Buscando a Clara

  

 


 

Cualquiera que pelee contra la noche debe movilizar su más profunda oscuridad para liberar su luz.

Walter Benjamin 

 

 

 

El día anterior había comprado un lápiz Faber Castell 6B, y un saca puntas diagonal a la farmacia de los hermanitos Orejuela donde abordé el bus, el Verde Bretaña, la ruta de los tipógrafos manizaleños que arribaron a este Valle a mediados de siglo a trabajar en la industria de la imprenta. El Bretaña pasaba por el frente de la iglesia, desde allí, el jefe de los marineros, el señor Nicolás de Bari, miraba desde lo más alto de su nave, en medio de dos cúpulas republicanas, el mar de los negros. El obispo de la Apulia, el Santa Claus de los gringos, dicen las sagradas escrituras de Roma, era el patrón de los bandidos y el misericordioso de las putas. El bus cruzó por la carrera quinta a tres calles del San Juan de Dios el moridero más grande que tiene esta ciudad—, subió por la diez y seis con tercera, por el barrio el Hoyo, a una cuadra del inquilinato donde vivía Clara. Ella agarró el lápiz con sus dedos mientras apretaba un cigarrillo entre su boca al que solo le había dado dos caladas profundas, al mismo tiempo que el humo brotaba por los orificios deslizó el grafito sobre un papel desvencijado de color amarillo, los trazos eran firmes y ligeros. En el vacío de la hoja, apareció la silueta de un cuerpo danzando con los brazos extendidos. Era una bailarina que carecía de rostro y de pies, a diferencia de estos, tenía muy bien definido el escote del vestido a la altura del pecho y la encorvadura de las caderas.

En otra hoja distinta dibujó su rostro. Empezó por el mentón, tomó el reverso del lápiz y con la goma blanca sombreó la curvatura de un óvalo de un solo envión, era un cráneo tan perfecto, que no parecía humano.

Los buenos dibujantes no borramos, pero esta parte es lo más complicado. De aquí depende todo: Los ojos, la nariz, los labios. No puede haber margen de error.

 

 

El sábado en la madrugada, vieron el carro de Juan Fernando García estacionado en la esquina del restaurante Pampero en el barrio Granada. Cuando las luminarias del semáforo se detuvieron en rojo, sobre la Avenida Octava Norte con Veintiuno, Verónica lanzó una roca sobre el parabrisas, el vidrio explotó y Juan Fernando se bajó del auto. Jessica y Lizet, lo alcanzaron a golpear con un bate en la cabeza, Isabel quien luego sería condenada a siete años de prisión, hundió un cuchillo de mesa sobre su pecho, con el que horas antes habían partido un pastel de chocolate para celebrar los treinta años de vida de una de las putas.  Según el informe de la fiscalía García quedó con la lengua afuera, echando babas rojas por la boca.

 

1

 

Su cuarto no tiene ventanas. El aire no circula y las colillas de cigarrillo Lucky Strike van a parar al sanitario. No hay relojes, no hay péndulos, ni manecillas que puedan medir el tiempo, tan solo el sonido del campanario de la torre mudéjar de la iglesia San Francisco de Asís, a escasos metros de distancia, que anuncian el final de la tarde y el inicio de la noche.

Clara —al igual que los otros animales nocturnos— sabe en qué momento de la noche debe partir. Va al baño, se unta la cara con espuma de jabón y sobre el mentón y el bigote, desliza una cuchilla Gillette de filos oxidados con movimientos rectos de arriba hacia abajo.

Finge sonreír en el marco de un espejo, posa como las divas italianas frente al lente de una cámara. Su cabello es azabache y su piel blanca como un lienzo en un caballete. En su brazo izquierdo, a la altura del hombro, lleva la estampa de su hermano, un escorpión impreso en la piel, mucho antes de que decidiera volverse marica.

Miro por el visor la escena de un crimen, ella se sonríe y aprieta los labios untados con labial rosa. Hundo varias veces el obturador cuando no está sonriendo, ni posando frente al lente de la cámara, apunto hacia el marco del espejo, doy en el blanco, en la sombra pálida del cristal.

 

Hay distintos tipos de clientes, hay veces en que tan solo me convierto en una dama de compañía. Así conocí a Juan Fernando García, antes de que lo mataran y a su esposa Lucía, una señora de cabello castaño. En el dos mil nueve ella tendría unos cuarenta años, han pasado cuatro y aún recuerdo sus pecas negras en su espalda y unos senos grandes y bonitos que algún día me gustaría tener.  

 

Clara pasa sobre el borde del párpado un lápiz de color negro, como si estuviera dibujando sobre un paño su rostro al carboncillo, con sus rayas y sus sombras.

Le mostré la imagen en la pantalla, pero no hizo ningún gesto. La foto parece no haberle gustado, porque le recuerda el otro rostro de la infancia, la otra máscara que la habita, cuando no sonríe y el maquillaje blanco se esparce bajo la sombra verde del mentón.

En la sala de espera algunos huéspedes cansados, por la extenuante jornada laboral, tiran los dados al azar sobre un parqués de vidrio. Uno de ellos lleva sobre el cuello una camisa enrollada para espantar las moscas en la piel, el otro cruza los brazos y observa recostado en el espaldar de una poltrona el campo de batalla que apenas comienza. Dos fichas amarillas se deslizan a la izquierda cinco cajones por el cristal, todos fuman y sobre el techo del lobby, se ha formado un nubarrón azul.

 

2

 

Hoy es 20 de julio. Las banderas de la patria cuelgan a un costado de los barandales, la brisa del mar se descuelga por los picos del oeste estrellándose frente a los muros de los edificios, por las calles hondean los trapos tricolores al son de los vientos, Clara lleva un enterizo de luto de color negro como todas las noches.

Oprime el botón de un perfume de Chanel a ambos lados de la manzana. En su bolso lleva unos tacones italianos de color neón, camina por el Bulevar del río como un alma errante. En la esquina de la calle Séptima con carrera Cuarta, están los muros blancos del convento de la Merced, a un costado tres faroles amarillos cuelgan alrededor del templo. A las ocho y cuarenta de la noche son los únicos destellos de luz que alumbran la calle del Fray Hernando de Granada.

En una pared del convento, a un flanco de las escalinatas, Clara recuesta su cuerpo bajo la sombra de un campanario para treparse en los tacones. A dos calles del monasterio, está la calle del Pecado, Novena con carrera Tercera. Danzan los esqueletos de Marchant bajo el hechizo de un bongó cubano y una conga africana que no ha dejado de sonar, los negros, los maricas, las putas, los homosexuales y los párrocos de sotana negra que, a la media noche se vuelan del claustro, por las ventanillas del convento a contemplar con sus bocas y sus lenguas largas, las enormes vergas remangadas de los travestis.

Clara se montó en una Toyota vieja de vidrios oscuros, el carro frenó en la esquina del Teatro, a un costado del semáforo, y cruzó a mano derecha por la carrera Quinta hasta el edificio Otero.     

 

Me hicieron una oferta, me preguntaron si estaría dispuesta en hacer un trío. les dije que sí. Me ofrecieron buen billete. Me bajé del auto, me estiró la mano, y me dio un sobre con una parte del dinero y por supuesto, la dirección. Era un apartamento en el oeste con vistas al río.

 

3

 

El restaurante la Guacharaca está ubicado en la carrera Sexta con calle Séptima, un cobertizo vino tinto de letras blancas cubre el marco de un portón, al fondo de un zaguán, está la recepción y a un costado, cuelga de una pared blanca el rostro de Liliana Grohis, es una pintura del maestro Gerardo Ravassa.

El cuadro mide un metro con sesenta y Clara lo observa con las manos aferradas a una rejilla del portón en medio de tangos y boleros que cantan los viejos del Café la Palma, una antigua esquinera de color verde con porte republicano, enseguida del restaurante la Guacharaca.

Algún día me gustaría pintar así —dice mientras desfila con sus tacones de cuero italiano, aferrada a las paredes de una pasarela de cemento—. Clara lleva diez años siendo puta, y aún le cuesta caminar en los tacones. Mide un metro ochenta, no tiene tetas, pero sí una verga de 22 centímetros que se desborda por la entrepierna del enterizo, en su estado natural.

 

4

 

Clara Sueña con pintar al carboncillo cuerpos en movimiento y rostros humanos; óvalos perfectos, ojos perfectos, labios y mentones perfectos, cejas perfectas, narices perfectas. En el dibujo como en la vida, no hay margen de error.

 

Llegué a las ocho y dos minutos. En la entrada estaba la Pegui sentada en un sofá, con un vestido rojo y las piernas cruzadas. Tenía una peluca azul y un antifaz de colores. La última vez que la vi, estaba parada en la esquina de la carrera quinta, recostada sobre una baranda de la casa Proartes, frente al Banco de la República. Su cabello era largo hasta la cintura. La saludé y nos sentamos en el mismo sofá del apartamento. Al rato apareció García, con una botella de Wiski y dos vasos de cristal en la mano, miró su reloj de pulso, un Rolex aguamarina e hizo un gesto de afirmación con la cabeza, nunca entendí que quiso decir. Me brindó un trago, las tripas se me retorcieron en el estómago e hicieron un sonido gástrico que él mismo alcanzó a escuchar.

 

Ravassa Garcés es un pintor colombiano que nació un año antes de la segunda guerra mundial, fue discípulo de Omar Rayo y del maestro Éver Astudillo, el pintor de la clase obrera. Ravassa está sentado en una mesa del restaurante con una colilla de cigarrillo apagada entre sus dedos, siempre está fumando. Sus cuadros cuelgan sobre las paredes del recinto. A las once de la mañana, el sol se filtra por la hendidura de una ventana del taller. La luz blanca rebota directamente sobre el lienzo, en los yarumos y en los cedros rosados del bosque, que muy pocos conocen.

Sobre los caballetes las pinturas —algunas sin acabar— reflejan la sombra del farallón. Afuera del taller, se escuchan los meseros caminar con bandejas de aluminio en ambas manos esquivando querubines de mármol italiano, y óleos que se atraviesan en el paso, los comensales llegan uno detrás de otro, en su gran mayoría son clientes del restaurante que trabajan para los bancos más importantes de la ciudad y amigos y familiares de los Garcés Ravassa.

El gerente del banco es un tipo calvo de unos cuarenta y cinco años, lleva sobre su rostro unos anteojos cuadrados que se oscurecen en el sol y se aclaran en la sombra, hace pocas horas había rasurado su cabeza y en su cráneo verdoso no había señal de un solo pelo. El tipo igual que sus compañeros, aflojó el nudo azul cielo de su corbata, y bebió sin parar una cerveza dorada Club Colombia.

El chasquido de los platos y las voces distantes de las personas en la cocina, más los teléfonos, y el timbre constante de la puerta, se convirtieron en un solo ruido entre los comensales.

Una noche anterior, mientras Clara observaba el cuadro de Liliana Grohis sobre la rejilla del restaurante, le propuso a Ravassa que le diera clases de pintura, ella le mostró un rostro al azar dibujado a lápiz sobre una hoja de papel firmada con un extraño seudónimo de Manzana. Le dijo al maestro que si era posible ella vendría a su taller vestido como un hombre, sin la peluca de color azabache y sin los tacones italianos. Ella tan solo quería aprender la técnica del sombreado con acuarelas. Ravassa le respondió que lo iría a pensar.

Pasaron las noches y Manzana nunca volvió asomarse por la rejilla del restaurante a contemplar el cuadro.

 

5

 

Lucía salió del cuarto, le di un beso en la mejilla y un abrazo estúpido y fingido de cortesía, olía a Coco Chanel, el olor agrio de las putas. En un principio, no entendí qué hacía la Pegui en el apartamento de Luís Fernando García. Me recordó lo de la orgía y me explicó que su esposa quería tener sexo con dos travestis. Lo único que me pidió el empresario, fue actuar con mucha naturalidad para que las cosas fueran fluyendo lo más normal posible.

Me ofreció una pastilla de color blanco con un segundo vaso de wiski. Le dije que no, que con dos eran suficientes. Él suspiró fuerte, y me sirvió el tercero más lleno que el segundo, y puso el resto de los billetes encima de la mesa.

 

En una esquina de la calle Séptima hay una lápida empotrada en una de las casas de arquitectura republicana con el nombre del General Cabal, José María Cabal.  La tumba se alcanza a leer desde una ventana de la Palma. Las putas y los maricas, nos cagamos en el general, también en los templos de la Santísima Trinidad. La calle empieza en el barrio San Bosco, y termina en el convento de la Merced, a escasos metros del río.

Los clientes de la Palma son viejos decrépitos con pelos en las orejas, guardan la costumbre del siglo pasado de llevar pantalones con prense, zapatos de charol y anteojos de pasta que suben o bajan para ver mejor tetas y culos de silicona —como el viejo lobo de Charles Perrault—, mientras beben en vasos de cristal Clan Mac Gregor.

Silvana está sentada frente al café en uno de los muros del teatro, es una de las putas más viejas de la calle Séptima, tiene cincuenta y ocho años, cara de bruja, y diez y seis puñaladas en sus piernas, siete en una y nueve en la otra, un tipo borracho le quería cortar la verga, como ella no se dejó, le agujereó las piernas con una patecabra. Al lado suyo está Bárbara, una negra africana muy delgada con cabello rubio y párpados de color fucsia. Hace varias noches no venía a putear porque había estado en un tratamiento contra el sida, en el segundo piso del Hospital Universitario, donde vamos a parar las maricas de Cali, como ene-enes después de muertas.

 

Amanecí sobre una cama sin sábanas. Me puse el enterizo negro y los tacones italianos. Todo estaba en orden. Recuerdo haber visto mientras dormía al empresario sobre la cera de una avenida, no recuerdo la dirección, llevaba un cuchillo sobre su cuello. Revisé parte por parte mi cuerpo; el cuello, las tetas, una por una, mi verga, que estaba intacta y bella, el estómago, ninguna chamba, ninguna cicatriz, ninguna puñalada, me acerqué al espejo y puse mi cara frente al vidrio; mis labios seguían pintados de rojo. Bajé las escaleras del edificio y caminé de nuevo hacia el convento, atravesé el río por la cuarta, por la Calle de la Escopeta, luego crucé por la Séptima, pero no había nadie, ni una sola puta en el camino.

 

6

 

Se detuvo frente a la Palma una camioneta de vidrios oscuros, es el primer cliente de la noche. Wendy arqueó los huesos y puso sobre la cintura las manos. Desfiló una vez más, sus curvas por el pabellón de caserones. Lleva un vestido de malla y unos tacones rojos. Su piel es trigueña y su cabello ondulado. A diferencia de Wendy a Clara nunca le ha gustado posar frente a los clientes.

 Cuando el carro se detuvo, Clara abrió la puerta y se montó. Iban a ser las diez de la noche.

—Ayer no me cuadré —dijo Wendy—. Tenía rabia de que Clara se fuera con el tipo de la camioneta y no ella.

Bárbara, Wendy, Silvana, Violeta y Clara trabajan en la Séptima. Ximena, Lizet, Katherine y Jessica prefieren la esquina de la carrera Octava por la sencilla razón de que, en la Séptima, las putas son más viejas, mientras en la octava, están las más jóvenes, las que apenas están empezando a putear y no llevan mucho tiempo en la calle, las llaman las hijas de Jimena la O, la jefe de la pandilla, muchas le dicen la madre, porque se encarga de cuidar a las travestis en la calle, les alquila el piso en un edificio viejo sobre la carrera Primera, en el barrio el Hoyo, a un costado de San Nicolás de Bari, el Santa Claus de los gringos.

Las putas tienen entre quince y veinte siete y todas deben de pagar una cuota diaria de veinticinco mil pesos para poder putear en las esquinas de Granada, quien no paga la cuota lleva del bulto.

 

La ambulancia alcanzó a llegar mucho antes de que echara el último escupitajo sobre el pavimento. Lo montaron al auto, encendieron las sirenas y aceleraron por la Avenida Octava Norte hasta la Clínica Sebastián de Belalcázar, a pesar de los esfuerzos de los paramédicos y de la rapidez del conductor, García llegó muerto.  Al siguiente día de la muerte de Juan Fernando, empezaron a desplazar prostitutas de Granada hacia la Calle de José María Cabal, donde muchas perdieron la vida abaleadas bajo los portones de la nueva República.

7

 

Cuando las putas en la séptima se quitan los tacones es porque algo raro va a pasar; una pelea, un hurto a mano alzada, o un escape. Si hay algo que he aprendido en esto, es que a las maricas no les gusta pelear con los tacones puestos.

Esa noche alcancé a ver a Wendy y a Violeta que se quitaron los tacones y corrieron por la iglesia de San Francisco de Asís, como alma que lleva el diablo. Una Toyota campero las perseguía a toda marcha sobre la calle Octava, por la biblioteca Nelson Garcés Vernaza donde habían visto horas antes de la persecución a unos tipos con pasamontañas vestidos de negro. Se escucharon dos disparos de una pistola automática de la marca estadounidense Smith Wesson que solo portan los generales en retiro del Ejército Nacional y uno que otro sicario del gobierno con licencia para matar maricas. Esa noche frente a la plaza del santo Francisco ninguna puta cayó, los tiros de la nueve milímetros, apuntaron hacia el cielo.

Clara encendió un Lucky Strike debajo del cobertizo del café la Palma y contempló el humo mientras fumaba.

         —Otro hijueputa atraco —mencionó el vigilante del parqueadero Plaza Central, al escuchar el estruendo de las balas.

Ningún atraco don Juaco, están matando putas en las afueras del monasterio, el viernes pasado, prendieron a tres hijueputas de esas ahí frente al santo de Asís, por andar mariquiando.

—Por puta muerta están pagando a los negros del río Cauca seiscientos mil pesos.

 

8

 

Las balas se llevan el ruido de la noche, ahora todo parece tranquilo y silencioso a excepción del rugido del motor de un motociclista que pregunta por el precio prohibido del placer a altas horas de la noche, cuando los demás animales de la sociedad duermen.

— ¿Cuánto cuesta un rato?

—Media hora cincuenta, una hora cien. Una mamada se la puedo dejar en veinte. 

y ¿dónde están las demás que nos las veo? —preguntó el motociclista.

—Muertas papi, un tipo las asesinó a todas, tan solo quedo yo mi amor, Clara la más bella de la noche, la puta más puta de este monasterio.

Clara se montó en la motocicleta, le dio una última fumada al pucho y tiró la colilla a un costado del sardinel con el borde del pitillo untado con la marca del labial. La moto aceleró y desapareció entre los caserones.

Esa noche las putas nunca más volvieron a la calle mocha del General Cabal. Unos dicen que las exterminaron a todas.

 

Voy por el boulevard, veo la cúpula del campanario, los crucifijos donde reposan las aves de rapiña. Me detengo en las veraneras del viejo paradero, ese hollín nocturno frente al río, que ruge sin aliento. A mi espalda brindan los poetas de mármol, con aguardiente: Llanos y Gamboa chasquean dos copas de cristal.  Voy llegando al final de la plaza de las palomas muertas, al templo de Asís.

 

En las afueras de la parroquia de Santa Rosa de Lima, bajo sus dos torres simétricas de cuarenta metros de altura, a un costado de la librería, mataron a Wendy, la última puta de la pandilla.  Los viejos —con pelos en las orejas—, ya no subirán más sus anteojos de pasta, mientras beben Clan Mac Gregor. Silvana no volverá hablar de fútbol, ni a sentarse en las escalinatas del teatro a contemplar el graznido de la noche, Bárbara no lucirá sus párpados de color fucsia, ni Wendy, arqueará su cuerpo con las manos en la cintura, desfilando una y otra vez, por el pabellón eterno de los muertos de la independencia.

Las putas no volverán a quitarse los tacones para correr a las espaldas del santo de Asís, que alberga con su armadura de mármol los casquetes vacíos de los proyectiles de las Smith Wesson que solo portan los hombres del Estado colombiano. Clara tampoco volverá debajo del cobertizo de color vino tinto a contemplar el cuadro del maestro Ravassa. Sus rostros al carboncillo serán solo sombras en retazos viejos de papel, guardados en maletas de cuero en viejos armarios o en bibliotecas públicas que nadie lee.

 

Las que dejamos de trabajar en la calle, no nos quedó de otra que encerrarnos, dejé el inquilinato donde vivía, y me fui otra vez a vivir donde mi mamá, me puse flaca, ojerosa, y con los días me diagnosticaron depresión crónica. Según el psiquiatra mi condición se debe a la incapacidad de concebir el sueño, el insomnio me llevó a sufrir trastorno de persecución. Me recetó benzodiacepinas, al principio, nada, náuseas, uno que otro mareo, pérdida del apetito y gastritis. Empecé tomando Ketazolam, luego Clonazepam, Valium, Dormodor, Rivotril y los efectos, empezaron a aparecer; serenidad, somnolencia, pesadez en la lengua, en los músculos, pensamientos discontinuos, ideas trocadas.

 

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