Cuerdas Desajustadas







Desde un lejano ventanal











                                                                 





                                                        


                                                                                                                                 El conocimiento ancestral irrumpe cada vez más en las sociedades modernas, dualistas, escépticas y poco convincentes, la crisis de la identidad cultural y el mismo olvido de las mismas, hacen de estas un mundo caótico y desorientado.  






Esa tarde había un partido de fútbol, jugaba España contra Francia, quien perdía se iba del mundial, quién ganaba pasaba a la final. En la casa les conté a todos de una toma de yagé con unos taitas clandestinos en las montañas de Cali. —Cali tiene montañas —me preguntó una vez Ana por teléfono. Le dije que sí, que estaba rodeada de montañas, hacia el sur y hacía el norte. Cristina antes de irme, me envolvió un rollo de papel higiénico y le puso en un bolsillo del maletín. Seguramente le dijeron las amigas de Alberto y Juan que el yagé, les había dado una diarrea en el Amazonas y que durante toda la toma no hicieron sino cagar.
Nos vemos luego. Me dio la bendición y dijo; acordáte de dejarme las tarjetas, esos indios son unos ladrones. Le dije que sí, que todo lo había dejado guardado, bajo llave. Me lanzó un beso por la rejilla y se despidió con la mano extendida. Minutos antes había conversado en el balcón con Horacio sobre un libro de Germán, uno muy conocido y que a mí me seducía mucho por el título; “Mi Alma se la Dejo al Diablo”. Lo llevaba a todas partes, lo mostraba con orgullo, lo volteaba, para que la gente viera la portada, principalmente las señoras y esas muchachitas bonitas que no saben nada de la vida y viajan en el mismo puesto del bus sin mencionar una sola palabra, tan solo la frase del libro que llevo en mi regazo; “Mi alma se la dejo al diablo”. Amen, estoy seguro que quisieran decir; oye, me dejas tomar una foto a la portada de tu libro, o, quién es el autor, lo has leído todo. Quisieras contarme la puta historia de una vez por todas. Me regalas un selfie con tu libro. El viejo estaba sentado en una mecedora de mimbre con la prensa abierta, extendida de lado a lado. —Es la misma historia de los caucheros del Vaupés y la explotación de los indígenas de la novela la Vorágine —dijo Horacio—, oculto en el papel. De todos los libros que Horacio ha leído en la vida, yo creo que el que más le gusta es la Vorágine, no se cansa de leerlo, y es tan viejo como él, envejecen juntos, en rincones diferentes, el libro, cada que lo veo, está más agrietado y más negro, hojas sueltas al azar, como sus primeras líneas que recuerdo sin necesidad de ojear; “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Un buen inicio para una historia tenue de amor. Como todas las historias de amor; tenues. Se ajustó sus anteojos amarillos contra el ángulo de la nariz. Terminó de leer una de las últimas columnas de Alfonso Llano Escobar, el cura que no creía en dios. Al menos eso decía, me gusta este curita porque no cree en dios, ni en el cielo, ni en el infierno. A veces leía en voz alta, desde el balcón algunas frases y sátiras del columnista; —Ni el cielo ni dios existe. Es un invento de los hombres. —Calláte, te escuchan los vecinos y son capaces de que te matan. Ni la prensa, ni los suplementos literarios volvieron a la casa. El viejo que traía el periódico los sábados en la tarde, lo mataron en San Marino por robarle la bicicleta y un par de noticias de una banda de sicarios dedicados a la extorsión y al hurto. 
Cuando llegué al sur de la ciudad, Carlos me estaba esperando con dos amigos más. Llevaban maletas de montaña y atuendos quizás innecesarios para cubrirse del frío. Cruzamos las manos para saludarnos, un saludo jovial, donde se estrellan las palmas y se unen los puños en señal de conexión.  Ellos no me conocían y yo tampoco a ellos. Hablamos por hablar de cosas mínimas, las mismas cosas que hablan las personas cuando se conocen; nada. Uno que otro monosílabo para quebrantar el silencio, interjecciones fingidas, frases entrecortadas y una que otra estupidez humana como; es primer vez que lo haces.
Sí. Y vos. También.
 Huy.
Me preguntaron qué quién era yo, o a qué carajo me dedicaba, seguramente Carlos, les había contado que yo era escritor. Cómo así qué escritor, y qué escribe, no sé. Escribe y punto. Yo les dije que era salvavidas en un lago, ubicado en las afueras de la ciudad, donde se muere mucha gente y que mi única función era evitar que las personas se ahogaran. Principalmente, los que no saben nadar y se tiran al lago, bien sea para suicidarse o volverse famosos en una red social mientras los rescatan. Uno de ellos me miró muy extraño, los otros atinaron las cabezas y retorcieron los labios. Nos sentamos alrededor de una glorieta de color blanco a esperar. Carlos miró su reloj —estaba muy orgulloso de su reloj—, un Casio que compró con el primer sueldo de cajero en el Banco de Occidente antes de irse para Buenos Aires. —Ya son las seis y nada que viene esta señora. Piru era el otro amigo, un mono alto con pinta de gringo, o al menos eso era lo que él quería darnos a entender, que era un turista infiltrado en búsqueda de un camino ancestral que lo condujera a la paz.  Sacó el celular y marcó un número escrito en una servilleta. Marta contestó. —Hola, ya casi llego. Hello, what is your damn problem that you do not get dijo el mono por el auricular de su teléfono, para que todos escucharan su horripilante acento de gringo. Hablaba pésimo el inglés, pero casi nadie lo notaba. Compramos unos panes. Luego una Coca Cola, los taitas habían dicho que no comiéramos nada para el día de la toma. Con la barriga vacía, mejor es la traba. Bueno, tenés razón, lo que yo quiero es poder hablar con los muertos, que ellos me hablen y me revelen sus secretos del más allá. Y si para eso, no debo de comer, pues entonces lo haré. Al rato apareció Marta con una guitarra entrelazada. Nos saludó de beso y abrazo, olvidé decir que no me gustan  los besos, ni los abrazos de la gente que no conozco, sin embargo puse mi cachete sudado y ella estrelló su jeta maloliente contra mi cara. Fue inevitable, sentí su aliento doméstico de bruja. Su cabello olía a sahumerio. Dijo que el yagé era medicinal y que lo único que le había quitado el insomnio en la vida había sido la ayahuasca, de eso se la pasó hablando durante el rato que estuvimos ahí, a la espera de los otros amigos de la montaña. Está bien, te creo todo lo bueno que digas de la ayahuasca, incluso, lo de los muertos que hablan con los vivos. El segundo en llegar fue Carlos, al que llamaré hojalatero para no confundirlo con el otro Carlos y porque me recuerda a un personaje de una de mis novelas favoritas; “La Oscuridad Exterior”, de Cormac McCarthy. Nunca me he topado con un hojalatero, no sé si existan, lo cierto es que si existen él sería el más parecido a lo que yo creo es un hojalatero. Tiene barba gris abundante y parece un duende del bosque. Puso al lado de las maletas un árbol dentro de un costal.
De dónde lo sacaste, me dijo que se lo había robado de un antejardín.
 Imaginé a Carlos con un costal y un árbol de coca en la espalda caminando por las calles de Cali.
El tercero en llegar fue un músico de la filarmónica, le decían Chelo, a lo mejor porque toca el violonchelo, no encuentro otra razón. El cuarto fue Jesús. No llegó nadie más, porque el último a quién también esperábamos llamó a decir que nos subiéramos que él y su novia llegarían allá, a la montaña. Cuando llegamos, un extraño sonido se escuchó desde los árboles, era una ráfaga de disparos tronando el cielo oscuro de la Buitrera. Son las guacharacas culirojas que suenan como las armas de la guerra. Todo está oscuro a excepción de un destello amarillo que brota desde un corredor distanciado. No sé a cuántos metros. La única casa cerca es la de Ofelia y su marido, un alemán retirado del ejército que se vino a Colombia en búsqueda de una nueva familia, encontró a Ofelia, una negra de noventa kilos, que le prometió tener dos hijos, el problema es que el alemán no sabe que Ofelia, no puede tener hijos. Según un dictamen médico, es estéril, pero los taitas le dijeron que el yagé le ayudaría a la fertilidad, tomándolo en noches de luna llena. Hace seis meses ambos se dedicaron a tomar yagé y a hacer el amor todos los días, por la mañana, por la tarde y por la noche, algunas veces en la madrugada, Ofelia se levanta y le dice a Hermann que se lo meta, que tuvo  un buen presagio mientras dormía. Ofelia no ha podido quedar en embarazo, pero dice gozar de una frecuencia orgásmica nunca antes experimentada.
Los taitas esperan en un santuario improvisado. Alcancé a ver una poltrona de cojines amarillos, una nevera de latas oxidadas y un mesón de tabla donde reposan abanicos con plumas de tucán, máscaras con hocicos largos, velones de iglesia, inciensos con aromas artificiales, calaveras de ancestros, cartas astrales con figurines celestes, collares con colmillos de cadáveres, atuendos de felinos salvajes y frascos de cristal con bebidas turbias y viscosas. Carlos y el mono dijeron buenas noches. Como no respondieron al saludo, levanté una ceja y me aparté en silencio. Los taitas llevaban botas de caucho y algunos atuendos de lana para cubrir sus rostros. El hojalatero se quitó la camisa, tenía picaduras de hormiga por todo el cuerpo, decía que el veneno de la hormiga y de otros insectos incluyendo las tarántulas y el alacrán eran medicinal.
­­Se terció una mochila arhuaca con algunas ramas de coca y se entregó al silencio de la fogata a manbear. 
Su voz es delgada. Hay que hacer un máximo esfuerzo para escucharle hablar.
 —Y tú chaqueta —preguntó Piru. —No tengo frío —dije—. O tal vez sí.
 No recuerdo.
Llevaba una camisa blanca y un jean remangado hasta los tobillos. Estaba descalzo para sentir la conexión directa con la tierra.
No llevé chaqueta.
Alex era el nombre del taita, un taita joven, citadino, disfrazado de indio.
Preguntó si estábamos listos.
 —Dijimos que sí.
 Nos hicimos en círculo cogidos de las manos. En el centro estaban ellos; los taitas. Llevaban una manta de felino, que les cubría todo el cuerpo, de la cintura hacía abajo, tan solo se alcanzaban a ver sus botas de caucho pantaneras. Uno de los indios columpiaba una lata de sahumerio con olor a palo santo.
 —Que tengan buena pinta —dijo el taita mayor de la ceremonia—. Dio la espalda y se conectó con el santuario de los dioses.
Aleteó el abanico de plumas semejando el vuelo largo de unos pájaros en alta mar.
—Wuaya, wuaya, wuaya je, selva, selva prodigiosa, selva, guacamayas poderosas, tigre, tigre, rayos violetas, abuelos benditos, fuerzas poderosas, sabios ancestros, mayas, mayas, centro, mente, cuerpo, espíritu, ayagé, ayagé. (…)
Llevamos el ritmo mientras íbamos pasando de uno en uno.
La primera en tomar fue Marta. El hojalatero fue el segundo; cogió la copa y se la llevó a la boca como deleitando un vino dulce de misa.
 Faltaba yo.
Miré al taita y bebí; era espeso y amargo como el fango que cubre a los muertos.
Miré hacia el cielo y estaba lleno de estrellas, una que otra fugaz se escapaba de mi retina. La primera manifestación demoniaca fueron mis manos, convertidas en pezuñas de cerdo, estaba en el infierno con otras almas en pena que deambulaban en la oscuridad del recinto. Pensé en Dante Alighieri. En Horacio, en el diablo, en el libro de Germán, en la Vorágine, en los machetes alumbrando el vichada, en Mercedes y en su locura nocturna.
Almas danzantes agonizan en medio del bosque, atrás yace un indio esbelto con su manta y su sahumerio, aparece y desaparece en la humareda de incienso. Me dejé caer sobre el césped húmedo como un cerdo apuñalado, bramé como un niño y morí desangrado.
Era de madrugada y creí por primera vez haber quedado loco, como Horacio y Bertha.
Loco por siempre.
El cielo se debatía entre un azul celeste y un gris lúgubre y clandestino. Las guacharacas volvieron a disparar, mientras la guitarra de Marta con sus cuerdas desatinadas, se escucharon desde un lejano ventanal.
                                                            

                                                            
                 



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