Crónica Irreflexiva de un Proyecto de Marginados Perdido Entre Cordones y Un Mes en Coma
Crónica Irreflexiva
de un Proyecto de Marginados
de un Proyecto de Marginados
José Alejandro Vargas
Primera
Parte
“Perdido Entre Cordones” es una hazaña
irracional que empezó bajo la experimentación polifónica de voces al azar
reproducidas en medio de una clase. Las voces de los personajes que se
abordaron para un proyecto de crónica permitió identificar un eco discontinuo
en el discurso polifónico que asociamos con el malestar social de una cultura
enferma, producto del caos y la desorientación en la que vivimos. Esa
radiografía social enmarcada en la angustia, en el grito “silenciado”, en el
trauma, nos permitió reconstruir el murmullo clandestino de esa urbe espectral
que delira ecos altisonantes de enfermedad y locura, a medida que esa voz
conjunta surgía con mayor fuerza, nos pensamos la sonoridad textual, como un
acto de manifestación pacífica en contra de un sistema educativo que no escucha
y no lee a sus estudiantes desde la desfiguración y el tedio, desde la penumbra
y la fealdad, desde el caos y el conflicto, desde la oscuridad y el fracaso,
desde la marginalidad y el error, desde lo irracional y el acto fallido, no
como sintomatología de una sociedad en decadencia, enferma, señalada y
perseguida desde la arbitrariedad del conocimiento, sino en pos de un proceso
aleatorio de trasformación de estados de conciencia que permitan la
construcción utópica de un nuevo mundo, desde la sensibilidad y el arte, como
únicos mecanismo de escape y libertad que tienen los seres humanos para
encontrar la felicidad y la armonía entre sus semejantes. Para contrarrestar la
voz polifónica de los personajes, anclamos al discurso el estilo informativo
del noticiero radial —un medio en desuso por muchos jóvenes seducidos por la
perfección de la imagen y la estética—, con el fin de contrastar la
temporalidad histórica de los protagonistas, sujetos a los interlocutores o
narradores directos, cuya representación es la fragmentación histórica de dos
momentos coyunturales en la historia del país, el primero, que se edificó bajo
la concepción del conflicto armado y la autodestrucción de una sociedad impotente
y desnuda ante la hegemonía del poder político que silenció desde la fuerza
irracional de las armas el progreso y la libertad de los oprimidos —que hoy
carecen de un buen sistema educativo libre y sin ataduras—, que padecen las
secuelas de la guerra, como padres de unos hijos que narran la ambigüedad del
presente, bajo el síntoma de la enfermedad y la desorientación y cómo huérfanos
que encarnan dolor y sufrimiento en sus actos de rebelión, frente a un sistema
sordo que no logra entenderlos y leerlos desde sus asperezas y sus mecanismo de
evasión, producto de su estructuración pedante y sanguinaria, que insiste en la
perfección y el éxito de sujetos lineales fácilmente moldeados y acoplados a
una sociedad falsa, idílica —producto de su enfermedad—, irracional que se
desconoce nuevamente desde la oscuridad y la penumbra, desde la enfermedad y la
carencia.
La idea de los zapatos colgados, más que
un lugar común en nuestra sociedad y del señalamiento innecesario como barrera
delincuencial es una frontera visible que distancia el conocimiento autónomo de
los sistemas educativos, el objetivo de crear una frontera "visible"
en los transeúntes de la comunidad educativa, ha sido un llamado al ciudadano
del común que rechaza, señala, juzga y persigue desde la inquisición religiosa,
al drogadicto, al marginado, al pobre, al loco, al rebelde, al creativo y a los
docente que desvirtúan desde la parodia y la máscara la confusión y el caos de
un gobierno educativo temerario ante la desestabilidad y la diferencia, la
barrera no sólo es el espléndido de sustancias —como fácilmente puede ser interpretado—,
sino el muro impuesto de la razón que nos tiene divididos y fragmentados como
sociedad, la barrera también obliga a la detención de la marcha, detenerse para
pensar el país huérfano que transitamos, como extranjeros, como migrantes y prisioneros
de un conductismo clínico y desenfrenado que conduce desde la otra barrera a
los mansos, dóciles y somnolientos hacia el refugio y el encierro de la
incomprensión pedagógica, hacia la dictadura del conocimiento impuesto y mal
diligenciado con el fin de controlar y uniformar el mal disfrazado y
patologizado por las vestiduras diáfanas del bien. La pausa y la detención son
un acto de reflexión que conllevan a la lectura de esa enfermedad distante y
encubierta de la realidad. En medio de esa pausa surgió una inquietud gracias
aun libro de periodismo narrativo que habíamos abordado como material
bibliográfico para el curso; “Cómo Contar la Realidad con las Armas de la
Literatura” de Roberto Herrscher, recuerdo un peaje que quisiera volver a leer
que Roberto citó al maestro Ryszard Kapuscinski en un fragmento del libro
titulado “Tener o no tener zapatos”. Y empezó citando en el cuarto párrafo un
acto biográfico de Kapuscinski que decía; “Cuando tenía diez años no tenía
zapatos, ni siquiera en invierno. Y los inviernos son fríos en Polonia”. Al
terminar la oración Roberto anotó; una
de las revelaciones que incentivaron a la materialización de este proyecto como
una dinámica de comprensión frente a la desigualdad social.
“Solo un observador que sepa lo que no
es tener zapatos puede detenerse en medio de “La Guerra del Fútbol”, a relatar
el sueño de un soldadito hondureño. En pleno combate entre Honduras y El
Salvador Kapuscinski y su soldado están arrastrándose por la selva. El tiroteo
amainó por unos instantes y el soldado se detuvo, cansado. Me dijo con voz
jadeante que lo esperara mientras él volvía hasta el lugar donde acaba de
producirse el último combate de su compañía. Los vivos seguramente ya se
habrían alejado de allí, me dijo, pues tenía la orden de perseguir al enemigo
hasta la misma frontera, y en el campo de batalla solo quedarían los muertos,
que ya no necesitan zapatos. Él iría hasta el lugar, descalzaría a algunos
muertos, escondería las botas entre los arbustos y señalaría el escondrijo.
Cuando terminara la guerra y lo licenciaran, regresaría y calzaría a toda su
familia. Ya había calculado que por un par de botas militares le darían tres
pares de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas”.
SI desea seguir leyendo más sobre esta
propuesta educativa no dude en escribir
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