Un Cuento para la Guerra
Con estas bombas quién nos
va a escuchar
Para un País Miserable
Entre los atropellos más absurdos, está el del
lenguaje —lo que más he querido atropellar en la vida, aún no sé, si lo haya
logrado, si, si, o si no, seguiré hasta el último momento—, ya lo había dicho,
no sé dónde, si acá o allá, no importa, será lo mismo; el lenguaje está
enfermo, heredó la enfermedad de los españoles y no tendrá por más que quieran,
arreglo. “Raimundo y todo el mundo” lo atropella. Me pregunta Suarez, el
pistolero, por qué la primera consonante de Raimundo va en mayúscula y no con
minúscula, la pregunta —aunque no deja de ser tonta—, es válida, porque el
Raimundo, que él y yo conocemos, proviene de un refrán que dice; “Raimundo y
todo el mundo”.
Y a usted Suarez desde cuándo le interesan las
letras, no me interesan, mi mamá me mandó a preguntarle algo sobre las
palabras, dijo que usted era muy letrado, y que lo escuchara hablar si quería
salir a matar pájaros, cómo así que a matar, y es que usted le gusta matar…
El niño se
sonrío.
Raimundo es un nombre propio, masculino, de origen
alemán, aquí nadie se llama Raimundo, sería una grosería de nombre —como todos
los alemanes, a excepción de Ramona, la mona de ojos claros que me enseñó a
bailar salsa en un burdel de Cali—, lo más parecido en castellano, es Ramón,
como se llama el panadero de la esquina, don Ramón.
Ramón —le dice Anna—; por favor un pan cacho, lo
siento mucho niña pero no hay pan cacho.
Hay
Croissant.
Cuál es la diferencia, entre un pancacho y un
croissant, haber pues, pensadores del nuevo siglo, milenios que todo lo saben.
Me
dice Juan, que en latín Raimundo sería; Rachimundus o Ragemundus y en inglés
Raymond.
Yo conozco dos Raymond, y los dos son desgraciados,
los escritores están condenados a la desgracia, viven de la desgracia y para la
desgracia; el primero fue novelista y el segundo cuentista, indiferente del
género, si les gusta —antes de leer aquí—, vayan y los leen. De seguro se irán
a entretener, al fin y al cabo, es lo que importa; entretenerse o si no pa qué
lee uno; pa ser más culto, a quién le importa la cultura.
Suarez me estás escuchando.
Tenía la mirada clavada, no sé dónde, en qué punto
fijo del horizonte, será que no había visto la montaña, o el edificio blanco
frente a la torre.
Escuche bien, pa que lo dejen salir…
Aquí en Colombia, los mejores novelistas —y a los
que hay que leer—, son los sicarios, antes de ser escritores, fueron asesinos,
es el mayor estado de conciencia que puede tener un ser humano; matar y luego
contar el cuento, es la única manera de encontrar la delicadeza, el argumento
de la novela; la forma y el estilo, vendrán después, no te preocupés.
Miremos
este;
“Estoy
empuñando una pistola automática con diez proyectiles. Y me ofrece los dos pies
como blanco.
¿Quiere apostar algo?
¡Deje
de apuntarme o le vuelo la pistola de la mano! (…) Hubo un ligero temblor en la
voz, un agradable temblorcillo”.
Ese texto no es de un colombiano —me dijo
Suarez.
Por qué sabés… Fácil, porque en Colombia no
apuntamos a los pies.
Ah no.
Entonces dónde.
A la cabeza.
Pues ni tanto, Chela —la sicaria de la casa—,
no ha sido capaz de apuntarme en la cabeza.
Entonces es chiviada y tenés que remplazarla.
Por qué.
Porque no sabe matar, apunta a los pies, cómo los
principiantes del cuento.
(…)
Los
sicarios buenos apuntan a la cabeza, los malos, donde la bala caiga.
El texto es de Raymond Chandler… Y quién escribe
como él en Colombia.
Nadie.
Vallejo y yo.
Por hay tengo toda la obra del asesino, cuál de los
dos, la del inglés.
Los ingleses en la historia, han sido los mayores
bombarderos, pero aún no superan a los colombianos.
Busque bien, en ese rincón, debajo, o encima de
estos… Nada…
Y los de Vallejo.
Tampoco.
De
seguro se los robó Juan y los cambió por marihuana en la universidad. Allá
fueron a parar todos mis libros —gloria a dios—, en un tal Banderas.
Humo eres y en humo te has de convertir.
Yo le hablo a los muchachos de Banderas y se ríen,
sueltan la carcajada, pensarán que soy marihuanero, bueno, entre marihuanos nos
entendemos, cuando me invitan voy con Juan y con María Paula, nos sentamos en
las gradas del teatrino y hablamos de los libros que nos hemos fumado y de los
que nos fumaremos, por hay Juan tiene una lista, de la a hasta la zeta; libro
leído, libro fumado. Tranquilos que no se salvará ninguno, todos a la hoguera.
Humo eres y en humo te has de convertir.
Cómo lo dirías en latín;
Vos
have ut convertat fumigant, et fumigant.
La última vez nos
tocó irnos de Banderas, los encapuchados, amigos de Juan y de María Paula,
estaban armando una bomba pa lanzarla a unos cuantos metros de la entrada
principal, donde había una barrera humana, un escuadrón de encapuchados,
impidiendo que los policías entraran con la tanqueta disparando.
Muchachos retírense con el viejo, que lo que viene
ahora, es plomo ventiado.
Como no estaban los profesores, encargados de
cambiar los baretos por los libros, nos dieron un tabaco grueso y bien armado,
pa que nos fuéramos y no perdiéramos la venida.
María Paula le dio un beso y un abrazo casi
sensual, a uno de los encapuchados, Juan se mostró incómodo, pero a la vez
agradeció el gesto y entonces nos fuimos cuanto antes a buscar el lago y la
sombra de la babilla.
Cuando llegamos, lo primero que dijo Luís fue; hace
unos años en ese palo que desboca al lago, también se hacía una iguana de
cresta rubicunda.
Eso ya es historia
—dijo Juan—. No hace mucho, alguien la vio trepada en una rama
meneando la cabeza.
Dicen que es el fantasma de la universidad.
Fantasma por qué.
Porque aquí, desde hace mucho, desaparecieron las
iguanas, las primeras y las últimas fueron del edificio de humanidades, no se
volvió a ver ninguna.
María Paula encendió el tabaco —ya era hora, se estaba
demorando—, le pegó tres plones y lo rotó a la izquierda, Juan hizo lo mismo,
fumamos, buscando iguanas y escuchando el estallido de las bombas.
Uno que otro avión se congelaba en el cielo,
apagaban los motores y planeaban como aves silenciosas el valle detrás de las
montañas.
Estamos en guerra camarada —le dio por
gritar a Juan—. Dejá la bulla que nos pueden escuchar.
Con estas bombas, quién nos va a escuchar.
****
A Juan hay veces le preguntan los estudiantes;
Oíste parce, por qué no has vuelto guevón con el abuelo, porque está muerto
—responde el desgraciado—, murió de un infarto hace unos días, ya venía con eso
del infarto, soñaba que se caía de un precipicio y el vacío lo mató.
Ahora entiendo por qué cuando voy por hay
caminando, por la Ochenta o por la Cien, la cera de la universidad, que está
lleno de gualandayes y de acacias de flor amarilla, uno que otro muchacho se me
acerca, me mira, se detiene y me pregunta; Usted no estaba muerto, yo le
respondo que sí, que sigo muerto, vine a escribir mis memorias, pero ya vuelvo
y me voy, ando de visita, visitando a unos parientes, que también están muertos
y no se han querido ir.
Los muchachos salen corriendo, al otro día el
malnacido de Juan llama al apartamento.
Abuela, Luís anda en la calle asustando a la gente,
no lo dejés salir por favor.
Cómo asustando.
Les dice que está muerto.
Y no es verdad pues. Luís está muerto, al menos eso
es los que se la pasa diciendo; que está muerto.
No lo dejés
salir más, la universidad está muy peligrosa, siguen en guerra, la última vez
que fuimos los tres un policía mató a un estudiante.

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