Confinamiento



El Profesor Caballo

A mí esto del confinamiento me tiene escribiendo sobre algunos conocidos que seguramente los mató el Covid-19 entre ellos a un viejo amigo al que le decíamos el Profesor Caballo, a quién recuerdo enormemente. Los invito, ya que andan bien desocupados, a leer este desparpajo casi etílico, disculpen la extensión es que no he tenido nada más que hacer, no solamente en el confinamiento sino en la vida. 







                                                                   



Dedicado a mi amigo el Profesor Caballo y a los animales que gozamos  de la mortandad.



No me acuerdo el nombre del café, tampoco el de los conocidos, a la final no importa, menos ahora, cuando todo dejó de importarnos, lo que considerábamos importante, ahora ha dejado de serlo. Da lo mismo llamarse Juan, Pedro, Iván, José, Álvaro o Luís, no alteran para nada el rumbo de las cosas, van a morir pase lo que pase. Esa noche cubiertos de la plaga, conversaron sobre unos poetas, o más bien digamos, sin la intención de molestar a nadie, repitieron sus nombres en la oscuridad de las calles, pero ni un poema, ni un verso, ni una frase, ni una palabra en desuso que dignificara sus almas, menos aún la complejidad de sus pensamientos, si es que por lo menos había algo de complejidad, solo nombres en una seguidilla —casi que alfabética—, que no valdría la pena volver a mencionar aquí, ni en ningún otro lado de la historia, los nombres son y serán los mismos, ahora y en la eternidad, aunque haya gente, que se haya dejado de llamar de tal forma y de tal otra; Ignacio, Albeiro, Raimundo, Ramón, Aicardo, Antonio y otros más que nunca escribieron ni una coma, pero fueron, igual que los otros, poetas, así porque sí, sin escribir nada, por eso me urge preguntarme  qué es un poeta, me lo he venido preguntando durante muchos años, o mejor a quién en esta ciudad o en cualquier otra llaman así. Usted sabe qué es un poeta. La jovencita que pasaba por la otra cera, se detuvo, quitó la vista de la pantalla, se incorporó el tapabocas y respondió, no señor, no sé, aceleró el paso, lo más rápido posible para desaparecer de otra pregunta que la pudiera infectar. Nunca pensé que se pudiera importunar yo sólo quería corroborar una respuesta o más bien una pregunta que nunca he podido resolver, claro está, que ni ella ni yo tendremos por qué saberlo, tampoco importarnos, que nos da o que nos quita el saber, entre menos sepamos más tranquilos morimos, así decían los pocos viejos que se han ido muriendo; entre menos sepa mejor, más vive. Cuando estemos muertos qué irán a leer los jóvenes como María Paula y Juan, o más bien a quiénes seguirán leyendo,  pues a los otros muertos, la humanidad siempre ha leído a sus muertos. Los poetas como los filósofos que decidan serlo, olerán por el resto de sus días  a muerto, como Jairo, el filósofo que nos enseñaba cine —mucho antes de que empezaran a morir los viejos—,  no es que fuera filósofo, así le decían igual que a los poetas y así se fue quedando; Jairo el filósofo. Al viejo en las mañanas le daba por hacer escaleras con pupitres, se trepaba en ellos para explicarnos mejor los planos del lenguaje audiovisual, felices los muchachos viendo a un viejito como él trepado en las alturas, como una paloma en busca de su palomar, Jairo subí más que no logramos encuadrarte, Jairo les hacía caso, un día entendí que el viejo era feliz, se creía malabarista y disfrutaba como nadie la inestabilidad de los pupitres tambaleándose sin ritmo como una canoa en el mar, entre más alto subía más risa le daba, alcazaba los ocho metros del techo y las aspas metálicas que venteaban un lánguido copete engominado de tres pelos.  Ya, no, un poquito más, lo van a matar, ya, no, más. Jairo nunca se cayó, ni tampoco se murió en las alturas de los pupitres, como decía más de uno que se iba a morir y  probablemente como él también hubiese querido, en sus quehaceres diarios buscando como dicen por ahí lo que nada se la había perdido. Murió encerrado en un edificio de la Avenida Estación en plena pandemia. Igual que Iván también presentía la muerte, todos los días escuchaba  decir que los viejos mayores de sesenta se iban a morir, optó igual que muchos, por consumir cocaína, la heroína nunca le gustó, la primera vez que la probó entró en un profundo sueño que le duró más de dos días, la somnolencia es para los locos. Jairo entraba a la clase cajeando como un caballo, esta expresión se la copie a una estudiante, una vez me preguntó que si yo alguna vez había visto un caballo cajear, a mí me quedó sonando, cómo es eso de un caballo cajeando, es como si le halaras la rienda con todo el peso de tu cuerpo, el caballo, por la presión en la boca saca la lengua, muestra el paladar y los dientes como si se estuviera riendo, así mismo es la cara de Jairo, hacé de cuenta un caballo riéndose, a mí no me quedó de otra que reírme, porque empecé a comparar a Jairo con un caballo, la estudiante tenía razón, una vez me quedé mirándole y sí, de frente y de perfil era idéntico a un caballo. López, la amiga de Juan y  Paula, nos contó que uno se daba cuenta cuando Jairo consumía cocaína porque llegaba temblando  y le daba por hablar y hablar, durante horas y horas sin parar. Empezaba hablando unos días de los griegos, otros de la escritura y su papel como herramienta de combate en la sociedad actual, y ahí se podía quedar las horas que usted quisiera, y quién quiere ser escritor, aquí nadie quiere escribir, ya todo está escrito y dicho, por lo tanto no habrá necesidad de pensar si quiera. Para la muestra de un botón, dígame a ver, usted que se cree tan sabio trepado en los pupitres, de esta facultad, en los últimos años quién ha escrito un sólo texto que cuente la pandemia de principio a fin, o una novela de esas que nadie lee, como las de Albeiro. El Pistolero —dijo Juan—, la escribió hace poco; “Una Calle Vacía donde sólo Navegan”… no sé qué… Las colillas Juan. Yo hubiera preferido una calle vacía, sin necesidad de las colillas, mucho menos navegando en una tierra donde ni siquiera llueve, con razón  Luís le dijo que era un desastre, para Luís todo es un desastre, dígame algo que no sea desastroso para Luís. Tenés razón. Quién más de esta facultad ha escrito una novela. Quién. Nadie. Mire no más —usted que tanto menciona las novelas de Albeiro—, como quedó, cómo, le parece poco, en una ciudad infectada como ésta recogiendo muertos para vender sus trajes a los nuevos empresarios, esos del Network Marketing —recoger muertos en las calles no es vida, así lo haga para vivir en una ciudad llena de muertos—, tienen mal gusto, así el sastre disponga de una gran variedad de ejemplares italianos y europeos, en nada podrán cambiar el gusto. Otro desgraciado con ínfulas de escritor y que por suerte no volví a ver, era el brujo del parque, que se hacía debajo de los álamos a escribir libros sobre santería. Quién te contó eso, Luis o Jairo. Jairo, no estamos hablando de Jairo. Sí. A veces extraño sus relatos y sus subidas hacia lo más alto del techo, qué será de él, ya te dije que está muerto como los demás. Hablando de Jairo y de los viejos, me acordé del nombre del café, bueno en realidad no es que lo haya olvidado, simplemente no quise decirlo, porque me parece una vil estupidez que el nombre de un café como el que solíamos visitar llevase el nombre de uno de los personajes literarios más detestables de todos los tiempos, nunca me gustó Nietzsche, ni su filosofía desmedida, como tampoco una lora que tuvimos hace algunos años y que de igual manera heredó por petición de Juan, el nombre de la cafetería; Café Zaratustra, qué les parece el nombre del café, es el único en el mundo con ese nombre y queda en la Avenida Sexta, creo que también lo cerraron por los muertos, no estoy seguro, voy a preguntarle a Álvaro, el poeta de la enfermedad y la locura que tantos versos en francés y en castellano declamaba en la puerta del café.  La lora nos la regaló el doctor Ignacio, luego hablaremos de Ignacio y su valiosa labor como médico veterinario, hospedó en su morada a más de mil perros y animales huérfanos; perros, gatos, culebras, tortugas, iguanas, loros que fueron quedando en los apartamentos y en las casas abandonados casi igual o peor a sus dueños; muertos y en estado de descomposición, los que sobrevivieron fue porque alcanzaron a comerse en medio de la hambruna los cadáveres putrefactos de sus dueños. Esto les permitió vivir un tiempo más mientras los rescataban y los ponían a merced de los pocos transeúntes que no querían en un futuro el mismo fin de sus antecesores, la gran mayoría igual que los otros humanos están en la Villa y siguen comiendo muertos, los han distribuido en varias partes, los últimos los vieron caminar hace unos días por la vía férrea del mar.


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