hace treinta años, en pleno conflicto armado, servicio militar a principios de los noventa, en una de las selvas más peligrosas de este país, cuando el coronel Mendoza, lo envió junto con mil negros más, a reforzar las líneas de combate en el Casanare, donde solo sobrevivían los mercenarios de guerra del ejército israelí que, por aquellos días, se encontraban en territorio colombiano en una capacitación militar sobre el uso de una de las armas más letales de las milicias, un fusil de asalto llamado Galil, cuya capacidad de disparo era de setecientas balas por minuto.   

El negro tomaba café con brandy durante todas las noches para matar el sueño de la madrugada, en un termo de metal con las iniciales verdes de la compañía, pero en un parpadeo perdió la vida de un solo disparo por la espalda, mientras se encontraba en su escritorio.

El tiro de una nueve milímetros automática, Smith & Wesson le entró por la vértebra y le atravesó el pecho, llevándose a su paso, la arteria coronaria que no paraba de bombear a borbotones, sangre sobre una pared de color marrón oscura. De acuerdo con las especificaciones del médico forense, no hubo dolor alguno, tan solo el leve sustillo del silbido del proyectil viajando a la misma velocidad del sonido, mil doscientos kilómetros por hora, superado tan solo por la prontitud de la luz y la de los viejos Kfir también fabricados en los laboratorios de Israel y los Estados Unidos para el dominio absoluto de los cielos.

Pater noster, qui es in cælis: sanctificétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra.

No los dejes caer señor… 

Ortega quedó con los ojos abiertos y las pupilas dilatas por el exceso de cafeína y brandy, mirando hacia el portón del edificio, con los brazos extendidos y el hueso del esternón completamente reventado.

Dice su compañero de turno, el celador Ambuila, que el sicario lo confundió, porque al que tenían que haber matado esa noche de mediados de diciembre era a él y no a Ortega, que lo había remplazado por una peritonitis crónica, pues una noche antes del homicidio, había visto en horas de la madrugada, echar sobre la cajuela de una Toyota Prado los cuerpos mutilados de los biólogos de la facultad, Sergio y Gabriel, quienes también habían sido expulsados, en el mismo tiempo que Javier y Pacho de la universidad.

Pero estos no fueron los únicos muertos que le tocó ver al negro Ambuila en vivo y en directo, por las cámaras de seguridad, se había vuelto frecuente escuchar en horas de la madrugada, todo tipo de ruido, desde los motores encendidos de una motosierra, rasgando con el filo de las aspas huesos y cartílagos de humanos como si fueran bejucos y ramales, hasta los últimos sollozos de tortura, provenientes de lo más oscuro del sótano, iluminado tan solo, por una escasa bombilla de color neón.

 Durante varios días la compañía se encargó de largas jornadas de limpieza y echó cuanto pudo en costales los cuerpos desmembrados en la cajuela de la camioneta. Muy bien empaquetados quedaron mis amigos los sindicalistas, el personal de aseo, los agentes del laboratorio químico, y los profesores con doctorado.

Para unos días antes de la operación de la apéndice, Ambuila había pensado en renunciar como celador, pero su esposa, una señora del bajo Anchicayá, que desconocía los crímenes atroces que cometía la empresa, le dijo que se aguantara por lo menos unos días más para comprar con la liquidación, lo que ambos habían soñado frente al altar de la virgencita de la Asunción, hace veinticinco años atrás, cuando se decidieron dejar el pueblo de sus antepasados, tener un lotecito con gallinas y marranos a orillas del río Cauca, donde hace dos siglos arribaron por primera vez los últimos buques de vapor, cargados con café caturro desde las montañas del Norte del Valle, Cartago, Sevilla y Caicedonia.

Mientras trabajaban en el sótano empaquetando muertos al negro se le reventó la apéndice sentado en el mismo escritorio donde horas después moriría su compadre Ortega.

 Ambuila tenía una giba en la nunca, que le impedía levantar el cuello y poner la espalda recta, medía dos metros y pesaba doscientas cuarenta libras. El dolor en la parte baja del ombligo fue tan fuerte, que se tuvo que arrastrar como un animal nocturno por la cera del edificio que conducía por el restaurante de los Turcos, donde dos sicarios de los Buitres en compañía del español comían carne blanca de langosta y bebían champaña en copas de cristal. Ambuila se deslizó entre los árboles hasta el convento de San Ignacio de Loyola, antigua iglesia del colegio Berchmans, donde fue auxiliado por un par de monjas lesbianas que trabajan por aquellos días en el Hospital Universitario del barrio San Fernando.

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