El Baile de los últimos Santos
Pilar decía que a
los treinta ya tenía que estar casada, igual que su hermanita, que a los veinticinco
decidió casarse con el hijo de un ministro de defensa, un tipo de apellido Lozano.
Lo único que le dejé claro a Pilar era que yo, por nada de este mundo, me iría a
casar en una base militar o en una parroquia, como la de San Fernando Rey, con
todos sus santos adoquinados.
Nuestra boda sería en el bar de los Martínez, frente
al cementerio de la Calle quinta con Carrera veinticinco.
—Malas noticias, porque
ni el bar, ni el cementerio existen.
—No.
—Y desde ¿cuándo?
—Hace ya dos años.
—El bar lo quemaron unos amigos de Martín en una rasca que les duró
tres días, por poco y acaban con la casa.
—Y ¿el cementerio?
—Me dijo una prima
de los Lozano, que lo habían comprado los Garcés con todos los muertos juntos.
El lote que, a principio de siglo, le había pertenecido a una comunidad alemana,
funcionaba como fachada de una institución educativa, Deutsche Schule. El
colegio pretendía no solo conservar los buenos valores de la cultura germánica
en la ciudad, sino imponerla en las nuevas generaciones del barrio.
Para los Roncancio y
los Medina, el colegio que años atrás se había ubicado en una de las fincas de
los Peñarandas —a escasos metros de la casa de los Martines—, se convirtió en un
refugio de la Alemania Nazi, comandada por un señor de apellido Schmid Palzer,
un enviado especial del Tercer Reich, con el fin de proteger de una
peregrinación de negros que habían llegado, desde el puerto de Buenaventura a
la ciudad, en busca del gran río, también de los maricas, que abundaban en San
Fernando Rey, bajo la orientación clerical del sacerdote Luis Eugenio. Por
último, estaban los revoltosos, amigos de Ignacio, que hace una semana, habían
amenazado con incendiar el Templete si los muertos no paraban.
A Palzer nadie lo conocía por sus apellidos —impronunciables
entre otras—, a él todo el mundo, le decían Bruno, o el alemán.
Los Garcés poca
importancia le dieron a la comunidad Nazi que, ante los señalamientos del
abuelo de Ignacio, quien decía ser descendiente del pueblo de Israel, y ante
una bochornosa algarabía con pitos y calderos, frente a las instalaciones del
plantel educativo, a manos de un grupo de judíos que residían en San Fernando,
junto al sindicato de tipógrafos, lograron que a los pocos días, los alemanes
decidieran marcharse para siempre hacia el Sur de Cali, lo que llamaban los
párrocos de la Merced; “tierra santa”, que entre otras cosas, quería decir; lejos
de San Fernando y de la maldad de su gente.
Fue con la ayuda del
gobierno Nazi, y de uno de sus miembros selectos, el señor Karl Harrer de la distinguida
Sociedad Thule, junto a la curia sacerdotal de este país —partidarios
del idealismo alemán— y de un ministro de Hacienda, medio hermano del coronel Mendoza,
quienes facilitaron la financiación y compra de uno de los predios de la Hacienda
Cañas Gordas, a orillas de un río muy hermoso, que descendía desde el Alto del
Otoño, hasta las llanuras del Cauca.
Sobre el cementerio construyeron —encima de los
muertos— un edificio, lo cercaron con diez y seis columnas, simulando la
entrada del Partenón griego.
—¿Y qué piensan hacer ahí?
—Todos dicen que una biblioteca, la más grande del continente.
—Del ¿Continente?
—Sí señor.
—¿Y encima de los muertos?
—Sí.
—Es una ley del
nuevo gobierno.
—¿Qué tipo de ley?
—Resignificar a los
muertos.
—¿Resignificar?
—Nunca había
escuchado algo así.
El gobierno quiere
convertir los cementerios en centros de indagación histórica.
—¿Y cuál es el fin?
—No sé.
Mi papá mandó a
poner a un costado del edificio una cruz blanca —como la del padre Galvis, en
la carrera segunda con calle veinticinco, frente a los talleres del ferrocarril,
para honrar a los difuntos de la explosión del cincuenta y tres—. Echaron
cemento sobre los huesos y levantaron paredes de treinta y cuarenta metros. Las
cinco mil tumbas bendecidas por el Arzobispo de Cali quedaron convertidas en
anaqueles repletos de libros.
En uno de los mausoleos
—quizás el más antiguo—, encontraron los restos de una familia de españoles,
asentados hace doscientos años atrás, en las tierras de don Joaquín de Cayzedo,
el último de los Alférez.
Un profesor de
Historia y Antropología de la Universidad del Cauca, Álvaro Montezuma se le
ocurrió decir que la tumba podría ser la entrada a la cinemateca, igual que los
demás sarcófagos —con mierda de palomas— como la de don Adolfo Aristizábal, el monstruito
de los mangones, se convirtieran en espacios de lectura, había un solo
requisito en la reforma; conservar hasta el final de los días, la estirpe y el
nombre de los difuntos.
Encima de la cripta el maestro Rodrigo Arenas
Betancourt, construyó una escultura de un cóndor andino, esculpido en mármol
blanco de Carrara, extraído —exclusivamente para esa tumba— de las montañas de
Toscana, en Italia. Las garras del ave sostenían la lápida del prócer, y en el
pico curvo los intestinos del cadáver. El maestro para una entrevista reveló
que se había inspirado en Ticio, principalmente en una pintura de Tiziano
Vecellio di Gregorio, sobre uno de los Titanes, hijo de Gea, condenado al
tártaro, por intentar violar a una de las tres deidades más hermosas del Olimpo
griego.
Pilar dice que su
papá en un diplomado sobre la guerra impartido en Washington D.C. a los altos
mandos de las fuerzas armadas colombianas, aprendió a construir —como
estrategia de dominación— monumentos en las plazas públicas, para honrar el
nombre de los abatidos en la guerra. Cada soldado muerto, no era más que un
trofeo exhibido de la victoria. Acá es distinto, los muertos como Horacio
Vargas, Jhonny Silva Aranguren, Daniel Castaño, César Adolfo García Sanclemente,
Julián Andrés Hurtado, Jhonatan Landinez,
Dilan Cruz, hacen parte del olvido y la desesperación.
Hace unos días Pacho
nos contó que la última borrasca de mayo,
inundó por completo la cinemateca Cervantes, la lluvia, no solo afectó
la tapicería, una lona especial de tela roja, sino uno de los proyectores, que había
donado años atrás el gobierno de Japón a través de su embajador en Colombia,
Wataru Hayashi, para la fundación de un teatro
—con tecnología de punta— en el barrio el Calvario, pero una explosión en plena
luz del día, de una bomba en las instalaciones de la Fiscalía General de la
Nación, impidió que se levantara en pleno corazón del casco urbano, el centro
cultural.
El artefacto
pretendía no solo acabar con el fiscal a quien ya le habían hecho un atentado a
través de un libro bomba, sino acabar con los archivos que implicaban con la
muerte de tres estudiantes de filosofía a un alto mando de las fuerzas
militares. El coronel Mendoza había dado la orden de volar por completo el
edificio, por poco y lo logran, ochenta kilos de pentolita, dejaron un cráter
de tres metros sobre la tierra, veintiséis personas muertas y algunos vidrios
rotos sobre el edificio Pedro Elías Serrano Abadía.
Bajo el fango
amarillo de la montaña, junto a los muertos de la cruz, también quedaron
sepultados los último carretes de Polanski, Fellini, Fritz Lang, Jerry Lewis,
Hitchcock, Buñuel, Bergman, Sam Peckinpah y Tarkovski.
Lo que pocos sabían
en el barrio, era que, a las tumbas del cementerio, se podía llegar desde la
casa de los Martines a través de un túnel construido por el ingeniero español
José Saccasas Munnel, el cual le unía con la quinta nave de la parroquia, donde
se encontraba el campanario y a unos cuantos metros, una rejilla forjada en
hierro macizo que daba paso al valle de los muertos.
Hasta hace muy poco,
parecía un secreto muy bien guardado entre el sacerdote Luis Eugenio de
Francisco y el arquitecto Heladio Muñoz, quién reconstruyó a petición de los
Vásquez y los Molina, la parroquia del Santo rey de Castilla y León, treinta
años después de que un terremoto por poco y acaba con Cali.
Eran los únicos que
sabían del túnel. Al padre Francisco del que muy poco se sabe, a excepción que le
gustaba beber aguardiente y juagar a las cartas. En una tarde de tragos con el
abuelo de Martín, en el sarcófago de la arquidiócesis, le contó el secreto, que
unía su casa con los muertos a través de una rendija oculta en el jardín.
Martín y su abuelo dos noches después, cortaron los azúcenos blancos, los
gladiolos y las orquídeas de Lucía, cavaron sobre la tierra negra durante horas,
pero no encontraron sino lombrices y caracoles africanos.

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