El Secreto de Rodrigo Guachetá




Tras la marcha todo va quedando atrás. La historia nos adentra en un universo desconocido del que tan solo se ha escuchado hablar. “en un principio las cosas no tienen color, son oscuras y hace frío”. Es una metáfora del texto para referirse al temor que genera lo desconocido, la incertidumbre de caminar por senderos frondosos y puntiagudos. Volvamos al texto: el guía de esta expedición lleva un báculo de bambú con el que pretende abrir las puertas de un portal desconocido, el río tan solo ruge. La descripción de algunos detalles simbólicos tiene un objetivo principal, desmitificar esa ilusión óptica que tienen algunos extranjeros cuando pisan estas tierras; aquí ya no hay guacamayas coloridas, ya no hay tucanes, ya no hay peces plateados parecidos al salmón, ya no hay paisajes pintorescos.





Saqué una libreta de apuntes y apunté la palabra panela. Después fue linterna. No recuerdo más. Horas después llamé a Javier. Estudiaba biología marina y le había conocido en una toma de Yagé con unos taitas clandestinos. No contestó, había viajado a unas islas del caribe llamadas Barú a estudiar el comportamiento del caballito de mar.
Luego llamé a otro de mis amigos; Hernando Rayo, uno de los mejores campistas que estuvo a punto de morir la noche en que abalearon a los policías de la Castellana. Su teléfono estaba apagado, dejé un mensaje en el auricular:
      -¡Hola Hernando! ¡Soy yo, llegué a Cali el martes pasado y quisiera ir a Kajambres!
Al rato sonó el teléfono. Era él. Pensé que me iba a dar alguna recomendación sobre el estado meteorológico de la montaña o a decirme que podía pasar por su equipo de camping, incluyendo sus botas de fabricación inglesa y su estufa marca Coleman que usó en el volcán del Puracé, cuando un cóndor casi se les roba la Schnauzer de la tía Pati o Patricia como se llamaba esa vieja loca de la cabaña.
 La perrita no tenía nombre, nunca nadie se atrevió a bautizarla, entonces le decían Selva porque creció en el monte.
         Rayo, había llamado a decir que él también se unía al viaje. Había cancelado una reunión con el gremio de transportadores. El viejo estaba a la espera de una negociación con una buseta de la Blanco y Negro para irse a recorrer el Cotopaxi, el segundo volcán más alto del Ecuador después del Chimborazo.
         Organicé el morral, eché lo necesario; una cobija de lana, una linterna de pilas y la chaqueta de jean que me regaló Susan cuando cumplí veinte y dos años.
         El viaje duró dos horas hasta el pueblo.
Esa noche no había luna, tampoco estrellas. La ciudad fue quedando atrás. Según una placa de las autoridades forestales íbamos a mil setecientos metros sobre el nivel del mar.
 Al frente de la iglesia en una casa grande quedaba la discoteca del pueblo, por ser martes a las ocho y cuarenta estaba cerrada. Ahí, durante el día el negro Ismael sacaba una carreta para vender frutas y chicha de maíz a los extranjeros.
El negro sabía quién subía con vida y quién nunca más regresaba de las alturas.
 En esa esquina nos detuvimos para apretarnos los morrales y amarrarnos con cabuya las ollas, el Sleeping y las dos carpas que nos turnaríamos cada cuatro horas.
Continuamos con la marcha, cruzamos el primer puente de las truchas, miré hacia arriba y vi tres puntas de acantilados perdidos. Nada tenía color. El cielo era negro y la bruma desvanecida sobre nuestras cabezas daba un extraño tinte entre lo blancuzco y lo gris.
A pesar de todo no sentíamos frío.
Diego, llevaba un báculo de bambú. Se detuvo y abrió sus manos para que nadie pasara, Hernando y yo nos miramos sin pronunciar palabra. Tal cual lo hizo Moises, apuntó al cielo con su daga y esperamos que las aguas se abrieran para poder pasar. El río tan solo rugía, era el único sonido que acompañaba el silencio.
Diego, pidió permiso a los dioses del más allá para poder pasar. Nosotros hicimos lo mismo.
 Hernando, a pesar que era un viejo campista de la vieja escuela no era tan místico, al fin y al cabo, habíamos crecido en la ciudad.
Diego habló, dijo que cada uno pidiera un deseo a la montaña, Hernando pidió por su salud, yo aunque permanecí en silencio pedí regresar sano y salvo.
El deseo de Diego fue encontrar el secreto de Rodrigo Guachetá; un lugar en el camino que conducía hacia el Cañón del Pato, donde los panceños habían enterrado el oro.
Después de varias horas de camino la niebla desapareció y entonces el cielo también cambió, en las ramas de los yarumos blancos vimos caminar micos de cola larga.
A las cuatro y cincuenta del amanecer comimos vísceras de vaca envueltas en  hojas de plátano, la comida del día anterior había conservado las sales suculentas del hogar y los olores mezquinos del campo. Entramos en una extraña modorra que terminó con el sueño y el ronquido. Nos despertó un concierto de loros que volaban de peña en peña, todos en manada. Lo primero que bebimos fue tinto, después dos tragos hondos de una media botella de  Brandy para mantener el cuerpo caliente y partimos nuevamente montaña arriba. Pasamos por la finca de los Reyes. Tierra de moras y de campos verdes, donde fabricaban un delicioso vino artesanal y una mermelada exquisita de mora silvestre.
Hernando y yo vimos en medio de una densa bruma la cúspide de unos tejares angulosos que rompían con sus puntas afiladas las nubes transitorias; esos tejares angulosos apuntaban en dirección noroeste hacia el cañón. Era la casa  donde se hospedó el mítico David Laguna (el hombre de los banderines) y otros colonos para dar con el oro de la montaña.
         Esa tarde la casa que parecía abandonada estaba en compañía de una mirla de patas amarillas, Darío, el viejo domador de osos de anteojos había abandonado el lugar por desgarrar con su machete el vientre de un hombre que le había amenazado de muerte por no cumplir con la promesa de abandonar sus tierras.
Alrededor de la casa tres alambres con púas colgaban de una cerca donde sigilosos permanecían aferrados los espantapájaros con narices puntiagudas y ojos hundidos vigilando las matas de maíz y los arbustos de marihuana con moños de color rojo que crecían a la mansalva aferradas a los palos de limón.
 Diego vio que aún colgaba el atrapa sueños que pusieron los uruguayos en el zaguán y procedió arrancarlo para colgarle en la punta de su báculo, ahora tenía tres plumas de tucán que engalanaban sin querer su bastón de mando. 

Comments

  1. una gran crónica, esta bien detallada, y dice lo que se puede escuchar en el silencio y lo que se puede ver en la oscuridad, como por ejemplo el final que es un final impactante que dice: "Soñé ver un río inmenso dotado de aguas cristalinas. Peces plateados parecidos al salmón, pajarracos enormes como el alcatraz en alta mar, coloridas guacamayas y patos salvajes. Del río que escuchaba en la distancia, tan solo quedaba el sonido y el eco penetrante de sus aguas"

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