Crónica Irreflexiva de un Proyecto de Marginados Perdido Entre Cordones y Un Mes en Coma




Crónica Irreflexiva
 de un Proyecto de Marginados
         


                                        https://www.youtube.com/watch?v=WqABrBXD5lQ


José Alejandro Vargas


Primera Parte



“Perdido Entre Cordones” es una hazaña irracional que empezó bajo la experimentación polifónica de voces al azar reproducidas en medio de una clase. Las voces de los personajes que se abordaron para un proyecto de crónica permitió identificar un eco discontinuo en el discurso polifónico que asociamos con el malestar social de una cultura enferma, producto del caos y la desorientación en la que vivimos. Esa radiografía social enmarcada en la angustia, en el grito “silenciado”, en el trauma, nos permitió reconstruir el murmullo clandestino de esa urbe espectral que delira ecos altisonantes de enfermedad y locura, a medida que esa voz conjunta surgía con mayor fuerza, nos pensamos la sonoridad textual, como un acto de manifestación pacífica en contra de un sistema educativo que no escucha y no lee a sus estudiantes desde la desfiguración y el tedio, desde la penumbra y la fealdad, desde el caos y el conflicto, desde la oscuridad y el fracaso, desde la marginalidad y el error, desde lo irracional y el acto fallido, no como sintomatología de una sociedad en decadencia, enferma, señalada y perseguida desde la arbitrariedad del conocimiento, sino en pos de un proceso aleatorio de trasformación de estados de conciencia que permitan la construcción utópica de un nuevo mundo, desde la sensibilidad y el arte, como únicos mecanismo de escape y libertad que tienen los seres humanos para encontrar la felicidad y la armonía entre sus semejantes. Para contrarrestar la voz polifónica de los personajes, anclamos al discurso el estilo informativo del noticiero radial —un medio en desuso por muchos jóvenes seducidos por la perfección de la imagen y la estética—, con el fin de contrastar la temporalidad histórica de los protagonistas, sujetos a los interlocutores o narradores directos, cuya representación es la fragmentación histórica de dos momentos coyunturales en la historia del país, el primero, que se edificó bajo la concepción del conflicto armado y la autodestrucción de una sociedad impotente y desnuda ante la hegemonía del poder político que silenció desde la fuerza irracional de las armas el progreso y la libertad de los oprimidos —que hoy carecen de un buen sistema educativo libre y sin ataduras—, que padecen las secuelas de la guerra, como padres de unos hijos que narran la ambigüedad del presente, bajo el síntoma de la enfermedad y la desorientación y cómo huérfanos que encarnan dolor y sufrimiento en sus actos de rebelión, frente a un sistema sordo que no logra entenderlos y leerlos desde sus asperezas y sus mecanismo de evasión, producto de su estructuración pedante y sanguinaria, que insiste en la perfección y el éxito de sujetos lineales fácilmente moldeados y acoplados a una sociedad falsa, idílica —producto de su enfermedad—, irracional que se desconoce nuevamente desde la oscuridad y la penumbra, desde la enfermedad y la carencia.
La idea de los zapatos colgados, más que un lugar común en nuestra sociedad y del señalamiento innecesario como barrera delincuencial es una frontera visible que distancia el conocimiento autónomo de los sistemas educativos, el objetivo de crear una frontera "visible" en los transeúntes de la comunidad educativa, ha sido un llamado al ciudadano del común que rechaza, señala, juzga y persigue desde la inquisición religiosa, al drogadicto, al marginado, al pobre, al loco, al rebelde, al creativo y a los docente que desvirtúan desde la parodia y la máscara la confusión y el caos de un gobierno educativo temerario ante la desestabilidad y la diferencia, la barrera no sólo es el espléndido de sustancias —como fácilmente puede ser interpretado—, sino el muro impuesto de la razón que nos tiene divididos y fragmentados como sociedad, la barrera también obliga a la detención de la marcha, detenerse para pensar el país huérfano que transitamos, como extranjeros, como migrantes y prisioneros de un conductismo clínico y desenfrenado que conduce desde la otra barrera a los mansos, dóciles y somnolientos hacia el refugio y el encierro de la incomprensión pedagógica, hacia la dictadura del conocimiento impuesto y mal diligenciado con el fin de controlar y uniformar el mal disfrazado y patologizado por las vestiduras diáfanas del bien. La pausa y la detención son un acto de reflexión que conllevan a la lectura de esa enfermedad distante y encubierta de la realidad. En medio de esa pausa surgió una inquietud gracias aun libro de periodismo narrativo que habíamos abordado como material bibliográfico para el curso; “Cómo Contar la Realidad con las Armas de la Literatura” de Roberto Herrscher, recuerdo un peaje que quisiera volver a leer que Roberto citó al maestro Ryszard Kapuscinski en un fragmento del libro titulado “Tener o no tener zapatos”. Y empezó citando en el cuarto párrafo un acto biográfico de Kapuscinski que decía; “Cuando tenía diez años no tenía zapatos, ni siquiera en invierno. Y los inviernos son fríos en Polonia”. Al terminar la oración Roberto anotó;  una de las revelaciones que incentivaron a la materialización de este proyecto como una dinámica de comprensión frente a la desigualdad social.
“Solo un observador que sepa lo que no es tener zapatos puede detenerse en medio de “La Guerra del Fútbol”, a relatar el sueño de un soldadito hondureño. En pleno combate entre Honduras y El Salvador Kapuscinski y su soldado están arrastrándose por la selva. El tiroteo amainó por unos instantes y el soldado se detuvo, cansado. Me dijo con voz jadeante que lo esperara mientras él volvía hasta el lugar donde acaba de producirse el último combate de su compañía. Los vivos seguramente ya se habrían alejado de allí, me dijo, pues tenía la orden de perseguir al enemigo hasta la misma frontera, y en el campo de batalla solo quedarían los muertos, que ya no necesitan zapatos. Él iría hasta el lugar, descalzaría a algunos muertos, escondería las botas entre los arbustos y señalaría el escondrijo. Cuando terminara la guerra y lo licenciaran, regresaría y calzaría a toda su familia. Ya había calculado que por un par de botas militares le darían tres pares de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas”.
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