Un Cuento Para los Miserables y Protestantes del Catolicismo Salvaje
Los barrios en esta ciudad llevan el nombre de los santos; San Vicente, San Nicolás, San Bosco, San Cayetano, San Isidro, San Antonio, San Carlos, San Luís, y San Judas, de las santas ni hablar; Santa Bárbara, Santa Terecita, Santa Inés, Santa Isabel, Santa Elena, Santa Rita y no sigo porque la lista es larga y me da mamera tanto santo y tanta santa juntos.
Ignacio y yo
crecimos en San Fernando, en uno de esos barrios santos y fiesteros de mediados
de siglo. Yo nunca estuve de acuerdo con las fiestas que hacían en el barrio,
por la sencilla razón de que no sabía bailar a diferencia de Berta Luz, que
había sido bailarina profesional de balé en Moscú, de Fercho, Ignacio y Pilar,
que bailaban como negros en una academia de salsa que recientemente habían
montado una pareja de venezolanos sobre la calle quinta. Yo ni siquiera me
atrevía a intentarlo, me moría de la vergüenza tener que bailar como los viejos
de esta ciudad, por más que la tía Laura, recién llegada de Guadalajara de Buga
—otra santa más para la colección de este convento—, me enseñara a mover los
pies de atrás hacia adelante, nunca aprendí ni la técnica, ni la destreza
enorme de mover el cuerpo a la velocidad de los bongós y de las congas cubanas.
Laura nunca se
perdía una fiesta, como a todas las Ortiz, le encantaba el aguardiente, uno en
especial, que vendían en la Basílica, le decían el milagroso, porque al otro
día uno quedaba oliendo como los ángeles de la parroquia, a puro Anís con
cardamomo. La caneca tenía una tapita de color negro y en el reverso de la
etiqueta, una caña de azúcar, Laura era capaz de tomarse hasta tres canecas
ella sola, sin darle un solo trago a nadie, ni siquiera a Fernando, el primer
novio que tuvo Ignacio, que la acompañaba a todas las fiestas.
El caso es que a mí
nunca me gustaron esas fiestas, ni siquiera las que hacían los fines de semana
en la casa de los de los Vásquez, que no eran de aquí del Valle, pero desde que
conocieron a Laura, San Fernando cambió para siempre, todo se volvió una
fiesta, que cumplió años fulano de tal, fiesta, que se graduó de la universidad
después de veinte años, fiesta, que lo mataron, porque en esta ciudad no hay
muerto malo, fiesta, que se casa, fiesta, que se larga del país de la belleza, a
limpiar mierda, fiesta.
Fiesta, fiesta,
pluma, pluma gay...
Nosotros teníamos un
dicho en común: En San Fernando o usted termina en una fiesta, o en una
estación de policía detenido.
Lo que no me gustaba
de las fiestas —ya lo dije—, era cómo tenía que ir
uno vestido. La cosa no ha cambiado mucho, así como van a la misa los domingos van
a la fiesta; camisa de manga larga, preferiblemente de lino, pantalones de dril
y mocasines de cuero con tacón y suela de madera.
Hasta hace muy poco
no había entendido bien la forma del zapato, unas veces de color negro, otros
de color blanco. Fernando me explicó, que el tacón —forrado
con una goma de caucho— tenía dos funciones; punto de agarre y elevación del
pie, igual que un trompo que gira sobre su eje. Eso solo lo entienden los
bailarines como él y Laura, por supuesto, que también Berta Luz, pero el balé
es otra cosa, mejor ni hablemos.
A los Martínez les
encantaba vestirse de lino, bien sea para ir a la parroquia del Santo Rey de
Castilla o, para reunirse los sábados en las tardes a comer intestinos fritos
de cerdo en el club San Fernando, frente al Hospital universitario, donde a
diario ingresan de dos a tres cadáveres decapitados.
A lo mejor por eso
nunca me gustó el lino, siempre lo asocié con la muerte. Soy alérgico a la
tela, y desde muy niño lo detesto, o sino pregúntele a Mercedes que Anita, la
nana de Ignacio —que en paz descanse—, desde chiquiticos nos vestían de lino de
pies a cabeza, para ir a las primeras comuniones, que terminaban siempre en
severas fiestas, o a los bautizos que, en vez de agua bendita, la tía Laura
compinche del padre Eugenio, y de mi papá, que era alcohólico, nos hacía echar
aguardiente en las molleras, dizque pa que el diablo de Agapito, no se lo fuera
a llevar a uno.
—¿Llevar pa dónde?
—Pal mismísimo
infierno, que está ahí en la esquina y al cruzar.
Yo le decía a Anita, que el lino me inflamaba
las tetillas, me las ponía como unos chupos, entonces me colocaba a berrear y
me revolcaba en el huerto, junto a la sábila. El padrecito Eugenio se reía al
verme caminar con las manos extendidas como un espantapájaros y me confesó en
secreto que a él también se le inflamaban las puchecas —que eran grandes y
peludas— y le salía leche como a una vaca. ¡Que
asco! Yo le pregunté a Mercedes si ella había probado la leche de cura, ella me
miró y se quedó en silencio, como queriéndome decir, y éste por qué pregunta
eso. Yo le conté y ella me dijo que era mentiras del sacerdote, porque a los
hombres, no les sale leche por las puchecas.
A Ignacio nunca en la vida, lo he visto con una camisa de lino, estoy más que seguro de que no tiene ningún problema en ponerse una, de manga larga y abotonada hasta el cuello como garganta de capellán, cuando le toque ir —por si las moscas—, a una de esas fiestas. Un día es metalero, se deja la barba como un hebreo y se viste de negro, con taches, cadenas, parches y botas de cuero y al otro día, sale en mocasines y playeras floreadas como si nada, ya me lo conozco.
Cuando la hermanita
menor de Pilar se casó en la base militar Marco Fidel Suárez, con el ministro
de la defensa, también hicieron una fiesta, y como cosa rara, se fueron todos
vestidos de lino. Qué vergüenza ¿cierto? A mí como ya me conocía el papá de
Pilar, fue lo primero que me hicieron saber; dígale a Horacio que se venga bien
vestido, como un hombrecito de verdad, de lo contrario, daré una orden a mis
hombres, que no lo dejen entrar.
¿Estamos?
—Si señor.
Ellos pretendían que
yo, igual que los invitados de la fiesta llevara la camisetica de lino con
mocasines de color mostaza.
—¿Y quién era Marco
Fidel?
—Otro sacerdote.
—Mercedes dice que
era biógrafo, después de ser presidente de la república, se dedicó a escribir
sobre la vida de sus amigos.
—¿Y cuentos no
escribía?
—También, pero de
terror.
—¿Verdad?
—Todo el que escribe
sobre Colombia, escribe sobre el terror.
—Cierto.
—Es un pleonasmo
decir; “escritores colombianos escriben sobre el terror”.
—¿Y es que no hay
nada más sobre qué escribir en este país?
—No lo sé.
—Pregúntenle a Dilan
Francisca, que es experta en terrorismo y en literatura.
—Esa que va a saber
de eso.
—Entonces habrá que ir
a la Luís Ángel Arango, allá están todas las novelas de los colombianos.
—¿Todas?
—Sí, incluso las de Marco Fidel.
Una semana antes al
coronel Mendoza lo habían ascendido de rango, él estaba muy feliz, por esos
días le recomendó a Mercedes comprarnos a Ignacio y a mí, una camisa de lino de
color rosa, para que contrastara con los demás invitados. Ignacio se puso
contento porque a él si le gusta el rosa, yo lo detesto, no se imaginan cuánto.
El cretino no contento con su fechoría de uniformarnos, le asignó como cosa
rara a cada familia, un color distintivo. A los Vargas les dan el rosa, a los
Vásquez el azul, a los Lloreda el verde.
—¿Y a los Roncancio
mi coronel?
—Buena pregunta.
—(...)
—Denles el amarillo,
esos no creo que vengan por aquí, se la han pasado armando trifulca con los
judíos, frente a la casa de los Martínez. Quieren desplazar a los alemanes
hacia el Zanjón del Burro, pero eso no se va a poder, cuentan con mi respaldo y
el de la curia, que es lo más importante. ¡Ya veremos dijo un ciego!
El muy pendejo quería izar su propia bandera
en la base militar y ondearla junto a los colores de la de la patria, que son
horribles, iguales o peores que el lino, la diferencia es que, los unos me dan
náuseas y los otros alergia.
Así era el papá de
Pilar —jesuita al fin de todo— y el que no le siguiera las órdenes, lo iba
sacando del anillo. Mercedes y Laura dicen que él siempre fue así. Si a Mendoza
le daba la gana de que todos fueran vestidos de fucsia —como los Quintero—,
todos tenían que ir vestidos de fucsia.
Él mismo pasaba
revista con un vaso de Wiski, y un tabaco de contrabando marca Cohiba, sin
encender en la boca, el coronel decía que tan solo le gustaba palpar el sabor
de la tierra entre los labios, igual que el Wiski, al que solo le metía la
punta de la lengua, para humedecerse el paladar y los dientes blancos de
porcelana, que exhibía con lujo de detalle, en cada sonrisa.
Hace diez años no se
toma un solo trago, a causa de una pancreatitis crónica, que por poco y lo deja
sin tripas.
Si por cosas de la
vida alguien le incumplía con el mínimo detalle, era fijo, que con los días lo
enviaba lejos del cuartel a que se murieran de hambre con los indios de la
selva, que no comen sino carne blanca de culebra y cerebro ahumado de micos
aulladores.
Para ese mismo día y
sin que Mercedes, ni nadie lo supiera, me puse las botas, unas Dr. Martens de
doce ojales, negras con puntera metálica y no los mocasines de Mario Hernández,
que ahora resultó ser el nuevo poeta de la marroquinería colombiana, ¡hasta
libro sacó!
Los zapatos me los
había enviado el ministro Lozano dizque para estar a la altura de la ceremonia.
Lo que él nunca se imaginó es que los regalé al primer pordiosero que me
encontré sobre la Roosevelt. Hermano póngase estos zapatos pa que se vaya a
bailar a Agapito o cámbielos por un bazuco, favor que me haría. El hombrecito
se los llevó y en la esquina de la Montecarlo, se los vendió a un paisa del
viejo Caldas recién desempacado de la montaña.
Ignacio me dio una
bofetada, yo le partí el tabique de un solo puñetazo.
—¡Usted es un
hijueputa! —me dijo— con las ñatas rotas y la cara ensangrentada. Se los
hubieras dado a fercho, para que fuera con Laura a la fiesta de los Vásquez.
A mí me importó un bledo, al fin y al cabo, yo
no era militar, ni tampoco tenía familiares militares que estuvieran al mando
del coronel. Yo fui a la fiesta de los últimos santos, porque Pilar me invitó.
—¡Que vivan los novios!
—¡Que vivan! —gritó
un sargento.
—¡Calláte! Por amor
a Dios.
—¿Cuál Dios?
—¡Pues el único que
existe! ¿Cuál más...?
ya te emborrachaste
Horacio...

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