El último Gánster del Café los Turcos: Pol Roger
Tampoco
los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado
de vencer
W.
Benjamin
(...) Como también las tazas de café, que los forenses examinaron, buscando el mínimo detalle de la muerte; la boquilla del pocillo pintado con labial.
A finales de los ochenta, en pleno conflicto armado, Ortega prestó
servicio militar, en una de las selvas más peligrosas de este país. De eso van a
pasar treinta años ya, cuando el coronel —en la boda de su hija—, lo
envió junto con mil negros más, a reforzar las tropas de combate en el
Casanare, donde solo sobrevivían los mercenarios del ejército israelí que, por
aquellos días, se encontraban en la base militar Marco Fidel Suarez, en una
capacitación sobre el uso de un fusil Galil, cuya capacidad de asalto en
combate era de setecientas balas por minuto.
El negro había adquirido después de la guerra, una extraña costumbre de
tomar café con brandy, para ausentar el sueño de la madrugada. Pero la
noche en que lo fueron a matar, olvidó tomarse el trago y en un parpadeo,
perdió la vida de un solo disparo por la espalda, mientras se encontraba cabeceando
en su escritorio de madera.
El tiro de una Smith & Wesson —que solo usaban los matones de Franco—, le
entró por la vértebra izquierda y le atravesó el pecho, llevándose a su paso la
arteria coronaria que no paraba de bombear sangre negra, sobre una pared de
color marrón oscura.
De acuerdo con las
especificaciones del médico forense, no hubo dolor alguno, tan solo el leve
sustillo del silbido del proyectil, viajando a la misma velocidad del sonido;
mil doscientos kilómetros por hora, superado tan solo, por la prontitud de la
luz y de los supersónicos Kfir, también fabricados en los laboratorios asiáticos
de Israel y los Estados Unidos, para el dominio absoluto de los cielos.
No hace mucho empezó la misa en latín en la San Judas Tadeo, un
arzobispo de Roma besaba lo pies de Cristo, frente al altar.
Pater noster, qui es in cælis: sanctificétur nomen
tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra.
El Kfir sobrevoló la bóveda celeste, a tres mil pies del altura.
No los dejes caer (...)
—(...)
Ortega quedó con los ojos abiertos y las pupilas dilatas, mirando hacia
el portón del edificio —como si hubiera visto al mismísimo diablo en
el infierno—, con los brazos extendidos y el hueso del esternón
completamente reventado.
Gracias a la hija del coronel —que dirigió la autopsia— se
supo que Ortega, había sido confundido por el sicario, con su compañero de turno,
el celador Ambuila, porque al que tenían que haber matado, era a él y no a
Ortega, que lo había remplazado por una peritonitis crónica, pues una noche
antes del homicidio, había visto en horas de la madrugada, echar sobre la
cajuela de una Toyota Prado, los cuerpos de dos biólogos de la facultad,
quienes también habían sido expulsados, en el mismo tiempo que Javier y Pacho
de la universidad.
Pero estos no fueron los únicos muerticos que le tocó ver al negro Ambuila, se había vuelto frecuente en horas de la madrugada, escuchar, todo tipo de ruidos, desde de una motosierra —rasgando huesos y cartílagos humanos—, hasta los últimos sollozos de tortura, provenientes del sótano, iluminado por una escasa bombilla de neón.
Para unos días antes de la operación, Ambuila había pensado en
renunciar, pero su esposa, le dijo que se aguantara unos días más, para comprar
con la liquidación, lo que ambos habían soñado, frente al altar de la
virgencita de la Asunción, hace veinticinco años, cuando decidieron dejar
el pueblo para siempre, y comprar a orillas del río Cauca, un lotecito con marranos
y gallinas, donde a mediados de siglo llegaron por primera vez a Cali, los
últimos barcos de vapor, cargados con café, desde las montañas de
Sevilla.
Mientras trabajaban en el sótano —empacando muertos como naranjas—, al
negro Ambuila de tanto hacer fuerza se le reventó el intestino sentado en el
mismo escritorio, donde horas después, moriría Ortega.
El negro tenía una giba en la nunca, que le impedía levantar el cuello y poner la espalda recta, medía dos metros con diez y seis centímetros y pesaba doscientas cuarenta libras. El dolor en la parte baja del ombligo fue tan fuerte, que se tuvo que arrastrar como un animal nocturno, por la cera del edificio, que conducía hacia el restaurante de los Turcos, donde dos sicarios en compañía de Franco, planeaban un crimen de Estado, mientras comían carne blanca de langosta, y bebían como nunca, en copas de cristal Champagne Pol Roger traída desde los campos franceses, al noroeste de París, para la celebración de los Picos.
Ambuila se deslizó entre las raíces de los ficos y las ceibas gigantes, que cercaban la antigua Plaza de Toros, hasta el convento de San Ignacio de
Loyola, antigua iglesia del colegio Berchmans, donde fue auxiliado por un par
de monjas que trabajan en el Hospital de San Fernando.
La mina se fue quedando sin trabajadores y las oficinas que días antes,
lucían radiantes permanecieron cerradas y vacías, con la única huella visible,
de uno que otro portarretrato para la posteridad, con sus rostros rozagantes,
felices y victoriosos, en el castillo de cartón de Walt Disney.
A un costado, sobre el mismo escritorio, los calendarios permanecieron
marcados con citas futuras y recordatorios, como también las tazas de café, que
los forenses examinaron, buscando el mínimo detalle de la muerte; la boquilla
del pocillo pintado con labial.
Revisaron todo, hasta la forma en que habían cubierto por última vez, el
forro de sus máquinas de escribir revestidas de polvo, igual que los cristales y
la tapicería roja de los cubículos.

Comments
Post a Comment