Portales de la Libertad





Razón e Irracionalidad; Dos Caminos Opuestos de la Libertad









Reseña 
 “Las Ensoñaciones del Paseante Solitario”
Jean Jaques Rousseau.
 









                                                                                                                                  “Bajo los sombrajes de un bosque estoy olvidado, libre y apacible como si no tuviera enemigos”.



La obra de Jean Jaques Rousseau; “Ensoñaciones del paseante solitario”, es un juego de contrastes y  argumentos que se confrontan entre sí para dilucidar verdades camufladas ante un escueto discurso que lucha por desatar las cadenas de la razón con delirios majestuosos que redondean la obra de principio a fin, bajo penumbras que confrontan desde la oscuridad la moral de sus adversarios, amparados por el canon discursivo de la modernidad, al que Rousseau desde la distancia y la figuración del lenguaje, desvirtúa derrocándolos desde el silencio de sus metáforas, hilvanadas una a una con el trato y el oficio de los sabios que se apartan del utilitarismo y la coherencia discursiva y racional del poder ilustrado, cuyas vestiduras reflejan la luz clarividente de una paz falsa, embustera, caduca de sus propias artimañas a las que Rousseau por medio de la confrontación y el lenguaje desdibuja, esa edificación lapidaria de la razón con la que profesa el orden esquematizado, de una sociedad  racional, repetitiva y monocorde que se desconoce así misma; “trabajan para instruir a los demás, no para esclarecer su interior”, son sus búsquedas e inquietudes individuales que permitan confrontar el camino pedregoso del desarrollo, del progreso embustero de las sociedades modernas amparadas bajo el sesgo de la medicina y la ciencia. El pensamiento de Rousseau apunta al camino adverso del mundo civilizado, decide la soledad y la creación paralela al mundo que lo angustia, la fogosidad de las urbes y los estatutos modernos, donde no encuentra la paz y la felicidad que añora y que sólo es posible en la ensoñación y los estados inconscientes a los que apunta desde la ambigüedad de sus deseos; su muerte la que prepara desde la fantasía y el retorno a la infancia, como bien lo deja entrever en cada una de sus remembranzas;  “De vez en cuando nacía alguna débil y breve reflexión sobre la inestabilidad de las cosas de este mundo, cuya imagen me ofrecía la superficie de las aguas; pero pronto esas ligeras impresiones se borraban en la uniformidad del movimiento continuo que me acunaba”. Rousseau sucumbe fatigado en la ficción, producto de un accidente en Ménilmontant que le hace perder el juicio y la razón, este acontecimiento además de ser una gran virtud de su personalidad, no sólo por lo que representa el vacío y la caída de un estado de conciencia a otro desconocido por la razón, es el desligamiento de los estados de gobernabilidad al cuál sigue encadenado. Su lucidez producto de la ensoñación, y el aislamiento, lleva a Rousseau por pensamientos nunca antes experimentados. Mauro Armiño traductor de la obra del francés al castellano, en un pie de página, en el Segundo Paseo, coincide con nuestra lectura y es que este acontecimiento; la caída del paseante solitario, representa el foco principal, el punto de partida, o el desarrollo de la tesis planteada hasta el momento por Rousseau; razón e irracionalidad; dos caminos opuestos de la libertad. Armiño coincide con el deseo de muerte que ha incitado al rumor de los parisinos  y de sus enemigos; el aislamiento del resto de los humanos para tomar conciencia plena de su soledad. Partiendo del hecho de que Rousseau abandona la razón por considerarla traidora y peligrosa, no queda de otra que ver y escuchar el delirio de un hombre libre, risueño, donde las mentiras se hacen verdades y las verdades a su vez se hacen mentiras o como él las llama; “ficciones sin provecho, ni beneficio propio”. Su propia creación discursiva ha permitido entender la hostilidad y su relación con sus contemporáneos, es evidente el conflicto intelectual ante la autoridad, a la que desvirtúa con el fin de esclarecer el enigma de la moral cristiana, que se impone desde la justicia y la verdad, impartiendo el bien común ante las multitudes esclavizadas, equitativas, homogenizadas por el poder utilitario, que condena a como dé lugar a sus oponentes, desde la clínica y el terrorismo inducido por el conocimiento conceptualizado, confuso, ilegible por los condenados atrincherados en sus celdas.
Ir en contra de la razón es un ejercicio de confrontación filosófica, dialéctico entre dos fuerzas opositoras que lindan menesteres particulares de la cultura donde priman intereses que favorecen el bien común amparado por los patrones patriarcales que han orientado a la sociedades construidas desde la concepción onírica y literaria,  desmitificadas por el absolutismo del poder tirano, mercantilista que conduce a la explotación desmedida del recurso natural sin importar las consecuencias. El discurso de Rousseau, es un discurso macilento, fatigado por la angustia que provoca  la impotencia al confrontar una razón estática que opera sin medida y precaución con actos vandálicos gobernados por la codicia y la falsa moral de sus oradores a los que no le queda de otra que odiar, repudiar al poder autoritario al que logra desplazar refugiándose en la ensoñación, libre de toda codicia y ambición; “La ensoñación me relaja y me divierte, la reflexión me fatiga y entristece, pensar fue siempre para mí una ocupación penosa y sin encanto”. El camino hacia la libertad o “trascendencia” que postula el psicoanálisis freudiano, responde a las necesidades particulares de la economía global, bajo la lógica conceptual de una monarquía obsoleta y anacrónica, donde el padre sigue siendo la figura representativa y el modelo idealizado al que deben seguir sus antecesores —escépticos y atormentados ante su adversidad sanguinaria—, para complacer el camino delineado, rectilíneo del éxito y el desarrollo de las sociedades morales que responden intuitivamente al modelo de productividad mercantilista, acaparado por la justificación del capitalismo, que induce pensamientos idealizados en los que el bien moral prevalece sobre sus adversos solitarios; víctimas de las artimañas del lenguaje clínico, desmedido, mecanicista, al que encasilla en su manuales de prevención como enfermos, ineptos —no útiles para la funcionalidad—, incapaces de amar a otros de su sexo opuesto, pues su razón no le permite serle infiel a la mujer que más ama, su madre, a la que luego en estados inconscientes remplazará por objetos o personas, según lo afirma Freud en “Un recuerdo infantil de Leonardo de Vinci”. En este caso vemos como Rousseau al repudiar el poder autoritario, desplaza sus energías a la naturaleza y la botánica como refugio y aliado de sus asperezas respondiendo un poco a la lógica psicoanalista. Encontrar la salida de sus tormentos en sí mismo, en el poder narcisista que le permite crear universos, distanciado del mundo externo que lo condena a la enfermedad y el refugio. Como podemos ver existen, según la concepción freudiana, dos caminos que son lo que hemos expuesto en la obra de Rousseau, como modelos antagónicos de la conciencia moral de la que no podemos escapar y al parecer, tampoco decidir, porque los patrones de autoridad en la infancia no los escogemos, se nos son dados como réplicas consecuentes de guerras milenarias, de gobiernos desmedidos en la fuerza de la razón cuyos patrones de identidad son ambiguos y oponentes a su majestad. Ambos caminos, tanto el del narcisismo, como el neurótico, inmerso en el agite de la sociedad desenfrenada, ofrecen portales de libertad, el ensimismamiento y la distancia representan una forma de libertad, la que condena el psicoanálisis bajo el sesgo de la enfermedad, a los que han sido conducidos los caballeros de la ensoñación, hombres sin patria y sin hogar cuya trascendencia se ve interrumpida por la incapacidad de quebrantar las cadenas del placer y la armonía de la creación poética. La trascendencia que imponen los gobiernos autoritarios como sinonimia de libertad —con fecha límite de caducidad—, es por lo tanto la contrariedad del acto de libertad, su antagonismo en este caso la esclavitud, de un sistema social que induce a la pérdida de la autenticidad que describe Erich Fromm en “Libertad y Democracia”. Incapaces de inventar mundos posibles, con normas y leyes posibles, a los que solo se llega bajo la confrontación y derroque de los sistemas autoritarios, a los que tarde que temprano se apartarán del poder, y cederán la luz de la ensoñación y la magia de la creación, el cual Rousseau nos ha mostrado el camino adverso de la existencia, donde se es creador de la propia existencia, o esclavo de la creación divina y su accionar estático, que le ha permitido al historicismo occidental, diseñar esquemas de protección y conservación del héroe, del patriarcado colonial, cada vez más debilitado por la irreverencia de los desterrados que buscan y reclaman su lugar en el trono, arrebatado por los vencedores condecorados, a los que Rousseau se refiere con delicadeza y encanto en el cuarto paseo de su ensoñación; “He visto gentes de esas que se llaman verdaderas en el mundo. Toda su veracidad se limita en las conversaciones inútiles a citar fielmente los lugares, los tiempos, las personas, a no permitirse ninguna ficción, a no embellecer ninguna circunstancia, a no exagerar nada”. Su lucha ante la confrontación patriarcal, está ganada, a derrocado su adversario, su enemigo más cercano, ahora no le queda de otra que la de disfrutar de la ensoñación eterna; “Trepo a los peñascos, a las montañas, me hundo en los valles, en los bosques, para ocultarme cuando puedo al recuerdo de los hombres y a los ataques de los malvados”.  Así pues nos quedamos ante una gran obra a la que habrá que leer en estos tiempos de crisis, donde la tiranía de los gobiernos, y la voluntad de poder se hace cada vez más evidente, me atrevería a concluir esta fabulación metafórica, de contrastes irreflexivos, contradictorios en su mayor parte, como lo es también el pensamiento de los hombres, seducido por la sensorialidad fantasmagórica, donde dormita la angustia y el temor, producto de la enemistad ideológica que aturde y amedranta a sus detractores por los senderos huidizos de la ensoñación y la libertad del alma, que no halla cabida en la sociedad irrisoria, burlesca, prisionera de sí misma, de su manto pintoresco, de ese ornato voluptuoso que despilfarra gloria, éxito y santidad. Envestiduras dogmáticas que seguirán cubriendo la desnudes institucional, claustros clericales amparado por las artimañas ilustrativas impostora de verdades útiles y ficciones consagradas para beneficiar el gobierno de la ciencia, la religión y la filosofía. “Quien pone su poder por encima de los hombres debe estar por encima de las debilidades de la humanidad; sin ello este exceso de fuerza no sirve más que para situarle por debajo de los demás”. Estos pilares del conocimiento seguirán cayendo sobre el pensamiento afligido, controversial y expuesto a acarrear el peso y las cadenas que lo atan a los barrotes inquisitivos del poder. El pensamiento de Rousseau deja entrever ciertos contrastes, contradictorios en su mayor parte, encierro, libertad, razón, irracionalidad, la doble connotación quizás respondan a un solo deseo; la muerte con la que fantasea permanentemente, en cada uno de sus peajes, donde se recrea con variado juego ambiguo de antífrasis; la vida y la muerte, o al contrario —como mejor funciona, y como mejor he entendido la obra—, no de atrás hacia delante, como comúnmente va encaminada la existencia; nacer y morir, sino de adelante hacia atrás, el deseo de muerte no apunta a un fin, sino al principio, renacer para confrontar la autoridad patriarcal, sus enemigos como motivo y razón de la existencia, confrontar para existir, la concepción contraria en este caso del deseo de la muerte simboliza la oposición que sería el nacimiento. “La muerte es el regreso a la matriz a la tierra materna” Fromm Erich. Como bien lo deja entrever en el quinto paseo Rousseau sumido en la barca o en el borde del lago entregado nada más que al vaivén de las ensoñaciones “confusas pero deliciosas”  y que responden simbólicamente a ese deseo de retornar al mundo infantil de la ensoñación; “El flujo y el reflujo del agua, su ruido continuo pero acentuado a intervalos, golpeando sin descanso mi oído y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación extinguía en mí y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia, sin tomarme el trabajo de pensar. De vez en cuando nacía alguna débil y breve reflexión sobre la inestabilidad de las cosas de este mundo, cuya imagen me orecía la superficie de las aguas; pero pronto esas ligeras impresiones se borraban en la uniformidad del movimiento continuo que me acunaba”. Ese puente cercano entre la muerte y la vida, ese renacer oculto que envuelve en cada uno de sus actos dándonos a entender que su deseo de muerte no sea el fin, si no el principio de un nuevo renacer. “Me encontré al principio en un laberinto de obstáculos, de dificultades, de objeciones, de tortuosidades, de tinieblas que veinte veces estuve tentado de abandonar, renunciar a vanas búsquedas, someterme en mis deliberaciones a las normas de la prudencia común sin buscar en los principios que tanto me costaba esclarecer. (…) tomarla por guía no era sino pretender, a través de mares y tormentas, buscar sin gobernalle ni brújula un faro casi inaccesible que no me señalara ningún puerto”.








José Alejandro Vargas







Bibliografía

      1.      Jean Jacques Rousseau Las Ensoñaciones del Paseante Solitario Alianza Editorial Madrid Tercera Edición 2016
2.     Froom Erich Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea Fraternidad Contra Incesto Fondo de Cultura Económica  México 2014
3.     Fromm Erich El Miedo a la Libertad. Libertad y Democracia Editorial Paidós 2008 Barcelona
4.     Freud Sigmund Psicoanálisis del Arte Un Recuerdo Infantil de Leonardo de Vinci Alianza Editorial Madrid 2013

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