Tras la marcha todo va quedando atrás. La historia nos adentra en un
universo desconocido del que tan solo se ha escuchado hablar. “en un principio
las cosas no tienen color, son oscuras y hace frío”. Es una metáfora del texto
para referirse al temor que genera lo desconocido, la incertidumbre de caminar
por senderos frondosos y puntiagudos. Volvamos al texto: el guía de esta
expedición lleva un báculo de bambú con el que pretende abrir las puertas de un
portal desconocido, el río tan solo ruge. La descripción de algunos detalles
simbólicos tiene un objetivo principal, desmitificar esa ilusión óptica que
tienen algunos extranjeros cuando pisan estas tierras; aquí ya no hay
guacamayas coloridas, ya no hay tucanes, ya no hay peces plateados parecidos al
salmón, ya no hay paisajes pintorescos.

Saqué una libreta de apuntes y apunté la palabra panela. Después fue
linterna. No recuerdo más. Horas después llamé a Javier. Estudiaba biología
marina y le había conocido en una toma de Yagé con unos taitas clandestinos. No
contestó, había viajado a unas islas del caribe llamadas Barú a estudiar el
comportamiento del caballito de mar.
Luego llamé a otro de mis amigos; Hernando Rayo, uno de los mejores
campistas que estuvo a punto de morir la noche en que abalearon a los policías
de la Castellana. Su teléfono estaba apagado, dejé un mensaje en el auricular:
-¡Hola Hernando! ¡Soy yo, llegué a Cali el martes pasado y quisiera ir a Kajambres!
Al rato sonó el teléfono. Era él. Pensé que me iba a dar alguna
recomendación sobre el estado meteorológico de la montaña o a decirme que podía
pasar por su equipo de camping, incluyendo sus botas de fabricación inglesa y
su estufa marca Coleman que usó en el volcán del Puracé, cuando un cóndor casi
se les roba la Schnauzer de la tía Pati o Patricia como se llamaba esa vieja
loca de la cabaña.
La perrita no tenía nombre, nunca
nadie se atrevió a bautizarla, entonces le decían Selva porque creció en el
monte.
Rayo, había llamado a decir que él
también se unía al viaje. Había cancelado una reunión con el gremio de
transportadores. El viejo estaba a la espera de una negociación con una buseta
de la Blanco y Negro para irse a recorrer el Cotopaxi, el segundo volcán más
alto del Ecuador después del Chimborazo.
Organicé el morral, eché lo necesario;
una cobija de lana, una linterna de pilas y la chaqueta de jean que me regaló
Susan cuando cumplí veinte y dos años.
El viaje duró dos horas hasta el pueblo.
Esa noche no había luna, tampoco estrellas. La ciudad fue quedando
atrás. Según una placa de las autoridades forestales íbamos a mil setecientos
metros sobre el nivel del mar.
Al frente de la iglesia en una
casa grande quedaba la discoteca del pueblo, por ser martes a las ocho y
cuarenta estaba cerrada. Ahí, durante el día el negro Ismael sacaba una carreta
para vender frutas y chicha de maíz a los extranjeros.
El negro sabía quién subía con vida y quién nunca más regresaba de las
alturas.
En esa esquina nos detuvimos para
apretarnos los morrales y amarrarnos con cabuya las ollas, el Sleeping y las
dos carpas que nos turnaríamos cada cuatro horas.
Continuamos con la marcha, cruzamos el primer puente de las truchas,
miré hacia arriba y vi tres puntas de acantilados perdidos. Nada tenía color.
El cielo era negro y la bruma desvanecida sobre nuestras cabezas daba un
extraño tinte entre lo blancuzco y lo gris.
A pesar de todo no sentíamos frío.
Diego, llevaba un báculo de bambú. Se detuvo y abrió sus manos para que
nadie pasara, Hernando y yo nos miramos sin pronunciar palabra. Tal cual lo
hizo Moises, apuntó al cielo con su daga y esperamos que las aguas se abrieran
para poder pasar. El río tan solo rugía, era el único sonido que acompañaba el
silencio.
Diego, pidió permiso a los dioses del más allá para poder pasar. Nosotros
hicimos lo mismo.
Hernando, a pesar que era un
viejo campista de la vieja escuela no era tan místico, al fin y al cabo, habíamos
crecido en la ciudad.
Diego habló, dijo que cada uno pidiera un deseo a la montaña, Hernando
pidió por su salud, yo aunque permanecí en silencio pedí regresar sano y salvo.
El deseo de Diego fue encontrar el secreto de Rodrigo Guachetá; un lugar
en el camino que conducía hacia el Cañón del Pato, donde los panceños habían
enterrado el oro.
Después de varias horas de camino la niebla desapareció y entonces el cielo
también cambió, en las ramas de los yarumos blancos vimos caminar micos de cola
larga.
A las cuatro y cincuenta del amanecer comimos vísceras de vaca envueltas
en hojas de plátano, la comida del día anterior había conservado las
sales suculentas del hogar y los olores mezquinos del campo. Entramos en una
extraña modorra que terminó con el sueño y el ronquido. Nos despertó un
concierto de loros que volaban de peña en peña, todos en manada. Lo primero que
bebimos fue tinto, después dos tragos hondos de una media botella de
Brandy para mantener el cuerpo caliente y partimos nuevamente montaña
arriba. Pasamos por la finca de los Reyes. Tierra de moras y de campos verdes,
donde fabricaban un delicioso vino artesanal y una mermelada exquisita de mora
silvestre.
Hernando y yo vimos en medio de una densa bruma la cúspide de unos
tejares angulosos que rompían con sus puntas afiladas las nubes transitorias;
esos tejares angulosos apuntaban en dirección noroeste hacia el cañón. Era la
casa donde se hospedó el mítico David Laguna (el hombre de los
banderines) y otros colonos para dar con el oro de la montaña.
Esa tarde la casa que parecía abandonada
estaba en compañía de una mirla de patas amarillas, Darío, el viejo domador de
osos de anteojos había abandonado el lugar por desgarrar con su machete el
vientre de un hombre que le había amenazado de muerte por no cumplir con la
promesa de abandonar sus tierras.
Alrededor de la casa tres alambres con púas colgaban de una cerca donde
sigilosos permanecían aferrados los espantapájaros con narices puntiagudas y
ojos hundidos vigilando las matas de maíz y los arbustos de marihuana con moños
de color rojo que crecían a la mansalva aferradas a los palos de limón.
Diego vio que aún colgaba el
atrapa sueños que pusieron los uruguayos en el zaguán y procedió arrancarlo
para colgarle en la punta de su báculo, ahora tenía tres plumas de tucán que
engalanaban sin querer su bastón de mando.
una gran crónica, esta bien detallada, y dice lo que se puede escuchar en el silencio y lo que se puede ver en la oscuridad, como por ejemplo el final que es un final impactante que dice: "Soñé ver un río inmenso dotado de aguas cristalinas. Peces plateados parecidos al salmón, pajarracos enormes como el alcatraz en alta mar, coloridas guacamayas y patos salvajes. Del río que escuchaba en la distancia, tan solo quedaba el sonido y el eco penetrante de sus aguas"
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