Ya no quedan más viejos por aquí
EDITORIAL CHANDLER
José Alejandro Vargas
Primera Parte
Si quiere leer la segunda parte de la historia suscríbase al blog y leea esta y muchas historias
José Alejandro Vargas
Primera Parte
Si quiere leer la segunda parte de la historia suscríbase al blog y leea esta y muchas historias
El portón está abierto de par en par.
Los locos salen.
“Quien va a morir está ya muerto y no
lo sabe”.
José Saramago
Un ensayo sobre la ceguera
Dígale al policía del 502, el amigo de los Ramírez que nos venda una
bala de revólver, a ellos siempre les sobran balas, bien sea, porque no
asesinaron a nadie la noche anterior, o porque guardan una como amuleto de la
buena suerte que cuelgan en el pecho, claro que yo, le soy sincero, con esta
tengo. Siempre es bueno mi querido amigo tener dos y no una, por si no se tiene
la suficiente puntería. Si las cosas salen mal, usted me remata. Me apunta
aquí, sobre la sien, si quiere cierra los ojos, para que no vea el desparpajo de
sesos pegados sobre la pared, mire le enseño, a Chela le he enseñado
varias veces a disparar, pero no aprende, meta el dedo y hunda el gatillo
hasta el fondo. Eso es todo. Empuñó el revólver con la izquierda,
los zurdos tienen mejor puntería, son diestros, matan con la derecha y con la
izquierda, se pasan el revólver de mano a mano, de dedo a dedo, apuntan y luego
disparan, con un ojo cerrado y el otro abierto, eso le escuché decir al dueño
del Teatro, que solo contrata sicarios que apuntan con la mano izquierda. Chela,
no fue capaz, ni siquiera de levantar el arma a la distancia del hombro, no
sabe matar, pero ha visto muchos muertos, casi los mismos que me ha tocado ver
a mí, cuando quiera le dejamos que hable, que nos cuente de uno en uno, los
muertos en las esquinas, en los portones, en los callejones sin salida, en los
mangones donde sembraron edificios de veinte pisos, echaron cemento y acabaron
con todo; lagos, quebradas, humedales con caimanes. Qué será de mis amigas,
trepadas en el solar de Luci o en el palo de mango, allá arriba, en lo más
alto, con sus crestas rubicundas, vos has visto una iguana de cresta rubicunda,
me pregunta Juan, que no conoce las iguanas, sí, las he visto caminar por los
tejares y por los barandales del balcón, bajo el destello de este sol que nos
calcina. No volvimos a ver iguanas, vos no las alcanzaste a conocer, estabas
muy pequeño y usabas unas camisas de dinosaurios, en los noventa, los dinosaurios
se pusieron de moda y salían en todo lado, viendo bien esta foto, que ya va a
cumplir no sé cuántos años, quedaste con cara de delincuente, que pecao la
carita que te tocó, pero eso no es culpa tuya, es culpa de tu papá, que tiene
cara de delincuente, bueno, y de tu mamá también, miráme, no, no, así no, como
si me fueras a atracar, no te han enseñado, vení te enseño; aquí atracamos con
la mirada, sin necesidad de sacar nada, retorcé la ceja, ponéla en curva y
achiquitá el ojo, no lo cerrés tanto, medio rasgado, eso, así está perfecto,
muy bien, tiene que ir aprendiendo, no sólo para ir a atracar, si no pa que se
defienda, de los que de verdad si atracan.
A las pobres lagartijas verdes de cresta rubicunda, las extinguieron,
las mandaron pal río Cali y las exterminó cualquier desgraciado de esos, que
conduce a mil por la avenida, ojalá se los coman vivos los sancudos, parientes
íntimos del muerto que hace milagros, el monstruito de los mangones, verdad que
ya no hay mangones, hay cementerios, donde chupan sangre los viejos decrépitos,
las iguanas no comen sancudos, son veganas, como usted y como yo, no les gusta la
sangre, ni el olor a muerto. Antes de que sigás con este desparpajo, porque
esto si es un desparpajo, a vos quién te dijo, que uno escribía sancudo con “s”,
hay sí nos llevó el hijueputa, qué dirá Guillermo Vargas, el tipógrafo de San
Nicolás, que no perdona un vocablo mal empleado, un pleonasmo o una muletilla
de esas que usan en su desparpajo los empresarios del teatro. Las pocas que
quedaron están sepultadas bajo este asfalto, donde estoy parado, por ahí, una
que otra resucita, emerge de la tierra y le da por asomar la cresta desde el
viejo samán.
Ya no es campana sobre campana —el villancico que tanto le gustaba a
Mercedes—, ahora es ladrillo sobre ladrillo, verán al viejo en la tumba, belén
(…) columna sobre columna, bloque sobre bloque, escala, sobre escala, belén (…)
balcón sobre balcón, ventana sobre ventana, hasta dónde infiernos iré a llegar,
hasta el cielo. Ese fue el sueño de la abuelita, y seguirá siendo el sueño de
muchos, llegar hasta el cielo, quién sabe si después de muerta llegaría, porque
en vida no soportaba ni un ascensor, ni nada que estuviera por encima de sus
rodillas, voló dos veces el mar atlántico y las dos veces que lo hizo, se
aniquiló el cerebro, con gotitas de Clonazepam, era la única forma de aterrizarla,
de atarla a esta tierra. Cuando se empieza a elevar grita: ¡Ahhhhh! Qué le pasó
a la abuela.
Está volando. Vuela y grita.
Cómo así que volando, si está echada. Hay muchas maneras de volar, y esa
es una.
Cuando uno se está haciendo viejo, empieza a elevarse de poquito a poco,
como un globo, hasta que se desaparece.
Es la única que se queja cuando vuela, yo vivo en el aire y entre más
alto mejor, ya voy en el piso quince, mire de hay pa bajo, si ve, que
precipicio, me faltan unos cuantos pa alcanzar lo que la abuelita en vida no
pudo:
El cielo.
Ahora seguimos hablando de las
alturas, de los precipicios —de esos que tanto me gustan—, ahora oigan, questo
si lo pueden oír, en las avenidas —principalmente esas que conducen al río—, camioneta
grande, chimbo pequeño. Chimbo es un sustantivo, por si preguntan, es una
palabra castiza, que en unas partes significa una cosa y en otras, otras; hay
lugares en el mundo que lo relacionan con los pájaros, el pájaro de Leonardo de
Vinci que Freud utilizó para referirse a la homosexualidad del genio, o de
Demian, el personaje de la novela, se me olvidó el nombre del alemán, el creador
del Lobo Estepario, que tanto leyeron los jóvenes de mi generación y que
también sueña con pájaros.
En las montañas de Bitaco, hay un árbol que se diferencia de los otros;
el Cachimbo, suena a chimbo, si lo han oído —los muchachos no oyen cuando les
hablan de árboles—, son galgos y altos como el Quijote, de corteza blanca y de
flor naranja, un naranja silvestre que se eleva entre verdes y guaduales, de
todos es el que más nos gusta a Carlos y a mí, nos pasamos la tarde buscándolo,
señalándolo entre ramales de tulipanes, cedros rosados y gualandayes, aquí ya
sembramos unos, en medio de nogales cafeteros, pa ver si anidan los pájaros que
vienen del norte y vuelven y se van, como Julio, que vino, dizque a comprar una
camioneta, de esas grandes que le prometieron los empresarios del nuevo márquetin, una Toyota, donde quepamos todos, muy verraco, casi que escribo
verraco con con “b” larga, con esta ya serían
dos, “zancudo” y “verraco”. La palabra verraco que aquí hemos asociado con la
virilidad, con el talante y el empuje de los hombres de esta finca, que no es
finca —es villa y a la vez cementerio—, no es otra cosa que un llorón, eso significa
ser un verraco, y si conjugamos el verbo; verraquear,
verraquearan, verraqueo verraqueando.
Gladis, Lalo, Tulia y Francisca, las señoras que nos criaron, decían y seguirán
diciendo a los muchachitos, que lloran porque el otro los descalabró, los
apuñaló, los rempujó por un abismo —líbralos señor de los precipicios—, rempujó
no se dice. No me jodás, ni me intentés corregir en todo lo que hablo, digo y
pienso, yo no tengo arreglo, soy como el árbol; torcido. Rempujó, sí se dice,
en ese librito que tengo hay, junto al nochero, ese rojo color desierto, de
hojas sueltas que nadie ojea, solo yo, porque lo he leído y releído, dice que
sí se puede decir rempujó, y que verraco no es un verraco, como la gente
piensa, no, verraco es un llorón y punto. Yo estoy muy viejo y puedo hablar
como se me dé la gana, vos no, porque sos joven e ignorante. A mi edad uno
puede atropellar lo que se atraviese —y lo que no se atraviese, pues también—,
dios nos dio ese don a los viejos, que pasamos de los ochenta vivo entre los
muertos o muerto entre los vivos; vivir después de los ochenta es estar muerto
entre vivos que se creen vivos y entre muertos que no creen que se han muerto.
Entre estos atropellos está el del lenguaje, ques lo que más me interesa
atropellar, porque no tiene arreglo, está enfermo y atropellado por “Raimundo y
todo el mundo”; me pregunta un muchachito, de esos que preguntan y preguntan,
parecido a vos, por qué la primer consonante de Raimundo va con mayúscula “R” y
no con minúscula “r”, la pregunta aunque no deja de ser tonta, es válida, porque
el Raimundo, que él y yo conocemos proviene de un refrán corto que dice; “raimundoytodoelmundo”, pero Raimundo es
un nombre propio, masculino, de origen alemán, aquí nadie se llama Raimundo,
sería una grosería de nombre, como todos los alemanes, lo más parecido en
español, es Ramón, como se llama el panadero; don Ramón —don Ramón por favor un
pan cacho, no hay pan cacho, hay Croissant—, en latín sería; Rachimundus o Ragemundus y en
inglés Raymond; no les he contado; conozco dos, desgraciadamente escritores,
todos los escritores son desgraciados, no conozco ninguno que no lo sea, el
primero es novelista, el otro cuentista, si les gusta el género negro del que
hemos venido hablando esta semana, después de leer acá, vayan y lean a Chandler
—antes no, porque llamo a lista—, y vuelven y me cuentan. Al menos se irán a
entretener, al fin y al cabo eso es lo que importa; entretenerse, o si no pa
qué lee uno; pa ser más culto, a quién le importa la cultura, la erudición —que
palabra tan fea, igual a los eruditos; feos—, aquí los mejores novelistas y a
los que hay que leer, son a los sicarios, no a esa cantidad de hijueputas, que
publican y publican libros; que las carticas, diciendo si si, o si no era
homosexual, que se la chupó al uno que se la chupó al otro, que le dieron por
el culo, en la esquina o en la estación férrea, que los manuscritos perdidos en
el baúl, de hace cincuenta o cien años, que las memorias del muerto, que aún
sigue vivo, esas sí que están de moda, que miedo desaparecer, vivir y no vivir
en el olvido da lo mismo, o del último texto inacabado que encontraron no sé
dónde y que nunca quisieron publicar, los sicarios, son los que mejor han narrado
este país, no le queden dudas de que Chandler y Chéjov antes de ser escritores
pues también fueron asesinos, es el mayor estado de evolución de un ser humano,
matar y luego contar el cuento, o la novela. Por hay tengo toda la obra del
asesino, busque bien, debajo, o encima de estos, nada, de seguro se la robó
Juan y la cambió por marihuana en la universidad, allá donde fueron a parar
todos mis libros —gloria a dios—, en un tal Banderas. Yo le hablo a los muchachos
de Banderas y se ríen, sueltan la carcajada, pensarán que soy marihuanero, como
ellos, y sí, entre marihuanos nos entendemos, cuando me invitan voy con Juan y con
María Paula, vamos los tres y nos fumamos de a cacho, cada uno, hay sentados,
en el teatrino, del tal Banderas, o en el lago de las garzas, a ver las iguanas
de cresta rubicunda.
A Juan le preguntan los estudiantes; Oíste parce, por qué no has vuelto guevón
con el abuelo, porque está muerto —responde el desgraciado—, ahora entiendo por
qué cuando voy por hay caminando, por la Ochenta o por la Cien, la cera de la
universidad, que está lleno de gualandayes y de acacias brasileras de flor
amarilla, uno que otro muchacho se me acerca, me mira, se detiene y me
pregunta; Usted no estaba muerto, yo le respondo que sí, que sigo muerto, vine a
escribir mis memorias, pero ya vuelvo y me voy, ando de visita, visitando a
unos parientes, que también están muertos y no se han querido ir.
Los muchachos salen corriendo, al otro día el malnacido de Juan llama al
apartamento.
Abuela, Luís anda en la calle asustando a la gente, no lo dejés salir
por favor.
Cómo asustando.
Les dice que está muerto.
Y no es verdad pues. Luís está muerto, al menos eso es los que se la
pasa diciendo.
Ustedes saben qué es Banderas, yo hablo de Banderas y ustedes sin saber
qué es.
Banderas es el sopladero de los profesores, de los decanos que a la vez
son jíbaros; venden bazuco y bazucas, por si necesita derrumbar un puente —como
Orestes—, o un edificio de veinte pisos como el que derrumbaron esta semana, o
una estación de trenes; verdad que no hay
trenes —Colombia es el único país del mundo, que no tiene trenes—, o sí
tiene, pero no andan, eso y nada es lo mismo, están parqueados entre rieles y bosques
de millo, tampoco tiene motoristas, los pocos que quedaron, murieron de viejos,
las vías férreas, se las fumaron, igual que el hotel, el Teatro y la catedral
del parque.
Qué cómo hicieron, no sé, déjeme
yo pregunto mañana cómo se robaron la carrilera que pasaba por la Veintiséis y
la Carrera Octava, y vengo y les cuento.
Ahí en Banderas la marihuana se
cambia por libros; por Hegel dos baretos, por Kant, lo mismo, Marx un poquito
más; tal vez tres, de los gruesos, cuántos entonces por Shakespeare, por la
colección completa, voy a preguntarle a Juan, cuántos le dieron, bendita seas
marihuana entre todas las yerbas que apareces y desapareces a tu voluntad los
pensamientos y los libros de mi stand. El bellaco éste se me fumó la
biblioteca, libro eres y en humo te has de convertir. Cuál es el otro Raymond, me
pregunta la vecina, que quiere bautizar al nieto y piensa ponerle dizque
Raymond, el nombre nunca lo había oído, ni leído en ningún lado, la hija le
dijo; ma, andá donde ese señor del frente, y decíle que te dé un nombre de esos
escritores extranjeros, pa ponéle al niño, andá, que es una buena causa, que el
niño tenga por lo menos, nombre de escritor y no de futbolista, Jerson o Jeison,
como piensa ponerle el desgraciado del papá, y en esas llegó, cuando estábamos
hablando de don Ramón, el panadero, donde supiera que Raymond no es el Raymond
que ella cree, es Ramón, sale y se va, porque nadie querrá ponerle a un
bebecito que recién llega a este mundo; Ramón, qué culpa tiene él de llamarse
así, señora se me olvidó, vivo en el olvido —que va entender ella que es el
olvido—, que tal que le hubiera dicho que el segundo nombre, que no es nombre,
si no apellido; es Carver, es tan bruta, que le pone Raymond Carver al
muchachito.
Sabés qués lo primero que voy a hacer ahora; pedirle la camioneta a
Julio, cuál camioneta. La que compró con las monedas; y usted si sabe manejar,
no, nunca he manejado nada, soy pésimo conductor, igual da, pa lo que la
necesito no es necesario saber, o usted qué creyó, que los que compran estos
carros saben de algo, no saben si no acelerar, yo también la necesito pa lo
mismo; pa acelerar, y por hay derecho atropellar gente, ojalá la camioneta sea
grande, cuatro por cuatro, de vidrios oscuros pa que no reconozcan quién los
embiste, quién los pisa y los aplasta contra este pavimento hirviendo del medio
día, donde mueren las iguanas de cresta rubicunda, los gatos, las palomas de
San Francisco y los perros del Calvario.
Subíte hay, pa que de una vez saldés esa deudita con la vida; cuál
deuda, yo no tengo deudas, eso es lo que vos crees, uno no se puede morir sin
haber matado a alguien, con dositos que matés está bien, menos no.
Oí a éste, no que querés escribir novelas, no podés escribir la primera
línea de una novela, sin antes, haber matado a alguien.
Dejá el miedo y montáte, que por
eso estamos como estamos; jodidos.
Llevamos a Chela.
Sí, pa que pierda el miedo, y de una vez por todas, aprenda a matar, a
ver si hunde ese bendito gatillo como le enseñé, con la derecha o con la
izquierda.
No llore papito que usté es un verraco. No falta el malnacido que me
diga que verraco es un toro, que llaman en España, aquí desde hace mucho tiempo
dejaron de importarnos los españoles y toda su cultura macabra, como también
sus toritos de lidia y su paso doble con sus trompetas demoniacas, que aturden
los domingos por la mañana este viejo edificio de veinte pisos. Verraquear,
hace alusión como ya lo dije; a llorar, sería un pleonasmo muchachos, decir en
la misma oración un vocablo innecesario; no
llore papi que usté es un llorón. No tiene sentido, como tampoco la gran
mayoría de frases y oraciones que repite Anna, Mercedes, Chela, Laura y
Victoria —me faltaron los muchachos, que no sé dónde andan—, que hablan sin
pensar, nunca pensaron, tuvieron mucho tiempo en qué pensar, porque ninguna fue
a la universidad, a esos antros de mierda a los que sí asistieron Germán y
Álvaro y vea en lo que quedaron; en unos pinches profesores de colegio, quién
los mandó a no estudiar.
Gabriela, la hermana menor de Mercedes y la más inteligente de todas las
mujeres de la casa, la tía loca, nunca se casó, ni tuvo hijos. El papá, un
señor de apellido Londoño, ingeniero industrial, Ministro de Educación en
Colombia —dónde más, se es ministro de educación, siendo ingeniero—, la
matriculó en la facultad de ingeniería, pero nunca entró a una clase de
ingeniería, decía que los ingenieros eran tipos muy brutos que se las daban de
inteligentes, porque andaban parriba y pabajo con calculadoras desafiando la
lógica del mundo, pero no tenían de nada qué hablar y para Gabriela, lo más
importante en la vida, fue el lenguaje y la poesía, por eso nunca tuvo novio,
ni amante, odiaba los besos fríos de los matemáticos y el aliento a circo de
los ingenieros, que nunca aprendieron a besar, duró cinco años fumando
marihuana en Banderas y escribiendo poesía a los yarumos del bosque, al
atardecer, a la oscuridad y al silencio, las últimas conversaciones que le
alcancé a escuchar fue con Mercedes, unos días antes de que la internaran en el
pabellón de los locos, la una estaba sentada en el balcón con un pucho en la mano,
casi que quemándose los dedos, y la otra, en el rincón del cuarto, cosiendo con
mis anteojos redondos de pasta amarilla, los que te ponías en las
presentaciones de teatro, imitando al viejo decrépito y fanfarrón de Jorge Luis
Borges, que nunca existió, estudie mijo pa que sea alguien en la vida, decía
Mercedes, y me agarraba la malparidéz. El hecho de haber nacido significa ya,
ser alguien en esta puta vida, otro pleonasmo.
Dónde más se es alguien, si no es
en la vida.
Y, como si fuera poco, hay un
posesivo gramatical, que nos priva, nos sujeta y nos limita, no está bien decir;
“nuestros” porque nada nos pertenece,
ni siquiera la vida —que no es nuestra—, que se va y se va por esa borda y
nunca más regresa.
Hay Gabrielita por qué te moriste sin darme copia de tus apuntes, los
quemastes todos, o los echastes al mar oscuro del Pacífico, donde también
navegan los desaparecidos, no dejaste ni uno de los escritos que hacías a mano,
o de los poemas que declamabas en el redondel de Banderas, junto a los
estudiantes —que preferían a una loca en el teatrino y no a un ingeniero con doctorado
en su mausoleo—, ni las cartas a tu padre —que tampoco leería—, ni los ensayos
de “Enfermedad y Literatura” que
tantos años dedicaste, fuiste egoísta con el mundo, porque el mundo también lo
fue contigo.
Volviendo al posesivo: Seguimos pensando después de tantos años de
lucha, de dolor, de engaños, de muertes, de ideologías sanguinarias, de
persecuciones, y de jerarquías, que todo es nuestro, que todo nos pertenece, y
no. Mire como tenemos esto, por creer ques nuestro.
Nuestro país. Nuestro continente. Nuestro universo. No nos pertenece
señores, devuélvanlo todo, principalmente ese pedacito de tierra que le
corresponde a cada colombiano, y la cadenita de oro que le robaron a Mercedes
en la esquina del teatro por ir a ver a los empresarios.
No digan nunca más; mi mujer, mi esposo, mis hijos, mi amante, mi novia,
mi corazón, mi perro, mi perra, mi loro que se voló y no volvió, mi gato que lo
mataron.
Olviden el posesivo; “nuestro” y
olvídense a sí mismos.
Ustedes quieren saber cuál es el verbo más hijueputa de todos, creo que
se los prometí, yo prometo muchas cosas, pero nunca cumplo, no sé si es por
olvido, o porque soy muy distraído, de igual forma en algún momento se los
diré, no sé si acá o allá afuera, donde le gusta a Gabrielita, trajeron
marihuana muchachos, no, entonces quedémonos aquí, juiciecitos hasta que el
timbre suene y tengamos que salir corriendo, como alma que lleva el diablo; ahí
está, quién, cómo que quién; el verbo, el que les prometí —ya lo olvidaron o es
que se están haciendo los guevones—, véalo hay, en gerundio, conjugado; “Corriendo”.
El conocimiento se convirtió en sinónimo de velocidad, al menos aquí es
así, en todas estas facultades, dizque de “educación
superior”, no sé superior por qué, a quién o a quienes superaron, o a quién
superé yo, con tres carreras inacabadas, a los que se quedaron en la marcha
lanzando bombas, quemando puentes o matando empresarios, espérenme muchachos,
que ya voy en la camioneta, atropellando gente.
Aquí y allá siguen y siguen estudiando carreras, por eso no piensan, no
les queda tiempo, tampoco espacio, pa una coma, pa un punto en el camino.
Qué carrera es que estudiaste vos.
Ah sí, verdad que ya me habías
contado, la que estudian los vagos, los desertores y los guerrilleros, la
guerrilla está llena de letrados, pero ninguno sabe leer.
Literatura. Cierto. No
terminaste.
No. Me mamé de correr y me fui pa
la montaña, sin plata y sin libros.
Uno pa qué libros en la montaña, no los necesita, los libros son pa las
ciudades, pa los citadinos y pa uno que otro profesorcito, que se sienta a
tomar tinto de diez mil y a presumir que lee, los campesinos —de verdad, no los
disfrazados de Juan Valdez—, los que yo conozco, de sombrero y machete, no
necesitan libros, porque hay pájaros y árboles, con los cuales uno se
entretiene, a diferencia de esto acá, que no se sabe pa dónde mirar, si pal
techo, o pal frente —ni riesgos de mirar pa bajo, dan náuseas—, donde el
vecino, que también anda en las mismas, mirando por la ventana el bloque blanco
lleno de barandales, también blancos; se irá a tirar o lo estará pensando. Los
libros se los fumó, de los tantos que sacó, estoy más que seguro que leyó tan
solo el título y la solapa y eso pa tener de que hablar con María Paula, que sí
me consta, es una gran lectora.
Ma, yo me siento muy cansado —con esas le salió a la mamá—, dizque
cansado, uno con veinte años.
Sigan corriendo y veraz, que de los treinta, no pasan. Pero el cuento no
se acaba ahí, no, el muchachito dijo que no quería trabajar en nada, que tan
solo quería pintar y fotografiar pájaros, ese sería su oficio, el único, fotógrafo de pájaros, así pone en todo
lado; profesión: Fotógrafo de pájaros.
Cuando fue a la embajada americana a renovar la visa, un gringo
malparido, parecido a Donald Trump, le preguntó; What is your profession sir... Juan.
Fotógrafo de pájaros.
Desde hace unos meses anda en busca de un tucán de pico amarillo que
anida en lo alto de los farallones, y para poderlo retratar como quiere, debe
internarse en la montaña si quiera unos quince días, ahí está alistando el
morral y el equipo de campin, no creo que dure los quince días, al cuarto ya se
querrá devolver.
Yo no sé qué locura se inventaron —esto también se lo aprendieron a
Gabrielita, estoy completamente seguro—, demandaron al gobierno por daños y
prejuicios, el argumento de la tutela, consistía en justificar que Juan empezó
a perder el juicio a casusa de la guerra.
Se presentó como un paciente con trastorno afectivo bipolar, maniaco
depresivo, con una fuerte tendencia a la paranoia y a un delirio de persecución
que le impide conciliar el sueño, no sé qué más cosas habrán puesto, sé que hay
más, porque estaban enumeradas en una lista del uno al diez, el proceso, duró
tres años —lo que duró su estadía en la universidad mientras estudiaba filosofía y letras, otra profesión en
desuso, qué vamos hacer con los filósofos, que andan sueltos, meterlos al
calabozo—, el gobierno le otorgó una pensión de por vida, ahora, se dedicó
andar las calles como si de verdad estuviera loco, va a la EPS igual que los
otros locos y reclama la droga, después de reclamarla, pueden pasar tres cosas;
la primera es echarla por el sanitario, la segunda es regalarla a un loco, que
no se ha dado cuenta que está loco, pero que le gusta vivir en el mundo de los
locos, y de esos hay muchos por aquí, yo diría que en cada esquina. Muchachos,
quieren medicina —les dice Juan y los locos como él, arriban como palomas—,
tengan pues, de uno en uno, pa no hacer reguero, hagan fila que tengo de sobra
y a todos les voy a dar.
La tercera opción, cuando no las
echa por la cisterna y no encuentra a los dementes, bien sea, porque andan en
el bosque o están presos en el calabozo o atados de manos y pies con la camisa
de fuerza, se las traga todas y empieza la función estelar.
Caminar y caminar, como loco
nuevo, por estas calles vacías, ausentes de locos, con un carnecito que lo
identifica como paciente tipo uno, desconozco la numeración y también el color
de las manillas con las que hay veces llega, si no estoy mal, son tres; una
amarilla, otra roja y la otra azul, como la bandera y todas dictaminan lo
mismo; que estás loco, indiferentemente del color.
Hablan y hablan, aquí si deberías usar la palabra desparpajo, quitá la
de allá arriba, la de los sesos pegados en la pared y dejá esta, que si tiene
relación. Ambas tienen relación, acá también le destapamos la cabeza y le
volamos bien lejos los sesos. Cómo qué a quiénes.
Pues a vos —por preguntón—, a quién más, y a esos que están haciendo
fila pa entrar.
De verdad son tantos.
Sí, se ve mucha gente.
Y qué les iré a decir.
Hablás vos.
Sí —yo soy el conferencista—, y los personajes de esta obra, que empieza
a las seis, cuando ya han soltado a los locos que merodean por las calles de
Cali. No voy a decir de dónde, pa que no me preguntés, porque no sé de qué
manicomio los soltaron, solo sé, que aquí han de llegar, con el nudo de la
corbata recién apretado, son muy puntuales, quién les enseñaría a ser tan
puntuales.
El
capitalismo.
A esa hora, también llegan las amigas mías, las puticas, que se pavonean
con las tetas afuera, a la entrada o a la salida del teatro, mientras yo llego
o salgo y nos fumamos un bareto, regaláme cinco mil —me dice Irene—, pa unos
cigarrillitos. Andá comprálos y regalále estos diez mil a Claudia, que no la he
vuelto a ver.
Ni la volverás a ver, porque a la pobre, la mataron anoche, de una bala perdida.
Esperáme, no te vas, yo entro y hablo, no sé de qué, pero hablo, y
vuelvo y salgo.
Las putas no entran al teatro, no les gusta, son más inteligentes que
vos, que los empresarios, y los novelistas —que no son inteligentes—, tan solo
esperan en la puerta, mientras fuman y charlan con el portero que tampoco le
interesa la comedia de los encorbatados. El turno ahora es para los nuevos
empresarios, que les dio por incendiar edificios, teatros, catedrales y
hoteles, para que evacuaran y salieran corriendo como ratas, a robar en las
esquinas, y en los barrios, cambiaron la modalidad del asalto, dejaron de robar
con pistola, en el bus, donde siempre habían robado, ahora los asaltantes,
roban a domicilio, todos los días van armados, con una maletita de cuero, en
forma de portafolio, llegan al café la Esperanza, el de la esquina, que tanto
le gusta a Julio, se toman un tinto, prenden un cigarrillo y se van pal Teatro,
a pie, caminan unas cuadras, por la Avenida Sexta Norte, en sentido norte sur,
es el único Teatro que hay por la cera izquierda, los demás los incendiaron y
los volvieron humo. Este también estuvo dentro de los candidatos, no lo
quemaron, lo convirtieron en la sala de operaciones, cambiaron sillas y el tono
vino tinto de las cortinas, el cuero de las poltronas y la alfombra.
Hace unos años lo cerraron y lo
volvieron a abrir; pa las charlas o conferencias —los conferencistas más
importantes del mundo están aquí; en la miseria—, no es primer vez que en los
teatros roben, no, eso ya es cuento viejo, siempre han robado, hay que
refrescarles la memoria, a los que nunca han entrado, o a los que no conocen el
teatro, por dentro o por fuera, de maneras diferentes pero han robado, y robo
es robo, no importa cómo, pa eso fueron diseñados, pa aglomerar gente, e
ilusionar pobres, a usted ya lo robaron —qué está esperando, vayan que ya no
hay cupo—,
tan solo cambia la escenografía y
los personajes, se turnan, bien sea, pa hablar de Cristo, de plata y de libros
—como este que voy a presentarles esta noche, no sé a quién o a quiénes; si a
los jóvenes, que me odian, o a los viejos, que también me odian, el sentimiento
es mutuo, no se preocupen—, ahí está el vacío de una sociedad huérfana —ausente
de chimbo—, traqueta, desorientada y carente, que nunca ha tenido nada más que
balas, y camionetas grandes.
Tanta noticia alarmó a los dueños de las mal llamadas; “empresas grandes” —acuérdense que le
estamos haciendo una apología al tamaño
mis queridos compatriotas—, a los inversionistas extranjeros que se largaron
con el pretexto de que esto aquí era muy peligroso y sí, razón tenían —o
tienen, porque se siguen largando con los bolsillos llenos—, esto es muy
peligroso y en nada ha cambiado. Los nuevos, los que quemaron los edificios,
amenazaron a los viejos, o se van de aquí, o los quemamos malparidos.
A los viejos no les quedó de otra
que irse; pal cementerio, pa la villa, o pa los edificios; a morirse junto a
estos anturios que cuelgan del barandal.
Empezaron —como ya les había contado— quemando edificios, los pocos que
aún quedaban, los incineraron esta semana; “Durante
la noche de este lunes derribaron el último monumento de una ciudad que de
ahora en adelante dormirá sin sus fantasmas”, encontré estas dos líneas en
el periódico, en la sesión de crónicas, junto a otra oración que prefiero
omitir, por algo quizás de cacofonía, y mala redacción, cuatro palabras mal
empleadas terminadas en o, dos de ellas en do, erguido y encendido, el adjetivo erguido, es innecesario, los monumentos siempre están erguidos, de
lo contrario, no serían monumentos, no conozco ninguno que no lo esté, o usted
sí.
El trasfondo del periodista, tal vez fue ese, quería parodiar el género
informativo y lograr captar la atención del lector, de un lector frívolo,
escueto que no le interesa la poesía en el texto informativo, pero las
noticias, al menos estas, hay que colorearlas bien —tranquilo que yo lo
entiendo, no se preocupe por mi crítica—,
pa poderlas contar y que el golpe no sea tan directo a la razón, no sé
si lo haya logrado con este tipo de lectores, conmigo no lo logró, tampoco el
poema del suplemento —terminado en un gerundio fatal—; “Los Monumentos”, que escribió un muchacho de apellido Valencia;
“Punzada tras punzada/
desnudos/
fueron cayendo/
ante la urbe
engalanada.
A los viejos, no les quedó de otra, que correr hacía la montaña, cómo Juan —que no es un viejo, es un joven de
veinte años que vive y piensa como un viejo, como Anna y Laura, allá están las
dos viviendo de ilegales en los Estados Unidos—, con el portafolio debajo del
brazo, yo nunca usé portafolio, Juan tampoco, el portafolio de Juan, son las
mochilas, las que usan los indios de la Sierra. Yo no fui de esa generación de
desterrados y limosneros que se vinieron del monte a mendigar a esta ciudad,
los de ahora siguen en lo mismo; disfrazados pidiendo monedas, así ellos digan
que no. Los de ahora y los de antes no han cambiado mucho, son réplicas,
estampillas sin bigote, quizás lo único en lo que han cambiado; el bigote, los
jóvenes no usan bigote, bien sea o porque son lampiños o porque no les gusta
llevar bigote, al único muchacho, que yo conozco, que lleva bigote se llama
Javier, éste no es empresario, no vayan a creer, tiene nombre de empresario,
pero no lo es, es amigo de Juan, y si es amigo de Juan, no es empresario, los
odia, es antropólogo, una profesión muy extraña, yo le pregunté una vez que de
qué iba a vivir, y me dijo, que de lo mismo que viven los poetas; de los
muertos.
De los muertos, vivimos todos.
Quién sabe aquí —con tanto desaparecido—, el por qué habrán cerrado las
facultades de Antropología.
No las cerraron, las quemaron.
Fue tanta la gracia de ver a Javier con bigote que le volví a preguntar,
esta vez nada de Antropología; le pregunté por el bigote, me respondió que era
una campaña contra el cáncer de testículo, no sé si me estaba tomando del pelo
—que no tengo—, o era cierto. Uno nunca sabe cuándo habla en serio, yo creo que
nunca, pero a mí me basta con eso, escuchar hablar gente que no sea seria, los
serios me aburren y los de corbata pues también, no les creo nada.
Con eso tuve pa no volverle a preguntar.
Luís el bigote no es una campaña
de testículos, es una campaña sobre los monumentos caídos.
Otra vez el verbo; correr; “a
los viejos no nos quedó de otra, que salir corriendo”, qué será que quiere;
ejecutarme, y cómo, de un ataque o de un delirio, de esos que llaman —no sé si
ahora o siempre; habrá que preguntar, a quién, al psiquiatra que se quedó
dormido junto al escritorio o al psicólogo que está encerrado en su laboratorio
de ratas—, delirio de persecución; no es un delirio, es real, el delirio lo
inventaron los criminales de bata blanca, pa encubrir la violencia, como una
acción irreal, distante. La persecución no es un delirio; es una realidad
quejumbrosa que opera de manera directa en la serenidad de los ciudadanos; no
más delirios de persecución. No los soporto, me da por caminar, de sur a norte,
o al revés, de norte a sur —por el teatro—, ques donde más se pierde uno, hacía
el sur, hacía las montañas, donde se perdieron todos.
Aquí los noticieros, son expertos
en el arte de la exageración, de la parodia, del hipérbaton, que también lo mencionábamos para referirnos a las
calles con entradas pero sin salidas, o a los puentes sin escaleras, no me
acuerdo cuando se los dije, si fue hoy o ayer al mediodía, o nunca, porque lo
pude haber soñado, como todo lo que escribo hablo y digo.
Volvamos al aquí y al ahora como
dice el humanismo. Los noticieros hacen parte de la ciencia ficción —tragedia
sin comedia no vende—, Hollywood aún, no los ha podido igualar, están buscando
alianzas para filmar películas con actores Norteamericanos. No se le haga raro
encontrarse a Sylvester Stallone, y a éste por qué fue que le pusieron
así; dizque Silvestre, será que ya sabían que lo iban a mandar pa acá; pa la
jungla o pa esta montaña a tomar tinto —endulzado con panela y ceniza, si lo
han probado, que lo van a probar, si no toman sino café en Juan Valdez—, a
degollar a Tiro Fijo —verdad que ya lo mataron— o, a tirarse por una de estas
ventanas, pa evitar un suicidio, o tal vez y por qué no, en rescate de un
secuestro, eso sí que les encanta; liberar secuestrados, son los héroes de la
libertad, viven con claustrofobia.
Hay vamos, eso sí, mejorando en la industria del cine y de la
televisión.
Estos empresarios no soportaron esto aquí —se acuerdan que les
dije—, a ver qué fue lo que les dije: El verbo que putió todo esto se llama; correr, muy bien. Salieron corriendo, las
empresas no, los empresarios. Después de que las quemaran, quedaron sepultadas bajo
arbustos que no paran de crecer por sus edificios esqueléticos, incinerados,
albergue de bazuqueros y gatos que asoman sus bigotes por la hendidura del
portal, de los agujeros, por donde entran y salen los despavoridos, dan dos
pasos a la deriva y vuelven otra vez a sus vestiduras, lejos de la humanidad,
igual que el bazuquero, el travesti, la puta y el marica, me faltaron otros,
dejémoslos en paz, en los albergues nocturnos, de las iglesias, de las
plazoletas con lucecitas amarillas que encandilan el sueño intranquilo de los
desterrados.
Miremos los cementerios aportas también del colapso, porque ya no hay
donde echar tanto muerto —o sí, uno encima de otro—, de los colegios ni
hablar, desangrados todos, fíjense en el carro de los rectores, de los
decanos —el símil no es tan lejano, las universidades también son colegios y
guarderías, que propagan la estupidez humana y el facilismo colectivo de la
sociedad—, que ante la impotencia de poder, porque las masas siempre
ganan y el poder no lo tiene uno sino varios, que acorralan y arremeten al más
débil —al docente acorralado ante la pizarra, y ante la sombra de un poder
esquizoide que direcciona pero no acompaña—, súmele a esto; ausencia de
poder; ausencia de pene. El tamaño sí importa; influye y perturba. Reitero,
ante la ausencia de poder mayor es la finca, el apartamento, la casa o la
camioneta cuatro por cuatro, preferiblemente Toyota, para atropellar mejor, a
los de a pie. Cuidado los mata el campero de Julio por el despeñadero que anda
sin frenos y sin dirección alguna —paguen escondedero, hagan retenes
señores policías y retengan a estos descarriados—, o cuidado los mata
Chela de un balazo; verdad que no sabe disparar, peor, los que no saben, matan
sin querer, apuntan al cielo y disparan, en la esquina cae el muerto, como
mataron a Irene, de una bala perdida. Un sicario no debería ser un bandido, ni
un delincuente, bienaventurados amigos, reguladores de esta especie, que
silencian el dolor y acallan para siempre el grito esquizoide de la vida.
Sigamos echando el cuento, porque aquí los días son los mismos, por eso no
recuerdo que cosas sí, y que cosas no les he contado, pero hay vamos, como dice
Mercedes; “jodidos pero contentos”.
Todo empieza con una taza hirviendo de café, agreguémosle a esto, un par
de cigarrillos —unos Pielrojita que fue los que encontré por hay en el nochero,
de quién habrán sido, de Juan, el único que compra cigarrillos Piel Roja, pa
desarmarlos—, habrá que especificar dónde vive uno, será necesario.
Sí, el psiquiatra me hace un
gesto afirmativo con la mano en el mentón, al fondo, a la derecha, debajo del
aire acondicionado que ventea los tres o cuatro lánguidos pelos de su cabeza,
verde y cadavérica.
Luís vos dónde vivís; en un apartamento o en una casa —cómo si
importara—. Qué quiere saber, la longitud de mis pensamientos o la extensión de
mis ideas —psicóticas todas, por supuesto—, reducidas o ampliamente dispersas
en una longitud vertical, transversal, u horizontal.
Chela —ya que éste me pregunta—, dónde estamos; en la casa de Anna, de
Julia o de Mercedes, o en esa finca, la que queda subiendo y subiendo; por el
Saladito, por la Elvira o por la Vieja, esa carretera perdida en la montaña, que nos lleva al mar, y que ahora último, dejaron
de decirle finca, ahora le llaman dizque villa, sí sabías, no, ya no es finca:
Es Villa de las Mercedes.
Apunte pa cuándo le toque ir, no se pierda y quede por hay en pena, como
don Roberto, penando por estas calles, sin cementerio y sin tumba.
Qués una villa, una villa es un
cementerio, un asilo de ancianos o un remanso de paz —sobrará decir amigo mío que
es de paz—. Los remansos y las villas las usan mucho los seguidores de cristo, y,
los ancianos con trastorno bipolar, y también los maniacos depresivos, y los
neuróticos paranoicos, y no sé qué más calificativos emplear en esta jerga
etílica del psiquiatra, que habla y habla, cada vez peor. Líbrame señor de las
malas lenguas, que de las otras, las que hablan los mortales me libro yo.
Fue hace muy poco que empezaron a utilizar el término; “retiro”, los retiros, también son
encierros voluntarios, se retiran de la urbe claustrofóbica, monótona y despiadada;
huyen del encierro hacia otro encierro, ya ve, no, sigo sin ver.
Ver es una cosa y entender es otra, son verbos, connotaciones
diferentes, usted podrá ver, pero no entender un carajo de lo que yo le estoy
contando, es la peor ceguera, acuérdense que hay varias, según el viejito de
gafas que también se murió esta semana: Don José, el novelista.
Ahora entiende el por qué este señor de cabeza rapada y bata blanca, que
no hace más nada que ventearse los pelos lánguidos de su cabeza, hay junto a
ese aparato que ventea, me pregunta y me pregunta; si vivo o no vivo; en un apartamento,
o en una de estas casas de balcón y solar por donde asoman las crestas
rubicundas las lagartijas verdes que aplastaron los desgraciados en la Avenida,
o en la villa —no, en la villa todavía no—, no le conviene, que me cuelguen del
samán, él me necesita acá, pa preguntarme; si vivo o no vivo, si voy o vengo,
si pienso o no pienso, si escribo o no escribo, si me masturbo o no me
masturbo, si sueño o no sueño, si deliro o no deliro, si leo o no leo, el
pobrecito éste, no tiene de qué hablar y yo lo compadezco; por eso pregunta por
preguntar, como la gente, cuándo no tiene de qué hablar, le da por preguntar,
así es en la buseta, por eso dejé de andar en bus, esto cruza o sigue derecho, yo
que voy a saber, acaso yo soy el que va manejando, en el parque; que hay don
Ezequiel, qué hay de qué, pues de usted, véame hay, yo no soy Ezequiel, soy
Luís, o en la misa —porque del teatro no pienso volver a hablar, ya me
amenazaron; o te callás viejo hijueputa, o te desaparezco, no se preocupe por
desaparecerme que ya estoy desaparecido—, usted es viudo, preguntan las viudas cuándo
el padre habla.
Su nivel cultural es muy bajo, no lee, al menos no, los libros que yo acostumbro
a leer —no me preguntés cuáles; los que te me fumaste, en Banderas con Gabriela
y María Paula—, y qué me tiene entre otras cosas, prohibidos, porque los
considera nefastos para el alma y la razón.
Pa dónde es qué vas.
Pa un retiro, y eso dónde queda, lejos, muy lejos de acá, y es qué uno
se puede retirar.
De qué.
Del mundo.
Cómo hace uno, pa retirarse de este mundo. Esto no me lo responde nadie —ni
siquiera usted, que ha leído todo esto y sigue hay, sin ganas de irse—, es lo
que siempre he querido, retirarme de este mundo y véame, llevo más de ochenta
años intentándolo y no he podido.
Volvamos a la villa —donde están los retirados—, como no tiene
portón, colgaron el nombre de Mercedes a un samancito joven, hay junto a la
entrada —y el mío, dónde lo irán a colgar, en la palmera, o allá donde anida el
carpintero—, qué se iba a imaginar el samán cargando el nombre de una muerta,
cuál mausoleo fuera.
Quién sabe si están los perros;
Polo y Kira o ya los envenenarían, o los mataría un camión, por hay no pasan
camiones, pasa el tren, que viene o va, desde o hacía al mar. Ahí abajito en
esa curva que se pierde al cruzar en la montaña se ve la carrilera, mire y
verás, al fondo hay un tulipán de flores anaranjadas, siempre está florecido. Anna
mira y señala el tulipán, allá, si lo ves, sí. Anna como todas las tardes espera
el tren, el sonido entre rieles que acallan la montaña y la aguda bocina
perdida entre despeñaderos. Será que no sabe que se robaron los rieles. Quién
sabe, a lo mejor le habrán contando los Rocero, que todo lo saben y todo lo
cuentan.
Anna espera en la butaca el
cantar de la bocina entre pinos y tejares.
¡Ahí viene! corré que hay viene. No es el tren Anna. Es el bus que llegó
a Bitaco.
Luís, Luisito despertá, que no te
has ido todavía pa ninguna villa, estás aquí; en el apartamento, en tú
apartamento. Ya no sé ni dónde vivo. En la finca —que no es una
finca; es villa—, fumo y fumo Pielroja, el del indio americano ques tan rico,
dulce como la yerba. Me recuerda a los viejos de este barrio, muertos
todos —ni más faltaba que estuvieran vivos—, sentados en los muros de la estación,
cuando fumábamos yerba, cigarrillitos armados con la sutil destreza de Carlos, el
biólogo, de Juan, el primo que secuestró la guerrilla, de Patillas, el flaco Care
Muerto y de Daniel Castaño —el último difunto, lo mató el bazuco—, eran los
mejores arquitectos de baretos que he conocido —ojo y vista, de baretos, no de
casas, ni de calles, ni de puentes, ni de iglesias—, eran baretos raperos, que aspirábamos
hasta el cansancio, y luego nos desinflábamos de humo, quitando las hebras
vegetales que quedaban en los labios con la lengua, quién fuma rapea y lleva el
ritmo sonoro de las palabras, de las frases elocuentes que nunca volví a
escuchar en los simposios de literatura —a los que iba con Mercedes—, ni en las
charlitas estas, de los mal llamados nuevos empresarios que hablan y hablan —pero
no dicen nada— en el Teatro de la Avenida Sexta Norte, junto al café la
Esperanza, que será de esos poemas y de esos cuentos sin principio y sin final que
iban saliendo al viento, sin control alguno, susurros clandestinos, perdidos
entre vagones y rieles, entre columnas y ventanas que conducen al olvido y
entre pasajeros como Anna que aún esperan el tren que los trajo de la montaña,
era el sonido orquestal de las palabras, de la jerga multiforme, quien ha
fumado entenderá de que hablo, quién no, vaya fume y rapé a la velocidad del humo.
Qué dirán de vos, tan viejo que estás y corrompiendo a estos muchachos.
Eso también decían de Sócrates.
Por eso lo mataron.
A vos también te van a matar.
Ojalá.
(…)
Favor que me harían.
Los jóvenes no tienen futuro, no lo tienen, porque no existe, es
intangible como dios, como usted, que tampoco existe, como yo, que no soy yo,
soy una réplica del pasado, un murmullo difuso, personificado en palabras y
acciones de otro, y de otros, que también se han repetido como sombras difusas
de un país que intenta vivir dentro de la cohesión de las ideas racionales,
pero fracasa, porque la razón no es más que una hazaña conjunta de otros que
también piensan y hablan como usted y como yo. Si el futuro no existe —porque
es racional—, el pasado tampoco, fumen y hagan catarsis, burlen el tiempo y
construyan la historia fuera del esquema ilusorio de la razón, no pierdan más el
tiempo haciendo
carreras —llegarán de últimos, si es que llegan o les permiten llegar a una
meta difusa y distante—, menos en estos claustros, de educación inferior, yo siempre les he llamado
antros, pero bueno, dejémosle como le quieran llamar. Antros mortuorios. Antro es un lugar de mala
reputación y la educación también es de mala reputación, aquí es más importante
un mafioso, un policía, un soldado, un teniente retirado —o no retirado, es la
misma cosa; un delincuente—, un vigilante con bolillo, un taxista, una puta, que
un profesor, que también es una puta de la más barata.
Las escuelas son un antro, los
profesores se prostituyen, se acuestan con niños y niñas del mismo antro y les
toca venderse a los estudiantes pa poder comer, pa poder vivir. O si no se
mueren de hambre o de otra cosa pero se mueren. Mientras usted va leyendo yo
voy fumando aquí, quietecito en esta esquina.
Ah, sí es esquina, entonces es la
esquina de la calle cincuenta y nueve con carrera tercera, la casa de los
abuelos, allá donde el grito del marrano mató a los pájaros de la abuela te
acordás. El matador se emborrachó, o lo emborracharon porque en esa casa
emborrachaban a todo el mundo, hasta los bimbos pa matarlos bien matados. Alberto
Ceballos, compró un marrano para una navidad y le encimaron el matador, así era
antes, le encimaban a uno el matador, si usted compraba una gallina, le decían;
con matador o sin matador, ya muerta. Con los marranos también era igual, muy
raro que esa tradición se haya acabado, siendo este país, una fábrica de asesinos. El matador, o asesino —no sé
cómo le dicen ustedes—, era un viejo del Calvario, de apellido Rojas, muy
conocido por degollar palomas en la plaza, llevó una colección de
cuchillos y con un marcador pintó en el corazón del cerdo un círculo —como
José Asunción, el poeta que se suicidó—, le pegó la primer puñalada y el cerdo
gritó, la segunda, más profunda y nada a la tercera cerré los ojos y tampoco
nada, el cerdo seguía gimiendo en un escándalo de dolor, en un charco de
sangre, que se volvió humedal, barrizal, sangre con lodo, con mierda, porque se
cagó del miedo, los aullidos terminaron matando a los pericos de Mercedes,
desde ese día que yo recuerde no se volvió a matar a nadie, al cerdo, lo
terminé matando yo:
Muestre yo le enseño.
Cogí el cuchillo y de un solo
envión se lo clavé en el corazón. Cuándo quiera le enseño a matar marranos y
humanos también, son más fáciles de matar. El cerdito me agradeció, por haberlo
matado, blanqueó los ojos verdes como los de Mercedes y se arrodilló para
morir.
Sonó en el quinto piso del edificio, la primera estrofa de Mercedes
Ossa:
Gracias a la vida porque me has dado
tanto.
Esa noche nos emborrachamos y comimos marrano
Junto a la ventana, el humo forma agujeros negros. Ahí está la calle, la
acacia encaramada en la chambrana del balcón, las mirlas de patas amarillas,
los petirrojos que se pavonean en los barandales y los bichofués con sus cantos
extraviados, silbido de ausentes, que nunca más volvieron; todo tiempo pasado
fue mejor, dicen los viejos como Adolfo, pero es mentira, el tiempo pasado nunca
fue, ni será mejor. Es una falacia, como esta novela, que escribo sin motivo y sin
razón. La vida nunca ha sido, ni será mejor, ni en pasado, ni en futuro. No sé
a quién le escuché decir —será a los del teatro, qué van a hablar de Sartre, no
hablan si no de empresarios—, o en qué novela colombiana leí que lo citaban, a
ver yo pienso; será la del viejito; el que se vino caminando de allá de la
montaña, hasta el mar de Buenaventura, hablando y hablando, no sé con quién
hablaba, no lo recuerdo, qué viaje tan largo, y a pie, no le creo, tuvo que
haber pasado por ahí abajito, si es que de verdad se vino a pie, por la
carrilera de la montaña, la que señala Anna, donde se ve el tulipán africano, el
de las flores anaranjadas parecidas al cachimbo, que más hace uno cuando camina;
hablar, principio fundamental de la filosofía, pregúntele a cualquier filósofo
y verás, maestro; principio fundamental de la filosofía; conversar, sinónimo de
hablar y todo lo terminado en ar. De
seguro sí fue el viejito al que leí —tuvo que haber sido hace mucho, porque yo dejé
de leer literatura—, Sartre decía; permítame lo parafraseo, porque pudo haber
sido que nunca lo dijo, ni lo pensó y esta cita como muchas otras que deambulan
en la nube sea errónea;
… “Ni el pasado ni el futuro existen”,
en ese estado de conciencia se la han pasado los colombianos, y yo también, que
aún sigo sin entender —como la puta de Irene—, quién soy y para dónde voy. Como
no sé, pues es muy sencillo; no existo, por eso Sartre niega esa línea
divisoria del tiempo, para desvanecer el ser y en esa desavenencia estoy, ahora
con noventa años, me ha dado por leer al francés —ya para qué—, quizás sea lo
último que lea en la vida, no hay que preocuparse, ni por el uno, ni por el
otro.
Diga como Mercedes;
“Viva y deje vivir”.
De sus dichos, poco y nada me acuerdo, se fueron los refranes, los
viejos y los pájaros.
En esta calle, tan solo van quedando las colillas, que navegan por la
alcantarilla o en el vacío sediento de las materas, donde dejaron de crecer los
tréboles de mi infancia.
Chela traé las gotas que quiero descansar.
Trae el Clonazepam batiéndolo entre los dedos. Echa veinticinco gotitas,
las cuento, una a una.
El doctor dijo que eran treinta y cinco.
Acordáte.
A Chela hay que acordárselo todo.
Todo se le olvida. Vive en el olvido, igual que yo. Igual que todos. Somos y
seremos parte del olvido, de la nada.
Echó las treinta y cinco gotitas
—perdónenme por el diminutivo—, y salió del cuarto, no sin antes haberme
entregado el revólver que vuelvo a empuñar para sentir la frialdad de la
muerte, del cuerpo sin vida que se desploma, que se esfuma ante la pupila del
doliente, del asesino sin causa y sin ley.
Bajó al quinto piso donde Rubén,
el amigo de los Ramírez por la bala.
El eco de la puerta, retumba al cerrarse, como la bala que también retumba
cuando entra y sale del cráneo, son los barandales, que tiemblan como huesos y
aturden el vacío del edificio.
Cuando regrese, de seguro estaré tirado en esa mecedora de mimbre —con
el cráneo estallado—, que retumban como la bala en el cráneo, como la puerta,
como los barandales que no han dejado de retumbar y como los pasos quejumbrosos
de la muerta que acecha los corredores de la villa junto al samán y la tumba después
de que Juan y Carlos se fumaran su cadáver de un solo soplo, abrieron el osario
y sacaron el polvo de sus huesos, bazuco va y bazuco viene, que no me oigan los
muertos en el infierno, porque de seguro también vendrán a merodear las tumbas,
el poco polvo que quedó, lo echaron en el hoyo dónde crece una ceiba rosada
diagonal a la casa, Polo estira la pata y orina la nueva tumba.
Qué gran relato, tenía ganas de ir al.baño, desayunar, hacer tantas cosas que las visceras exigían pero me atrapó cada frase. La Cali diseñada para gozar y cuando desde la razón certera disfrazada de locura controvierte ese goce...boom, morir queda. Felicitaciones.
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ReplyDeleteValeria Saavedra 2 de enero del 2018
¿por qué el suicidio es siempre la última opción?
Hoy en día, la tasa de mortandad en jóvenes, adultos y adultos de la tercera edad siempre optan por el suicidio, como el permanente resultado de sus problemas diarios a vivir: monotonía de la vida, bullying, contexto social, familiar, amorosa, adicción o vicio, drogadicción, etc. Creer que tirarse del último piso de un alto edificio, jugar a la ruleta rusa, envenenarse o cortarse las venas es siempre el mejor resultado para salir de estos.
En el texto “ya no quedan más viejos por aquí”, Luis Ernesto Arias es o era un anciano que veía la vida con monotonía, vivía en su diario vivir la misma rutina durante toda su vida, ya cansado de ver y hacer lo mismo todos los días, un día piensa muy bien en el tema del suicidio y trata de realizarlo jugando a la ruleta rusa, después de 3 intentos no lo logra, se intenta tirar desde el último piso del edificio más alto y un celador del piso 12 le salvo la vida, Ernesto inconsciente, fue llevado a la clínica psiquiátrica, no vio otro modo de envenenar a las doctoras quien lo habían amarrado y envenenarse así mismo.
Cuando sus familiares se enteraron de su acto, lo declararon muerto, fue llevado a la morgue para hacer su lavado cuando uno de los doctores siente un leve pulso en la yugular, mandándolo a cuidados intensivos inmediatamente. Cuando se recupera del todo, su esposa la obligaron a vender su apartamento e irse con su esposo en un barrio en el norte donde, todas las ventanas estaban enjauladas y la casa entera llena de flores, los esposos cansados de vivir, anhelaban optar el suicidio como su salida final a la vida “ el problema de mi vida no es la altura, yo no puedo vivir en pisos altos, ni en pisos bajos, de ambos me quiero lanzar, el problema de la vida es seguir viviendo” (frase sacada de “ya no quedan más viejos por aquí”).
El problema de las personas que optan el suicidio no lo hacen porque desean, sino porque no pueden o no son capaces de encontrar otro camino o salida de sus problemas diarios. Hay dos grupos de jóvenes suicidas: los que son creyentes y los que no lo son. El problema de los no creyentes, pueden que, desde su infancia, nunca les enseñaron que es la religión o quien es Dios y tampoco saben cuál es el castigo por el suicidio “la eternidad en el infierno”, lo mismo va con los creyentes, y a estos se les toma más tiempo ya que no desean que Dios se enoje con ellos, los castigue y los mande a la eternidad de su ausencia. Sus problemas se los entregan a Dios, y el supremo se los resuelve, esos jóvenes tan desesperados no logran ver el resultado de sus problemas que, Dios se los envió. El único problema con estos chicos, es porque no han madurado aun, no saben cómo desafiar a la vida y como ir solos por sus cuentas. Mientras que, en los adultos, ya mejor desarrollados y maduros, saben cómo salir de algunos de ellos, mientras que otros problemas son “eternamente problemáticos y sin salida alguna”.
“cada 40 segundos alguien decide quitarse la vida, lo que representa unas 3.000 muertes diarias en el mundo; sin embargo, el suicidio sigue siendo un tema tabú. […] históricamente las tasas nacionales han sido más bajas que en Asia y el viejo continente, pero, a la vez que el homicidio desciende, en los últimos años la tendencia de muertes auto infligidas está empezando a cambiar en Colombia” (texto sacado desde la revista semana, 11/5/2016)
En el mundo, en las sociedades, puede ocurrir en los barrios más bajos o en los más altos, casos de suicidios de personas de todas las edades, pensando y creyendo que es la puerta para salir de todos sus problemas pasados, presentes y futuros cercanos, con miedo a que pase. El suicidio no solo afecta a la víctima, sino a sus familias, personas y amigos. Hoy en día, se considera, quien tenga pensamientos suicidas, tiene un problema psiquiátrico, que se le debe hallar antes de tiempo.
Valeria gracias por tu comentario y tu oportuno resumen del texto. La vida de Luís es una breve reflexión sobre la existencia; morir se relaciona con la paz o la serenidad, lo contrario a seguir viviendo; la vida es caótica y angustiante... te recomiendo un texto de José Saramago "Las Intermitencias de la Muerte", o un Hombre en Busca de Sentido de Viktor Frankl, éstas lecturas me aportaron mucho a la construcción de este relato.
ReplyDeleteConsultalo y lo hablamos un abrazo.
Porque los jovenes piensan que la unica salida a sus problenas es el suicidio su justificacion es porque el mundo los rechaza porque no los entiende y la verdad no es asi que van asaver ellos de rechazo si todavia no han enfrentado la vida de forma seria la unica forma de generar rechazo o aprovacion es por como actues, por el contrario este señor luis ya hizo su vida no sabe que mas hacer y dice ya no vale seguir viviendo si ya hize mi proyecto y es mas el nacio en una epoca llena de violencia donde veia como la gente era asesinada otros se suicidaban, el tiebe un motivo para el suicidio es porque ya no es util en la sociedad, en cambio los jovenes son el futuro son lo util en la sociedad para ayudar a los demas, una persona anciana ya no puede hacer lo que una persona joven hace. El tema del sucidio en los jovenes es al psicologico que se sentra en el porque nadie me quiere por que todos me odian porque el mundo no me acepta cuando no es asi. La historia que cuenta luis es la historia de su melancolica vejez que el vio como en su propio ambito familiar estaba decayendo a causa de la droga en el ambito social como los empresarios contratan asecinos para hacer su trabajo sucio como la juventud estaba siendo corrompida y no le veia un sentido a la vida
ReplyDeletePorque los jovenes piensan que la unica salida a sus problenas es el suicidio su justificacion es porque el mundo los rechaza porque no los entiende y la verdad no es asi que van asaver ellos de rechazo si todavia no han enfrentado la vida de forma seria la unica forma de generar rechazo o aprovacion es por como actues, por el contrario este señor luis ya hizo su vida no sabe que mas hacer y dice ya no vale seguir viviendo si ya hize mi proyecto y es mas el nacio en una epoca llena de violencia donde veia como la gente era asesinada otros se suicidaban, el tiebe un motivo para el suicidio es porque ya no es util en la sociedad, en cambio los jovenes son el futuro son lo util en la sociedad para ayudar a los demas, una persona anciana ya no puede hacer lo que una persona joven hace. El tema del sucidio en los jovenes es al psicologico que se sentra en el porque nadie me quiere por que todos me odian porque el mundo no me acepta cuando no es asi. La historia que cuenta luis es la historia de su melancolica vejez que el vio como en su propio ambito familiar estaba decayendo a causa de la droga en el ambito social como los empresarios contratan asecinos para hacer su trabajo sucio como la juventud estaba siendo corrompida y no le veia un sentido a la vida
ReplyDeleteLa depresión
ReplyDeleteEn el texto anterior nos muestran como el personaje está cansado de vivir y trata de hacer hasta lo imposible para morirse, intenta suicidarse de tantas formas que termina encerrado en una casa con rejas, en las ventanas para que no se lanzara, decorada como su tumba esperando morir lentamente, tal vez estaba cansado, o tenía problemas personales o mentales, o puede estar deprimido por la muerte de un ser querido. Hay muchos motivos para llegar a deprimirse y esto puede ocasionar problemas tan graves como quitarse la vida, por eso es necesario acudir a una persona que te pueda ayudar como un psicólogo o un familiar que te de apoyo y no te deje solo, pero al parecer en el texto el señor puede que no hubiese estado deprimido pero puede haber alguna razón para intentar quitarse la vida.
La depresión se puede describir como el hecho de sentirse triste, melancólico, infeliz, abatido o derrumbado. La mayoría de nosotros se siente de esta manera de vez en cuando durante períodos cortos, la persona que sufre de esto es porque ha tenido problemas familiares, sociales, sufre de matoneo (bullying). En el texto “ya no quedan más viejos por aquí”, Luis Ernesto Arias es o era un anciano que lo único que quería era morir, dice que porque estaba cansado de vivir la misma monotonía de la vida, que intentó suicidarse de muchas formas y no lo logro. El suicidio es una consecuencia de la depresión ya que al estar deprimido la persona al estar aislada de la sociedad y no tener con quien hablar en lo único que piensan para quitar ese peso que tienen es morirse, quitarse la vida porque están cansados de lo que están viviendo, sea la situación que sea, están cansados de vivir y recurren a este método que es el suicidio. En el texto muestran que el anciano trata de suicidarse de diferentes maneras, jugando a la ruleta rusa que después de intentarlo 3 veces no puede, luego se lanza del edificio más alto y un celador del piso 12 lo salvo, inconsciente fue llevado a una clínica psiquiatra en el cual enveneno a las doctoras que lo tenían amarrado y prontamente envenenarse el mismo, cuando su familia se dio cuenta de lo sucedido lo creyeron muerto y fue llevado a la morgue, donde le iban a sacar las tripas y lo limpiarían, Ernesto al escuchar el sonido de la cierra que iba a ser usada para abrir su cuerpo cuando un doctor siente una palpitación en la yugular , enviándolo prontamente a cuidados intensivos. Un tiempo después cuando se recupera, obligan a la esposa a vender la casa y mudarse a una casa en la cual las ventanas estaban con unos barrotes de hierro para que no se pudiera lanzar, la casa llena de flores la esposa la decora como si fuera su tumba ya que estaban aburridos y lo único que querían era morirse.
La depresión es una enfermedad clínica severa. Es más que sentirse "triste" por algunos días. Si usted es uno de los más de 19 millones de jóvenes y adultos en los EE. UU. Que tiene depresión, esos sentimientos no desaparecen. Persisten e interfieren con su vida cotidiana. Los síntomas pueden incluir: Sentirse triste o "vacío", Pérdida de interés en sus actividades favoritas, Aumento o pérdida del apetito, No poder dormir o dormir demasiado, Sentirse muy cansado, Sentirse sin esperanzas, irritable, ansioso o culpable, Dolores de cabeza, calambres o problemas digestivos, Ideas de muerte o de suicidio.
La depresión es un trastorno del cerebro. Existen muchas causas, incluyendo factores genéticos, biológicos, ambientales y psicológicos. La depresión puede comenzar a cualquier edad, pero suele empezar en la juventud o en adultos jóvenes. Es mucho más común en las mujeres. Las mujeres también pueden tener depresión posparto después de dar a luz. Algunas personas tienen un trastorno afectivo estacional en el invierno. La depresión es una parte del trastorno bipolar.
Texto tomado de internet para argumentar la respuesta
https://medlineplus.gov
El suicidio
ReplyDeleteEl texto nos habla de cómo hoy en día muchas personas ven el suicidio como una opción para ya sea dejar de sufrir o porque simplemente no le encuentran sentido a su vida.
Hoy en día las tazas de suicidios son muy elevadas ya que la persona piensa que no sirve y que es un fracaso y ven a este como una opción sin pensar las consecuencias que este puede traer ya sea a su familia o amigos cercanos, también afecta a la sociedad ya que alguien que se tire de un piso de mucha altura puede caerle encima a alguien matando a la otra persona, pero no solo el suicido es tirarse de un piso con mucha altura otras personas también se cortan la venas etc., El suicidio o tener ese pensamiento no es algo que este bien y el hecho de quitarte la vida tampoco es la mejor opción, aunque existen psicólogos o personas que “pueden ayudar” muchas personas piensan que no tiene remedio. La vida es una y yo preferiría pensarlo dos veces antes de quitarme la vida, todo tiene arreglo menos la muerte.
Por otra parte tal vez la persona que haga esto es porque debe de estar desesperada sin saber qué rumbo tomar o que es lo que debe hacer y piensan que el mundo está en su contra que sencillamente no los quieren y se ven a ellos mismos como un error, no ven al dialogo y ayuda de otra persona y toman esta decisión.
Es curioso como en el texto este señor intento de todas las formas y maneras quitarse la vida pero este por más que lo intentaba no lo lograba, esto nos muestra que cuando te llega la hora por más que no quieras te tienes que morir y como también aun no es el momento, historias de cómo personas que intentaron quitarse la vida de una manera exagerada por algún motivo no murieron y siguen con vida, como este señor que intento quitarse la vida porque estaba aburrido con esta no pudo quitarse la vida y dejo en problemas a su familia y a el mismo por hacerle daño a personas que lo salvaron evitando que cometiera un error, hay muchas personas como este señor que no le temen a la muerte como algo normal al que no le temen, en muchas culturas dicen que la muerte es una etapa de la persona por la que esta pasa y por fin puede estar en paz sin ningún dolor ni sufrimiento, ni preocupaciones.
Texto tomado de internet para argumentar la respuesta
Autor: https://ehumana.wordpress.com
Dentro de nuestra realidad sociocultural, eminentemente agresiva, es frecuente escuchar sobre actos e intentos suicidas, especialmente en épocas que involucran fe, esperanza, afecto, convivencia y unión, tal como las celebraciones de Navidad, Año Nuevo, Día de la Madre, Día del Padre, etc. (los invitamos a leer nuestro artículo titulado “Depresión y Navidad”).
Según nuestra referencia de apoyo, respecto a la tendencia y al acto suicida, señala que “El suicidio es un acto de autosadismo intenso. En el suicidio el yo realiza una acción agresiva contra sí, de una fuerza tal que consigue destruirse.”
Es importante enunciar que el estado depresivo mayor es la enfermedad psíquica en la que seguramente es más intenso el peligro de suicidio. Sin embargo, las tendencias autoagresivas del melancólico no se manifiestan solamente en las ideas de suicidio, sino también en los reproches que por diferentes motivos se hacen a sí mismos.
Freud ha demostrado que las quejas del melancólico son reproches que el enfermo hace a un objeto que ha introyectado en su yo. Es decir cuando dirige su agresividad contra sí mismo, en realidad quiere atacar un objeto exterior que ha introyectado en su yo. Por ejemplo, un individuo que ha sufrido de un despido laboral injustificado e irrevocable, experimentará la imposibilidad de atacar tal hecho, por lo que generará sentimientos de impotencia, frustración y dolor, recurriendo entonces a recriminarse por todas aquellas acciones que considere hayan propiciado su despido.
Solamente se puede pensar en la existencia de casos en que la vuelta contra el yo (individuo) de las tendencias agresivas se realiza por aquello ciertamente inevitable e imposible de satisfacer.
Sin ganas de vivir
ReplyDeleteLa historia de Ernesto nos muestra la caótica vida de un adulto de la tercera edad o mejor dicho un anciano. Ernesto no tiene más animos de vida, tal vez para el vivir ya es solo obligación. Ernesto trata de conseguir su tan esmerada muerte mediante el suicidio sin miedo a tener que suponer un castigo en el infierno, o como diría el “al infierno hay que ir bien presentado”. Ernesto trata de quitarse la vida saltando de un puente e ingiriendo sustancias toxicas pero ningún sin éxito alguno. Pero, ¿por qué hacerlo? ¿Con que propósito debo matarme?, Ernesto como muchas personas en este vasto mundo no se preguntan eso, simplemente toman la determinada decisión de matarse sea ahorcándose, tirándose de un edificio o como Ernesto que se quiso volar lo sesos con un revolver, el caso es que la tendencia suicida la puede adquirir cualquier persona desde niños hasta gente de edad bastante edad. No se puede juzgar el actuar de las personas suicidas, no podemos decirles “no lo hagas” porque aunque se les insista simplemente lo harán, ellos ya tomaron su decisión. A este tipo de personas por más que se les ofrezca una alternativa simplemente su única opción será acabar con su existencia, tal vez para ellos la vida nunca tuvo un sentido propio o simplemente están llenos de nada y por más que quieran no pueden reponerse. “La depresión es un trastorno del cerebro. Existen muchas causas, incluyendo factores genéticos, biológicos, ambientales y psicológicos. La depresión puede comenzar a cualquier edad, pero suele empezar en la juventud o en adultos jóvenes. Es mucho más común en las mujeres. Las mujeres también pueden tener depresión posparto después de dar a luz. Algunas personas tienen un trastorno afectivo estacional en el invierno. La depresión es una parte del trastorno bipolar.”, científicamente la depresión esta explicada como un transtorno, pero si se le pregunta a una persona depresiva por qué se quiere quitar la vida, lo más probable es que responda que ya no encuentra su papel en el mundo, que la soledad es su única compañía o que solamente no quiere seguir viviendo. Volviendo al enfoque de Ernesto. Es un sujeto sin pasión, es un poeta en medio muerto en una tierra repleta de vivos con ánimos de vida, todo lo contrario a lo que sería el. “Durante el 2015, el suicidio fue la cuarta causa de muerte violenta en el país: 2.068 personas decidieron quitarse la vida, un 10 por ciento más que el año anterior.
La cifra podría ser incluso más alta, ya que aún hay 2.565 muertes violentas indeterminadas y algunas podrían considerarse suicidio luego de la investigación criminalística y jurídica, según el informe Forensis 2015 del Instituto Nacional de Medicina Legal. Los jóvenes tuvieron el mayor número de casos. El 48,74 por ciento de los suicidios ocurrió en edades entre los 15 y 34 años; de esos, la mayoría estaba en el rango de edad de 20 a 24 años, con 302 casos.”.También llama la atención que el número de suicidios de adolescentes entre los 10 y los 14 años creció significativamente al pasar de 57 en el 2014, a 70 en 2015.” En síntesis, se puede decir que el suicidio se puede presentar en cualquier lugar del mundo, en cualquier persona, a cualquier hora. La muerte es inevitable y algún día llamara a nuestras puertas tarde o temprano, pero hay quienes adelantan su hora a su conveniencia.
- juan pablo tobar
"ya no quedan mas viejos por aquí" es un relato que habla sobre el suicidio generalizado, creyendo que solo existe ne los jóvenes depresivos y con problemas, también le pasa a todo el mundo, incluso al personaje principal que trata de suicidarse porque se aburrido de la vida, y que después de suicidarse, se iba para el infierno, al cabo llegando a la conclusión de que ya se había dado cuenta que estaba en mismísimo infierno.
ReplyDeleteEn mi punto de vista, este relato me fascina, no importa cuantas veces me lo lea, simplemente me encanta, la forma como relata el personaje principal sobre su aburrida vida y la decisión final que seria el suicidio me parece espectacular.
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